Pues el caso es que soy licenciado en económicas y, por tanto, aspirante a mileurista. No me arrepiento porque gracias a ello, me puedo echar unas cuantas risas con cierto fundamento cada vez que alguien habla del milagro económico de Aznar (vale, reconozco que yo también fui engañado en su día por el espejismo). O cuando mi amiga María Antonia me dice que su nueva Ley permitirá acabar con la especulación (por sí sola) de la misma forma que la de 1998 iba (por sí sola) a liberalizar el mercado.

Digo lo de (por sí sola) porque entiendo que las leyes no son buenas y malas a priori. Todas las leyes que actuan sobre el mercado están siempre cargadas de buenas intenciones, unas veces liberalizadoras y otras correctoras. Mientras que la especulación viene cargada de malas, muy malas intenciones. Recuerdo que en la facultad siempre nos hablaban de las bondades del mercado, de la libre competencia, etc. Y sigo deseando ver ese paraíso. Pero ya son muchos años de uso de razón para darme cuenta que a los grandes grupos empresariales no les gusta nada ni el mercado ni la competencia. En términos partidistas, de la misma forma que el PSOE pudo decepcionar en su día a la clase obrera, el PP se cargó el sueño liberal de muchos que realmente creíamos en las bondades del sistema que nos habían enseñado en clase.

La Ley del 98 no liberó la materia prima del sector inmobiliario porque no podía por sí sola. Desde que salió, los agentes del sector se han divertido jugando al monopoly con los terrenos acompañados por las expectativas que los medios de comunicación iban generando e inflando. Todos esos grandes titulares sobre el “boom”. Chincha, chincha, mira cómo sube la vivienda. Porque no me vengáis con lo de la financiación de los ayuntamientos otra vez. Hoy es el día en que los medios están invirtiendo las expectativas de aquellos, con el mismo grado de exageración con que alimentaron el boom. Eso sí, el problema es que el suelo es caro. Y que el futuro pasa por alargar el plazo de las hipotecas. Ya, ya.

No conviene esperar mucho de la Ley que se acaba de aprobar, dependerá como siempre de las expectativas que vayan calando entre la gente normal y, por supuesto, de qué tipo de medidas económicas nos van presentar los candidatos a la Moncloa. Medidas como las deducciones en el IRPF o el alargamiento de las hipotecas (modelo pseudoliberal “espe-jo de nuestros sueños”) o como las ayudas directas a la compra y la limitación del plazo a 25 años (modelo indefinible “solbes-e quien pueda”). La verdad, no creo que ninguno se atreva a hablar de la madre del cordero, el mercado de alquiler, en período electoral. Pero si alguien tiene los huevos de hacerlo yo le voto. Aunque me quede solo.
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