Un ladrón, sí, pero de confianza

Probablemente, Bernard Madoff, fundador de Bernard L. Madoff Investment Securities no pase a la historia como un sofisticado ladrón, porque la estafa piramidal que diseñó y ejecutó, basada en retribuir a sus inversores antiguos con el dinero que le iba dejando nuevos inversores, era más sencilla que el mecanismo de un chupa chups. De hecho, tampoco es un invento novedoso pues la desarrolló Charles Ponzi en Boston en 1920, al ofrecer un rendimiento del 50% en 45 días, o del 100% en 90 días a los inversores que invirtieran en unos cupones que ofrecía.

Sin embargo, Madoff sí que tendrá un lugar en la historia como icono de la gran crisis financiera de 2008. Seguramente su nombre se convertirá en una referencia negativa y de ahora en adelante cuando algún gestor le intente vender a algún cliente un fondo prometiéndole una rentabilidad de más de dos dígitos anuales, posiblemente el cliente levante sus cejas e internamente comience a pensar que le están intentando “hacer un Madoff”. Por el lado divertido, ya existe una página web (http://vivamadoff.com/) que vende un hilarante material como camisetas, ladrillos o chapas con Madoff como reclamo, y con mensajes en los que se le asemeja a un moderno Robin Hood.

 


Ciertamente el ascenso y triunfo de Madoff con su empresa de inversiones se asentó en que sus clientes estaban muy tranquilos respecto a su comportamiento y su actuación porque lo consideraban honrado y leal. Un hombre bien conectado que poseía una reputación grandiosa que le permitía vender el activo intangible más preciado en el mundo de los negocios: la confianza. Sencillamente, la esperanza firme de que los negocios saldrán adelante, de que las partes compradora y vendedora cumplirán, de que los intereses y el principal es el elemento esencial para que el dinero fluya en la economía. Sin confianza, el dinero no corre y el mundo se para.

¿Cómo funciona la confianza?

No obstante, si lo observamos con detenimiento podremos comprobar que la confianza en el sistema financiero se genera y se recupera a dos velocidades dependiendo de los agentes implicados. Cuando llega una crisis el sector financiero es el que primero pierde la confianza, porque las entidades de crédito son las que tienen mayor y mejor acceso a los datos e información económica. Por ello, son las que primero perciben el deterioro de los indicadores económicos, como son el incremento de la mora de sus clientes y el empeoramiento de los ratios de beneficios y solvencia de las empresas con las que trabajan. Automáticamente el runrún se va extendiendo a las bolsas y como las acciones no son sino participaciones en los futuros beneficios de las empresas, las cotizaciones de las compañías más expuestas comienzan a caer.

Por ello, y en previsión de males mayores, la banca incrementa sus provisiones y comienza a endurecer sus condiciones creditícias tanto para empresas como para familias. Es entonces cuando los ciudadanos corrientes que viven en los barrios residenciales, Main Street, se dan cuenta de que algo va mal en la parte financiera de la ciudad, Wall Street. Y es en este momento de desconfianza simultánea en las dos partes de la ciudad en el que nos encontramos en este principio de 2009.

De él saldrán primero las entidades de crédito, porque serán las que de nuevo detectaran en primer lugar que la actividad económica se recupera. Al principio verán que el dinero, la materia prima sobre la que trabajan, vuelve a fluir de nuevo en el mercado interbancario. Después que los indicadores económicos se estabilizan y comienzan a recuperarse y que las empresas dejan los números rojos atrás y comienzan a hacer números negros. Una vez suceda esto los ciudadanos comunes percibirán que la recesión se va alejando y volverán a consumir con mayor optimismo, lo que acelerará la velocidad de salida de la crisis.

