Este es el blog de Fernando Esteve Mora y Jose Manuel Rodriguez, profesores de Teoría Económica de la Universidad Autónoma de Madrid.
ECONOMÍA etimológicamente viene del griego OIKONOMIA, conjunto de normas para la dirección y administración del OIKOS, la "casa".
La Economía hoy es una Ciencia de una complejidad frecuentemente innecesaria. Por ello, nos ha parecido oportuno y útil para la docencia el recuperar sus orígenes: una Economía de "andar por casa"
Como ya se señaló en la entrada anterior, la que allí se llamó la "hipótesis de la resaca" goza de un singular predicamento entre el personal interesado en asuntos de Economía, como es de esperar a tenor de ese sesgo psicológico tan humano que nos lleva a remitirnos a la hora de construir una narración interpretativa de cualquier situación exterior, general o social a lo más conocido, o sea, a referencias más cercanas y personales (siguiendo así en úletimo término al gran ocultista Hermes Trismegisto), y, ¡claro está! ¿quién no ha sufrido los efectos de un exceso de alcohol? Como todo aquel que lo ha pasado sabe que la resaca cumple dos papeles: 1) es el adecuado castigo o penitencia moral pro un comportamiento incorrecto para la economía de nuestro cuerpo, 2) es el proceso por el que nuestro propio cuerpo se recompone.
Pues bien, la hipótesis de la resaca goza también de reconocimiento entre los analistas financiero-económicos y sus "gurús". Y, lo más sorprendente es que la recesión económica, se ve por ellos satisficiendo exactamente los mismos objetivos que una buena resaca. Es castigo frente al pecado económico de la expansión, y es, asi mismo, el duro camino a transitar necesariamente para la recuperación. Entender la justificación de esta hipótesis, si es que la tiene, obliga a conocer siquiera un poco el modelo teórico de las crisis económicas en que se basa, la teoría de las crisis y depresiones de la Escuela Austríaca de Economía.
Los economistas austriacos (entre los que podemos mencionar a autores como L. Von Mises, F. von Hayek, J. A. Schumpeter, o más recientemente, M.Rothbard) ofrecen una narrativa del ciclo económico, de las crisis y de las recesiones económicas en los siguientes términos. Supongamos una situación inicial en que el Estado, que tiene el poder monetario, sean (por ejemplo, para salir de una recesión previa) realiza una política monetaria expansiva que hace bajar el tipo de interés. Los empresarios, consecuentemente, aumentan sus invrersiones en capital y otros bienes duraderos (como por ejemplo en inversión mobiliaria) generándose en consecuencia un boom económico. Ahora bien, como el tipo de interés debido a esa intervención discreccional del Estado es artificialmente más bajo del tipo de interés natural, se llevan a cabo proyectos de inversión que no debieran haberse llevado a cabo, es decir que la inversión es excesiva: se crea, más que mucha, demasiada, capacidad instalada, se construyen demasiadas viviendas, demasiados barcos, etc. Se demanda ,más empleo y se transfiere en términos relativos del sector de bienes de consumo al de bienes de producción (de capital fijo) y de otros bienes duraderos, los salarios suben y los precios de todo tipo de bienes también lo hacen. En la medida que los proyectos de construcción llevan tiempo, el boom puede durar bastante tiempo antes de que se revele el absurdo económico de tales excesos de inversión. Pero ése momento, el momento de la "verdad económica", la crisis, llega ineludiblemente causada por cualquier circunstancia no importa cuál sea. Puede ser, por ejemplo, los problemas de unas entidades de crédito que han hecho concedido créditos hipotecarios demasiado alegremente, puede ser un ascenso en el tipo de interés, puede ser un aumento en el precio del petróleo o de otras materias primas. da igual. El caso es que cuando la crisis se desta, la inversión se hunde, pues ¿para qué seguir invirtiendo?, y la economía entra en una recesión cuya duración y profundidad estará en proporción al exceso previo. Lo importante, desde esta perspectiva, es que la recesión, además de ser un castgop para quienes invirtieron tan descuidadamente, es también una parte necesaria en el proceso curativo: el exceso de capacidad productiva causado por el exceso de inversión ha de ser eliminado, las viviendas y edificios de oficinas construidos en exceso han de esperar a que la depreciación del stock existente y la caída en los precios haga que vuelvan a ser demandados, que tengan salida, los salarios que los trabajadores disfrutaron durante el boom y que no correspondían a un ascenso real en la productividad (pues el producto no valía lo que se decía que valía) han de caer para facilitar el tránsito de sus empleos en el sector de bienes de producción enjugar el desempleo generado.
Obsérvese, por otro lado, que, con arreglo a esta narrativa, las políticas económicas keynesians de estímulo de la demanda serían contraproducentes, pues no tendrían otro objeto que seguir manteniendo artificialmente el valor de unas inversiones que no valen realmente lo que se suponía que valía cuando se hicieron.Mantener artificialmente su demnada no haría así sino generar un nuevo boom, tan falso y más peligroso por ser aún más "gordo" que el anterior. Dicho de otra manera, la recesión-resaca es el único aunque costoso camino hacia la recuperación económica.
¿Quién puede negar lo verosímil que es tal descripción de los "hechos" que han acontecido en los últimos años? ¿No ha sido acaso generada esta crisis por la salida en falso del anterior boom, la burbuja de las puntocom, instrumentada desde la Reserva Federal vía una polñítica de tipos de interés bajos? Y ¿no ha sido causada la penosa situación de la economía española por una burbuja inmobiliaria sustentada en los tipos de interés más bajos que los adecuados para una economía como la nuestra pero de los que hemos "disfrutado" por estar en la zona euro? Sí es difícil negarle verosimilitud a esta descripción austriaca de los hechos, tan claramente pegados a la realidad.
Pero, como tantas otras veces, lo más evidente puede ser falso. Y, al igual que pasa con los magos de los circios, no hay que dejarse llevar por la habilidad y la rapidez de los juegos de palabras que nos seducen y emboban con tanta facilidad. La pregunta embarazosa para la narrativa de los econimistas austriacos es, como señala Krugman, la de que por qué las subidas o las bajadas de la inversión agregada deben traducirse en booms y recesiones de la economía como un todo. Es la pregunta que se hizo Keynes y su respuesta, no referida a la razón que lleva a la inversión a veces a hundirse, sino explicando el mecanismo de que una caída en la demnadfa de inversión arratre a toda la economía, es, en opinión de Krugman, lo que hizo a la teoría austriaca y a la hipótesis de la resaca tan obsoleta como los epiciclos como explicación de los movimientos de los cuerpos celestes.
