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Euforia. Esa sería la palabra que mejor define el estado del país desde la pasada medianoche. Curiosamente jamás se había hablado tanto en las horas posteriores a la final de un mundial, de sus presumibles repercusiones económicas. Y es que parece que en España estemos esperando que se produzca otro milagro a colación del deportivo: El económico.
Las estadísticas recientes nos prometen una aumento del PIB del 0,7% causado por la euforia de que un país se sepa campeón del mundo de fútbol. Un crecimiento que sería para nuestra economía oro puro, pero que difícilmente tendrá los efectos deseados sin que nos arremanguemos. Porque la cruda realidad es que ese presunto crecimiento del PIB se lo va a comer con patatas en un par de trimestres una economía con un paro elevadísimo, una productividad bajísima, un déficit galopante y una fiscalidad (sobre el consumo: IVA) creciente. Por ello, muy mal vamos si creemos que la euforia deportiva nos va a sacar del agujero económico. "Estoloarreglamosentretodos", bien cierto, pero con esfuerzo y sacrificio, y no con euforias y borracheras de gloria futbolística que no son más que agua de borrajas sin un cambio radical en nuestra sociedad.
No cabe duda que el merecimiento deportivo es indiscutible, y que el fútbol más atractivo del mundial lo ha jugado la selección española. Pero tan importante como saber perder, es saber ganar, y es de justicia también acordarse de los perdedores. Recordemos que la selección holandesa ha jugado ya con la de ayer nada menos que 3 finales del campeonato del mundo. Y las 3 han supuesto dolorosísimas derrotas ante Alemania, Argentina y ahora España. Es cierto que el fútbol actual de los holandeses dista mucho de la naranja mecánica de 1974 y 1978, pero es de bien nacidos reconocer que tiene tanto mérito o más haber jugado y perdido 3 finales que haber jugado y ganado sólo una (que se lo digan al Valencia en la Champions).
También es de justicia recordar que la genética del futbol de ataque y control permanente que despliega la selección española tiene su orígen en la escuela del holandés más prestigioso del fútbol, Johan Cruyff. Este heredero de la naranja mecánica de los años setenta transmitió sus enseñanzas a toda una generación de barcelonistas que mamaron su fútbol en una fábrica de talentos llamada La Masía. De ahí salieron nombres como Amor, Guardiola, Luis Milla (seleccionador español sub-19), etc. que coronaron el llamado Dream Team del fútbol. Y dicha fábrica siguió fiel a los principios de control del medio campo, de posesion del balón y de ataque permanente. Técnica, técnica y humildad.
Posteriormente vinieron los Puyol, Xavi, Iniesta, Busquets, Cesc, Piqué, Pedro, Valdés o Reina, por citar sólo a los que acaban de ser campeones del mundo. Si además mezcalmos todos estos ingredientes en un combinado donde el entrenador es otro heredero de los genes del "holandés volador", Pep Guardiola, el resultado es una temporada 2009 en la que el Barça consigue ganar todos los títulos posibles, algo que jamás había conseguido ningún otro club en la Historia del fútbol, y con el fútbol más bonito y elogiado del planeta.
Esta, y no otra, es la base de la Selección Española que intuyó inteligentemente Luis Aragonés (y también Del Bosque a partir de cuartos de final), y que debe ser ese nuestro orgullo. Una Roja en cuyos genes encontramos las mecánicas trazas naranjas de los trifinalistas. Y que hemos sabido mestizar convenientemente en Terrassa, Tenerife, Ciutat Badía, Barcelona, La Pobla de Segur, Arenys de Mar y... cómo no, Fuentealbilla.
Será una lástima que la celebración futbolera nos impida ver el bosque de sacrificio económico que tenemos ante nosotros. Porque el país necesita productividad y crecimiento, además de fiestas y borracheras. A ver si seguimos el ejemplo de la Roja, a pesar de habernos criado en entornos muy distintos a los de La Masía. Porque lo mejor que puede darnos esta Selección Española no es la copa del mundo sino el ejemplo de talento, unidad, sacrificio, esfuerzo y humildad.
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