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Más allá de los efectos que haya podido tener sobre el conjunto de la economía española, uno de los puntos más delicados de la gestión del patrimonio personal es la gestión de los pasivos o deudas. 
 
Si hasta ahora habíamos analizado la optimización del ahorro que generamos, una deficiente gestión de este punto puede llevarse por delante los efectos positivos que hayamos podido generar previamente. Y es que el efecto que tuvo en su momento el coste tan reducido de la liquidez y las facilidades que las entidades financieras otorgaron, tanto a particulares como a empresas, para endeudarse se mantiene en el subconsciente colectivo, de manera que, habitualmente, no se analiza la conveniencia o no de endeudarse, dadas las necesidades, los costes y los recursos propios con los que contamos. 
 
Centrándonos en el caso de las finanzas personales, podemos distinguir 3 destinos diferenciados para el endeudamiento (con carácter más o menos general): Elementos de consumo, activos hipotecarios y activos financieros. ¿Qué elementos debemos tener en cuenta al analizar la conveniencia o no del endeudamiento?
 
En el caso de la financiación al consumo, la premisa debe ser clara: disponiendo del importe a amortizar, lo recomendable es financiar la compra sólo si el coste es inferior a la rentabilidad que podríamos obtener invirtiendo de manera segura dicho importe. Por ejemplo, suponiendo que podemos obtener un 3% a un año en un seguro, depósito o título de Renta Fija, convendría aceptar financiación a un tipo inferior.
 
Obviamente, la decisión se complica de forma ostensible cuando el coste se sitúa en el entorno de lo que podemos obtener por nuestra inversión, lo cual nos lleva a tener en cuenta, además, el coste en el que incurriríamos en caso de perder toda la liquidez disponible y, consecuentemente, tener que volver a solicitar un préstamo, a nuestra entidad financiera o a través de nuestras tarjetas de crédito (a tipos de interés que pueden rayar la usura, aunque entraremos en este tema en próximos post…), coste que es fundamental en el caso de que no dispongamos del total del dinero o tengamos la incertidumbre de que podamos necesitarlo más adelante para otras necesidades. En este sentido, conviene aceptar la financiación siempre que este coste posterior sea superior al de la financiación de la compra.
 
En el caso de las operaciones hipotecarias, más allá del coste de la operación y de la autorización de la misma por parte de la entidad (que no suelen variar en exceso entre entidades y que, en los últimos tiempos, se ha vuelto más caro y complejo que nunca), conviene tener en cuenta el importe que supone la cuota mensual en relación al nivel de ingresos que tenemos y prevemos mantener en el futuro. Es decir, si, dados los ingresos que tenemos y el coste mensual de la cuota, dicha cuota supone en torno al 35-40% de los mismos, convendría no realizar ninguna operación. El motivo, muy simple. Siempre que el coste de la financiación sea variable, que suele ser la más habitual, ha de tenerse muy en cuenta que nos encontramos en unos niveles históricamente bajos, con el Euribor a un 1 año por debajo del 1%, lo que implica que la cuota jamás tenderá a bajar (muy al contrario). Por lo que, en caso de que nuestra situación económica pueda empeorar, lo que no es descabellado dado el entorno económico, podemos encontrarnos ante una situación muy complicada, lo que desaconsejaría dicha operación. En definitiva, en esta situación conviene estudiar qué pasaría si nuestros ingresos se viesen reducidos, si la cuota aumentase (para lo cual existen múltiples webs, como esta, donde podemos calcular las cuotas resultantes en distintas circunstancias) y en qué medida nuestra economía puede absorber ambas situaciones de forma simultánea.
 
Finalmente, en el caso de que queramos aumentar nuestra capacidad inversora a través del endeudamiento, debemos de tener en cuenta, fundamentalmente, dos elementos. A parte del coste de la financiación, que, obviamente, debe ser inferior a la rentabilidad esperada, el más importante es el destino del importe que vamos a tomar prestado. En el caso de que conozcamos de antemano la rentabilidad mínima que obtendríamos (caso de los títulos de Renta Fija o fondos de inversión garantizados), conviene tener en cuenta qué alternativas tenemos y el grado de riesgo asumido en el producto en caso de que necesitemos deshacer la operación de forma anticipada.
 
Caso distinto es aquel en el que la obtención de la rentabilidad depende de la evolución de un activo, como los fondos de inversión no garantizados, los títulos de Renta Variable o la inmensa mayoría de los productos estructurados. En este caso, aparte de ser absolutamente desaconsejable para aquellos perfiles más conservadores, conviene estudiar las probabilidades de que la operación obtenga rentabilidades superiores al coste de la misma. Elementos como el VaR (Value at Risk, o valor en riesgo, entendido como la pérdida máxima esperada, con un elevado porcentaje de probabilidades (95-99%)) o simulaciones históricas pueden darnos una perspectiva de cuál puede ser el resultado final, aunque, obviamente, el resultado depende de factores totalmente no controlables, por lo que la decisión de endeudarse o no debe meditarse en profundidad, teniendo muy en cuenta los efectos adversos que habría que asumir.
 
En resumen, conviene analizar en profundidad los distintos efectos que el endeudamiento puede tener en nuestra economía particular antes de que el aumento de nuestras obligaciones nos ponga en un aprieto.
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