De monopolio estatal a gigante cotizado
Hablar de Centrica es hablar de la evolución política y económica del Reino Unido en los últimos dos siglos. Sus raíces se remontan a 1812, cuando la Gas Light and Coke Company encendió las primeras farolas de gas en Londres. Aquella innovación no solo iluminó las calles, sino que marcó un cambio de época: el gas pasó a ser un motor de la Revolución Industrial, un recurso que transformó la vida urbana y sentó las bases de la industria energética moderna.
Tras la Segunda Guerra Mundial, en 1948, el gobierno laborista de Clement Attlee llevó a cabo una profunda nacionalización del sector del gas. Toda la industria quedó bajo control estatal, organizada en doce consejos regionales. El objetivo era claro: garantizar el acceso universal a un bien básico. Para millones de familias británicas, aquello significó disponer de una fuente de energía segura y asequible. Pero con el tiempo el sistema mostró sus límites: un entramado burocrático, rígido y poco innovador, incapaz de adaptarse a los cambios tecnológicos y al aumento de la demanda.
Los años ochenta trajeron un giro radical con la llegada de Margaret Thatcher y el Partido Conservador al poder. La primera ministra entendió que la energía no solo era un servicio público, sino también un instrumento para expandir su ideario económico. En 1986, el Gobierno privatizó British Gas, hasta entonces un monopolio estatal, en lo que se presentó como la mayor operación bursátil de la historia del Reino Unido. Más de un millón de ciudadanos compraron acciones por primera vez, convencidos por una agresiva campaña publicitaria que los invitaba a convertirse en pequeños inversores. Aquello se convirtió en el símbolo del llamado “capitalismo popular”: millones de británicos con acciones en su cartera y la sensación de participar en la prosperidad nacional.
La jugada fue un éxito político y financiero, pero no estuvo exenta de críticas. Los precios subieron, los beneficios se dispararon y muchos acusaron al Gobierno conservador de haber entregado a manos privadas un bien estratégico. El Partido Laborista denunció la operación como un expolio y durante años prometió revertirla, aunque nunca llegó a hacerlo plenamente. Lo cierto es que la privatización alteró de forma irreversible la relación entre el Estado, el mercado y la energía en el Reino Unido.
El monopolio de British Gas no sobreviviría mucho. En 1997, tras fuertes presiones regulatorias y políticas, se produjo la fragmentación de la compañía. De esa reestructuración nació Centrica, que heredó la cartera de clientes domésticos y comerciales, mientras otras divisiones se independizaban o se integraban en nuevos grupos. A partir de entonces, Centrica se convirtió en una empresa cotizada con vocación internacional, dispuesta a diversificar su negocio y competir en un mercado cada vez más abierto. En este nuevo escenario, Noruega pasaría a desempeñar un papel clave: por un lado, como socio estratégico en el suministro de gas a través de contratos de largo plazo con Equinor; por otro, como accionista institucional de referencia gracias a la participación estable del fondo soberano noruego (Government Pension Fund Global), gestionado por Norges Bank, que mantiene en torno al 2 % del capital.
El devenir político nunca ha estado lejos. Con gobiernos conservadores, Centrica ha encontrado a menudo un entorno favorable, con políticas de liberalización y énfasis en la competencia. Con gobiernos laboristas, en cambio, ha enfrentado presiones regulatorias más intensas, demandas de congelación de precios e incluso debates sobre un retorno parcial a la propiedad pública. La energía, y en particular Centrica, se ha convertido así en un campo de batalla político en el que chocan dos visiones: la del mercado libre defendido por los conservadores y la del control público que reclaman los laboristas.
Negocio actual y cadena de suministro
En la actualidad, Centrica es mucho más que el proveedor histórico de gas y electricidad para millones de hogares británicos. Su negocio, que en 2024 generó 23.836 millones de libras de ingresos, se estructura en cinco grandes divisiones, cada una con un peso y una función estratégica diferentes.
