El Gran Hermano con turbante.
Los recientes acontecimientos en Irán, donde según algunas fuentes ya han pasado de la represión en las calles al ajusticiamiento público de insurgentes en la horca, están levantando justificadas voces de alarma sobre las relaciones entre los gobiernos y sus ciudadanos. La noticia de la semana pasada fue que el régimen iraní estaba utilizando tecnologías avanzadas suministradas por empresas europeas como Nokia y Siemens para monitorizar intensivamente las comunicaciones inalámbricas de voz y datos, con el fin de capturar a los que considerase motores en la organización de la insurgencia.
El sistema, instalado el año pasado, dirige todas las comunicaciones efectuadas en el país hacia un único punto en el que, utilizando técnicas de deep packet inspection, se espían correos electrónicos, mensaje instantáneo, actualización a Twitter, entrada en blog o incluso conversación de voz que tiene lugar a través de la red de telecomunicaciones.
Este "gran hermano con turbante" dispuesto a ajusticiar a los sospechosos de organizar las revueltas derivadas del fraude electoral resulta inquietante.
Los mismísimos Estados Unidos cuentan desde hace tiempo con tecnología similar desarrollada por empresas como Motorola o Lucent que permite hacer exactamente lo mismo, monitorizar toda transmisión de voz o datos entre ciudadanos, y que es de instalación obligatoria para todo aquel que pretenda ofrecer servicios de comunicaciones en el país.
El uso de tales medidas debe ser ordenado por un juez, pero recientemente se han vivido en el país escándalos derivados de monitorizaciones masivas cuyas órdenes habían venido directamente del poder político.
Los gobiernos creen estar legitimados para violar sistemáticamente los derechos humanos, concretamente el derecho a la privacidad de las comunicaciones, por el hecho de que éstas se produzcan a través de Internet. Prácticas que resultarían completamente inaceptables aplicadas a otros medios de comunicación parecen verse misteriosamente legitimadas en la red, a menudo utilizando excusas para ello como la protección de la propiedad intelectual, la pornografía infantil, la lucha contra el fraude o la seguridad nacional. Si el Estado se dedicase a abrirnos las cartas o a poner micrófonos en nuestras casas, nos parecería algo terrible y digno de un régimen opresor y dictatorial. Sin embargo, por alguna razón absurda, si nos vigila en Internet hasta el punto de monitorizar nuestras conversaciones, nuestros mensajes y muestra navegación… ¡resulta que nos parece normal y justificado!
Algo que decididamente tenemos que parar: la red empieza a tener capacidades que superan las imaginaciones más turbulentas del Gran Hermano de Orwell, desde la monitorización de nuestras relaciones sociales hasta la geolocalización, y pensar en una sociedad en la que los ciudadanos aceptan como razonable un nivel de vigilancia extremo por parte del Estado debería ser algo repugnante a los ojos de cualquier demócrata.
Quien esto escribe es Enrique Dans, Profesor de Sistemas de Información en IE Business School desde el año 1990. Es Doctor (Ph.D.) en Management, especialidad en Information Systems por la Universidad de California (UCLA), MBA por el IE Business School, Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidade de Santiago de Compostela, y ha cursado estudios postdoctorales en Harvard Business School. Sus intereses de investigación se centran en los efectos de las nuevas tecnologías en personas y empresas. Es colaborador habitual en numerosos periódicos y revistas como El País, El Mundo, Público, ABC, Expansión, Cinco Días, Libertad Digital o PC Actual en temas relacionados con Internet y las nuevas tecnologías,
Enrique Dans