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Bebe y calla

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Bebe y calla

Magnífico. Sin más comentarios.

"Bebe y calla
Sábado, 18 de marzo de 2006

El progreso intergeneracional se ha detenido irremediablemente. Estábamos condenados a vivir mejor que nuestros padres por la misma razón que ellos alcanzaron un nivel de prosperidad superior el de nuestros abuelos. Pero lo que parecía una constante histórica se ha malogrado con nuestros hijos. Si de algo podemos estar seguros es que la generación más preparada, la que estaba llamada a superar a todas las anteriores, no ganará la carrera.

Lo que está pasando con nuestros jóvenes tendría que ocupar nuestra atención más allá de esas alarmas sobre macrobotellones con la que últimamente nos abruma un telediario sí y otro también. Al parecer, los padres deben de impedir que sus retoños se reúnan con sus colegas y beban, que es por otra parte el mismo deporte al que, más silenciosamente, bien es cierto, nos dedicamos una inmensa mayoría cuando estamos con amigos. Apartemos a nuestros hijos del alcohol, sí, pero empecemos a pensar cómo afrontarán las incertidumbres del futuro quienes sólo han conocido esa provinciana opulencia de clase media en la que se han criado.

Siendo como somos incapaces de ver con nitidez lo que ocurre delante de nuestras propias narices, bastaría con echar una mirada a lo que sucede en Francia para dibujar los contornos de esta crisis existencial que afecta a los escalones más bajos de la pirámide de población. Si ayer eran los jóvenes de los suburbios los que prendían desordenadamente fuego a un sistema que les reserva una suite con vistas a la marginación y el desempleo, hoy son los estudiantes los que se revuelven contra una pomposa “ley de Igualdad de Oportunidades” que se asemeja mucho a los salvavidas que lanza un trasatlántico cuando se aleja.

Desde España habría que observar con preocupación los efectos que ha provocado ese contrato de primer empleo (CPE) que el atildado Villepin se ha sacado de la manga para “reducir el paro y ofrecer perspectivas de futuro a los jóvenes”, dicho sea en palabras de su ministro de Trabajo, Gérard Larcher. Porque sin duda es preocupante que el dichoso CPE, un contrato indefinido diseñado especialmente para jóvenes menores de 26 años con un período de prueba de dos años en el que podrán ser despedidos sin causa que lo justifique, signifique un avance respecto a la situación que aquí padecen sus coetáneos.

El 53% de los jóvenes menores de 30 años que trabaja en España tiene un contrato temporal, veinte puntos más que esa ya de por sí escandalosa tasa de precariedad que afecta al conjunto de los ocupados. Como bien sabe José María Cuevas, muy preocupado él por si el Gobierno le impide vender sus acciones de Endesa a los alemanes de E.ON, no es posible encadenar contratos temporales. Pero en esta tierra de pícaros un trabajador puede estar ligado quince años a una misma empresa en esas mismas condiciones por la aplicación abusiva o sencillamente fraudulenta de los contratos de obra o servicio.

Un reciente informe del Consejo Económico y Social sobre el papel de la juventud en el sistema productivo español destaca que, pese al crecimiento económico y la mejora de empleo de los últimos años, se ha producido un retroceso en la inserción laboral de los jóvenes. Así, mientras que la tasa de actividad de éstos es similar al promedio europeo, el paro es mucho más alto. El informe incide tanto en la alta temporalidad como en la corta duración de los contratos temporales, el elevado peso en el empleo de los jóvenes de ocupaciones de baja cualificación –mayor que en el resto de Europa- y la fuerte separación entre estudios y trabajo: quienes trabajan o buscan empleo no siguen estudiando y viceversa.

La circunstancias no son mucho más favorables para aquellos que han acabado sus estudios universitarios, hablan varios idiomas, han forrado sus paredes de cursos de postgrado y se han lanzado a la búsqueda de empleo. Excepcionalmente retratados en un reportaje publicado por el diario El País en octubre

#2

El increíble salario menguante

Excepto por el final, me parece muy acertado éste que habla desde una cátedra.

