Otro que se atreve
http://www.elconfidencial.com/opinion/indice.asp?sec=21&edicion=20/04/2005&pass=
Las urnas vascas acercan un poco más a España al precipicio hacia el que caminamos desde hace décadas. ¿Acabaremos despeñados?
@Jesús Cacho
Miércoles, 20 de abril de 2005
Perplejo y confundido. Hondamente preocupado. Así anda el personal al reparar, horas después de conocidos los resultados de las elecciones vascas, en el galimatías en que se ha convertido el País Vasco, la complejidad y la peligrosidad de las diversas alternativas de Gobierno que se yerguen ante el sedicente ganador de la consulta, el camarada Ibarretxe.
Preocupación porque, como ocurre en cualquier seísmo, nadie parece estar seguro de pisar tierra firme. Y es que nadie sabe, con excepción, quizá, de sus allegados, qué es lo que realmente piensa el presidente Zapatero sobre el problema de España, porque de eso van nuestros males en este inicio del siglo XXI: del viejo y siempre nuevo problema de España, y nadie sabe qué es lo que ZP tiene en su cabeza respecto a las reformas estatutarias que los nacionalismos plantean como un apeadero que conduce a la estación término de la independencia.
A pocos españoles se les ocurría años atrás dudar del patriotismo de un Felipe González, fuera más o menos adepto a la causa. Del de José Luis Rodríguez Zapatero poco o nada se sabe. Unos le imaginan un dechado de sabiduría; otros, una simple burbuja llena de nada. De su tirón electoral algo empieza a saberse: las elecciones del 14-M se ganaron por lo que todo el mundo sabe; las europeas salieron rozando el larguero; el famoso referéndum europeo del que ya nadie habla se salvó in extremis, y las elecciones vascas del domingo, con las velas desplegadas, han rendido apenas 19.200 votos más. El leonés no tira, electoralmente hablando; no despega ni en su mejor momento de gloria.
Tal vez por esta debilidad intrínseca que empieza a ser evidente, su gran baza sigue consistiendo en mantener viva la llama del puñado de votos que le llevó a La Moncloa el 14-M, y hacerlo usando por palanca una política populista basada en el puro gesto, en la revisión radical de nuestro pasado histórico reciente. Ayer mismo, el fiscal general del Estado anunció la intención de revisar los juicios militares celebrados durante el franquismo, novedad que luego ratificó el ministro de Justicia. ¿Es que se han vuelto locos? ¿Es que el Gobierno, con España en riesgo de perder su identidad como nación, no tiene mejor cosa que hacer ahora mismo?
Es este deliberado propósito de ofender, desafiar, crispar a millones de españoles, este aparente e irracional afán por enfrentar de nuevo a media España contra la otra media, lo que hace desconfiar a los ciudadanos no alineados con partido alguno sobre las verdaderas intenciones de Zapatero en todo lo que tiene que ver con su política con los nacionalismos y el sempiterno problema de España.
Porque, sin estos gestos que le delatan, uno estaría tentado a imaginar a un ingenuo señor Rodríguez poco ducho en las artes de la política, que se acerca con la rama de olivo en la mano dispuesto, apóstol de la paz, profeta de la buena voluntad, a entenderse con los nacionalismos y acabar de una vez con el problema vasco y catalán sobre la base de una España entendida como marco de convivencia común en la que, como debe ser, cabemos todos.
Pero, un año después de su toma de posesión, hacen falta toneladas de fe para seguir confiando en esta visión angelical del señor Rodríguez. En su trato con los nacionalismos, el presidente del Gobierno ha resultado ser un consumado especialista en el alambre, en caminar al borde del abismo. Un experto bailando con lobos. Un funambulista forzado por su propia debilidad y la de sus socios, gentes que tampoco serían nada sin él.
Pero la alianza del presidente legítimo de España con partidos periféricos y marginales no puede salirle gratis a medio y largo plazo ni al presidente ni a España. Lo que ocurre es que Rodríguez sólo piensa en el corto plazo, con