El parto

EL PARTO

26-06-09

Cuando nos nacen, no nos vemos, y no nos acordamos de nuestro parto. Cuando nacemos a nuestros hijos, es entonces de verdad cuando sabemos lo que es un parto.

Hemos buscado la etimología de tan escueta, rápida y bisilábica palabra: parto. Pues proviene del latín, partus. Cuando buscamos la etimología de una palabra, siempre nos hace más ilusión que el primer origen sea griego, y el segundo latino, y eso que ya hace tiempo que se nos olvidó el alfabeto griego. Desgraciadamente, saber el alfabeto griego no es como saber montar en bicicleta, que dicen que nunca se olvida, aunque ya no montes en bicicleta. No lo sabemos porque nunca supimos montar en bicicleta. Creemos que hemos salido perdiendo: ahora no sabemos ni el alfabeto griego ni montar en bicicleta. Qué se le va a hacer.

Obviamente, no recordamos nuestro parto. Mejor así, porque los hospitales y ver sangre no es una de nuestras aficiones favoritas. Creemos que hay mejores alternativas en la vida para ocupar o desocupar el tiempo. Sí sabemos que fuimos bien feos de recién nacidos, tanto, que la chica interna que nos iba a cuidar, le dijo a nuestra madre: Señorita: yo con este niño tan feo no salgo al parque. Por lo visto, había entonces una especie de orgullo profesional y cierta rivalidad por quién cuidaba el bebé más mono, entre las chicas que acudían al parque. Qué cosas.

Pensamos que no éramos tan feos (ya hemos visto alguna foto en blanco y negro de entonces), porque creemos que no hay ningún recién nacido guapo. Es una trola de las madres y de las abuelas. A nosotros nos parecen un trocito de carne sonrosada, con los ojos cerrados y más bien insignificantes. No digamos como salgan muy peludos, aunque luego dicen que se les cae el pelo, porque entonces parecen más bien el bebé de un yeti o de un hombre lobo. Nada agradable, por cierto.

Otra gran trola de las madres y de las abuelas y del innumerable mujerío que acude de visita al hospital a molestar a la pobre parida, que está rajada y cosida y con múltiples molestias, son los parecidos. No ha transcurrido una hora desde el parto, y ya todas encuentran parecidos con el padre, el abuelo, el tío, el hermano o el Papa, ya puestos. Y discuten empecinadamente entre ellas. Pero señoras: no se dan cuenta que un bebé recién nacido no se puede parecer a nadie, que tiene los ojos cerrados como un perrito pequeño y la cara deformada del esfuerzo de pasar entre todos esos huesos que tienen las mujeres ahí abajo. Pero qué cantidad de trolas y de bolas llegan ustedes a decirse con tal de discutir. Hay un biotipo de mujeres que no es capaz de callarse ni cuando una doliente recién parida está sufriendo, y lo que necesita es descanso y silencio, y la única compañía de su hijo y el padre de su hijo, que, a su vez, lo que de verdad quiere hacer es salir corriendo, al comprobar lo que le ha caído encima.

Nada es más sagrado que una recién parida. Cumple la mujer con su función más bella y secreta. Decimos secreta porque hasta entonces era sólo ella quién había sentido a su hijo.

Ya que nos perdimos nuestro parto, pues pudimos asistir al de nuestros hijos. No asistimos, muy convencidos, la verdad. Alegamos ciertos argumentos en contra, como que nuestra presencia no aportaría nada y que a lo mejor lo que hacíamos era molestar. Pero nada: tanto la madre como el modernista médico insistieron. Casi se arrepienten. Ya sólo entrar en el paritorio y el olor a asepsia y el aspecto a terrible quirófano que nos recordaba otros en los que habíamos estado como pacientes, nos condujo a un ataque de nervios silencioso que sólo se revelaba en nuestra palidez. Lo peor no fueron esos gritos y esfuerzos que sugerían  la terrible batalla que supone un parto. Lo peor fue cuando el modernista médico nos sacó de la cabecera del paritorio, y nos obligó, a pesar de nuestra resistencia, a observar el importante momento. Cuando vimos a nuestra mujer increíblemente despatarrada, con un gran cabezón que le sobresalía de la vagina y grandes cantidades de sangre por todos lados, nos tuvimos que arrodillar medio desvanecidos.

Al próximo parto que tengamos, que será el de nuestros nietos, si es que llegamos o los tenemos, haremos lo que hizo nuestro padre en los partos de nuestros hijos: irnos a la cafetería de la clínica a esperar y tomarnos un buen güisqui. Ya está bien de partos. 

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