El Chartered Institute of Internal Auditors CIIA ha realizado recientemente un estudio en el que analiza las métricas éticas, por la relación probada entre la cultura de compliance y la percepción de ésta como valor intrínseco de la acción en las compañías cotizadas, en caso del informe se refiere a empresas del FTSE100 (enlace a noticia publicada por Business reporter; http://business-reporter.co.uk/2015/03/17/the-moral-maze-how-poor-company-ethics-can-cost-investors/ ).

El informe refiere que mientras el 91% de las empresas estudiadas reportan máximas de respeto a la ética en sus políticas de alto nivel, solo el 8% utiliza métricas para evaluar el cumplimiento de las bellas palabras que proclaman sus códigos.

Mientras que 56% de las empresas analizadas afirman tener códigos éticos en sus tablas autorregulatorias, y así lo reportan en sus informes de gestión y sostenibilidad, solo el 3% acompaña pruebas de que sus empleados han leído y comprenden el mensaje del código, y lo más importante, en qué les afecta a ellos en su devenir cotidiano (que es lo que de verdad importa).

Solo el 4% hacían público en sus reportes el porcentaje de empleados que habían tomado formación o training en materia de los estándares éticos que sigue la compañía, y solamente una empresa de todas las analizadas asegura monitorear la cultura de ética en sus empleados, pero tampoco explica cómo lo hace.

Por último, el artículo de Business Reporter que enlazo rompe una lanza a favor del cambio de paradigma, en relación con la figura del Auditor interno en la gestión de riesgos.

Y en este sentido se hace eco de otra encuesta realizada por CIIA en seguimiento de la publicación de su Código ético para Auditores internos el pasado mes de julio 2014, titulado Effective Internal Audit in the Financial Services Sector. Este trabajo arroja el dato, como destello de esperanza, que refiere haberse ganado en independencia en la posición del auditor interno ante los órganos directivos y plenarios, tanto en libertad para decir lo que se piense (a fin de cuentas es para lo que les pagan, otra cosa es tontería), como en confianza en la opinión autorizada que éstos brindan.

Ian Peters, CEO del CIIA, explica que esto se debe en parte a la necesidad de confiar en un técnico dado el nivel de especialización, sofisticación diría yo, que ha tomado la materia, unida al efecto ejemplificador de las fuertes sanciones con las que nos desayunamos todos los días en prensa. Todo ayuda no cabe duda. Peters hace un llamamiento para que el resto de tejido empresarial tome ejemplo de la banca, lo que no dice es lo que sí dijo el CIO BBVA en la reunión sobre ciberseguridad en 2012 organizada por Campo Vidal en el Colegio de Ingenieros industriales de Madrid; el negocio de la banca es suministrar información al estado, que en los ratos libres les deja que presten dinero.

A lo que para este post nos concierne vamos a centrarnos en la primera parte, los malos tragos cuanto antes mejor, dejaremos el análisis del segundo informe para otra ocasión, pues merece mención especial.

El caso es que ya se sabe, por anteriores estadísticas, informes, dictámenes, y toda suerte de testimonios más o menos autorizados a los que nos tenemos que enfrentar quienes tenemos la ingrata tarea de interpretar la maraña de leyes, reglamentos y opiniones que conforman el panorama actual en el tratamiento de la responsabilidad empresarial. Ya se sabe digo, que la sostenibilidad es rentable, en un reciente informe del año pasado creo recordar, sobre evolución de los llamados índices bursátiles de sostenibilidad, se explica cómo el Dow Jones en EEUU (Dow Jones Sustantiability Index (DJSI) que desde que llegase a Europa en 2001, ha ofrecido incrementos en la inversión que rondan el 15% de media llegando a puntas de crecimiento del 30%, incrementos que no se dan en mercados de valores convencionales.

Todo esto es verdad que suena muy bonito, pero la prueba de que se trata de un maquillaje ético lo constituyen los hechos que se narran, y me explico; Si los inversores conocen la ausencia de métricas en los informes anuales corporativos de las compañías en las que invierten (porque los leen de eso no me cabe la menor duda), que sigan creciendo las inversiones sostenibles puede tener dos causas; o bien la confianza ciega de los mercados de capital en la palabra de las cotizadas (lo cual dudo porque si no se habría montado todo este tinglado para asegurarla); o bien que la hipocresía campa a sus anchas y lo que importa es que le pongan a uno el sello verde de sostenible y luego si no se sostiene pues ya lo apuntalaremos (como hemos hecho hasta ahora, pensarán). Lo que importa es mantener el valor de la acción, e incrementarlo si se puede, no que se cumplan las métricas de ética, eso es lo de menos (y además es imposible pensarán).

Señores, si esto es lo que hay no quiero ser agorero pero vamos por muy mal camino. Como dije en debate iniciado por Frank Buccaro (reconocido experto en EEUU en Ethics&Compliance) en el grupo de Linkedin al que está ligado este blog desde sus inicios, e incluso antes de nacer, al que aprovecho a invitaros a uniros a los que aún no estéis;

https://www.linkedin.com/groupItem?view=&gid=8111291&type=member&item=5984212656431603715&commentID=5984635408846196737&trk=groups_items_see_more-0-b-cmn#commentID_5984635408846196737

Y digo que esta situación me recuerda bastante a la zanahoria del burro, el animal tira del carro hasta que se percata del engaño, en cuyo caso hay que darle la zanahoria para que siga tirando. Bueno, pues valga la comparación con la sufrida confianza en/de los mercados (esa que la ética pretende recuperar), que, al igual que el burro, necesitan pruebas de que no es un engaño más para perpetuar el sinsentido, y en este sentido probar que se cumple lo prometido es lo menos que se puede esperar, después del fiasco.

Esto no es nuevo, lo dice el Código Civil español desde hace muchos años; ante discrepancia entre las palabras que brillen en los clausulados de los contratos y los hechos de los contratantes, para interpretar sus verdaderas intenciones se estará a estos últimos. Y hasta el refranero; vale más una imagen que mil palabras (la de un Cuadro de mando bien compuesto, por ejemplo). Para este viaje no hacían falta alforjas. Es el viejo principio de substance over form.

Es por ello que Compliance se yergue como paladín de la regeneración y baluarte de la sostenibilidad, pero hay que tomarlo en serio.

Hay que reconocer que no es sencillo ponerle vallas al aire y dar vida a las Políticas de Etica y Compliance recogidas en los flamantes Códigos éticos de las compañías. Suelo comparar la dificultad añadida a la arquitectura que supone la ingeniería industrial; no es lo mismo jugar con pesos y volumetrías elevadas en estático que ponerlas en movimiento. Con el añadido de que hablamos de conductas humanas éticas o no éticas, lo cual es de filigrana.

Lo mismo ocurre en compliance, no es lo mismo diseñar una estrategia que impregnarla en la organización, ni mucho menos medir los resultados alineando las personas y procesos con los objetivos. Lo que está claro es que en el cajón del despacho no nos va aservir para nada.

Siento desilusionar a quienes, ingenuos de ellos, se pensaban que esto de compliance es coser y cantar, y que con dos o tres cajones de papeles con sellos para el cliente se arregla todo.

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