Al delito de estos defraudadores de alto copete que cita el artículo se suma el de los prevaricadores que, con el poder en la mano, obligan a la justicia y a la Haciena Pública a ser sorda y ciega con ellos. Tan delincuentes unos como otros.
Pero en este país está bien instalado el delito "de altos vuelos" y cuanto más daño hacen al conjunto de la sociedad, parece que tienen más ganado el derecho a seguir haciéndolo y, si llega el caso de que la prensa lo ventile en exceso, convirtiéndolo en un escandalazo nacional, siguen tranquilos porque saben cómo seguir moviendo los hilos para "irse de rositas".
Antes se decía que España daba la imágen de un país de pandereta. Ahora, la Marca España, que tanto afán se tiene en reivindicar, está teñida de inmoralidad, de falta de valores, de ética y de manifiesta impunidad para los poderosos que delinquen.