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El jueves 16 de julio de 2026 se cerró en Colombia una ventana. No una de vidrio: una legal, de esas que se abren una vez por generación. Durante dos años, y por primera vez en más de dos décadas, miles de personas próximas a pensionarse pudieron volver a elegir dónde estaría su vejez: en un fondo privado o en Colpensiones, la administradora pública. El jueves pasado esa posibilidad terminó, de manera definitiva. Y lo que dejó tras de sí es una lección que trasciende a Colombia y toca a cualquiera que alguna vez deba tomar una decisión enorme sin tener toda la información. Es decir, a todos.

Qué pasó, contado simple

Desde 1993, la ley colombiana establecía una regla protectora: quien estuviera a menos de diez años de su edad de pensión ya no podía cambiarse de régimen. La lógica era evitar decisiones apresuradas en la recta final de la vida laboral. La reforma pensional de 2024 abrió una excepción única, la llamada "oportunidad de traslado": las mujeres con al menos 750 semanas cotizadas y los hombres con al menos 900, estando a menos de diez años de pensionarse, podían cambiarse por única vez, en cualquier dirección, hasta el 16 de julio de 2026. Con una condición sensata: recibir antes una doble asesoría, gratuita y obligatoria, de ambas entidades, para comparar con números en mano qué régimen convenía en su caso particular.

Hasta aquí, una política razonable. Lo extraordinario vino después.

Dos años de plazo y una fecha límite: 16 de julio de 2026


Decidir sin saber

La Corte Constitucional suspendió la entrada en vigencia de la reforma que había creado la ventana, aunque mantuvo viva, entre pocas excepciones, precisamente esa oportunidad de traslado. Resultado: miles de personas tuvieron que tomar una decisión patrimonial irreversible, quizá la más grande de su vida, apoyadas en una ley cuya suerte final todavía no se conoce. Al cierre del plazo, el fallo definitivo seguía pendiente.

Y la incertidumbre no terminó ni siquiera para quienes decidieron. En abril, el Gobierno expidió un decreto ordenando que los ahorros de quienes se pasaron a Colpensiones fueran transferidos desde los fondos privados; el gremio de las administradoras lo demandó, argumentando que la propia ley ordena lo contrario, y hoy cerca de 25 billones de pesos esperan un fallo del Consejo de Estado. Decidiste, firmaste, y la ubicación de tu dinero sigue en litigio.

Frente a semejante panorama, ¿qué hizo la gente? He aquí el dato que para mí es el más controversial. Según cifras de Colpensiones reveladas por El Tiempo, 1.033.019 personas cumplían los requisitos para usar la ventana. Al corte del 31 de mayo, solo 265.626 (una de cada cuatro) había solicitado siquiera la doble asesoría. Tres de cada cuatro dejaron pasar la oportunidad sin sentarse a mirar sus propios números. Ni para cambiarse ni para confirmar, con datos, que les convenía quedarse.

Ojo: no creo que haya sido pereza. La incertidumbre paraliza. Un tema que mezcla leyes suspendidas, decretos demandados y palabras como "régimen de prima media" intimida a cualquiera. Y a casi nadie le enseñaron a leer su historia laboral en semanas cotizadas. Quedarse quieto se siente prudente. El problema es que, cuando hay una fecha límite, quedarse quieto no es neutral: es elegir por omisión, y con menos información que quien al menos pidió sus cuentas.

Tres de cada cuatro personas habilitadas dejaron pasar la ventana sin mirar siquiera sus propios números


La lección que trasciende Colombia

Este dilema no es colombiano. La tensión entre administradoras privadas y sistema público recorre también Chile, Perú y México, cada uno con su reforma en marcha o en debate. Pero la lección de fondo es universal, y es esta: las decisiones patrimoniales de largo plazo casi nunca se toman con información completa. Quien espera certeza total para decidir, en realidad ya decidió: se quedó donde estaba, sin saber si ese era el mejor lugar.

¿Qué sí se puede hacer bajo incertidumbre? Lo que estaba al alcance de todos y solo uno de cada cuatro hizo: conocer los propios números. Cuántas semanas llevo, cuánto he acumulado, qué me proyecta cada escenario. Pedir toda la asesoría disponible, sobre todo cuando es gratuita. Separar lo que depende de mí (informarme, comparar, decidir a tiempo) de lo que no depende de mí, como el fallo de una corte. Y dejar por escrito el porqué de mi decisión, para no reescribir la historia cuando llegue el ruido. Este tipo de decisiones, además, se piensan mejor acompañado: una comunidad de personas que miran en la misma dirección (la prosperidad) no decide por ti ni te dice qué hacer; te ayuda a ver lo que a solas no ves, a hacer las preguntas que no sabías que existían y a sostener el norte cuando la incertidumbre empuja hacia la parálisis.

Bajo incertidumbre no se decide con certezas: se decide con criterio y con los números propios en la mano


La ventana de cada quien

Sé que esto conecta con una frustración que muchos profesionales conocen bien: ganan bien, ahorran cuando pueden, y aun así el patrimonio no se consolida. Y una parte de la explicación rara vez se nombra: el patrimonio no se pierde solamente en malas inversiones. Se pierde, sobre todo, en decisiones no tomadas. En la pensión que nunca revisamos porque queda lejos. En los números propios que nunca pedimos porque el tema intimida. En las ventanas que dejamos pasar porque decidir bajo incertidumbre incomoda, sin notar que no decidir también es una decisión, solo que a ciegas.

La ventana de Colombia ya se cerró, y respetó a quienes alcanzaron a decidir con sus números en la mano, en cualquier dirección. Pero cada quien tiene la suya: la de mirar hoy su historia laboral, sus ahorros, su proyección, y decidir con lo que sabe, que siempre será incompleto. Esa ventana tuya sigue abierta esta tarde. Lo único seguro, y Colombia acaba de recordárnoslo, es que ninguna ventana queda abierta para siempre.
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