El modelo económico español

Estoy ansioso por conocer las propuestas económicas que nos van a vender para las próximas elecciones generales. De momento los parches electoralistas anunciados hasta ahora (tú propones ayudas directas, pues yo bajo el IRPF) no me convencen gran cosa. Mucho menos los datos que indican que España va bien pero por poco tiempo.

Llevamos más de diez años de cierta euforia macroeconómica, con datos de cuentas públicas, desempleo e incluso inflación, con matices, bastante buenos, por supuesto inimaginables en épocas anteriores. Nos hemos beneficiado de volúmenes muy respetables de fondos europeos. Y encima hemos tenido dinero barato al alcance de la mano gracias a unos tipos de interés en mínimos históricos.

Sin embargo, echando la vista atrás, no me anima nada comprobar cómo hemos aprovechado este largo ciclo de crecimiento. La mayor parte del empleo generado es inestable y de mala calidad, los fondos europeos se han repartido con criterios muchas veces ventajistas (todavía me escuece la salida de Cantabria del Objetivo 1, en favor de Valencia), la productividad por los suelos gracias a que trabajamos más horas que nuestros vecinos europeos pero las aprovechamos menos, y -la madre del cordero- en lugar de aprovechar los tipos de interés bajos para crear empresas o invertir en sectores con valor añadido, nos hemos tirado colectivamente a los brazos del ladrillo.
No, no voy a echar la culpa ni a unos ni a otros, porque algo de culpa tenemos los españoles, que llevamos en los genes los problemas estructurales del país, a saber:

  • Entusiasmo por el trabajo para toda la vida y por cuenta, a ser posible, del Estado (síndrome del funcionario).

  • Sentido de la propiedad exagerado, especialmente de la propiedad de la casa que habitamos.

  • Consecuencia del punto anterior, escasa movilidad geográfica y dependencia de la familia por parte de los jóvenes.

  • Nula capacidad para emprender.

  • Fobia al idioma extranjero y al uso de las nuevas tecnologías.

La combinación de todos estos factores es lo que provoca que España crezca más que sus vecinos en épocas de bonanza pero se la pegue cuando el ciclo se invierte. Y es la razón de que nuestra economía viva contradicciones como los bajos salarios de los españoles más formados (no sólo universitarios, sino gente con experiencia, idiomas y apertura tecnológica) , el desorbitado precio de la vivienda y la coronación del ladrillo como el único sector rentable y capaz de llevar a nuestro país a lo más alto.

En nombre del crecimiento (insostenible) y del empleo (precario) la economía española se ha hecho dependiente de un sector que, efectivamente, aporta puntos al PIB en el plano estadístico, pero que no genera ningún valor añadido, provoca subidas especulativas de precios y condiciona la marcha del resto de los sectores productivos, especialmente los que dependen del consumo y de la disponibilidad de renta. Comenzando por la automoción, siguiendo por el turismo nacional y el ocio, terminando con la propia industria auxiliar de la construcción (mobiliario, reformas...). Las cifras ya empiezan a cantar pero lo más grave es que en la calle ya se va palpando un ambiente de "nadie compra, no hay dinero". Aunque nadie hable todavía de crisis, las expectativas no son buenas.

Recetas. Lo primero reformas. Lo segundo reformas. Y para terminar reformas. Hay que invertir el círculo vicioso que se ha creado en torno a la construcción residencial. Potenciar sectores con valor añadido, nuevas tecnologías, aprender a exportar. Mercado de alquiler. Favorecer seriamente la creación de empresas y, por tanto, la formación de emprendedores. Que ningún empresario piense que ganaría más poniendo su nave o su local en alquiler, para vivir de las rentas.

Parece que los políticos saben perfectamente cuáles son las medidas que hay que tomar pero todavía van a la retaguardia, buscando el voto fácil, el estómago agradecido del que se ha forrado durante la última década con el negocio nacional. No quiero ser pesimista.



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