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Hemos atravesado por algunas semanas con cierto sabor a reiteración. Artículos condicionados por una actualidad dual que nos ha forzado a consumir tinta y más tinta especulando sobre tipos de interés y recesiones. Hoy me propongo cambiar de tercio y aprovechar los primeros calores para rememorar alguno de los fracasos bursátiles más clamorosos que he vivido en primera línea. Para ello debo de hablar de mi padre, de nombre Antonio y a quien tomaré como ejemplo típico de aquellos pequeños inversores que desde los 70 u 80 del siglo pasado, arriesgaban su capital en el mercado. 
 
Mi padre practicaba un tipo de inversión a largo plazo en el que se aprovechaban los importantes descuentos en precio que en ocasiones el mercado ofrecía, para entrar en valores de reconocida solidez, priorizando dos sectores: banca y construcción. En España, incluso antes de la burbuja inmobiliaria, se sabía del crecimiento del sector de la construcción. Pero, tras la crisis del primer lustro de los 80, existía un dogma más importante: los bancos no quiebran, se fusionan, que posteriormente se acortaría hasta la forma de los bancos no pueden quebrar. Así, tras el intento fallido entre el Banco de Bilbao y Banesto, el primero de ellos llegó un acuerdo con el Banco de Vizcaya para formar el Banco Bilbao-Vizcaya (1988) con Asiaín y Toledo al frente. Solo unos años más tarde el Banco Central absorbería al Hispano Americano para crear el Banco Central Hispanoamericano (BCH) que, a su vez, en 1999 se fusionaría con el Banco Santander para dar lugar al Banco Santander Central Hispano (BSCH) que fue el embrión del Grupo Santander. Por esa época, el mismo BBV se fusionaría con Argentaria para crear el, por aquel entonces, primer banco español por capitalización, el BBVA. De esta forma, el proceso de concentración bancaria era un proceso que de forma lenta definía al sector. En casa escuchaba comentarios respecto a la compra de acciones de Nissan Motor Ibérica, Dragados y Construcciones, Banesto, Campsa, Iberia o Explosivos Río Tinto. Al mismo tiempo, mi madre respondía -medio en broma, medio en serio- que se dejase de inversiones, lo vendiera todo y dejara de correr riesgos, que aquella vieja lavadora pedía un cambio a gritos. Quizá por esta razón, el mundo de la bolsa siempre me resultó familiar, incluso cuando sin ningún conocimiento previo me incorporé a Terra Networks con inolvidables resultados, como todos sabéis.

A principios del 2009, Antonio adquirió un paquete de acciones del Banco Popular Español a un precio de 7€. No era en modo alguno la primera inversión en dicho valor pues uno había tenido suficientes oportunidades de incorporarse a la tendencia constructiva previa que finalizaría tan abruptamente en el 2007. Considerando el activo por sí mismo, la verdad es que el timming fue todo un acierto pues la activación de la operación precedió lo que fue un excelente rebote en la cotización del valor que le llevó hasta los 17€ aproximadamente.



A toro pasado sabemos que, si en lugar de elegir dicho valor, la operativa se hubiera centrado en los grandes índices norteamericanos -Standard and Poor’s 500 o Nasdaq-100-, la entrada hubiera capturado los mínimos del crash de la burbuja financiera del 2008, con magníficas perspectivas de rentabilidad. Sin embargo, mi padre pertenece a aquella generación que prefiere la proximidad de una empresa española al riesgo de inversión fuera de nuestras fronteras. Hoy encendemos nuestro ordenador o echamos un vistazo al móvil e instantáneamente tenemos acceso a miles de activos cotizables desde cualquier rincón del mundo. Pero en la España de los 80, el pequeño inversor únicamente tenía disponible la operativa en el parquet español y poco más. Y, pese a lo que acababa de vivir tras el 2008, aún creía que el negocio bancario gozaba de una ventaja competitiva. Así que aquella operación era la expresión de su confianza, no solo en uno de los sectores que más habían acusado el golpe -y, por tanto, susceptible de registrar un mayor recorrido-, sino en la recuperación de la economía del país. No podemos olvidar que, apenas una década antes y juntamente con el Banco Herrero, Banco Sabadell y Banco Santander, el $POP formó parte del selecto grupo de 38 entidades bancarias de todo el mundo que destacaban por “su buena gestión, balance crediticio saludable y ausencia de problemas significativos”, según la firma de análisis bancario británica IBCA. Y eso no era fácil, ni de conseguir, ni de olvidar.
 
