Stanley Milgram, un discípulo de Asch, se preguntaba si las acciones de los nazis se debían a que quienes las ejecutaban estaban de acuerdo o si éstos tan sólo cumplían órdenes. Es decir, Milgram quería saber hasta qué punto el ser humano es culpable de sus propios actos. Así, en los 60, Milgram llevó a cabo su experimento para tratar de averiguar hasta dónde llegarían los sujetos cumpliendo órdenes (Journal of Abnormal and Social Psychology: Behavioral Study of Obedience, S. Milgram (1963) o en el libro Obedience to authority. An experimental view, S. Milgram, London: Tavistock Publications (1974)).

Psychologist Stanley Milgram, pictured circa 1965 Getty Images

Psychologist Stanley Milgram, pictured circa 1965 Getty Images

 

 

Disfrazado bajo la apariencia de un estudio sobre la memoria, Milgram localizó los sujetos del experimento, que se comportarían como maestros, haciendo preguntas a otro sujeto del estudio, que en realidad eran actores profesionales compinchados con los investigadores. El grupo de personas a la vista en el estudio, lo cerraba el investigador, con bata blanca de laboratorio, que actuaba como la máxima autoridad.

El experimento se dividía por lo tanto en profesor, que era el sujeto de estudio, el alumno y el investigador. El profesor debía hacer preguntas al alumno. Si este fallaba, el profesor debía aplicar una descarga eléctrica al alumno, que iba subiendo de intensidad en cada fallo. Antes de comenzar el experimento, se aplicaba una descarga de 45 voltios  al profesor, para que pudiera saber el dolor que se sentía.

Las descargas iban subiendo de intensidad hasta resultar potencialmente mortales. Comenzaban en 15 voltios, e iban subiendo hasta los 450 en 30 niveles. Estas descargas en realidad son simuladas, el alumno no recibe ningún daño y tan sólo finge dolor.

Así, el actor se quejaba, pedía por favor finalizar el experimento y aseguraba tener problemas de corazón. A partir de los 270 voltios debe gritar de agonía y finalmente a partir de los 300 el alumno dejará de responder preguntas y comenzará a convulsionar o a realizar los ruidos previos a un coma.

Si en algún momento el profesor se sentía incómodo y expresaba al investigador su deseo de no continuar con el experimento, este debía indicarle en el siguiente orden:

  • Continúe, por favor.
  • El experimento requiere que usted continúe.
  • Es absolutamente esencial que usted continúe.
  • Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.

Finalizando el experimento si después de estas cuatro indicaciones imperativas del investigador el sujeto seguía sin querer participar. La otra forma de acabar el experimento era aplicando tres veces seguidas una descarga de 450 voltios.

 

 

Antes del experimento, el equipo de Milgram consideró que el promedio de las descargas se situaría en los 130 voltios, con una obediencia al investigador del 0%, y que tan sólo casos aislados de personas desequilibradas o sádicas llegarían a los 450 voltios.

Sin embargo, lo terrible del experimento es que el 65% de los sujetos llegaban a aplicar la descarga de los 450 voltios. Ningún participante se negó a continuar antes de alcanzar los 300 voltios.

 

Experimentos similares se han venido repitiendo desde entonces en diferentes lugares del mundo y en diferentes fechas, con similares resultados. En 1999, Thomas Blass hizo una compilación de los mismos, asegurando que el porcentaje de participantes que terminaba aplicando voltajes notables estaba entre el 61% y el 66% (The Milgram Paradigm After 35 Years: Some Things We Now Know About Obedience to Authority, Thomas Blass (1999)).

 

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