La primera es el suministro doméstico y comercial, que representa aproximadamente el 45 % de la facturación. Este segmento atiende a más de 10 millones de puntos de suministro, entre ellos 7,5 millones de hogares, lo que equivale a una cuarta parte del mercado británico, y 480.000 pymes. Los márgenes en los hogares son reducidos y están fuertemente condicionados por los límites de precios impuestos por Ofgem, que es la Office of Gas and Electricity Markets, el regulador independiente de la energía en el Reino Unido. Ofgem supervisa el funcionamiento del mercado, fija techos máximos en las tarifas domésticas y vela por la protección de los consumidores, al tiempo que busca garantizar que haya competencia entre proveedores. En la práctica, esto significa que Centrica y el resto de compañías deben operar en un marco donde no pueden repercutir totalmente los costes en los hogares, lo que reduce sus márgenes pero asegura cierta estabilidad social.
El segundo pilar es la exploración y producción de gas a través de Spirit Energy, con operaciones en el Mar del Norte. Este negocio, que aporta entre un 20 y un 25 % de los ingresos, se ha revalorizado tras la invasión rusa de Ucrania, cuando Europa tomó conciencia de su dependencia energética. Contar con producción propia, aunque en yacimientos maduros, otorga a Centrica una ventaja estratégica en un continente sediento de seguridad de suministro.
El tercer activo clave es Rough, el mayor depósito subterráneo de gas del Reino Unido. Durante años almacenó el 70 % del gas en reserva del país, pero fue cerrado en 2017 por los elevados costes de mantenimiento. La crisis energética de 2022 obligó al Gobierno a reabrirlo parcialmente, lo que devolvió a Centrica un papel crucial en la seguridad energética nacional. Hoy Rough funciona con menor capacidad, pero sigue siendo vital: garantiza que el país tenga reservas para afrontar el invierno. Además, Centrica trabaja en un proyecto para reconvertir Rough en un almacén de hidrógeno verde, lo que lo transformaría en un activo pionero en la transición energética.
La cuarta división es la negociación energética internacional, gestionada por Centrica Energy. Esta área maneja contratos físicos y coberturas financieras en los principales mercados europeos y, desde 2025, también en Nueva York. Representa en torno al 15 % de los ingresos y actúa como un seguro: cuando los márgenes en el negocio minorista caen, las operaciones de compraventa energética permiten sostener los beneficios. En un mercado tan volátil como el energético, esta función de amortiguador resulta esencial.
Finalmente, está Centrica Business Solutions, que desarrolla proyectos de energía solar, almacenamiento en baterías y eficiencia energética para empresas. Hoy supone apenas un 5 % de la facturación, pero es la apuesta de futuro. Su objetivo es fidelizar a los clientes empresariales ofreciéndoles soluciones integrales para reducir costes y emisiones, no solo la simple venta de kilovatios.
En cuanto al aprovisionamiento, la red de Centrica es global y diversificada. Su principal puerta de entrada es el terminal de Grain, en Kent, donde recibe cargamentos de QatarEnergy, Cheniere Energy (Estados Unidos) y Nigeria LNG, además del gas que llega por tuberías desde Noruega y los Países Bajos.
Noruega es, de hecho, el proveedor más determinante: más de la mitad del gas que importa el Reino Unido procede de este país, y en 2025 Centrica firmó un contrato histórico con Equinor para garantizar durante diez años el envío de unos 5 bcm anuales, equivalentes a alrededor del 10 % de la demanda británica. Este acuerdo refuerza la seguridad de suministro, pero también alimenta la controversia política por la dependencia de un único país.
La diversificación de suministros es clave para evitar dependencias peligrosas. Los contratos a largo plazo aseguran volumen y estabilidad, mientras que las compras en el mercado spot ofrecen la flexibilidad necesaria para adaptarse a la volatilidad de precios. En 2022, por ejemplo, la factura de aprovisionamiento de Centrica se llegó a triplicar, pero la compañía resistió gracias a la amplitud de su red de proveedores y a su capacidad de gestión de riesgos en los mercados internacionales.
Resultados financieros y ventajas competitivas
Los números de Centrica en los últimos dos ejercicios reflejan la montaña rusa de la energía europea. En 2022 la compañía vivió una etapa de bonanza: ingresos de más de £33.000 millones, un EBITDA ajustado de £3.100 millones y un beneficio neto superior a £1.200 millones. Aquel fue el año de los llamados “superbeneficios” energéticos, cuando el mercado británico, bajo presión social, pedía que las compañías devolvieran parte de esas ganancias extraordinarias a los consumidores.
