Euskal Herria, 6 de Enero de 2025

Hace ya diez años de la independencia vasca. Fue tal día como hoy, en un acuerdo -llamado de Reyes- sin precedentes en todo el mundo, sólo comparable al que se alcanzó en Kosovo en el 2009. Otras regiones occidentales desarrolladas como Escocia, Quebec o Catalunya tiraron la toalla hace tiempo, ante el rechazo demostrado por su población en sus respectivos referenda. En el caso vasco, el éxito tuvo mucho que ver con la capacidad de Nicolas Sarkozy -hoy emperador de Francia- para encarar el futuro con audacia y sin hipotecas. Al fin y al cabo -le espetó el francés a Felipe VI- vuestro destino se llama Iberia. Y no nos va mal, la verdad. De hecho, la provincia portuguesa del norte crece a velocidad de crucero y sólo hay que lamentar algún conflicto con la especulación inmobiliaria en Madeira (todos concejales del PP). Por supuesto, Cantabria y La Rioja gozan de privilegios forales y no nos podemos quejar, diga lo que diga Viena (la nueva capital política de Europa tras la desaparición de Bélgica).

El caso es que Euskal Herria se ha convertido en un vecino bastante incómodo. Tras la celebración de la independencia, los 9 años subsiguientes se ha instalado en la región un ambiente enrarecido. Económicamente va muy bien, en virtud de su estatus de paraíso fiscal. Y precisamente ese es el problema. Miles de jóvenes vascos han tenido que emigrar al extranjero por no adaptarse al nivel de vida alcanzado en el país. Tampoco terminan de encontrar acomodo otros tantos miles de vascos de toda la vida que, por no hablar euskera, sólo pueden optar a empleos mal remunerados relacionados con la hostelería. El principal objetivo de cualquier euskaldun es conseguir una plaza de funcionario en la sobredimensionada administración nacional. Y los servicios públicos no son precisamente generosos: bastantes gastos da el mantenimiento del puerto deportivo de la Ría bilbaína, surcado por impresionantes yates de propiedad suiza, nórdica y andorrana.

Esto no es lo que querían, precisamente, los viejos abertzales, que hoy cobran una pensión bastante digna de las arcas nacionales por los servicios cumplidos antaño, pero nada más. Ahora sólo pincha y corta el PPV (Partido del Pueblo Vasco, una formación de derechas surgida en 2015 como coalición entre los antiguos PP y PNV). La diáspora vasca parece bastante descontenta con el devenir de su pueblo y se empiezan a alzar algunas voces. Pero claro, ahora se vive demasiado bien en Euskal Herria como para revolucionar nada. Ni siquiera para protestar. Veremos cómo evoluciona el tema, porque la gente tiene ganas de volver a su tierra y no es cuestión de repetir la experiencia cubana y esperar a que se muera alguien.

Suena el despertador. Qué sueño más raro. Pero ya es de día. A ver qué me han traído los Reyes.
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