Emprendedores, empresarios y aves rapaces

Acabamos de estrenar el otoño y creo que ya va siendo hora de recuperar el sano ejercicio del blogueo, después de todo un verano off-line.  La actualidad me sugiere variedad de temas para abrir fuego pero prefiero empezar con una reflexión de fondo. Aunque sea lunes me vais a perdonar el atrevimiento.

Lo cierto es que a primeros de mes tuve la oportunidad de asistir a un seminario sobre economía social y, entre casos de éxito/fracaso y reflexiones de alto espectro, tuvimos un pequeño debate conceptual sobre los conceptos de emprendedor y empresario. Tal vez a muchos os parecerá una cuestión intrascendente y puede que hasta cansina, por la explotación que se está haciendo del concepto emprendimiento. Pues bien, desde mi punto de vista, ni todos los emprendedores van a llegar a ser (buenos) empresarios ni todos los empresarios poseen las características de los (auténticos) emprendedores. Un emprendedor no es un empresario de buen rollo, ni un autónomo cool. Un emprendedor es una persona que se busca la vida para solucionar problemas. Y un empresario es alguien que se dedica a asignar recursos para obtener un beneficio. La diferencia no es nada sutil: el primero detecta problemas o necesidades no resueltas y luego se pone a buscar los recursos para diseñar la solución; el segundo ya tiene los recursos (dinero, acceso al crédito, habilidades, conocimientos…) pero tiene que pensar cómo colocarlos en un proyecto con clientela potencial. Y me resulta estéril la discusión sobre si hacen falta más empresarios o más emprendedores, porque las dos figuras son dignas, necesarias y complementarias.

Evidentemente en España no sobran los solucionadores de problemas ni proyectos interesantes en los que colocar recursos. Acá sobran aves rapaces, si me permitís. Osea, alimañas que acaparan dinero y talento para quemarlo en actividades que no solucionan ningún problema ni cubren ninguna necesidad real. Actividades que más bien crean el problema o se inventan la necesidad con calzador. La mayoría de las veces con la coartada de que crean empleo. Y siempre subvencionadas, oiga, sea por el lado de la oferta o de la demanda, pero sin clientela natural y espontánea. Las aves rapaces sobrevuelan sectores suculentos como el energético, el financiero, la construcción, las infraestructuras, la automoción… Carne fresca apetecible para cualquiera que presuma de tener mucha pasta y poco gusto por la competencia y los mercados libres.

Si hay algo que nos preocupa a todos en esta crisis es el desempleo galopante, una lacra que tiene dos caras: la económica y la humana, inseparables por mucho que nos empeñemos en poner una encima de la otra. Y se nos está robando el debate sobre cómo resolverlo, porque no estamos ante un problema de cantidad de trabajadores si no de calidad de personas. Si yo soy competente para las relaciones sociales, mi puesto de trabajo no debe estar en una oficina sino en la calle. Si a mí no me gusta jugar en equipo y delegar funciones, difícilmente voy a dirigir un negocio con sucursales. Si soy incapaz de escuchar, igual mi sitio no está ni en un hospital, ni en una escuela ni mucho menos en un puesto de mando. El problema de nuestro desempleo nacional no es por falta de puestos de trabajo: es que casi nadie está en su lugar. Y es imposible que una economía funcione si las personas no damos lo mejor de nosotros mismos.

Si queremos hacer algo útil contra el desempleo, ayudemos a las personas a descubrir en qué son buenas. Y si no hay un puesto de trabajo en el mercado que aproveche esas competencias, habrá que crear una empresa que sí lo haga. Esto es neoliberalismo y no lo que trae Mister Adelson. Por mí que se vaya a Tokio a crear empleo.

Que paséis una buena semana, s2.

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