Ante todo digo que como vidente no tengo precio. En mi artículo de ayer sobre
El Incidente (Hugo Chávez versus Juancar) vaticiné que la frase iba a traer cola. Pues nada: politono y
dominio web al canto. Por si alguien piensa que esto era demasiado previsible, ahí va otro acierto: después de quedarme sólo en medio de la blogosfera jurando que los 210 euros no van a inflar los precios de los alquileres, veo que por fin
alguien me apoya, aunque con sus propios argumentos y con mensaje envenenado, ya que se quejan de que la Ley del Suelo se va a financiar con
SUS impuestos al contrario que la renta de emancipación, que saldrá de
NUESTROS impuestos. Que se lean mi
antepenúltimo post. Y si no les gusta, ¿
por qué no se callan?
Todo con tal de no respetar las reglas del mercado y cortarle su mano invisible. No quieren que oferta y demanda se entiendan a su manera: exigen estimular a los potenciales compradores a base de empujones presupuestarios y financieros, así como facilitar a los vendedores (ellos mismos) continuar con el negocio. Por el bien de la economía española. No vayamos a pensar mal.
El caso es que no podemos hablar de un verdadero mercado de vivienda en España. El precio, en realidad, se asigna por el método de la subasta: cada vivienda, por cara que sea, tiene un potencial comprador que tardará más o menos tiempo en aparecer, pero que estará dispuesto a pagar el precio que pida el promotor o el intermediario con tal de que no venga otro a quitárselo de las manos. Y así se van colocando todas las viviendas desde la más cara a la más barata, con los distintos grupos de compradores. Y lo de la demanda retenida o embalsada, a punto de reventar la presa, no es más que la última esperanza del sector, que cree que bastan un par de millones de rebaja para animar al incauto a comprar, antes de que lo haga otro.
Así que, como decía ayer, dejemos la demagogia chavista y evomoralista: el sistema está corrompido pero no por neoliberal. Ya quisiéramos un orden económico nuevo y libre de verdad. Háganme caso: los peces grandes no caben por el aro del mercado. Por eso se comen al pequeño.