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Nota previa:

Toda campaña de opinión que se precie tiene que usar el palo y la zanahoria. Si aceptamos lo que nos proponen seremos felices; plantar cara será: ¡el apocalipsis!

Este post es una reedición de otro publicado con el mismo nombre el 17 de octubre de 2009. Se han corregido algunos fallos de redacción. Sin embargo, los datos, el análisis y las conclusiones se han de entender referidas a 2009.

 

El Apocalipsis

 

Todas las campañas de formación de opinión incluyen, de alguna u otra forma, la amenaza más o menos velada de que o aceptamos la proposición planteada o tendremos consecuencias muy graves.

Esto es en todas y cada una de las campañas que se lanzan: desde el abaratamiento del despido pasando por la de no cambiar los colchones a los ochos años y, por supuesto, la de no salvar el sistema financiero.

Supongo que los expertos en marketing, en educación o quizás todo el mundo pueda explicar esta forma de argumentar en términos más científicos (quizás más apropiados).

Cuando nuestra madre nos obligaba a comer las verduras pasaba por todo el protocolo que consistía en primer lugar en convencernos de que estaban ricas; una vez llegábamos a la conclusión de que tal afirmación no era del todo correcta se pasaba al argumento de “son buenas”. Si el resultado no era el deseado pasaban a los últimos recursos que eran primero usar el miedo al “Coco” y luego tirar del ordeno y mando procediendo al castigo definitivo.La única diferencia que existe entre mi madre y todas las asociaciones, que por ahí pululan, es que mi madre me quería y a todas estas asociaciones les importo un pimiento.

Esta pequeña introducción me sirve para tratar de explicar una campaña que se ha lanzado hace algún tiempo con el fin de allanar el camino a los rescates bancarios. Evidentemente primero se han dicho que nos iba a gustar porque se iba a reactivar el crédito (la bendita de mi madre también sabía que la verdura no me iba a gustar). Pero además del argumento de que era bueno para nosotros se ha usado el palo. No es difícil encontrar, en fechas no muy antiguas, comentarios o análisis que decían que la caída del sistema financiero supondría la vuelta a la edad de piedra, que supondría el bloqueo de toda la economía, o que sería un desastre de proporciones bíblicas. Vamos: el apocalipsis. Por supuesto, como mi madre, al final tiraron del sistema del “ordeno y mando”. Cogieron el dinero, cambiaron las reglas, y, ¡hala!: a otra cosa.

Sin embargo, ¿era lógico pensar en el apocalipsis? ¿volveríamos a la edad de piedra? La respuesta es claramente no. Por muchas y variadas razones que quizás estén escondidas tras los informes pero que vemos todos y cada uno de los días.

El fuego seguiría existiendo, los aviones que estuviesen en vuelos podrían seguir volando, los barcos que estuviesen en tránsito seguirían flotando. Las personas, que tenemos trabajo, seguiríamos acudiendo todas las mañanas (de hecho supongo que con el miedo incluso alguno iría con las piernas escayoladas), los repartidores seguirían repartiendo, la maquinaría seguiría funcionando, las cosechas de trigo no se mustiarían, el grifo del agua funcionaría y desde luego el móvil diría el “aceptado” cuando acertasemos el pin.

No es la primera vez y no será la última vez que se desmorona un sistema financiero y resulta que, al final, el mundo no se acaba. No voy a decir que sea una situación favorable; ni tan siquiera normal. Por supuesto se generarían unos cuantos problemas:  probablemente asistamos a un corralito y posiblemente bastante gente pierda dinero.

¿Debemos esperar el apocalipsis o retrocesos en niveles de vida o algo parecido?. Pues lo de siempre: cada vez que el status quo cambia, los que ganaban con la situación actual perderán, los demás ganarán.

Hoy puede decirme alguien que este post está pasado de moda, que el peligro de debacle ya ha pasado y que se ha salvado la situación y que, en consecuencia, no viene a cuento hoy hablar de la caída del sistema financiero. Pues lamentablemente no estoy de acuerdo en esto, debido a dos de las medidas destinadas a salvar la situación en el pasado.