Personalmente, creo con firmeza que sucederá lo arriba descrito, pero, honestamente no sé cuantos trimestres faltan. Lo que sí sé es que muchas palancas se están accionado para cambiar el curso de lo acontecimientos. La Reserva Federal ha decidido sacar a la calle toda su artillería por lo que ha inundado el sistema con liquidez recortando los tipos a un rango de precios entre el 0,25 y el 0%. Además, ha prometido comprar emisiones de deuda a empresas con problemas para ayudarles a financiarse, lo que llanamente significa darle a la máquina de hacer billetes . A este lado del Atlántico el Banco Central Europeo ha dejado los tipos en el 2% en enero el nivel más bajo de su historia, sin descartar más rebajas para el próximo marzo. También sé que los gobiernos de todo el mundo han decidido reverdecer el legado del economista británico John Maynard Keynes y están aplicando políticas de intervensionismo estatal en un grado impensable hace unos años. Como muestra, baste recordar que en el 2000 el ex presidente George W. Bush mantenía sus postulados de que reducir el gobierno es bueno para la economía, pero en 2008 se olvidó de estos principios y se vió forzado a nacionalizar parcialmente el sistema bancario nacional.

Toda la confianza para Mr. Obama

En este largo camino de recuperación de la confianza se ha abierto la era Obama. El nuevo presidente llega al poder con un apoyo popular doméstico e internacional inusitado y con la determinación de estabilizar la economía. Para ello, reformará el marco regulador del sistema financiero estadounidense, recortará impuestos a las clases medias y bajas y apostará por las energias renovables. No es que Obama sea un intervensionista puro, pero el escenario es tan complicado que habrá de intervenir con un paquete de estímulo económico que rondará los 800.000 millones para lo que necesitará el apoyo del Congreso este febrero. Después, dentro de unos semestres, cuando la economía dé signos de recuperación, el gobierno se retirará.

La presidencia de Obama es un símbolo de cambio y de audacia. Que un hombre negro dirija la primera nación del mundo y que él y su familia vivan en la Casa Blanca reconcilia a los norteamericanos consigo mismos y con el sueño de los padres fundadores de su nación. Al mismo tiempo, el modo en que fue elegido acerca a Obama a la grandeza, pues no lo ha hecho azuzando los eternos fantasmas y rivalidades de la sociedad, para pescar los votos de su cuerda que los ciudadanos le entregan desde un planteamiento casi tribal. Él es de esos escasos líderes que han llegado al poder aupado por todos y ése es un signo que distingue a los verdaderamente grandes. Él ha conseguido traspasar las barreras raciales, rebasar los límites naturales de su partido y obtener el voto de aquellos norteamericanos que unos años antes jamás habrían votado por un hombre negro y de otro partido. Como el propio Obama afirmó en su discurso de aceptación de la victoria del 4 de noviembre en Chicago “nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de estados rojos y estados azules. Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América”.

Sin embargo, la grandeza de un presidente no sólo se recuerda por el modo en que llega al poder. También por la manera en que lo usa, en la magnitud de los retos que acomete y en el legado que deja. Verdaderamente el trabajo que espera al presidente es inmenso y aterrador. En lo político habrá de vérselas con una guerra en Afganistán y otra en Irak, una eterna masacre en Gaza, un Irán cerca del poder nuclear y una permanente amenaza terrorista internacional sobre suelo estadounidense. En lo económico habrá de lidiar con una recesión que se presenta tan o más dura que la de la Gran Depresión, un déficit histórico cifrado en 1,18 billones de dólares, regalo de la Administración Bush, y un paro en el 7,2%, la tasa más alta en 15 años, después de haber destruido el año pasado 2,58 millones de puestos de trabajo, la factura laboral más elevada en un solo ejercicio desde 1945, aderezado todo con un consumo que se contrajo alrededor del 3% en el último trimestre del año y con la deflación llamando a la puerta. Tareas descomunales para un presidente nuevo que parece se ha sabido rodear de un grupo de hombres y mujeres brillantes, escogidos por su formación y capacidad y no como pago de deudas políticas a su partido. Así pues, tengamos confianza y dejémosles trabajar, porque si consiguen superar los desafíos que se les presentan, Obama entrará en el Olimpo de los grandes presidentes norteamericanos. Y tal vez yo sea un soñador, pero si después de esta elección un gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo no es posible no sé cuando lo será.


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