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Habitualmente, la figura del emprendedor empresarial, la de las vacaciones en la playa o, incluso, la ambición de comprar una villa en la costa son elementos claramente vinculados a la vida moderna. Como mucho, lujos que parecen inventados no más allá del siglo pasado. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

Los emprendedores del siglo I
En el siglo I antes de Cristo los patricios romanos escapaban del calor sofocante del verano en la ciudad y marchaban al sur. Concretamente a la bahía de Napoles, uno de los enclaves más bellos de la península Itálica, tanto por su pintoresca costa como por islas como Capri e Ischia, que adornan su mar. En un entorno copado por los más ricos de aquel tiempo un empresario local llamado Sergius Orata se enriqueció cultivando ese espíritu de exclusividad con un producto que todavía hoy sigue en boga: las ostras. La especial predilección que las clases dirigentes han mostrado por el marisco ha sido una constante a través de la historia, pero Orata sería el primero que, de una manera documentada, se enriquecería con ello gracias a su olfato empresarial y su habilidad técnica, ya que llevaría la cría de las ostras a una escala inimaginable. Para ello construyó presas y canales con los que controlar las mareas, así como algunas piscifactorías en la boca del cercano lago Lucrino, un lugar que Orata promocionó hábilmente como el que producía las mejores ostras del mundo. Una inteligente publicidad que le reportó pingües beneficios.

Su habilidad técnica cautivó a los romanos de la época. El famoso orador y estadista Cicerón lo definió como un hombre "ditissimus, amoenissimus, deliciosissimus”, es decir, “riquísimo, agradabilísimo y deliciosísimo” y sus contemporáneos estaban tan impresionado que pensaban “que si se lo proponía, ese hombre podría hacer crecer ostras en el techo de su casa”, como cuenta el historiador británico Tom Holland. Sin embargo, su ingenio hidráulico no se limitó a las ostras, pues Orata desarrolló un invento que aún le proporcionaría mayor fama y dinero, las piscinas con calefacción, una especie de baños termales que nuestro hombre vendía como el no va más del relax. Por supuesto, los adinerados patricios sucumbieron ante sus encantos y como dice Holland ninguna casa de la costa se consideraba “completa” si no contaba con semejante adelanto. Como verán, el deseo de distinguirse de la plebe y de sentirse superiores a través de una marca no es algo que hayan inventado ni Prada, ni Armani, ni Dolce & Gabbana. De todos modos, Orata aún fue un poco más lejos en su aventura empresarial, pues una vez sus baños se convirtieron en un símbolo de estatus, él mismo se dedico a comprar las propiedades, dotarlas con sus piscinas y revenderlas por un precio mucho mayor. Todo ello contribuyó a un boom inmobiliario y a la percepción de la bahía de Napoles como la región más chic de aquellos días.

Si los turistas adinerados acudían a Napoles, atraídos por sus lujos y por el estilo de vida griego, ya que la región había sido colonizada inicialmente por Grecia, los grandes barcos mercantes atracaban sólo a unos kilómetros de distancia, en Puteoli. Este puerto era uno de los grandes nudos del comercio internacional, pues desde allí se exportaban cristales soplados, mármoles y mosaicos, mientras que era la puerta de entrada de grano, especias, aceite y, especialmente, esclavos, la mano de obra que sostenía la República. El mercado de esclavos era un negocio muy floreciente en la República y al mismo tiempo el reverso tenebroso de todos los ideales romanos. Las élites intelectuales y estatales se vanagloriaban de que Roma era un ejemplo de civilización para el mundo y que la República era el sistema político ideal. Esas dos ideas hacían que los romanos asumieran como inevitable y necesario que dominaran el mundo. Por ello, los ciudadanos libre eran reclutados para formar parte de sus temibles legiones, ya que la paz era un tiempo extraño al estar rodeados de tribus bárbaras que, según los romanos, sólo esperaban el menor atisbo de debilidad para lanzarse a aniquilar y a saquear. La guerra permitía probarse a los romanos frente al salvajismo que les rodeaba y, además, les proporcionaba gloria y riquezas vía el saqueo e impuestos de las tierras conquistadas, lo que también incluía el “ganado humano”.

