Hedor urbano
&Quot;manuel s. ledesma
Olor urbano
UNO de los eslóganes más impactantes que se han escrito para definir una ciudad, aparece en la película Los intocables: "Bienvenido a Chicago. Esta ciudad apesta como un prostíbulo por la mañana". Con tan escueta e ilustrativa frase el guionista (David Mamet) pone a los espectadores en antecedentes de cómo funcionan las cosas en el lugar al que ha sido destinado el agente del FBI, Elliot Ness. No creo que los habitantes de Chicago se molesten por tomarles prestado su lema porque no se me ocurre otro más apropiado para describir la situación de Marbella, ya que si en la ciudad del viento, en los años veinte, la ley seca dio pie a que gente como Al Capone y sus secuaces pudiesen mangonear a su gusto a jueces, alcaldes y policías y como consecuencia de ello la corrupción pasó a ser la norma y la honestidad la excepción, en Marbella ha sido la ley del suelo la que a través de la especulación inmobiliaria, ha logrado crear un panorama que en nada desmerece al que tantas veces hemos visto en las películas de gángsteres. Según nos enteramos por las noticias, el idílico paraíso de la jet set es un lugar donde la malversación de caudales públicos, el cohecho, el tráfico de influencias o la maquinación para alterar el precio de las cosas; son asuntos tan cotidianos como ir a comprar el periódico y seguramente –como en Chicago- habrá sido algún Elliot Ness de la Policía Nacional, el que, viniendo de fuera, haya conseguido –justo el día que se aprueba el Estatut- las pruebas legales que corroboran las actuaciones delictivas de estos peculiares hampones -híbridos entre Caracortada y Juanita Reina-, unas actuaciones que, por lo demás, eran de sobra conocidas por todos.
Ahora bien, para llegar a la fama de Chicago, Marbella cuenta con un importante handicap ya que, mientras que en EE. UU. eran pocas las ciudades tomadas por la Mafia, aquí en España, la especulación inmobiliaria es una suerte de plaga que ha infectado a no pocos ayuntamientos y organismos supramunicipales. En nuestro país, las grandes fortunas –sobre todo las de reciente adquisición- no son debidas al desarrollo industrial o tecnológico sino a la ingente acumulación de ladrillos. Lógicamente, estos nuevos millonarios lo son a expensas de los ahorros que la gente modesta, alentada por los bajos intereses hipotecarios, invierte con ilusión en viviendas de precios desorbitados y como dice un viejo proverbio castellano: "Rico y de repente, no puede ser santamente". Sin embargo uno tiene la sospecha de que Marbella se ha convertido en un trasunto de Sodoma y Gomorra, tanto por el hecho de que los que dirigen sus destinos (elegidos reiteradamente por el pueblo con mayorías casi absolutas) son unos golfos, como por él de que esta chusma tiene la desgracia de no pertenecer a ningún partido político fuerte que pueda respaldar sus tropelías. Todos recordamos como no hace tanto en el parlamento catalán al presidente de la Generalitat se le escapó, en un momento de ofuscación, el reconocimiento público del 3% del canon revolucionario que las empresas deben pagar a la administración para acceder a sus contratos. Todos sabemos como, en el término de Vejer, por arte de magia, se regularizó la flagrante ilegalidad de un complejo como Monteenmedio y, en ámbitos más próximos, les podríamos preguntar a los vecinos de San Bernabé, barriada del Arroz o La Escalinata sobre los beneficiarios de sus desgracias urbanísticas. En lo referente a corrupción, no es sólo Marbella; todo el país apesta como un prostíbulo por la mañana. "
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