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El pasado martes tuve la ocasión de preguntarle a Sus Majestades qué había de lo mío. Como soy consciente de la crisis, este año he sido muy comprensivo y sólo había encargado lo justito para que a mi hijo de 8 meses se le encendiese la mirada en la mañana del día 6, tarea nada difícil, por cierto, porque el nene se emociona por todo. Pero ya que pasaban por aquí, se me ocurrió cuestionarles por esa otra gran Carta que les remitió la ONU en el 2000 y que se dio en llamar los Objetivos del Milenio. Y es que deben saber Sus Majestades que hay que cumplir para 2015.

Me propongo este año prestar algo de atención a cada uno de los 8 Objetivos. Tengo la sensación de que la crisis económica nos ha reducido demasiado el campo de visión a lo que ocurre en los mercados occidentales y algún que otro emergente, esto es, a ese 20% de habitantes que acaparamos el 80% de la riqueza mundial. Y sin ánimo de vender ideas solidarias edulcoradas, creo que es bueno defender el enfoque macro de la cosa económica, en el sentido de global, más allá de lo que ocurra con unos sectores locales o unos agentes económicos concretos. Lo bueno de la crisis económica mundial es que nos ha devuelto a la cruda realidad de la escasez como problema de partida y no nos podemos permitir ineficiencias en la asignación de los recursos. Nótese que hablo de falta de eficiencia y no de falta de equidad. No creo que sean conceptos incompatibles pero lo cierto es que no se puede mantener un orden económico proteccionista -a favor del mundo rico- y luego lavar la mala conciencia con fondos de ayuda humanitaria, humillantes condonaciones de deuda externa y otros parches. No niego que el Sur está demasiado contaminado por la corrupción política y que hay culturas contrarias al desarrollo que propone el capitalismo sano. Pero también creo que el Norte tiene miedo a quedarse con el culo al aire si todos pasan a jugar con las mismas reglas. Y así nos va: inmigración masiva, deslocalización, dumping social.

Los Objetivos del Milenio no dejan de ser una gran carta a los Reyes Magos, un cajón de buenos deseos y grandes propósitos. Pero merece la pena divulgarlos y echar un vistazo a su cumplimiento, aunque sólo sea por egoísmo: no vaya a ser que Sus Majestades nos corten el grifo por insolidarios.
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