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Las calificadoras de riesgo ya no son lo que eran. Pero no sólo nos referimos a que en los últimos años se hayan corrompido o vendido ante presiones políticas e inconfesables, o a que hayan calificado fatalmente con sus mejores telas a titulizaciones sin sentido, o a que sean unos de los principales responsables de la burbuja crediticia a la que hemos ido a parar, no. Nos referimos a que sus codiciados ratings han dejado de ser unas etiquetas tras las cuales se elaboraban sendos informes de (in)solvencia, para pasar a ser meros garantes de confianza o avalistas.
La prueba la tenemos, sin ir más lejos, en las negociaciones existentes entre FMI, UE y Alemania para definir la forma de salvar del caos a la moneda única y las insolvencias periféricas (y no tan periféricas). Mientras que el FMI y la UE discuten sobre si el fondo de rescate debería alcanzar los 750.000 millones de capacidad real de préstamo para incluír el rescate de Portugal y un chute de solvencia a España, Alemania propone que sólo aporten dinero a ese fondo aquellos que no dispongan de triple A. O sea que Alemania tan sólo debería aportar avales, respaldados eso sí por su calificación AAA, al fondo de rescate. El resto de mortales deberían aportar pasta contante y sonante, ya que su simple o doble A no "garantiza" ante la opinión políticamente correcta su aportación. En cambio una AAA sí que da credibilidad a esa promesa, según el establishment político, que no financiero.
Las calificadoras, pues, se han convertido en verdaderos salvoconductos para que la simple palabra de quien lo ostenta baste, en lugar del mismísimo dinero o de aquel concepto lamentablemente trasnochado llamado solvencia. La perversión es tal en el punto al que hemos llegado, que se puede elegir a dedo, o mejor dicho a golpe de rating, quién pasa de puntillas sobre el "fregao" que nos rodea, y quién debe hacer los deberes al más puro estilo "la letra con sangre entra". Pero dando la imagen de corresponsabilidad solidaria. Estamos hablando de esos mismos ratings y esas mismas empresas calificadoras de riesgo que con su corrupción e incompetencia calificaron de solvente una gran burbuja de titulizaciones y paquetizaciones sub-prime que no había por dónde cogerla. Y hoy, paradójica y vergonzosamente, siguen siendo la mismísima biblia para la corrección político financiera que presuntamente debe encontrar soluciones vitales, como por ejemplo el rescate de la periferia de la Eurozona.
Llegados a este punto, resulta muy interesante y revelador hacer las siguientes reflexiones: Esa perversión de que la triple A distinga quién avala de boquilla y quién paga, nos lleva de nuevo a separar el pescado podrido del fresco, para evitar el contagio. O sea que sigo sin ver cómo Alemania va a aceptar pagar la fiesta periférica debida en el restaurante al que nos creíamos invitados. Simplemente parece ofrecerse a avalar la cuenta, y sólo promete pagar en el caso de que exista aún deuda pendiente después de que las mesas periféricas hayamos fregado todos los platos de la cocina. Creo que llegados a ese punto, Alemania podría perfectamente pagar exclusivamente su cuenta y salir dignamente por la puerta, ajena al "fregao" y a los platos rotos.
Es cierto que Alemania ha cambiado radicalmente su discurso euro-escéptico desde principios de este 2011 por otro mucho más políticamente afín con el del resto de socios, y ahora aparentemente pretende coordinar un gobierno económico comunitario. Sin embargo la moneda única se enfrenta a las mismas cifras que oscurecen su futuro desde el estallido de la burbuja crediticia. La diferencia es que ahora Alemania también también niega la evidencia y se une a los euro-optimistas, al igual que el resto de socios europeos. Probablemente los estadistas de la Eurozona crucen los dedos para que las mesas periféricas de ese restaurante puedan saldar su deuda mientras Alemania sigue solemnemente sentada y tranquilizando al propietario del restaurante con su triple A sobre el mantel. Pero todos saben que esas siglas sólo sirven hoy en día para mantener la calma y dar confianza, pero no para atar a nadie a la mesa de un restaurante en el que en cualquier momento puede sonar la alarma de incendios.
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