Con aquellos 17€/acción sobre la mesa, una rentabilidad superior al 100% y teniendo en cuenta los argumentos planteados, Antonio consideró que podía estar ante el inicio de una recuperación de mayor envergadura, así que mantuvo la posición. Desafortunadamente, las acciones del Banco Popular reanudaron su tendencia bajista y aquello desembocó en un resultado catastrófico. La pérdida no solo borró de un plumazo los beneficios teóricos, sino la totalidad del capital invertido, juntamente con el patrimonio de otros 300.000 sufridos accionistas. 
 
En esta ocasión, lo único que pude hacer fue evitar que los daños fueran mucho mayores. El servicial director de la sucursal bancaria de la que mi padre era cliente desde hacía más de treinta años, le aconsejó acudir a la última ampliación de capital que el Popular pondría en marcha solo unos pocos meses antes de quebrar. No hacía falta que se preocupara por la financiación de la operación pues entendían que, a tal fin, no habría ningún problema en aprobar generosamente un préstamo. “¿Ofrecer un crédito que nadie ha pedido con el que financiar la compra de unas acciones que nadie quiere mientras su banco se hunde?. Pero, ¿de qué me está usted hablando?”, fue todo lo que acerté a responder. 
 
De toda experiencia, por funesta que sea, podemos extraer nuestras conclusiones que, en la medida que nos eviten repetir el error, serán valiosas. Desde el no enamorarse de un sector o de una empresa en concreto, hasta seleccionar correctamente el activo en el que arriesgar nuestro capital.
 
En mi opinión, las dos más importantes se refieren a la gestión del riesgo y de nuestra relación con el negocio bancario. En cuanto a lo primero, es obligatorio siempre y en toda ocasión, establecer un stop loss que limite nuestras pérdidas. Elija usted el sistema que quiera, incluso cree uno que se adapte a su operativa. Pero, aún considerando la inversión a largo plazo, no olvide situar un nivel a partir del cual su idea de inversión queda anulada y, en consecuencia, se cierra la operación asumiendo unas pérdidas limitadas. Por otro lado, sea consciente que tan importante es situar adecuadamente dicha contención del riesgo como saber recoger beneficios, sea de forma parcial o total. Lo que, en ningún caso puede ocurrir, es que una operación en la que registramos una rentabilidad superior al 100%, acabemos, no solo con pérdidas sino con la totalidad del capital invertido. En este sentido, una de las ventajas del sistema de inversión que he comentado en las últimas entregas es que la subjetividad queda excluida en favor de un sistema que se rige por normas claras y lógicas, dependiendo esta decisión del propio mercado cuando establece -vía gráficos-, un punto exacto de cierre de la operación. 
 
No menos importante fue ratificar mi opinión respecto a la ética de una parte de directivos del sector bancario. Unas prácticas que el tiempo demuestra cómo, cuando los ingresos de alguien dependen de la recomendación que emitan a sus clientes, no serán los intereses de estos últimos los primeros en estar protegidos; “¡He descubierto que en este local se juega!”, que gritaría indignado el capitán Louis Renault en Casablanca. Como usuario, recurro a sus servicios cuando lo necesito sabiendo que solo son negocios. Así que, cuando hay que hacerlo, la relación personal se queda en la puerta del despacho y dentro, se negocia. Cuando la oferta o el servicio que recibo no es lo suficientemente bueno, cruzo la calle para dirigir mis pasos directamente hacia la competencia. Todo lo demás es literatura.
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  1. Top 25
    #1
    06/07/23 09:46
    Muy de acuerdo en la ética de una parte de directivos del sector bancario (una parte muy amplia, por cierto). Los de Santander y Popular demostraron su calaña en el "robo legal" que hicieron a todos los minoristas del Popular... y en los préstamos para las acciones, y en las preferentes, y en tantas otras.

    No tan de acuerdo con tus stop loss y con la frase "en ningún caso puede ocurrir, es que una operación en la que registramos una rentabilidad superior al 100%, acabemos, no solo con pérdidas sino con la totalidad del capital invertido". Si hubieras tenido Popular y Apple (ya que coges un extremo, permite que yo traiga el otro extremo, para compensar), habrías cerrado ambas posiciones con un resultado entre -25% y +50%, según si empiezan subiendo o bajando, con una rentabilidad total que en promedio sería ligeramente positiva; pero si compras Popular y Apple y te olvidas, el resultado de tu cartera es espectacular, incluso aunque Popular se vaya a cero.