La esclavitud, el sostén de un sistema
Durante los años precedentes al siglo II antes de Cristo, el agricultor romano que vivía en una pequeña granja en el medio rural había sido el prototipo de soldado romano que acudía disciplinadamente a filas para atender la llamada de su magistrado. Sin embargo, la expansión de la República llevo a que las guerras se extendieran fuera de la península Itálica, lo que conllevó el alargamiento de las campañas. Este hecho provocaba que el agricultor/soldado romano permaneciera cada vez más tiempo lejos de su propiedad lo que rebajaba de entrada la productividad de sus parcelas y después acrecentaba la posibilidad de que algún rico terrateniente acabara adquiriéndola a bajo precio. Así, el paisaje de la campiña italiana cambió, pues el tapiz de pequeños cultivos y casas rurales se trocó en grandes extensiones latifundistas y en páramos, lo que generó una agricultura raquítica que no era capaz de abastecer al país, por lo que la República siempre sería una entidad hambrienta de grano dependiente del suministro de sus colonias, especialmente de Egipto. Antes del año 107 a.c. era un requisito tener una granja para prestar el servicio militar, pues se pensaba que el mejor soldado romano es aquel que tenía un fuerte apego la tierra y sus posesiones. En el 107 a.c. el general Mario se rindió a la necesidad de conseguir levas más cuantiosas y abrió el ejército a todos los hombres, sin importar si tenían posesiones rurales o no. El ejército romano se profesionalizó y comenzó a marchar sobre otras naciones que le proveerían de esclavos, los cuales cultivarían ahora las tierras. Lo irónico de la situación es que los soldados romanos, los antiguos minifundistas, conseguían ahora con sus victorias y su sangre la mano de obra que iba a trabajar en sus anteriores propiedades, que ahora eran grandes latifundios. No obstante, la República siempre quería conservar la apariencia de que las tradiciones y su estilo de vida seguían intacto, por lo que quería seguir manteniendo viva la figura del sencillo y rústico labrador tan querida y alabada. Por ello, si el soldado romano terminaba su servicio militar y era licenciado al final tendría una recompensa, una granja y terrenos fértiles en los que establecerse con su mujer y sus hijos. Un destino que los legionarios acariciaban durante sus largas marchas, pero que muchas veces era inalcanzable, pues tras un largo tiempo de servicio militar que podía ir desde los 7 a los 20 años la muerte en combate no era una probabilidad menor.



Así pues, el sistema económico romano necesitaba mano de obra para subsistir y la encontró en el mercadeo de esclavos. De hecho, se produjo un movimiento humano sin parangón en la historia. Centenares de miles de hombres y mujeres fueron vendidos como mercancía. Baste citar que en el puerto libre de Delos se dice que se negociaban 10.000 esclavos diariamente. Los trabajos que podían realizar variaban dependiendo de su físico y de sus capacidades intelectuales. Mujeres y hombres podían peinar a nobles matronas patricias, cocinar, escribir misivas, limpiar villas, excavar en las minas o laborar en el campo hasta la extenuación, prestar servicios sexuales, cantar en fiestas o servir de divertimento en la arena del circo como gladiadores.

Puede que la esclavitud nos abomine ahora, pero en historia nunca se puede juzgar ningún tiempo pasado según los valores actuales. Este sistema sostenía todo lo bueno que ha aportado la Antigua Roma a la cultura Occidental como el derecho romano, la idea de ciudadanía o, aunque suene contradictorio, la idea de la libertad. En esa época el concepto de libertad no era un derecho con el que se nacía, sino un bien por el que se luchaba. El estatus podía variar, pues la República promovía la descarnada competencia entre los ciudadanos. El honor y la valentía eran admirados y ensalzados. Por ejemplo, la lucha de gladiadores fascinaban a todas las clases romanas pues en esos sangrientos espectáculos se podía vislumbrar algunas de las virtudes más apreciadas por los romanos. El culto y elegante Cicerón escribía en sus Cuestiones Tusculanas lo siguiente “imagina a un gladiador al que han derrotado y queda tendido en el suelo, ¿alguna vez has visto apartar el cuello cuando le han ordenado extenderlo para recibir el golpe final?”. Ese gesto es el que despertaba mayor admiración. Honor y honra hasta el final, pues en la psique romana y en la base moral que sostenía la República la muerte era preferible a una vida sin honor y libertad. En ese escenario hasta el romano más mísero estaba socialmente por encima de un esclavo. Por ello y por muy brutal que fuera como explica Tom Holland, “Si un hombre permitía que lo esclavizaran, es que merecía su muerte”. Duras enseñanzas, de tiempos duros y primitivos.
  1. #3
    Anonimo
    22/09/09 23:47

    Felip enhorabuena por tu nuevo programa 24/9 A2 Economia, me parece un espacio muy interesante y un buen foro para debatir sobre la coyuntura económica actual tanto en España como en el mundo.

    Quizá la única pega que le encuentro son esos gráficos nuevos naranjas que ha adoptado la cadena, son bastante malos de leer quizas la dirección de 24/9 Nit y 24/9 A2 deberia plantearse volver a los gráficos antiguos que eran parecidos a los de Punt 2.

    Saludos

  2. #2
    09/07/09 00:41

    Sí, sigo en el Punt de Borsa con Torró en el 24.9 Nit, el cual se emite sólo por 24.9 el canal de noticias de 24 horas.

    La emisión es diaria de lunes a viernes a ls 23 horas y se repite a ls 24 horas.

    Por cierto, ¿quién eres anónimo?

    Saludos.

    Felipe

  3. #1
    Anonimo
    04/07/09 01:25

    Felip, ¿sigues con Torró en el 24/9 Nit o ya no estas ahí?, es que el 24.2 Noticies ya no se emite en Punt 2.

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