Y es que el enfoque austriaco presupone, al igual que la idea de "resaca" en la vida de quien una noche se "pasa", que existe algo así como un estado natural (un tipo de interés natural) de salud económica al que la economía tendería y con respecto al que juzgar el exceso y la subsiguiente resaca. Pero, si lo hay, supongamos que lo hay, ¿cómo entonces explicar el desempleo? Veamos, si la inversión en bienes de producción en algunos sectores cae en una crisis por las razones que sea, incluso porque se hace evidente que fueron inversiones absurdas, ¿por qué ese gasto no se desvía a demandar bienes de consumo, de modo que una recesión en el sector de bienes de inversión no venga acompañado por una expansión, un boom, en el sector de bienes de consumo? Y, en tal caso, ¿por qué debiera haber un ascenso en el desempleo?. Cierto, repitamos, en la fase de expansión muchos empresarios hicieron malas inversiones en algunos sectores y muchos bancos concedieron malos créditos. De acuerdo, hay malas inversiones de las que hay que deshacetrse, costes que hay que asumir, al igual que hay malos créditos que aprovisonar, pero ¿por qué esto debiera implicar que los sectores en los que la capacidad productiva no recibió excesivas inversiones también han de entrar en recesión?, o dicho en palabras de Krugman, ¿por qué las malas inversiones del pasado requieren el desempleo de buenos trabajadores hoy, en el presente?
Dicho de otra manera, si las malas inversiones en algunos sectores se convierten en una crisis general, si aparece desempleo masivo, entonces es que la capacidad de la economía de mercado para generar desempleo masivo es más elevada de lo que suponen los austriacos y que su capacidad de volver a una situación de pleno empleo no está ni mucho menos garantizada, y esta es la lección básica del enfoque keynesiano. El desempleo masivo no es una "resaca" de la que se puede salir espontáneamente.
Hay, de igual manera, bienes públicos impregnados de valor simbólico. Este valor simbólico puede ser privado, como sería el caso de un determinado lugar o espacio público al que algún individuo lo dota de valor simbólico sentimental por las razones que sea. Pero, como ya se ha repetido, son más interesantes los bienes públicos de valor simbólico también público.
Pero, antes de seguir, es necesario afrontar de frente la más que difícil cuestión de la relación entre el valor de cambio y el valor simbólico de los bienes. Como ya se ha dicho, no está nada clara pues, para que la hubiera, sería necesario encontrar un elemento común entre ambos valores que permitiese medirlos en relación a una escala común. Como ya se ha dicho, la elección de un bien como símbolo, lo particulariza, lo separa del resto de los de su clase, lo hace único, pero ¿qué determina esa elección? ¿por qué se le asigna a un objeto concreto un valor extra de tipo simbólico? Un bien con valor simbólico no es sólo un bien al que se ha singularizado, cuya oferta por decirlo en jerga económica es rígida o o inelástica, es que por el lado de su demanda, también es un bien especial, pues ya no se demanda por las características comunes con los demás bienes de su misma clase sino por ser símbolo, y la demanda de un objeto en cuanto símbolo no depende de su precio sino que, por un lado y cómo se ha señalado, depende de la cantidad de individuos que lo consideren así; y, por otro, de de qué sea símbolo, de qué realidad subyacente es expresión.
Y, entonces, ¿qué hay de común entre el valor de cambio y el valor simbólico cuando por definición ambos están reñidos, o sea, cuando sucede como bien dice Ferlosio que si un bien simbólico o “tesoro” se vende como bien cualquiera deja de ser símbolo, o sea pierde su valor simbólico? En consecuencia, es frecuente, a este respecto, oír que un bien simbólico no tiene precio. Pero el que no lo tenga no significa que su precio sea infinito, como parece a veces seguirse de esa afirmación, sino que su precio no está determinado por la oferta y la demanda porque no hay una oferta y una demanda que otorgue valor simbólico a los objetos, no hay un mercado de bienes simbólicos. Pero precio puede tenerlo. Incluso la pareja de amantes más extasiados y que se juran amor infinito es seguro que estaría más que dispuesta a vender los añillos símbolo de su amor por un precio adecuado. Mayor sería, sin duda, el precio que un país exigiría por renunciar a la disposición de colores de su bandera, y a veces, ese “precio” ha sido elevadísimo en términos de las vidas y bienes sacrificados en una guerra contra un invasor que no pretendía otra cosa que anexionarse al país sin cambiar probablemente un ápice la vida de sus ciudadanos. Y, más aún, conforme la guerra haya sido más cruenta y onerosa, crece paralelamente el valor simbólico de los colores de la bandera que ha exigido ese sacrificio. Y esto parece ser un hecho de aplicación general: el que la selección de un objeto como símbolo vaya asociada con la destrucción de recursos. En las bodas, los anillos de compromiso adquieren un valor simbólico en la medida que representan una renuncia a otras relaciones potenciales de los contrayentes con otras personas; la sangre de los mártires fue lo que dotó a la cruz cristiana de su valor simbólico; el valor simbólico de una medalla deportiva se asienta en la dureza de la competencia a la que hubo de vencerse para lograrla y el valor de una bandera depende de si ha sido utilizada en combate, o sea, de si alguien ha muerto por ella de modo que los colores de una bandera que no hayan estado en alguna situación épica tienen un muy escaso valor simbólico. Dicho de otra manera, el valor simbólico de un bien está en relación directa con el coste en recursos de la realidad que expresa, y, en esa medida, hay una relación entre valor simbólico y valor de cambio. Una relación extraña, pues un objeto adquiere valor simbólico en cuanto representa una situación en que se renuncia a (o incluso se destruyen) valores de cambio. El mundo de lo simbólico se aleja por tanto de la lógica económica.