Pero 2023 y 2024 fueron un baño de realidad. En 2024, los ingresos consolidados fueron de £23.836 millones, pero el EBITDA ajustado cayó a –£1.195 millones, frente a los £2.300 millones positivos del ejercicio anterior. El beneficio operativo ajustado pasó de +£1.600 millones a –£1.200 millones. El beneficio por acción ajustado (EPS) se redujo a 14,4 peniques, frente a 19 peniques en 2023. Y el flujo de caja libre se tornó negativo: –£1.218 millones, frente a +£1.000 millones un año antes.
Estos datos no son menores: muestran hasta qué punto el sector energético está sometido a la volatilidad de precios y a la intervención regulatoria. Aun así, el balance de Centrica es más sólido que el de la mayoría de sus rivales europeos. Su caja neta ajustada se situó en £114 millones al cierre de 2024, frente a los £2.900 millones del año anterior. Aunque el descenso es significativo, sigue suponiendo una posición más saneada que la de Naturgy, Endesa o Enel, todas ellas con ratios de deuda muy superiores.
El capex en 2024 fue modesto, de £149 millones, tras un ejercicio 2023 en el que la compañía había logrado liberar recursos mediante desinversiones. En términos de eficiencia, los costes de operación fueron reducidos en un 15 %, reflejando una disciplina financiera estricta.
El primer semestre de 2025 confirmó esta tendencia de moderación. Centrica presentó un EBITDA ajustado de £900 millones, un 35 % inferior al de los £1.400 millones del mismo periodo de 2024. El beneficio operativo ajustado cayó a £500 millones, frente a los £1.000 millones del primer semestre de 2024. El EPS ajustado semestral fue de 7,0 peniques, casi la mitad de los 12,8 peniques del año previo.
El flujo de caja libre sí fue positivo en este semestre, con £244 millones, lo que refleja que las medidas de contención de costes y optimización de capital empiezan a dar frutos. La posición de caja neta se redujo ligeramente hasta £2.500 millones, frente a los £2.900 millones de finales de 2023, pero sigue siendo una cifra envidiable en un sector donde las grandes eléctricas europeas acumulan deudas multimillonarias.
La estrategia financiera de Centrica se ha basado en la prudencia: mantener un apalancamiento mínimo, con una ratio deuda/EBITDA en torno a 0,4 veces, frente al 3,3 de Iberdrola, el 2,6 de Naturgy, el 2,8 de Endesa o el 4 de Enel. En un sector acostumbrado a vivir apalancado, esta disciplina es una ventaja competitiva fundamental.
Otros factores refuerzan esta posición: la marca British Gas, todavía sinónimo de energía para millones de británicos; la capacidad estratégica de Rough, única en el país; la integración entre suministro físico y operaciones de negociación energética, que le permite arbitrar márgenes en los mercados; y su enorme base de clientes, que asegura recurrencia de ingresos y poder de mercado.
Mercados, dividendos, accionistas y bolsa
El recorrido bursátil de Centrica ha sido un reflejo de sus resultados. Entre 2014 y 2016 perdió más del 40 % de su valor en bolsa, recuperó parte hasta 2019, se desplomó durante la pandemia y en 2022 y 2023 protagonizó un rally del 80 % con la explosión de beneficios. En 2024 y 2025 volvió a caer cerca de un 20 %, castigada por la normalización de precios y la caída de márgenes.
Hoy cotiza a un PER de entre 8 y 9 veces y a un EV/EBITDA de 3,5. Aquí es importante explicar que EV (Enterprise Value o valor de empresa) se calcula sumando la capitalización bursátil y la deuda neta (o restando la caja neta si es positiva). Este indicador refleja lo que costaría comprar toda la empresa, incluyendo lo que debe y descontando lo que tiene en caja.
