Hoy estoy un poco
tocapelotas, lo advierto. Normalmente me gusta dar una de cal y otra de arena al gobierno, por aquello de que algunas medidas requieren tiempo de cocción. Pero es que ya llevamos un largo camino andado en esto de la crisis y seguimos alimentándonos de soluciones recalentadas en el microondas. Y a uno que es del norte le gusta comer producto fresco y contundente, nada de congelados para salir del paso.
Utilizo el símil culinario para emprenderla contra el Presupuesto del próximo año, que acaba de ser vetado en el Senado y, a pesar de ello, no va a servir de nada porque con toda seguridad nos lo cuelan en el Congreso. Y no, no voy a hablar de política ni de compañeros de camastro. Sólo que no me parece propio de Solbes eso de dar por buenas unas
cuentas desactualizadas y, por lo tanto, inútiles. Precisamente Solbes fue quien convirtió los PGE en herramienta de política económica -al servicio de la disciplina de Maastricht, eso sí-. Este año, sin embargo, volvemos a las andadas: el Parlamento va a aprobar un documento de mero trámite, legal y seguramente homologable con los presupuestos de los vecinos, pero inservible. Porque oiga: no vamos a obtener los mismos ingresos creciendo al 1% que
retrocediendo al -0,7%. Y si el paro se sitúa en el 13% en lugar del 11% -disculpad el ataque de optimismo- el gasto en prestaciones por desempleo se nos va, no digamos si el Gobierno se decide a subirlas como acaba de prometer.
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