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Mucho se habla y cacarea sobre los resultados del test de estrés del sector financiero. Las listas resultantes se obvian o se airean comercialmente según la posición en la que ha quedado cada entidad bancaria. En España, los resultados de estos tests son aún menos reveladores de la realidad (si cabe) que los que se realizan a nivel europeo o norteamericano, ya que nuestro sistema financiero acumula ingentes fosas comunes con temibles fiambres inmobiliarios en sus mazmorras.
Pero a pesar de que los resultados y los rankings que con ellos se elaboran sirvan de poco más que de papel a reciclar, la opinión pública y los inversores de a pie buscan entre sus lineas a la entidad en la que han depositado sus ahorros, como el adolescente que busca su nota entre la larga lista colgada en la pared del instituto.
Sin embargo, un estrés test no es más que un cálculo de solvencia contable de las entidades bancarias en determinados escenarios supuestos, como por ejemplo con determinados niveles de morosidad futura, caídas en los precios inmobiliarios, etc. Pero partiendo de la base de que los abnegados clientes no saquen su dinero del banco, es decir presuponiendo un corralito de facto voluntario. Si esas fugas de confianza se llegaran a producir, la quiebra bancaria sería absolutamente inevitable, algo así como si a un moribundo lo sacamos de la UCI y lo metemos debajo de las ruedas de un tráiler de 4 ejes para que se le arrolle una y otra vez.
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Lo más curioso es que en estos tests de solvencia se manejan variables al antojo de los gobiernos, ya que son las Autoridades las que determinan qué variables hay que introducir para cada escenario sobre el que queramos obtener resultados: Pesimista o crítico, medio y optimista. Eufemismos todos ellos de la corrección política y
establishment financiero. En inconfesables negociaciones y reuniones con los asesores de dichas autoridades (recordemos que
los políticos no tienen ni idea de Economía), se establecen las variables con las que se va a jugar. Porque no es más que eso, un juego en el que podemos introducir inputs probables, improbables o del todo delirantes, con la finalidad de obtener unos outputs que sean compatibles con las decisiones políticas. Puras
píldoras azules de Matrix.
Algunos diréis que no sirve de nada sembrar el pánico ofreciendo unos resultados de los test de estrés realistas respecto a las perspectivas que tiene nuestra economía. Ya que eso nos llevaría a la desconfianza, antes mencionada, que arrojaría el enfermo de la UCI bajo las ruedas del camión. O lo que es lo mismo, a convertir el corralito voluntario en un corralito obligatorio al uso. Y es cierto. Pero no lo es menos que los resultados de los tests son meros datos engañosos, manipulados, falseados (como los datos de morosidad actual y latente que la banca publica) e inútiles para mejorar de forma fehaciente el estado de nuestra economía. De hecho, dichos resultados de Wonderland, del todo irreales, aunque políticamente correctos, impiden que se tomen las medidas drásticas, valientes e imprescindibles para salir del agujero. Nos acomodan temerariamente en la inviabilidad de nuestro sistema financiero. Porque ganar tiempo sin conseguir recuperación de la competitividad y productividad, no sirve para nada.