El otro día me comentaba alguien con preocupación que tenía mucho dinero líquido, en cuentas corrientes y en fondos de inversión que le daban poca o ninguna rentabilidad, aunque estos últimos con mínima volatilidad (los depósitos no entran en la categoría de activos líquidos porque rescatarlos suele tener limitaciones económicas o temporales).
La primera es que limpian el mercado e, irónicamente, le dan estabilidad. Si los mercados subieran en vertical, sin tomarse nunca una pausa, las caídas serían siempre salvajes y la volatilidad inasumible para un inversor normal. Sería, como diría Rambo, “un infierno”.
El déficit y las deudas forzaban una política de austeridad. Desgraciadamente, el camino elegido por los gobiernos para el saneamiento de las cuentas públicas no se ha basado en reducir los “michelines” del Estado, es decir, los gastos improductivos, las duplicidades, los “cargos de confianza”, el senado, etc...
Imaginemos que en un mercado entra a comprar lo que entre “brókers” se denomina una “mano fuerte”. Imaginemos que, además, anuncia lo que va a comprar (eso ya es mucho menos habitual). E imaginemos finalmente que esa mano fuerte es la más fuerte que puede haber – un banco central – y que, además, no sólo te dice lo que va a comprar, sino que también te dice lo que NO va a compra