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El proteccionismo en EEUU existe


“La fría, dura verdad es que la profana alianza entre Washington y Wall Street ha vendido al trabajador norteamericano y exportado nuestro estilo de vida”, así se expresaba Virg Bernero, el alcalde de Lansing un pueblecito de Michigan, EEUU, en el que la mayor industria local es la del automóvil. Bernero expresaba sus opiniones en un artículo enviado a la CNN el 9 de febrero y no era un punto de vista más, pues ocupa el cargo de presidente de la Coalición Automovilística de Alcaldías y Municipios en EEUU. Bernero profundizaba en su análisis y explicaba que “He recorrido la planta de Hyundai en Asan, Corea. Los coreanos son gente formidable, pero su tecnología no es mejor que la norteamericana y sus operarios no trabajan más duro que los norteamericanos”. ¿Dónde radica entonces la diferencia? Según él sencillamente en los elevados costes en los que incurren las empresas norteamericanas de la automoción frente a sus rivales extranjeras. La razón es que sus homólogos coreanos han encontrado el método perfecto para ahorrar: transferir al estado algunos costes. “El Gobierno Coreano se ocupa de sus jubilados. Hyundai tampoco paga los costes sanitarios, porque tienen un sistema nacional de sanidad pública. Si no crees que éso es una ventaja, entonces te estás engañando”.

Además, Bernero describe un escenario desequilibrado en el que los honrados norteamericanos compiten en inferioridad, pues “nuestros socios comerciales utilizan habitualmente tasas, tarifas y subsidios que restringen la entrada de los productos norteamericanos en sus mercados domésticos”. Sorprenden estas declaraciones en boca de un norteamericano, pues su país tiene una larga historia de proteccionismo. Por ejemplo, el primer Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Alexander Hamilton, presentó en 1791 su “Informe sobre Manufacturas”, en el que abogaba porque las tarifas protegieran a sus nacientes industrias, un proyecto en el que se incluía subsidios a las empresas domésticas pagados con dichas tarifas. Además, durante el siglo XIX, preponderantes estadistas norteamericanos mantuvieron vivas las tesis de Hamilton, pues cuan más proteccionistas se mostraron, mejores resultados electorales obtuvieron, como sucedió en las elecciones de 1840 y 1848. En aquellos días un reputado economista, Henry Charles Carey, se convirtió en el líder de una corriente económica que defendía el “Sistema Americano”, desarrollada en oposición al sistema de “Libre Comercio”, al que Carey llamaba el “Sistema Británico”, ya que fue diseñado por el economista Adam Smith y respaldado por el Imperio Británico. Curiosamente, Carey escribió conjuntamente con el economista germano-americano Friedrich List un ensayo sobre la cuestión con el astuto título de “Armonía de intereses”. Un trabajo que fue ampliamente difundido en Estados Unidos y Alemania y que asentó las bases de un enfoque anti-comercio libre en ambas sociedades. La teoría de List desarrolla la idea de “economía nacional” y la opone a la doctrina de “economía individual” y “economía cosmopolita” defendida por los economistas Adam Smith y J.B. Say. Para ello, List comparaba el comportamiento económico de un individuo con el de una nación y llegaba a la conclusión de que un individuo promueve sólo sus intereses personales mientras que un estado se preocupa por el bienestar de todos sus ciudadanos. Estas ideas se filtraron en todos los segmentos de la sociedad germana y fueron adoptadas por el Canciller Bismarck a fínales del siglo XIX.





Pero, volviendo a la rica historia norteamericana no estaría de más recordar a Virg Bernero que el venerado presidente Henry Clay y se opuso con firmeza al libre comercio. Entre sus acciones cabe destacar que impuso una tarifa comercial del 44% a productos extranjeros durante la guerra civil, en parte para financiar la construcción del ferrocarril Union – Pacific y el coste de la guerra y, por supuesto, defender la industria americana. Si avanzamos un tanto en el tiempo, llegamos a 1929 cuando Willis Hawley y Reed Smoot, dos republicanos defensores del proteccionismo, promovieron una ley para elevar las tarifas a los niveles más altos que Estados Unidos había conocido jamás. En un tiempo de incerteza y crisis económica como el actual sus tesis se impusieron. El resultado fue desolador, pues el resto de los países con los que Estados Unidos comerciaba reaccionaron de una manera recíproca. Ello llevó a un colapso del comercio internacional y a que se intensificará la Gran Depresión.

