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Economía global

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Copenhague 2009

El artículo "Epílogo: el acuerdo de Copenhague" de Alejandro Nadal, versa sobre el pasado acuerdo de Copenhague celebrado el pasado mes de diciembre, al cual lo cataloga como un estrepitoso fracaso, un descalabro (la misma opinión que el ministro sueco de Medio Ambiente, Andreas Calgren).

Ese descalabro es el de los gobiernos y sus cómplices en el mundo corporativo y financiero. Las organizaciones civiles, nacionales e internacionales, lograron quitarle el disfraz a la mentira diplomática y pusieron al desnudo la madeja de intereses que son el principal obstáculo para alcanzar un acuerdo serio, vinculante y con plazos adecuados.

Rescatable, desde un punto de vista general, del acuerdo de Copenhague es que:


En las últimas horas de la conferencia se llegó a un acuerdo extraño. En él s
e reconoce la opinión de los científicos sobre la necesidad de mantener el incremento de la temperatura promedio global por debajo de los 2 grados centígrados y se reafirma un compromiso de mantener los esfuerzos de largo plazo para lograr este objetivo. Sin embargo, nada en este documento permite pensar que los aumentos de temperatura se van a limitar a ese rango.

 


Por otra parte, también es un dato positivo lo referente en materia agrícola (Alianza agrícola promete rendir más y emitir menos
). Aunque realmente, se pierde más que se gana con el acuerdo de Copenhague, que puede resumirse en los siguientes tres apartados:

Primero: Las metas cuantitativas como compromiso obligatorio. Eso era lo más importante del protocolo de Kioto y por el momento, no queda nada de eso.(...)
Segundo: Se abandona definitivamente la meta de 350 partes por millón (ppm) de bióxido de carbono equivalente (CO2e). Ese nivel es el recomendado por un número creciente de científicos para estabilizar el aumento de temperatura y consignarlo a niveles inofensivos. (...) Tercero: A pesar de algunos pasajes, la negociación del acuerdo sacrificó la idea de equidad. Todas las delegaciones nacionales pensaban que estaban participando en una negociación sobre el calentamiento global. Pero el documento final resultó de un encuentro entre los jefes de Estado de un puñado de países (Estados Unidos, China, Brasil, India y Sudáfrica) al que se unió (un poco a regañadientes y al final) la Unión Europea. Esto significa que los términos del debate sobre el cambio climático y la forma de enfrentarlo fueron secuestrados por un pequeño grupo de países. Es cierto que están entre los principales emisores de GEI, pero precisamente por eso no pueden quedarse ellos solos para definir los contornos de un nuevo acuerdo sobre cambio climático.

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático
(CMNUCC) y el Protocolo de Kioto surgieron en la década de 1990 como el mecanismo político internacional para abordar el cambio climático y sus impactos potenciales. Pero la evolución seguida en esta materia no ha sido positiva, no ha respondido a las expectativas y, justo ahora, tras Copenhague 2009, da la impresión que sean reuniones cuyo único objetivo sea poder preparar nuevas reuniones. Una explicación a esta situación como conclusión, podría venir dada por el siguiente extracto de un artículo "Cambio climático y Copenhague 2009" escrito por Ulrich Brand (Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Viena):

Las políticas ambientales en general, y las políticas de cambio climático en particular, son formuladas de acuerdo a la política dominante y los intereses asociados a ésta. Hoy, la política dominante es neoliberal y neo-imperial, se orienta a la competitividad y al mantenimiento y fortalecimiento del poder de los gobiernos, las empresas y las sociedades del Norte. Las políticas favorecen los intereses de los propietarios de activos y de las clases medias mundiales - incluidas las clases medias de los países con economías emergentes como China, India o Brasil. Todavía se promueve en el mundo el modo de vida occidental como algo atractivo. Todavía se equipara el bienestar y seguridad social con el crecimiento económico, y esto supone el crecimiento de la producción de automóviles, aeropuertos, agricultura industrial, etc. en base al uso intensivo de los recursos.

La política en tiempos de profundas crisis socio-ecológicas tiene que ser diseñada de otra manera, como un proceso transformador informado, que tome en consideración las muchas ambigüedades, pero con la mira puesta en un mundo más justo, basado en la solidaridad -más allá del dogma de la competencia y el lucro. Queremos reorientar los debates y las políticas hacia transformaciones socio-ecológicas y emancipatorias fundamentales, al unísono con el reconocimiento de las prácticas alternativas.

 

 

 

 

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