En el caso de Centrica, el hecho de contar con caja neta positiva hace que su valor de empresa sea inferior a su capitalización bursátil. Eso convierte a Centrica en una de las compañías más baratas de Europa en términos relativos, porque a igualdad de beneficios operativos, cotiza con descuento frente a sus rivales endeudados.
La política de retribución al accionista ha sido prudente pero constante. En 2024 pagó un dividendo cercano al 3 %, acompañándolo de un programa de recompras de acciones por valor de £2.000 millones, que redujo en un 10 % el capital en circulación. En 2025, pese a la caída de beneficios, la compañía elevó el dividendo hasta 5,5 peniques por acción, un 22 % más que el año anterior, y anunció la extensión del programa de recompras hasta completar otros £2.000 millones.
La estrategia es clara: compensar la volatilidad del beneficio con una política de retornos estable y reforzar la confianza de los inversores institucionales. Entre ellos destacan gigantes como BlackRock, Vanguard, State Street y Norges Bank, que controlan bloques significativos de acciones. La presencia de estos fondos internacionales obliga a Centrica a mantener altos estándares de transparencia, disciplina de capital y métricas ESG (medioambientales, sociales y de gobernanza) auditables.
Competencia y contexto político
El mercado británico es de los más abiertos de Europa, lo que multiplica la presión competitiva. A los grandes operadores tradicionales —EDF, E.ON, OVO y ScottishPower— se suma un rival especialmente disruptivo: Octopus Energy. Esta compañía, fundada en 2015, ha logrado 7,9 millones de clientes y £12.400 millones de ingresos en 2024, gracias a un modelo digital que ofrece tarifas dinámicas y gestión simplificada. Octopus representa la antítesis de Centrica: ágil, joven, con costes reducidos y gran afinidad entre los consumidores más jóvenes.
El papel de Ofgem es aquí determinante. Este regulador independiente establece techos de precios y condiciones de competencia. Para Centrica, significa que no puede repercutir íntegramente sus costes en los hogares, lo que limita sus márgenes. Desde la política, la visión también se divide: los conservadores han apoyado históricamente la liberalización, confiando en que la competencia beneficie a los consumidores; los laboristas, en cambio, han pedido en múltiples ocasiones que se endurezcan los controles e incluso han planteado la nacionalización parcial de ciertos activos estratégicos.
El resultado es que Centrica se ha visto en el centro del debate político: acusada de obtener beneficios excesivos bajo gobiernos conservadores y señalada como símbolo de las carencias del modelo liberalizado bajo gobiernos laboristas. Esa tensión ha marcado su relación con el poder y explica en parte la prudencia con la que hoy gestiona sus dividendos y su balance.
Riesgos y perspectivas
Los riesgos de Centrica son claros. En primer lugar, los márgenes comprimidos por la regulación de Ofgem y por la competencia de rivales como Octopus. En segundo lugar, el riesgo político, pues cada cambio de gobierno puede implicar un giro en la política energética. En tercer lugar, la presión reputacional en un contexto de crisis del coste de la vida: una subida de precios atribuida a Centrica puede generar una tormenta mediática. Y finalmente, el riesgo de inversiones intensivas como Rough o Sizewell C, que requieren capital y apoyo público.
A pesar de estos desafíos, las perspectivas a medio plazo son razonablemente positivas. Centrica ha anunciado inversiones de £4.000 millones hasta 2028 en infraestructuras críticas, digitalización y transición energética. Su objetivo es mantener un EBITDA estable de £1.600 millones, apoyado en tres vectores: la reconversión de Rough en almacén de hidrógeno verde, la participación en el proyecto nuclear Sizewell C con un 15 % de capital (inversión limitada a £1.300 millones y retorno esperado del 10,8 %), y la expansión de sus operaciones internacionales de negociación energética.
La clave estará en su capacidad para monetizar su solvencia. Si logra traducir su fortaleza financiera en crecimiento rentable, Centrica puede cerrar el “descuento de valoración” que hoy pesa sobre su acción frente a pares europeos como Iberdrola, Naturgy o Endesa. Si no lo hace, corre el riesgo de convertirse en un gigante sólido, pero condenado al estancamiento.