El novelista y viajero Bruce Chatwin en un profundo texto titulado “La moralidad de las cosas” recogido en su Anatomía de la Inquietud (¡Qué bellísimo título, por cierto!), señalaba a este respecto cómo la adherencia de valor simbólico a un bien como un cuadro lo aleja de la racionalidad económica:
"Frecuentemente leemos cartas incendiarias acerca del menoscabo del patrimonio artístico de Inglaterra. La venta de un Velázquez al Metropolitan suscita más indignación en la prensa que la venta de algún gran complejo industrial a inversores extranjeros. Por algún motivo irracional la venta de un Velázquez significa la pérdida de un símbolo, mientras que la venta de una empresa obedece a normales presiones económicas”
Dada esta desconexión entre el mundo de la racionalidad económica de la “racionalidad” simbólica, la circulación de los bienes simbólicos no puede darse a través de intercambios mercantiles como les sucede a la inmensa mayoría de los otros bienes. Y es que los bienes simbólicos no se venden en un mercado si se quiere que sigan siendo expresión de una determinada realidad subyacente, pero sí se regalan o se intercambian no mercantilmente, es decir, siguiendo la lógica económica de la reciprocidad. Lógica que se sigue de una característica que tienen el hecho de regalar un bien simbólico, cual es que a su valor simbólico se une (o se trasmuta en) un auténtico poder simbólico. Como señalaba con precisión Gustavo Martín Zarzo en El País (3/1/2010):
“…un regalo suele ser un gesto de reconocimiento, pero también de poder. ‘Al llevar mi regalo eres mío’, es la inquietante advertencia que contienen todos los regalos”
Es esa dimensión de poder de dominio sobre los demás que tienen los regalos la que se me escapó cuando me puse, en este mismo blog (http://www.rankia.com/blog/oikonomia/2007/12/economa-de-los-regalos-pesadilla-en.htm) a analizar el mundo de los regalos. Chatwin, por el contrario, lo tenía perfectamente claro e incluso apuntaba el modo de responder a ese poder que se trata de ejercer mediante un regalo: la reciprocidad. Decía Chatwin en el texto señalado más arriba:
“Todos sabemos que hacer regalos es un acto agresivo, se lo puede comprobar en la costumbre de los jefes de Estado –que se odian cordialmente- , de regalarse unos a otros adornos bastante tontos”
Y, también:
“Imaginémonos el escándalo que se organizaría si el Metropolitan comprase las joyas de la Corona. Los Estados Unidos habrían fagocitado a Inglaterra y habrían destruido nuestra integridad territorial. Pero si nosotros regalásemos las joyas de la Corona y tomásemos prestada la Declaración de Independencia, por malo que fuera para nosotros el negocio sería visto como un gesto de recíproca simpatía entre dos naciones rivales pero amigas. Es precisamente ese toma y daca de objetos simbólicos sobre la base de una estricta paridad lo que crea la amistad entre las personas o, por lo menos, las convence de que nadie se está aprovechando de ellas.”
Es curioso, pero en la misma línea de Chatwin cuando señala el valor simbólico de los cuadros de Velázquez y la capacidad de los intercambios recíprocos de bienes simbólicos para asentar la paz o la amistad entre las personas, he recordado un ya viejo artículo de Ferlosio en que éste imaginaba una solución para el llamado “contencioso de Gibraltar”. Héla aquí:
“Y un buen arreglo que a mí se me ocurría era el de poder leer algún día en los periódicos el notición siguiente: ‘España renuncia definitivamente a toda reclamación de derechos sobre la soberanía de Gibraltar a cambio de la donación de la Venus del espejo por la National Gallery al Museo del Prado”. No es que yo piense que la diosa no esté allí magníficamente atendida, aunque en ninguna parte recibiría jamás el culto que merece; pero a mí no me es dado desplazarme a Londres cada vez que me venga la añoranza de poder contemplar sus absolutamente incomparables caderas. Pero tampoco sería una solución satisfactoria para todos, porque la propia inmensidad del precio pagado, en tal supuesto, por la Corona de Inglaterra la haría sentirse con derecho a mantener a los gibraltareños colonizados para la eternidad”
Y, lo que me resulta personalmente a mí más curioso por lo raro que es que me pase tal cosa, es que aquí discrepo de Ferlosio, el autor que más me ha enseñado acerca de estas cuestiones de los símbolos y las naciones, pues si de algo estoy seguro es que quien se con certeza se negaría a tan (en mi opinión) ventajoso acuerdo sería a lo que me parece la inmensa mayoría de españoles que consideraría que nada, nada absolutamente, puede “pagar” o intercambiarse por un trozo del mapa de España, por un pedazo de tierra española como es Gibraltar.
Y es que el mapa de un país es uno de los signos externos por medio de los que se manifiesta o expresa material o tangiblemente ese bien público e inmaterial par excellence que es la Nación, un bien que mirado desde el punto de vista que aquí se expone es usualmente también un bien simbólico colectivo de pertenencia y de inclusión desde hace al menos un par de siglos, pues recuérdese que en el Antiguo Régimen los señores de los territorios solían venderlos o intercambiarlos según sus conveniencias e incluso según sus necesidades financieras. Dicho con otras palabras, las naciones se han hecho Naciones en la medida que han adquirido un valor simbólico Por supuesto, y como ocurre con todos los bienes simbólicos, los que le dan ese valor simbólico a una nación (así con minúsculas) convirtiéndola en Nación se lo dan "por encima" de su valor de cambio, de su valor como agregado del valor económico de los recursos económicos que hay dentro de sus fronteras o que poseen sus nacionales, o sea, la suma del valor de su capital físico, natural, humano y social. La Nación, para los patriotas o los nacionalistas, está siempre por encima de los ciudadanos que la conforman, a tal extremo que conforme más vidas concretas se sacrifican en el altar de una Nación, mayor es el valor simbólico que tiene la Nación de que se trata. Sacrificio que sólo se puede realizar en competencia o combate contra los miembros de otra Nación. El valor simbólico de una bandera, otro de los signos de una Nación, está como ya se ha dicho en función directa de su utilización en combates contra otros patriotas.