Por un lado se han relajado, y mucho, las reglas de valoración (eliminando o relajando el mark to market, sacando del balance activos tóxicos, introduciendo moratorias a la obligación de tasación de los activos, permitiendo deducir fiscalmente pérdidas que no necesitan ser contabilizadas en operaciones entre filiales…). También tenemos muchas medidas adicionales que se pueden resumir en un cambio de los discursos de los bancos centrales (que llegado un momento han cambiado de pedir transparencia a pedir una y otra vez que se refortalezcan las entidades sin preguntar como). Si nos damos cuenta, hace tiempo que no se pide transparencia a las entidades e incluso ha desentonado la advertencia de Moody’s de que los balances de las entidades financieras españolas escondían sorpresas. Esto ha permitido que los balances sean cada vez más creativos y teniendo en cuenta que los analistas únicamente miran el resultado final de determinadas variables, es fácil imaginar que existe diseño en la contabilidad para adecuarse a la valoración que convenga en ese momento (y vamos, es fácil determinar que es posible, teniendo en cuenta el hecho de que realmente los analizados y analistas suelen ser los mismos). Esto implica que realmente es muy difícil determinar hoy la realidad de las valoraciones, sobre todo teniendo en cuenta los análisis que por ahí nos encontramos.

Otra medida son las restricciones a las posiciones bajistas. Ya sé que se ha demonizado de forma increíble a los bajistas, culpándolos de la caída de las bolsas o de los mercados. Sin embargo, la realidad es que los bajistas no son más que inversores que piensan que los mercados van a caer. Tienen exactamente el mismo sentido que los alcistas. Y en estos casos tienen una función adicional. Se trata de ser una especie de alarma. Cuando un inversor cree que las valoraciones de un determinado activo son demasiado altas, toma posiciones bajistas y en cierta medida avisa al mercado, de tal forma que las posiciones bajistas pueden ser tomadas como alarmas. Con las restricciones a la baja estas alarmas pierden su sentido.

Estas no son las dos únicas medidas en las que se apoya la recuperación de los mercados financieros; no podemos olvidar el papel de todos los planes de rescate, inyecciones y políticas monetarias, que han ido en su inmensa mayoría destinadas a recuperar los mercados. Sin embargo, estas medidas y todas y cada una de aquellas que vayan destinadas a limitar la transparencia de los mercados provocan que simplemente vayamos a ciegas.

La recuperación es eminentemente financiera y por tanto lo que encontramos es que cuanto más altos estén los mercados (o más infladas las burbujas) más inversores desaparecerán de los mercados. Por tanto llegará el momento en que los mercados de repente no sean capaces de subir. En ese momento, lo que va a pasar es un crack. Es así de sencillo. Para recuperar los mercados financieros hemos tapado los ojos, sin embargo, alguien se ha olvidado que los efectos secundarios de tapar los ojos es siempre un crack.

Lo positivo es que no será el fin del mundo y probablemente sea el paso necesario para de verdad solucionar la situación económica.

  1. #1
    25/08/15 17:29

    Una burbuja es el resultado de demanda artificial.
    La gente compra porque sube de precio, y sube de precio porque la gente compra, de modo que el efecto es la causa y la realidad es una ilusión.
    El problema de las burbujas es que causan bandazos a todos los que ni son alcistas ni bajistas, que ni siquiera participan de las finanzas, y he aquí el meollo del asunto.
    Una casa tiene su precio porque hay una relación entre quienes compran para vivir y los que venden. Pero con la burbuja los precios de las casas suben injustamente para los que compran para vivir, simplemente porque otro quiere tener ganancia alcista. Y cuando se desploma todo y viene el desempleo, el que compró para vivir pierde su casa, porque ni tiene empleo para pagar y encima le toca pagar un precio sobrevaluado por una casa que sin burbuja valía menos.

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