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Los secretos sucios del tempo I

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Los secretos sucios del tempo I
Los secretos sucios del tempo I
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Los secretos sucios del tempo IX

Una visión de un mundo diferente

La historia prueba que un mundo mejor es posible cuando hay gente comprometida que trabaja lo suficiente para lograrlo. Así terminó la esclavitud; los trabajadores conquistaron el derecho a organizarse y a la negociación colectiva; las mujeres lograron el mismo derecho a voto que los hombres, el control sobre sus propios cuerpos, y más derecho y condición en la fuerza laboral; los negros y otras minorías obtuvieron importantes derechos cívicos; y los políticos estatuyeron importantes leyes sociales aunque haya sido sólo por temor a lo que podría suceder si no lo hacían.

Thomas Jefferson explicó que “el precio de la libertad es la vigilancia eterna.” Es el mismo precio a pagar para mantener nuestras conquistas sociales logradas con tanta dificultad. En la generación pasada esas conquistas se erosionaron mientras no prestábamos atención y sólo una acción de masas del pueblo puede rescatarlas. El objetivo debería ser un mundo humanitario de participación en el que las vidas de la gente mejoran porque todos trabajamos juntos para lograrlo; un mundo de paz y no de guerras interminables en beneficio de los ricos y poderosos a nuestras expensas; en el que todas las necesidades humanas esenciales son satisfechas porque los gobiernos trabajan por el bien común para asegurarlo; con una democracia participativa real en la que los funcionarios públicos y elegidos trabajan juntos para mantenerla fuerte y vibrante; sin gigantes opresores corporativos o carteles bancarios porque la ley no los permite; en el que la nutrición ecológica y la preservación constituyan una preocupación central; en el que haya aire, agua, suelos puros y una alimentación adecuada y segura; un mundo mucho más simple, con una base más local que la actual, en la que nociones como la globalización ni siquiera formen parte del vocabulario; un mundo basado en la equidad social y la justicia para todos, con gobiernos, el mantenimiento del orden y los tribunales trabajando para asegurar que siga siendo así; un mundo en el que todos queramos vivir y ojalá algún día lo podamos; un mundo que queramos legar a futuras generaciones; un mundo que no podamos dejar de lograr porque la alternativa puede ser la nada.

Puede que nos encontremos en un momento crucial en el que nuestro destino está en juego. O trabajamos juntos por un mundo mejor, sustentable o probablemente nos convertiremos en la primera especie que se autodestruye. Si sucede, probablemente nos llevaremos a la mayoría de las demás con nosotros y no dejaremos gran cosa para los pocos que queden. Ya no nos queda el lujo de discutir el tipo de mundo que necesitamos para sobrevivir. Los bancos gigantes y las corporaciones no nos lo brindarán, ni lo hará un gobierno hostil aliado con ellos. Depende de nosotros que lo logremos o probablemente sucumbiremos si fracasamos. Sería un buen comienzo si expulsáramos de nuestro templo a los “cambistas” de la Reserva Federal y con ellos a las corporaciones gigantes. Un mundo mejor es posible si recordamos y vivimos según las palabras inspiradoras de Antonio Gramsci sobre “el optimismo de la voluntad.” Con su ayuda, el pueblo organizado puede encontrar un camino para derrotar al dinero organizado.

Stephen Lendman vive en Chicago. Para contactos: lendmanstephen@sbcglobal.net

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