Leí una vez que Charles de Gaulle, ese auténtico espejo o modelo de patriotismo, amaba a Francia pero despreciaba a los franceses. Y es frecuente que quienes más "patriotas" se declaran, y más signos de su patriotismo enarbolan, visten o enseñan sean precisamente aquellos que no tienen el menor empacho en destrozar su paisaje, esquilmar sus recursos, machacar a sus compatriotas. Viviendo como vivo en Madrid y habiendo cogido muchos taxis sé positivamente de qué me hablo. Hay muchos españoles que aman a España mucho, mucho más de lo que aman a los españoles, y más aún si esos españoles por nacimiento y administrativamente, son también catalanes, vascos o gallegos. Será por deformación profesional como economista, pero siempre he pensado que lo más sensato sería que ésos que tanto odian a los catalanes o a los vascos fueran aquellos que más dispuestos estuvieran a facilitar su salida de la Nación española, ya que si no quieren estar en ella, o sea, si no comparten ese valor simbólico llamado España, sería para ellos lo má de aplicación la vieja máxima de que “al enemigo, puente de plata”.
Pero no, sucede aquí todo lo contrario, porque eso supondría romper parte de ese bien simbólico que es el mapa del territorio español. De modo que, para quienes tanto valor simbólico otorgan a ese mapa, estén dispuestos a utilizar la mayor de las violencias para impedir que España “se rompa”; y así, ¡cuántas veces no habré oído yo esa frasecita de no recuerdo qué egregio padre de la Nación española de que hay que bombardear Barcelona cada cierto tiempo! Sí, uno de los problemas con los valores simbólicos públicos es que se pretende imponerlos a los que no los aceptan como tales símbolos, con las espantosas consecuencias a las que la historia de este desventurado país nos tiene acostumbrados. Y no estoy exagerando, no hace mucho, a este respecto leí un comentario de una persona tan perspicaz como Félix de Azúa al respecto de las votaciones que en algunos municipios catalanes se habían realizado respecto a sus deseos de independencia respectoa a España. Decía Azúa en El País (21/12/09): “Se han dado escisiones pacíficas, como la de la nación llamada Eslovaquia, y es posible que un proceso semejante pueda aplicarse en el futuro a Chipre para separar a turcos de helenos, pero creo dudoso que sirva para España, aunque sólo sea porque en otras regiones hay un nacionalismo español tan radical como el catalán o el vasco y de similar ideología. Es cierto que está permanentemente controlado y apenas representa peligro alguno, pero dudo de que se quede sentado mirando la tele cuando se le arranque una cuarta parte de lo que él considera que es su nación”.
Pero, para dejar aquí esta incursión gratuita por los asuntos políticos, no puedo por menos que señalara que al igual que me asustan los defensores de la Nación española, me asustan igualmente los defensores de las otras Naciones o patrias que algunos vascos o catalanes o gallegos quieren instaurar en sus territorios con sus mapas respectivos. La maldición del valor simbólico nacional se aplica también y en igual medida a ellos, y no es necesario pensarse mucho cuál sería la respuesta que darían quienes tienen por símbolo de nación Cataluña o el País Vasco o Galicia a aquellos municipios catalanes, vascos o gallegos que no quisieran formar parte del mapa de un estado independiente catalán vasco o gallego.
Y frente a tanto ruido y violencia, ¡cuán racional y amable parece la actitud de los economistas! Para ellos, para los que lo son auténticamente, eso del valor simbólico es y debe ser sólo algo privado y personal, que los bienes simbólicos públicos como la Nación son, sencillamente, un despropósito pues, como se ha dicho, se asientan en la destrucción de valores de cambio o la renuncia a intercambios mutuamente ventajosos. Los economistas, al menos los académicos, entienden que hay un tamaño eficiente y óptimo para las agrupaciones humanas en función de las preferencias de los individuos que las forman y los costes de provisión de los bienes públicos que justifican esa unión. De modo que, si las preferencias o costes así lo justifican, el tamaño o el mapa de una nación debieran alterarse en persecución de la mayor eficiencia. Claro que esta visión es alicorta o pedrestre pues se olvida, o defiende que olvidemos, el valor simbólico de la Nación, la Patria y demás embelecos colectivos. Será una visión pacata o prosaica de lo que debería ser una nación, pero, sin embargo, cuán civilizada es. Cuántos muertos menos se habrían inmolado en el curso de la reciente historia si esta forma de ver las cosas de los economistas, tan propios al cambalache estuviese generalizada.
Los economistas presumen de saber explicar el precio de las cosas. Éste, como es de sobra conocido, depende de la confluencia de las fuerzas que andan detrás de la oferta con las que hay detrás de la demanda, fuerzas que -a su vez- son un indicador del (o se explican por el) valor de las cosas para demandantes y oferentes. Pero hay aquí, en este asunto del precio y del valor de las cosas, que andarse con el mayor de los cuidados, y no dejar de recordar nunca la conocida advertencia que hiciera Don Antonio Machado, aquello de que "todo necio confunde el valor con el precio". Pues bien puede ocurrir que el precio de una cosa sea una muy mala medida de su valor. Y eso no es nada nuevo pues los economistas afirman ser enteramente conscientes de este peligro y creen estar bien precavidos contra él,. Señalan así cómo para los bienes públicos o colectivos es habitual que su uso sea totalmente gratuito, o sea que no tengan por lo tanto precio, pero que sin embargo sean extremadamente valiosos para sus usuarios. Ahora bien, aún siendo enteramente cierta esta apreciación, no lo es menos que los economistas olvidan usualmente de que no sólo se da esa incongruencia entre precio y valor para los bienes públicos (y también en presencia de externalidades en las actividades de consumo y producción) por la imposibilidad de que el mercado cobre a cada individuo un precio que refleje el auténtico coste social o el valor del uso del bien, sino que hay una entera clase de bienes cuyo valor no puede ser medido por su precio, caso de que lo tengan que a veces no lo llegan a tener pues no hay mercado para ellos. Se trata de los que aquí llamaremos bienes simbólicos, una categoría que analizaremos en esta entrada y la siguiente.
