Soy consciente de que la construcción residencial -también conocida como Ladrillo- ha generado crecimiento, empleo y riqueza patrimonial durante un período muy largo de nuestra reciente historia. Que ningún otro sector le ha hecho sombra ni, posiblemente, habrá otro negocio tan redondo y tan próspero en mucho tiempo. Pero reconozcan que aquí hay un problema y no es precisamente de mala imagen. Me explico.

Ustedes antes que nada son empresarios y no tienen que tirarse el rollito solidario con nadie. Están para ganar pasta, como todo hijo de vecino. Porque aquí, que yo sepa, nadie trabaja por amor al arte. Es más, me la traen floja sus márgenes. Al fin y al cabo soy español y, por lo tanto, también me encantaría obtener el máximo rendimiento por la mínima. Hasta ahí todo perfecto.

Ustedes se han presentado ante nuestros dirigentes indignados por lo que consideran una campaña de desprestigio, como si esto fuera un problema ético. Nada de eso. El problema es de eficiencia, señores. Porque la economía española no puede seguir cogida por las nobles partes. Al fin y al cabo lo único que ofrecen ustedes es suelo, techo y paredes. Osea: nada. Lo que realmente vale es la actividad que se puede generar dentro, llámese hogar consumidor o ahorrador, empresa productora, comercial o de servicios. A pesar de ello, los españoles nos hemos endeudado de por vida para pagar por algo que no vale nada en sí mismo. Esta es la gran contradicción de nuestra economía: dilapidamos todos nuestros recursos para POSEER algo que NO VALE y luego no nos queda con qué empezar a darle un USO que SI VALE. Y encima exigimos al Estado ayudas para todo. Lógico, con todos los huevos en la cesta del ladrillo cómo vamos a pagar la guardería. Pero el problema no es la falta de ayudas sino nuestra incapacidad para apostar por organizar nuestra economía en torno al valor real de las cosas.
¿Es este un discurso moralista contra el ladrillo? ¿Sociata? ¿Ecologista? Yo creo que es de sentido común. Pero me imagino que nuestros dirigentes ya les habrán aplicado en privado los consabidos paños calientes y les habrán dado buenas palabras. Al fin y al cabo ustedes son los amos.
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