De los economistas se suele decir que explicamos muy bien por qué nuestras predicciones fallan más que una escopeta de feria. Yo más bien creo que, o somos unos incomprendidos o nadie nos quiere entender. Ya sabemos que quienes toman las decisiones importantes no toman muy en cuenta las opiniones de los que saben. Y así nos va.

Lo cierto es que los economistas sólo podemos explicar las cosas cuando tenemos cierta perspectiva del problema. Lo ocurrido en las Bolsas mundiales el pasado lunes puede ser síntoma o evidencia de una enfermedad que ya estaba diagnosticada con suficiente antelación. El término lunesnegro no es más que una cursilada periodística para justificar un titular. La caída y posterior subida de los índices no tiene fundamento en la economía real sino en la psicología de sus protagonistas -y puede que la pérdida de aceite en algún empleado treintañero-. Y nadie podía esperar que una bajada inédita de tres cuartos de punto en los tipos dolarinos hiciera efecto más allá de un par de días.

Sí, ya-lo-decía-yo. Lo que diferencia la política monetaria de la Reserva Federal de la que dirige Trichet en el BCE está en la credibilidad y la reputación, que son dos variables económicas en sí mismas. Allí intervienen a salto de mata, en Frankfurt saben bien su objetivo y son fieles a él. Y no lo dudemos, aunque nos fastidien las exportaciones, nos conviene saber que el timón del euro está en buenas manos. Y si no, fíjense cuan calmado y suave va el euribor últimamente. Sin duda porque los bancos se han puesto las pilas y ya no pierden el trasero por pedir dinero en el interbancario.

Los pro-ministros de economía de la eurozona deberían tener claro -me repito- que el BCE no les va a hacer los deberes del crecimiento económico. Para eso, cada uno se la apañe con su política fiscal, entre otras herramientas. Así que mucho cuidado con esos candidatos resabidos y apasionados que prometen cargarse el último cartucho que les queda para conducir la economía, es decir, los impuestos y el gasto público. Nos va a ir mucho mejor con la frialdad de un buen perro viejo que con los calentones de un paracaídista entusiasta.

Creo que me explico. Pues eso.
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