Y, para empezar, empecemos el asunto de nuevo, desde el principio aunque esta vez desde otro punto de vista. Sí,es cierto, la Economía presume de explicar los precios o, como decían los economistas clásicos del siglo XIX, el valor de cambio de los bienes, que era el precio a largo plazo en el sentido de precio-centro de gravedad o de equilibrio en torno al que fluctuaban por miliuna razones los movimientos de los precios en el día a día. La fuente u origen de ese valor de cambio habitual o normal de los bienes, de su capacidad para cambiarse los unos por los otros en proporciones determinadas, que es como se define el valor de cambio, esos economistas llamados clásicos la buscaron (y para algunos, incluso tuvieron éxito pues la hallaron) en su valor intrínseco o esencial entendido como su coste de producción, o sea, como en el gasto en recursos humanos que era necesario incurrir para obtener los bienes. Esa es, dicho en forma muy reduccionista, la llamada teoría del valor-trabajo, según la cual el valor de cambio de un objeto depende en último término de su valor-coste de producción medido en términos de la cantidad de trabajo humano que requiere la producción de ese objeto, directa (el trabajo inmediato de su producción) o indirectamente (el trabajo incorporado en los medios de producción). Más tarde, los economistas utilitaristas, y los llamados neoclásicos, explicaron el valor de cambio de un bien no por su valor-coste de trabajo sino por su valor de uso, por su capacidad para satisfacer alguna necesidad sentida por algún o algunos individuos. Para ellos, el valor de cambio de una unidad adicional de un bien dependía de la relación entre la medida en términos de dinero de la utilidad que le suponía a algún agente su uso (que señalaba lo que estaba dispuesto a pagar por esa unidad adicional) y la medida monetaria de la desutilidad que le suponía a otro su producción (que indicaba la cantidad de dinero que exigía para producirla).
Pero, si nos damos cuenta, al pretender ambos enfoques explicar el precio de algún bien como reflejo monetario de un valor intrínseco sólo tuvieron en cuenta ese valor intrínseco como fuente o justificación de su valor de cambio, es decir, de su valor entendido como capacidad o poder para intercambiarse por otras cosas en un mercado. Dicho de otra manera, si el precio de un bien es de 10€ y el de otro bien Y es de 5€, el coste en términos de trabajo o la utilidad marginal relativa pueden explicarnos el que una unidad cualquiera de X se intercambie por dos unidades cualquiera de Y. Es decir, que el valor de cambio de una unidad cualquiera de X sea de dos unidades cualquiera de Y.
Pero ¿quiere esto decir que una unidad de X concreta o particular tenga siempre dos veces el valor que una unidad de Y? Sí, sin duda, pero sólo si la unidad del bien X (o del bien Y ) que se está considerando no tenga otro valor adicional a su valor-trabajo o a su valor-utilidad, lo que pasará con una unidad cualquiera de X (o de Y). Pero sucede que, a veces, algunas unidades de un bien dejan de ser unidades cualquiera pues adoptan, cogen o incorporan un valor adicional a su valor-trabajo o a su valor de uso, un valor distinto o especial que puede, sin embargo, tener gran importancia económica: un valor como símbolo o valor simbólico.
Ciertamente se trata éste de un valor que no se encuentra como tal en los libros de texto de Economía. Y la razón es muy simple, y es que para los economistas el valor de un bien es siempre valor de cambio y por ende, un valor relativo. El valor de cambio es, como acaba de decirse, el valor asociado a la capacidad de una unidad cualquiera de un bien para ser intercambiado por una unidad cualquiera de otro, y esa capacidad de intercambio es relativa pues depende, en cada momento, del número de unidades de ese bien que existan, es decir de su escasez relativa y de lo costoso relativamente que sea la producción de más unidades cualquiera de ese bien. Consecuentemente, el valor de cambio de una unidad cualquiera de un bien será más bajo cuanto más abundante sea ese bien en el mercado, cuantas más unidades "cualquiera" haya de ese bien. Es esta una aproximación al asunto del valor que, obviamente, es suficiente y verdadera para la mayor parte de artículos que tenemos o compramos habitualmente. Por ejemplo, el valor que para cualquiera tiene una lata de cerveza cualquiera depende así de cuántas uno se haya tomado previamente o de cuántas se tengan en el frigorífico. Y lo mismo pasa para la inmensa mayoría de los bienes.
Pero está claro que esta no es toda la historia del valor. Pues todo el mundo tiene objetos que son extremadamente valiosos para ellos aunque su precio o valor de cambio en el mercado sea muy bajo, o sea, aunque no sean nada escasos en términos relativos ya que sucede que, por las razones que sea, no son unos objetos cualquiera. Se trata de todos aquellos objetos a los que dotamos de un valor simbólico (que suele ser para los casos de bienes privados o personales un valor sentimental) que los singularizan o separan del resto de los de su clase. Y al hacerlo, al impregnarse de ese valor simbólico, ya no importa cuán abundantes sean en la realidad los objetos de su "misma" clase, pues al hacer a alguno de ellos símbolo de algo se lo convierte en un objeto único, es decir, que al serle asignado ese valor simbólico se le hace escaso en términos absolutos, de modo que su valor de símbolo puede ser realmente inconmensurable en términos de valor de cambio.
Dicho de otra manera, cuando a una unidad de un bien se la hace símbolo, es decir, cuando se la dota de un valor simbólico deja de tener precio o, mejor dicho, ya no hay precio que mida su valor por lo que queda fuera de la esfera de los intercambios mercantiles o comerciales. Puede suceder así, por seguir con el ejemplo de las latas de cerveza, que una de ellas en particular sea para un individuo tan "especial" por las razones sentimentales que sean, tan particular, que incluso ya nunca sea bebida, o sea que sea una cerveza que ya no es una cerveza, que es un símbolo de algo bajo la apariencia de una cerveza. Como ya he señalado, la Economía no trata de este tipo de bienes, pues los considera un asunto privado, aunque está claro que todo el mundo posee bienes simbólicos pues sin duda simbolizar es uno de esos muchos rasgos que definen excluyentemente a los seres humanos del resto de los seres, y es además económico el uso de recursos que se hace en las tareas de simbolizar o el uso económico que se hace de los símbolos. Por ello, por un lado, no es nada extraño que sólo antropólogos o literatos o ensayistas aficionados los hayan sometido a escrutinio, y, por otro, por ello también sería necesario que la Economía se piusiese manos a la obra y tratase de eliminar ese "punto ciego" en su visión de las cosas del mundo que supone el olvido de los bienes simbólicos.
