¿Qué hacemos con el Senado?

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La semana pasada hablaba de los salarios de nuestros representantes públicos, un tema clásico en época de investiduras y formación de gobiernos. El segundo problema que hay que abordar en estos momentos de mudanza es qué hacer con los abuelos, ya sabéis, los presidentes salientes y otras viejas glorias de la democracia. Y parece que el Senado, nuestra Cámara Alta, es un lugar confortable para tal función.

En alguna ocasión ya he comentado que no participo del consenso que hay en la calle sobre suprimir el Senado, pero tampoco me sirven los argumentos que esgrimen PP y PSOE para mantenerlo como un espacio de retirada de políticos profesionales (su experiencia, el conocimiento del territorio…). De entrada, hay que decir que un Estado federal –y España lo es de hecho- debe contar con una cámara que atienda los asuntos de los territorios, como sucede, por ejemplo, en Estados Unidos o en Suiza, por mencionar dos tamaños diferentes. La segunda lectura de un proyecto legislativo, cuando menos, es un buen contrapeso para que las regiones afectadas puedan hacerse oír. Por otro lado, nuestro Senado real (no el ideal) tiene dos virtudes: la mayor parte de los senadores son elegidos por los ciudadanos en listas desbloqueadas (es decir, los votantes no elegimos partidos, sino candidatos) y sus debates, al ser menos mediáticos, suelen ser de mayor calidad que los del Congreso.

Por cierto, como curiosidad, el Senado tiene la potestad exclusiva para suspender la autonomía de una comunidad. En todo lo demás, es cierto que el Congreso de los Diputados tiene la última palabra y por eso muchos justifican la inutilidad de la Cámara Alta. Si me permitís una propuesta, yo aprovecharía una eventual reforma para apuntalar la independencia de sus señorías. Me explico: eliminaría las marcas de partido de la papeleta color sepia y pondría a las candidatas y candidatos a hacer campaña con el curriculum vitae en la boca, nada de esconderse detrás de unas honradas siglas. Si es necesario, sepárense las elecciones para cada Cámara (por ejemplo, dando al Senado un período de 5 años o haciéndolo coincidir con las elecciones autonómicas). De paso, arreglaríamos los absurdos parones de final de legislatura.

El debate sobre el Senado es inseparable del modelo territorial, aunque hay naciones centralizadas –como Francia- que también poseen parlamento bicameral. Así que algo bueno debe de tener este sistema. Lo que tengo claro es que si hay que irse a un modelo de una sola cámara debería parecerse más a un Senado que a un Congreso, para que nuestra democracia se parezca más a un juego cooperativo entre regiones y menos a una dictadura de la mayoría.

Disfrutad del veranito y sed buenos.

S2.

  1. en respuesta a Josiete
    #2
    10/07/15 11:24

    Sí, la verdad es que me he cubierto de gloria defendiendo el Senado...

    Aún así sigo apostando por la reforma y no por la supresión. Una Cámara de las Regiones que sirva de contrapeso (real) a la Cámara de los Partidos. Para ello hay que garantizar la independencia de los senadores respecto de las marcas electorales y asignar competencias exclusivas.

    S2

  2. #1
    09/07/15 13:37

    Ayer,de los 266 senadores, 212 no estaban en sus escaños, y para más una senadora de podemos nombrada el día anterior no llego al arranque, es que ni el primer día...como se ríen de nosotros

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