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Lo que no existía cuando empecé a ahorrar para jubilarme: los fondos indexados

Durante décadas, ahorrar para la jubilación en España significaba una sola cosa: iral banco y firmar lo que te ponían delante. No porque fuéramos ingenuos, sinoporque no había más. Lo que vino después lo cambió todo.Corría 1995 y el mundo financiero para el ciudadano corriente tenía un horizonte...
Durante décadas, ahorrar para la jubilación en España significaba una sola cosa: ir
al banco y firmar lo que te ponían delante. No porque fuéramos ingenuos, sino
porque no había más. Lo que vino después lo cambió todo.


Corría 1995 y el mundo financiero para el ciudadano corriente tenía un horizonte muy
estrecho. Si querías preparar tu jubilación, cogías el autobús, entrabas en tu sucursal
bancaria, esperabas tu turno y escuchabas al empleado de turno explicarte las bondades
del plan de pensiones de la casa. No había comparadores en internet, no había foros
donde alguien te abriera los ojos, no había alternativa real sobre la mesa. Firmabas y te
ibas a casa con la tranquilidad de quien cree haber hecho lo correcto.

Y en cierto modo lo habías hecho. Ahorrar siempre es mejor que no ahorrar. Pero la
trampa no estaba en lo que firmabas, sino en lo que nadie te contaba.

Los planes de pensiones bancarios de aquella época funcionaban con comisiones que
rondaban el 1,5% anual. Una cifra que, dicha así, suena a casi nada. El problema es que
el interés compuesto trabaja en ambas direcciones: a tu favor cuando acumula
rentabilidad, y en tu contra cuando descuenta costes año tras año, década tras década,
sin descanso y sin que nadie te lo recuerde en el extracto.

Lo que los números no perdonan

Pongamos una situación concreta. Alguien que en 1995 hubiera comenzado con 1.000
euros y aportado 100 euros al mes durante treinta años habría puesto de su bolsillo unos
37.000 euros. Con un plan de pensiones bancario típico, obteniendo una rentabilidad
neta real de alrededor del 1,5% anual después de comisiones, hoy dispondría de
aproximadamente 68.000 euros. Un resultado que, sobre el papel, parece razonable.

Pero hay otro número. Un fondo indexado al S&P 500, con una rentabilidad histórica
cercana al 10% anual y comisiones de apenas un 0,2%, habría convertido esas mismas
aportaciones en alrededor de 235.000 euros. Tres veces y media más. Una diferencia de
167.000 euros que no viene de haber arriesgado más ni de haber tenido suerte. Viene,
simplemente, de pagar menos y de no intentar adivinar el mercado.

El problema, claro, es que ese fondo indexado no existía de forma accesible para el
inversor español de a pie en 1995. No había plataformas, no había información en
castellano, no había nadie en la sucursal del banco dispuesto a explicarte que existía una
alternativa más barata y, históricamente, más rentable que lo que te estaban vendiendo.

El momento en que algo cambia

La inversión indexada no es un invento reciente. John Bogle lanzó el primer fondo
indexado para inversores particulares en Estados Unidos en 1976. Pero tardó décadas en cruzar el Atlántico de forma real y accesible. Fue internet, y después los blogs de
finanzas personales, lo que empezó a democratizar esa información en España. Sin
ellos, la mayoría de ahorradores habría seguido ignorando que existía otra forma de
hacer las cosas.

La lógica detrás de la inversión indexada es tan sencilla que resulta casi incómoda: en
lugar de pagar a un gestor para que intente batir al mercado, algo que la inmensa
mayoría no logra de forma consistente a largo plazo, simplemente compras el mercado
entero. Todas las empresas. Sin apuestas, sin comisiones desorbitadas, sin la ilusión de
que alguien sabe lo que va a pasar mañana.

Hoy cualquier persona puede abrir una cuenta en una comercializadora online, contratar
un fondo indexado global con comisiones de un 0,15% o 0,20% anual y empezar a
invertir desde cantidades modestas. La barrera de entrada prácticamente ha
desaparecido.

Las decisiones financieras que tomamos no dependen solo de nuestra voluntad o nuestra
inteligencia. Dependen también del momento en que vivimos, de las herramientas que el
mercado pone a nuestra disposición y de la información a la que tenemos acceso. Hace
treinta años, quien firmó un plan de pensiones bancario no cometió ningún error. Hizo
lo único que podía hacer.

La diferencia es que hoy ya no es lo único.
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