Subastas judiciales
Las subastas judiciales desde la mirada de un subastero

Mambrú perdió un tornillo

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Publicado por Tristán el subastero el 02 de marzo de 2009


Un motivo habitual de que se subaste una vivienda es por defunción del dueño

La gente cree que el único motivo por el que se subastan las casas es porque los propietarios han dejado de pagar la hipoteca y ese es, ciertamente uno de los motivos principales, pero no el único. Hay muchos otros: Quiebras, falta de pago de una letra, incumplimiento en los pagos de cualquier crédito, tarjetas de débito y crédito, incumplimiento de contrato, desacuerdo entre los propietarios de un bien que conduce a la disolución de pro indiviso, multas y un largísimo etcétera.

Uno de los motivos habituales es el embargo producido por falta de pago de las cuotas de la comunidad de propietarios y dentro de este epígrafe podríamos incluir la subasta por falta de pago de las cuotas debido a la defunción del propietario.
Independientemente de que el propietario de la vivienda esté vivo o muerto, las cuotas de la comunidad deben ser pagadas, pues de lo contrario debería pagarlas el resto de los propietarios del edificio.

De esta manera, pasados algunos años de la defunción del último propietario, cuando la deuda asciende a una cantidad de cierta consideración, el administrador de la comunidad reúne a los propietarios y les comunica que deben presentar demanda contra el difunto si es que quieren llegar a cobrar algún día (o algún año, según está la Justicia).
Es curioso la cantidad de personas que fallecen sin dejar herederos conocidos. Al final, una vez celebrada la subasta y liquidada la deuda, todo el capital sobrante se lo queda el Estado.

Hace unos doce años se encontraron un cadáver el día en que le entregaban la posesión al subastero que se había adjudicado la vivienda. Tal como lo cuento.

Y ese era mi miedo la semana pasada cuando me dieron, en nombre de mi cliente, la posesión de una vivienda pequeña de unos 40 metros cuadrados sita en pleno barrio de Lavapies (Madrid).
Don Mambrú (nombre ficticio), director de una sucursal bancaria y viudo sin hijos era el vecino mejor situado económicamente de la finca. Tenía pocos gastos y la casa estaba completamente pagada hacía años. Todo parecía irle bien.
Parecía, porque este señor, de la noche a la mañana empezó a actuar de forma muy extraña. Por lo visto se había vuelto un consumista redomado, un comprador compulsivo que recorría las tiendas del barrio comprando de todo. Y también dejó de sacar la basura..... y un buen día desapareció.

Con este panorama, me presenté en la vivienda el día señalado, para que los agentes judiciales me hicieran entrega de la Posesión. Además de mí estaban dos agentes judiciales, dos policías municipales, el cerrajero y unos diez o quince vecinos. ¡Vaya expectación! Y estaba justificada por las sospechas de los vecinos de que dentro nos íbamos a encontrar con el cadáver de don Mambrú. Sospechas alentadas, sobre todo por las vecinas de rellano, quienes relataron que desde la desaparición del buen hombre, durante varias semanas, hubo un desfile de cucarachas que entraban y salían por debajo de la puerta de la vivienda, hasta que fumigaron a todo trapo con algún veneno.
Repito que vaya panorama, ya me veía saliendo por Telemadrid.

Pero cuando el cerrajero rompió la cerradura, la sorpresa no fue que hubiera un muerto, sino que no éramos capaces de abrir la puerta porque por detrás de la misma y hasta una altura de un metro, estaba toda la casa llena de docenas de cajas sin abrir y de bolsas de basura. Comprendo que haya que releer este párrafo para entenderlo.
Repito, toda la superficie de la casa y hasta un metro de altura, estaba llena de paquetes de artículos sin abrir, cajas de galletas surtidas, bolsas de magdalenas, radio-casetes, imágenes de santos, tres televisores, etc.
Y eso no fue todo, porque esa misma tarde, cuando le enseñaba la casa al cliente para el que la había comprado, acompañados además por dos personas que la iban a vaciar a cambio de quedarse con todo lo aprovechable, encontramos un bote de cristal con doscientas mil pesetas en billetes de cien, doscientas, quinientas, mil, dos mil y cinco mil pesetas y un motón de monedas de 5, 10, 25, 100 y 500 pesetas. Sí, aquellas entrañables pesetas.

Había oído hablar del Síndrome de Diógenes, pero encontrarme tan cerca con sus consecuencias me ha impactado. Mambrú no se había muerto, simplemente había perdido un tornillo.

Etiquetas: anecdotario



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Comentarios
1 Anonimo
Anonimo
04 de marzo de 2009 (11:15)

Hola Tristan,

Un articulo muy interesante!

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2 Anonimo
Anonimo
06 de marzo de 2009 (20:34)

Hola, Tristán, soy letrado en Sevilla, y me encanta tu trabajo. Desde luego, aunque no conozco el mundo de las subastas a fondo, estoy de acuerdo contigo en que los juzgados españoles (y muchos de los prfesionales que intervenimos), organizan unos cipitostes de la hostia en las subastas, y hay que estar muy atento al expediente y NO PERDER NUNCA LA COSTUMBRE DE COMPROBAR TODO SIGUIENDO UN METODO, si no, meteremos la pata antes o después. Un abrazo. GUSTAVO

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3 Anonimo
Anonimo
07 de marzo de 2009 (10:22)

Pero .... y donde estaba mambrú?

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4 Tristán el subastero
07 de marzo de 2009 (20:50)

Gustavo, si piensas así leéte el post que colgué ayer 6 de marzo. Es la leche.

Mambrú simplemente desapareció hace unos diez años. Un buen día se fué y no volvió. Los vecinos tardaron bastantes años en acumular una deuda lo suficientemente importante para que mereciera la pena iniciar una demanda de cognición y unos años después la lenta maquinaria de la Justicia hizo la subasta.

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