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Ese increible personaje amarillento con el pelo encrespado, noble fruto de sus padres y del estúpido modelo que pretende implantar en cada ciudadano su país, es una perfecta réplica a escala de un alto directivo bancario.

Puede llevar la ruina absoluta a millones de familias, puede arrasar con su tsunami tóxico el tejido empresarial de cualquier país, antes saludable, puede hinchar el contenedor del paro estructural hasta que la presión lo reviente. El CEO financiero dirá, invariablemente "Yo no he sido".

Ni siquiera con las pruebas evidentes que se nos presentan a diario compuestas de salarios, prebendas y dádivas fuera de toda relación con la calidad REAL de la gestión, excesos de niveles de riesgo en grandes corporaciones cliente con pies de cemento mal amasado, corruptelas en la contratación de tasadores complacientes, compadreo con lo más corrupto de la política, aplicación del artículo 33 a los límites razonables del endeudamiento de familias, empresas e instituciones... Invariablemente dirá "Yo no he sido".

Nadie sabe mejor que él quien es responsable de la crisis. Pero necesita vivir cada segundo que le queda con la podredumbre que por siempre le acompañará. Así, cerrando los ojos a la realidad consigue soportar su propia presencia; intolerable para cualquiera con algo de decencia.

"En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia " Laurence J. Peter 

Esta cita de Peter que enuncia su afamado Principio, se ha cumplido y, esta vez, no afectó tan solo a unos cuadros intermedios de escaso nivel. Esta vez la espeluznante estrategia seguida y la perversa táctica desarrollada en el día a día han desvelado la existencia de unos altos ejecutivos altamente incompetentes. Dudo mucho que el mozo que pasa el mocho por el pasillo hubiera sido peor CEO a tenor de los resultados; al menos tendría disculpa por su nula formación.

Esta vez el Principio de Peter ha llegado hasta la cumbre, de la mano de auténticos replicantes de Bart Simpson. 

Por cierto: anda la banca ahora exigiendo al Estado (nosotros, por cierto) que se le devuelva el IVA de las viviendas que ha tenido que embargar. ¡Qué narices! 

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