Impacto social, transición verde y retos estructurales
Más allá de sus resultados financieros y de su peso en la geopolítica del gas, Centrica vive bajo la lupa de la sociedad británica. La empresa ha sido señalada en numerosas ocasiones por los consumidores y por la prensa como símbolo de la llamada “crisis del coste de vida”. En los años de superbeneficios, la presión política derivó en la imposición de un impuesto extraordinario sobre las ganancias energéticas —el llamado windfall tax— que afectó a Centrica y a otros grandes operadores. Para muchos hogares, los beneficios récord de 2022 contrastaron con facturas que se duplicaban y con el aumento de la pobreza energética. Según cálculos de organizaciones sociales, cerca de uno de cada cinco hogares británicos pasó dificultades para pagar la calefacción ese invierno, lo que convirtió a las compañías en blanco de un debate público áspero y polarizado.
A esta dimensión social se suma una contradicción reputacional: la estrategia climática. Centrica ha anunciado inversiones en hidrógeno verde, energía solar y eficiencia, pero al mismo tiempo ha firmado contratos de gas a diez años con Equinor. Para los críticos, esto refleja una dependencia estructural del gas incompatible con los compromisos de emisiones netas cero para 2050. La reconversión de Rough en almacén de hidrógeno es presentada como prueba de ambición verde, pero asociaciones medioambientales han acusado a la empresa de “greenwashing” si no acelera la reducción real de sus emisiones y de su dependencia del gas noruego.
El plano laboral también muestra tensiones. En 2021 la empresa protagonizó una de las polémicas más sonadas del sector al aplicar prácticas de “fire and rehire”, despidiendo a miles de empleados para recontratarlos con condiciones menos favorables. Aquello generó huelgas, protestas sindicales y dañó la imagen de British Gas, la marca histórica del grupo. Aunque Centrica ha logrado cierta paz social en años recientes, la transición hacia un modelo más digital y automatizado plantea nuevas fricciones: menos trabajadores en redes tradicionales y más en áreas de análisis de datos, inteligencia artificial o trading algorítmico.
Desde una perspectiva geopolítica, la dependencia de Noruega plantea riesgos adicionales. La invasión de Ucrania demostró el coste de depender de un solo suministrador: Europa se volcó en Noruega tras el recorte del gas ruso, lo que elevó los precios y reforzó la posición de Oslo. El Reino Unido se encuentra ahora en una situación ambigua: fuera de la Unión Europea tras el Brexit, pero integrado en un mercado continental donde el gas noruego es la principal válvula de seguridad. Centrica encarna esa interdependencia: compra gas a Noruega, lo almacena en Rough y lo revende a millones de hogares británicos, mientras el propio fondo soberano noruego cobra dividendos como accionista.
La digitalización añade otra capa de incertidumbre. Mientras startups como Octopus Energy atraen a los clientes más jóvenes con plataformas móviles, tarifas dinámicas y una experiencia de usuario más sencilla, Centrica arrastra la percepción de gigante tradicional. La compañía ha comenzado a invertir en soluciones digitales y en inteligencia artificial aplicada al consumo energético, pero la velocidad de adaptación será crucial. Si no logra competir en ese terreno, corre el riesgo de perder relevancia entre las nuevas generaciones de consumidores, que valoran tanto la sostenibilidad como la experiencia digital.
Finalmente, el entorno macroeconómico condiciona sus proyectos de futuro. Con tipos de interés elevados, el coste de capital de infraestructuras como Sizewell C o la reconversión de Rough se encarece, lo que obliga a Centrica a priorizar con rigor sus inversiones. Aun así, su baja ratio de deuda frente a sus rivales europeos le otorga margen para financiar esta transición sin comprometer su solvencia. En un escenario de inflación persistente y presión política sobre las tarifas, esa prudencia financiera será decisiva para mantener el apoyo de los mercados.
Centrica se encuentra, en definitiva, en el centro de múltiples tensiones: entre seguridad energética y transición verde, entre beneficios corporativos y facturas sociales, entre legado industrial y disrupción digital. El futuro del gigante británico dependerá de cómo gestione estas contradicciones, en un país donde la energía no es solo un negocio, sino un campo de batalla económico, político y social.