" ANTÓN Costas
Catedrático de Economía de la UB

Cual gota malaya, desde hace varios años los salarios de los trabajadores españoles están reduciendo su crecimiento y perdiendo capacidad adquisitiva. Para los empresarios y el Gobierno se trata de una moderación de los costes laborales que tiene efectos benéficos para el crecimiento económico. Pero posiblemente, los afectados no lo ven de la misma manera. Y tampoco está claro que a la larga sea bueno para el conjunto de la economía, especialmente si la caída de los salarios se combina con un aumento de los tipos de interés de las hipotecas y los créditos.
Comencemos con los salarios. Los datos son bastante claros y muy tozudos. El crecimiento de los salarios desde el año 2001 es menor año tras año. Y no sólo han crecido a menor ritmo, sino que los salarios eran más bajos de lo que sabíamos. Ahora resulta que el empleo descubierto por la elaboración de la nueva Contabilidad Nacional del año 2000 en sectores no agrarios (industria, construcción y servicios sometidos a competencia) tiene un salario más bajo que el promedio de ingresos. Dicho de otra manera, las nóminas de los asalariados resultan más bajas de lo que creíamos y además crecen cada vez a menor ritmo.
Pero lo que realmente interesa no son los euros que cobramos, sino lo que podemos comprar con ellos. Como los precios de los bienes y servicios que adquirimos, es decir la inflación, crecen más que los salarios, el resultado es que el salario real es cada año menor que el anterior. De hecho, el salario real era a finales del año pasado el mismo que hace cinco años, según los datos que elaboran Adeco y el IESE, teniendo en cuenta todas las remuneraciones: el salario base, las pagas extraordinarias y las horas extras.

ESTÁ CLARO, los salarios menguan año a año. Dejando de lado ahora las causas de esta caída, la cosa tiene visos de continuar, al menos a corto plazo. Todas las proyecciones realizadas sobre la evolución de los salarios reales para el año 2006 predicen una nueva caída del salario real. Es decir, aquellas personas y familias cuyos ingresos para vivir vengan de los salarios, que son la mayoría, seguirán perdiendo capacidad adquisitiva; dicho de una manera más contundente, serán más pobres el año que viene.
No quiero ser ningún aguafiestas, pero si al menor salario real le sumamos el hecho de que un gran número de personas y familias trabajadoras están hipotecadas (especialmente las más jóvenes), que los tipos de interés de sus hipotecas son a tipo variable y que esos tipos están subiendo, el panorama al que se enfrentan estas familias está claro: salarios menguantes, intereses hipotecarios crecientes. Como se ve, no es como para tirar cohetes.
Sin embargo, a decir de algunos, España va bien, aunque vaya mejor para unos que para otros. Hasta ahora la cosa se ha arreglado porque, al contrario que lo que ha sucedido con el salario, el empleo ha tirado bien, aunque sea precario y temporal. Y como las mujeres se han incorporado de forma masiva al mercado laboral, dos empleos en una pareja parece que compensan la reducción del salario de cada uno. Un salario para pagar la hipoteca y el otro para vivir. Pero si, como es de prever, el salario baja y los intereses suben, la cosa se va a poner fea.
Los que tengan tendencia a ver las cosas con optimismo, pueden consolarse pensando que, aunque a algunos les vaya algo peor, al menos a la economía en su conjunto le irá bien. Pero tampoco está claro.
Como el salario real de cada trabajador ha caído más intensamente que lo que ha aumentado el número de empleados, el crecimiento de la renta procedente de los salarios del conjunto de las familias españolas se moderó en el 2005 respecto del año anterior. A esa caída de los salarios hay que añadir el hecho de que la riqueza que esas mismas familias tienen en forma de viviendas (la vivienda constituye el 80 % de la riqueza de los hogares españoles)