Pero, para empezar, veamos algunos ejemplos de no economistas que se han acercado a este terreno de la (inexistente) Economía de los Bienes Simbólicos. Mi siempre admirado Rafael Sánchez Ferlosio tiene en su mágico relato Industrias y andanzas de Alfanhuí una perfecta descripción de por qué un bien simbólico (un "tesoro" como se dice en su cuento) no puede guardar relación con un precio o un valor de cambio, pues en la medida que fuese conmensurable con él, en la medida que se vendiese y se midiese su valor, ello depreciaría su valor simbólico, desapareciendo así como tesoro, pasa a ser unos kilos de marfil o de oro o de plata o de lo que sea ...como otros kilos cualquiera. Cuenta Ferlosio:
"Heraclio tenía un tesoro que le habían dejado sus padres; eran dos grandes colmillos de marfil y dos bolas de marfil del tamaño de sandías: 'Nadie sabía lo que aquello significaba. Pero era un verdadero tesoro, porque no se podía vender. La gente cree que es tesoro todo lo que vale mucho, pero el verdadero tesoro es lo que no se puede vender. Tesoro es lo que vale tanto que no vale nada. Sí, él podía vender su tesoro a precio de marfil, pero el tesoro se perdería, vendería tan sólo marfil. El verdadero tesoro vale más que la vida, porque se muere sin venderlo. No sirve para salvar la vida. El tesoro vale mucho y no vale nada. En eso está el tesoro; en que no se puede vender'".
El semiólogo Gillo Dorfles, en su obra Imágenes interpuestas.De las costumbres al arte, también reflexionaba también sobre los bienes simbólicos y los definía como los
"...objetos que se han transformado en depositarios de recuerdos y de memorias perdidas, que rememoran atmósferas pasadas, que representan antiguos amores, fragmentos de tiempos irrecuperables, contra la obsolescencia de nuestro pensamiento, de nuestro gusto, de nuestros deseos. Estos objetos simbólicos (porque sólo así pueden definirse: frecuentemente su entidad real trasciende toda posible valoración comercial o estética) no se pueden "llevar al banco", enterrar u ocultar. Valen sólo porque -y mientras- nos acompañan, son los testigos de nuestra lenta maduración -puede que de nuestro inevitable marchitamiento-, son los depositarios de valores afectivos que, a menudo, son también estéticos"
Y, refiriéndose a la propiedad que cada uno tiene de sus particulares e intransferibles (en el sentido de no sujetos a transacción comercial) "bienes simbólicos", continuaba Dorfles:
"Creo que este género de "derecho a la propiedad", ajeno a todo sórdido afán de lucro, a toda voluntad de apropiación de los bienes de los demás, es realmente sacrosanto…Me gustaría por ello que se tomasen las disposiciones necesarias para que estas "posesiones simbólicas", estas propiedades personalísimas , una vez ordenadas y enumeradas, sean consideradas sagradas e inviolables ante la ley : no confiscables, no utilizables como garantía o fianza, no tasables o mutables. Deberían conservarse en una determinada zona de cada vivienda con carteles especiales que las señalen como intocables para todo el mundo. Al ladrón que se atreviese a transgredir la sagrada prohibición, a pisotear tan amenazador tabú, debería cortársele la mano según la mejor tradición islámica, aunque ese mismo ladrón podrá arramblar impunemente con las más ricas pieles y los más valiosos objetos de plata, por lo que será castigado con las sanciones normales previstas por la ley (y por ello casi nunca aplicadas). Creo que una ley semejante, que sanciona la inviolabilidad de los recuerdos y que deja "libres" las restantes propiedades, sería acogida con júbilo por todo el mundo, ladrones y sociólogos incluidos."
Y, me parece, que no andaba desacertado Gillo Dorfles en sus comentarios. Incluso cuando reclama la aplicación de la "ley islámica" contra los que no respetan ese sagrado derecho a la propiedad que debe proteger los bienes simbólicos. ¿Quién no ha sufrido el irreparable daño asociado a algún desmán que se ha traducido en la pérdida de alguno de sus objetos simbólicos? Por ejemplo, es frecuente escuchar que los que sufren robos en su vivienda señalan como un daño o coste difícil o imposible de valorar o apreciar por ningún seguro o compensación, el destrozo o pérdida de algunas "cosas de valor personal" o, incluso, la "sensación" de violación de la intimidad o privacidad, la rotura de la casa simbólica que habita nuestras casas reales de ladrillos y hormigón.
Ahora bien, es obvio que en todos los ejemplos mencionados hasta el momento, los bienes simbólicos son bienes privados con valor simbólico privado, particular o personal, a los que podemos denominar como bienes sentimentales, por lo que el interés de su análisis es muy reducido al menos para un economista en la medida que éste ha de dedicarse profesionalmente a asuntos generales o sociales.
Pero el asunto es muy distinto cuando se toma en consideración que varios o muchos individuos, o incluso todos los miembros de una colectividad pueden dar valor simbólico al mismo bien o a los mismos bienes (¿acaso no se define una comunidad o colectivo por dar valor simbólico al mismo bien o grupo de bienes?). Es decir, que junto con los bienes privados con valor simbólico privado, que como ya se ha dicho tienen poco interés general pues su valor simbólico consiste o se traduce solamente en su poder de evocación existen bienes tanto privados como públicos investidos de valor simbólico interpersonal, público o colectivo. Y el análisis de estos tipos de bienes sí que tiene mucha mayor relevancia y enjundia.
Empecemos con los primeros, aquellos bienes privados a los que dos o más individuos les impregnan de valor simbólico. Estos bienes privados de valor simbólico compartido por más o menos gente se usan como señales o signos ya sea de compromiso o pertenencia, ya sea de distinción o "status". Los anillos que se cruzan los esposos en las bodas (que serían un caso muy simple de un símbolo interpersonal compartido sólo por dos personas) o las banderas cuyos diseños y colores identifican a quienes las enarbolan como miembros de un determinado grupo deportivo o nacional, son ejemplos de bienes privados colectivamente simbólicos de pertenencia. En tanto que las medallas, insignias, o trofeos que representan premios o distinciones, lo son del segundo tipo, el de los signos de distinción que dan cuerpo o materialidad visible a los valores simbólicos de superioridad, jerarquía o dominio.