Mercado libre, en las olimpiadas
Interesadamente, el alcalde Bernero también señala otro tipo de juego sucio, el tipo de cambio, pues en su opinión “Ellos manipulan su divisa para reducir el coste relativo de sus mercancías aquí en EEUU”. Una acusación que siempre que se formula en EEUU va dirigida al mismo país, China, con el que Estados Unidos sostiene un abultado déficit comercial. Sin embargo, Bernero no valora que durante los últimos 15 años su país ha vivido un crecimiento ininterrumpido en el que China ha jugado un papel primordial, pues las exportaciones de productos baratos de aquel país a EEUU, y al resto del mundo, han mantenido la inflación bajo control en todo Occidente. Además, China ha empleado los beneficios obtenidos en sus ventas en comprar bonos del Tesoro Norteamericano, con lo que se ha convertido en financiador del déficit por cuenta corriente de su principal cliente.

Por supuesto, dentro del razonamiento Bernero una de las ideas fuertes es que si el campo de juego es igual para todos, la calidad de lo norteamericano se impone. El alcalde de Lansing explica que en los recientes Juegos Olímpicos de Pekín 2008 los norteamericanos pudieron competir con éxito en igualdad de condiciones contra los mejores. Por ello, termina así su artículo “con comercio justo, en lugar de comercio libre, los trabajadores norteamericanos podrían traer de nuevo el oro a casa”. Bueno, en el medallero de Pekín, China obtuvo 51 metales de oro frente a 36 medallas de oro de EEUU, 8 de las cuales se las llevó un único hombre, el nadador Michael Phelps. Cierto que China más que cuadruplica en población a EEUU, 1.330 millones de habitantes frente a 303 millones. Pero, en renta per capita los Estados Unidos superan en casi 16 veces a China, 46.541$ frente a 2.968$ según datos del FMI. Así que entrenar y formar a un campeón chino es más complicado que sacar a un campeón norteamericano, pues los recursos por hombre en China son menores. Por cierto, cuando el señor Bernero habla de campo de juego y reglas equilibradas y toma como referencia el éxito de sus compatriotas en los Juegos Olímpicos chino... Bueno, entiendo que el día de la final olímpica de baloncesto EEUU – España no debió de encender el televisor. Porque si durante el torneo se han utilizado normas de arbitraje FIBA, como es lo estipulado en los Juegos Olímpicos, y el día de la final se aplican normas NBA para favorecer a los norteamericanos, el señor Bernero habría denunciado lo que constituye una flagrante violación del espíritu olímpico. Es decir, el enaltecimiento de la superación personal, la importancia de la participación y la sana competencia por la victoria. Valores que sirven tanto para atletas como para empresas.

El consumidor, la pieza clave
Lamentablemente, Bernero, como muchos proteccionistas encubiertos, no acaba de entender algo muy sencillo: el consumidor, y mucho más el consumidor norteamericano, es soberano. Como dice el profesor del IESE, Luis María Huete, los clientes tomarán sus decisiones en función del valor percibido que les proporciona el producto que compran. Sobre este punto, apuntar que Huete distingue valor percibido tangible, prestaciones, e intangible, sentimientos que provoca en el consumidor la adquisición de una marca determinada.

La caótica situación que vive la industria automovilística norteamericana no es consecuencia directa del sistema de pensiones surcoreano, ni en la baja cotización del yuan respecto del dólar. Sencillamente, la industria automovilística norteamericana produce unos vehículos que son percibidos como inferiores frente a sus competidores asiáticos o europeos, pues un coche asiático o europeo consume menos, contamina menos, posee un mayor atractivo estético y, lo mejor, consigue un precio de venta de segunda mano superior a un modelo equivalente norteamericano con igual número de kilómetros. De hecho, Toyota ya ha superado este año a General Motors en el trono mundial de mayor vendedor de vehículos en todo el mundo. Y todo pese a las trabas que ha soportado, pues cabe recordar que en el periodo 1981 – 1994, las compañías automovilísticas japonesas tuvieron que someterse a cuotas voluntarias de exportación a Estados Unidos. Estas cuotas limitaban el suministro de coches que eran ansiados por clientes norteamericanos. Al principio a 1,68 millones de unidades, después a 1,85 millones en 1984 y más tarde a 2,3 millones en 1985. Lo que condujo a que los concesionarios subieran el precio del vehículo un 14% sólo en 1983, para ajustar la demanda, lo que generó mayores beneficios para los japoneses y mayores precios para el consumidor norteamericano, porque aún con precios altos seguían tozudamente comprándolos.

No dudamos de que Virg Bernero sea un hombre cargado de buenas intenciones y también pensamos que hay muchos Virg Bernero vestidos de políticos predicando estas mismas ideas en otros países, las cuales pueden calar en amplios sectores sociales. El problema es que cuando triunfan la especialización y la competencia languidecen, la prosperidad desaparece y lo único que se consigue es empobrecer al vecino y a uno mismo.

 

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