Tanto unos como otros son bienes privados cuyo valor de mercado o precio está muy por debajo de su valor simbólico si es que ambos dos tipos de valor se pueden comparar. El disgusto que siente el miembro de una pareja cuando él o el otro miembro de la misma pierde su anillo de "compromiso" no se compensa con el dinero con el que se puede comprar uno “igual” en la joyería, de igual manera, hay hombres (y también mujeres) que han adquirido la insensata costumbre de arriesgarse a matarse o a matar por los colores de la bandera de su equipo de futbol o de su nación, o sea, que dan a esos trapos de colores un valor inconmensurable con el precio que pagaron en la tienda de retales donde las adquirieron. Resulta inmediato darse cuenta de que el valor simbólico de estos objetos se traduce en el poder de inclusión/exclusión de otros así como en el poder de autoridad/dominio sobre los demás que confieren, por lo que su valor se mida éste como se mida, es proporcional al número e importancia de las personas que comparten ese símbolo. Así el valor simbólico de unos anillos de boda es muy pequeño, pues sólo son valorados como tal símbolo por los contrayentes y algunos allegados, en tanto que el valor simbólico de una bandera nacional es muy elevado. Uno puede quemar en una calle un trapo cualquiera, si la policía le pilla habrá de afrontar una multa por su comportamiento en la medida que viole alguna ordenanza municipal, pero si ese trapo es la bandera nacional, con certeza el coste de esa misma acción subirá. Con los símbolos compartidos, ya se sabe, hay que tener como veremos mucho cuidado. Con ellos es peligroso "jugar".
Me da un poco de vergüenza escribir lo que voy a escribir después de la anterior entrada en este blog, pero ya se sabe cuán difícil es eso de predicar con el ejemplo. El caso es que, después de "meterme" con Enrique Gil Calvo a propósito de su analogía del sistema fimnaciero con un sistema hidrlógico no se me ha ocurrido otra cosa que descolgarme con otra, esta de mi cosecha particular, y tan disparatada como la suya. Me he puesto a escribirla y aquí va. Disculpas para quien la lea. Pero quien lo haga tenga presente la advertencia que se dijo en la entrada anterior, o sea, que que por lo general las analogías no son buenas, y esta no lo es pues no ilunina o agrega nada a lo que ya se sabe, sino que simplemente utiliza un lenguaje diferente al habitual a la hora de referirse a la economía. Así que no hay que tomarla nada en serio. No es más que un mero divertimento.
El caso es que se me ha ocurrido, a tenor de esa repetida distinción que se hace entre la economía real y la economía financiera, que esta separación es muy parecida a la separación funcional entre el cuerpo y el alma o la mente en los seres humanos, esa vieja separación que tiene su origen en la Grecia Clásica que ha informado desde entonces el "modo de ver el mundo" (la Weltasnschaung, por ponerse pedantes) propio de la Civilización Occidental . Si se usa de esta separación a la hora de referirse por analogía a la separación entre la economía real y la financiera, se tiene que, obviamente, la economía real (la que produce los bienes y servicios de consumo y de inversión en capital productivo) hace las veces de cuerpo del “ser económico” en tanto que la economía financiera haría algo así como de su mente, entendida como el conjunto de programas y funciones que regulan y dirigen el funcionamiento de la economía real(1), de modo que al igual que la mente de los seres humanos tiene o requiere de un sustrato material: el sistema nervioso, la mente económica anidaría o se encarnaría en esa maraña que es el sistema financiero cuyo núcleo central, el entramado de mercados financieros, agencias reguladoras y de calificación e instituciones financieras públicas y privadas, resulta a veces tan incomprensible como lo es todavía el cerebro humano. Obsérvese, también, el papel que juega el sistema monetario como pieza básica en la conexión entre la economía real y la financiera, un papel análogo al que juega el sistema circulatorio en el cuerpo humano. No es por cierto la primera vez que se ha planteado esta analogía entre el dinero con la sangre. Ya Schumpeter en su Historia del Análisis Económico señaló la repercusión del pionero trabajo de Harvey acerca de la circulación de la sangre en el cuerpo humano sobre el pensamiento de los pirmeros economistas en sentido auténtico, los fisiócratas franceses del siglo XVIII.
Y, dicho esto, sólo queda ponerse a "jugar" con esta nueva metáfora, a ver que da de sí, si es que da algo. De salida se puede decir que al igual que hay cuerpos viejos y jóvenes, hay asimismo economías “maduras” y “jóvenes”. Las primeras se caracterizan por su rigidez y anquilosamiento debido a tener unas estructuras productivas demasiado consolidadas y por ello difícil y costosamente alterables, así como unos mercados de bienes y factores muy regulados o intervenidos, con la consecuencia de presentar tasas de crecimiento “renqueantes” (recuérdese aquí que hace pocos años se hablaba de la “euroesclerosis” a la hora de diagnosticar los males económicos de los países centrales de la Unión Europea, que presentaban típicas economías maduras). Por el contrario, las segundas, las economías "jóvenes " no por edad sino por sus características, se definen por su flexibilidad y dinamismo. Sus estructuras productivas variables y sus mercados flexibles les permiten disfrutar de una enorme capacidad de adaptación a los vaivenes de la demanda en los mercados mundiales. No ha de entenderse que una economía joven tenga que ser obligadamente una economía “emergente”, como se conoce hoy a las economías postcoloniales que recién han salido o están saliendo del subdesarrollo, como lo muestra el ejemplo de la economía norteamericana, una economía ya vieja de edad pero juvenil aún en su estructura y comportamiento. Una economía madura puede, por otro lado, convertirse en auténticamente vieja, por problemas demográficos como se augura que puede sucederle a la economía japonesa en un futuro no demasiado lejano. De nuevo, el ejemplo de la economía norteamericana muestra como la inmigración puede ser parte de un adecuado tratamiento antienvejecimiento económico.
Y, siguiendo en la misma cuerda, como hay cuerpos masculinos y cuerpos femeninos quizás no sea exagerado señalar que también hay economías masculinas y economías femeninas. Las primeras se caracterizan por su dinamismo de tipo expansivo, el peso que en ellas tiene el sector industrial, su “agresividad” exportadora, su olvido de las cuestiones distributivas, su testosterónico apego al credo liberal clásico con su alabanza de la lucha competitiva. Por el contrario, las economías femeninas son economías centradas en el sector servicios, trasluciendo en su gobernanza un cierto componente “maternal” que las lleva a desarrollar sistemas de bienestar. No ha de pensarse que las economías femeninas son por ello menos dinámicas que las masculinas, lo son pero de otra manera, no vía la conquista o el control de los mercados ya existentes, sino por ser matrices de innovaciones que generan nuevas vidas para la actividad económica. Sin lugar a dudas una economía femenina y dinámica, como lo son las de los países del norte de Europa, es un espacio económico-social para vivir mucho más habitable que una economía “machista” y ferozmente competitiva.
Las “enfermedades” macroeconómicas o generales(2) del "cuerpo" económico pueden ser agudas (crisis y recesiones, hiperinflación), recurrentes (ciclos económicos) o crónicas (depresiones y estancamiento, inflación), pueden provenir del exterior: vía “contagio” a partir de otras economías (caso de pérdida de competitividad en los mercados internacionales o caso de ascenso de los precios de materias primas importadas básicas) o ser fruto de circunstancias internas (conflictos distributivos que generan inflación por ejemplo, problemas internos de insuficiencia de demanda efectiva ). Obsérvese que todas estas enfermedades son, por así decirlo, “físicas”, en el sentido que su causa es material, o sea, por malfuncionamiento de la economía real, de su aparato productivo o de su economía financiera (consecuencia, por ejemplo, de un sistema financiero ineficiente o poco desarrollado), pero al igual que les sucede a las personas con las enfermedades psiquiátricas, también en economía hay otro tipo de “enfermedades”, igualmente reales, pero de etiología "espiritual o mental". Se trata de laquellas crisis económicas que son el trasunto para la economía de las enfermedades psicosomáticas que aquejan a los seres humanos concretos, aquellas causadas por un funcionamiento defectuoso de su mente, no por causa físca sino psicológica.
Una de las interpretaciones más curiosas y sugerentes acerca de la psicología humana es la que se deriva de la hipótesis de los tres cerebros de Paul MacLean para quien en un cerebro humano coexisten simultáneamente, funcional y anatómicamente, tres cerebros correpondientes a tres grandes fases en el proceso evolutivo que ha dado lugar al hombre. Habría un cerebro antiguo o reptiliano encargado de la gestión de los procesos de homeostasis del organismo, gestión que se hace en esta parte del cetrebro humano de modo autónomo sin necesidad de control consciente; habría a continuación un cerebro paleomamífero, en que anidarían las funciones emocionales que regulan las relaciones con los demás y los sistemas que dirigen la reproducción sin tener en cuenta otra cosa que lo más inmediato, es lel cerebro necesario para gestinar el comportamiento de un mamífero mediante un sistema de instintos; y, finalmente, la evolución habría dotado al hombre de un tejido cerebral adicional, el neocortex, donde residen las funciones intelectuales y cognitivas superiores, el lugar donde reside la imaginación y se toman las decisiones a partir de cálculos racionales teneindo en cuenta el futuro. La interacción entre los tres cerebros da origen a un comportamiento extremadamente complejo donde juegan entrelazadamente mecanismos de los tres cerebros.No es nada extraño que los impulsos e instintos procedentes de los cerebros más antiguos choquen con la forma de ver las cosas del neocortex dando lugar a problemas de corte psicológico que se traducen en comportamientos, digamos que, inadecuados desde la perspectiva de la salud físca, mental o social de los individuos.
Pues bien, por seguir dándole gusto a la analogía, podría pensarse que también en la la gestión del comportamiento económico interviene un triple sistema "nervioso". Un primero sería un sistema automático, aquel que Adam Smith expresó con la famosa analogía de la Mano Invisble. El sistema de mercados interrelacionados, que dejado libremente permite que el organismo económico funcione aceptablemente bien sin necesidad de ningún tipo de control, haría el papel del cerebro reptiliano en el cerebro humano. Pero, está claro que, hay una serie de situaciones -los llamados fallos del mercado- que requieren de regulación consciente, de las funciones de un "neocortex" estatal (lo que no garantiza que esa tarea se lleve bien a cabo. Igual que hay seres humanoscuyo "neocortex" es bastante exiguo, por debajo de lo normal, hay estados cuya gestión económica señala un "coeficiente intelectual" rayano en la subnormalidad). El sistema financiero sería el análogo al sistema límbico en el cerebro humano. Allí se entremezclan lo instintivo con lo racional, los deseos y las realidades, y el resultado afecta a la economía real a través del sistema crediticio. Este subsistema dentro del sistema nervioso que pone en contacto todas las partes de una economía ha tenido en los últimos años un crecimiento espectacular, casi "tumoral" podría decirse, que ha dado luigar a economías enormemente sensitivas o nerviosas que las hacen propensas a padecer de algo semejante a un trastorno bipolar, o sea, a comportarse de modo maníaco-depresivo, aternándose fases alcistas o maníacas que estresan a las economías reales seguidas por fases contractivas o depresivas que la hunden en la miseria.
En efecto, al igual que es pieza central de la salud psicológica de un individuo cualquiera la propia autoestima junto con una percepción realista de las posibilidades de sí mismo, para el comportamiento saludable de una economía real es también prioritario que sus sistema nervioso o financiero permita que los agentes económicos sepan de modo realista o adecuado cuáles son sus posibilidades, es decir, cuál es el valor de los distintos tipos de activos. Ahora bien, nadie nunca lo puede saber con absoluta precisión y certeza pues, en cada momento, el valor de un activo cualquiera depende de formas complejas del valor de todos los otros con los que está relacionado, valores todos que, además, dependen de las expectativas acerca del futuro, y este por definición no se puede conocer de antemano con certeza, las expectativas acerca del mismo dependen de las estimaciones estadísticas y la intuición. Y lo que parece haber ocurrido es que el crecimiento brutal del sistema "nervioso" financiero, a la vez que ha permitido valorar con mayor generalidad posibilidades y activos, lo ha hecho de forma más -por decirlo así- "nerviosa", es decir, más sensible o susceptible a alteraciones a tenor de que, su propio brutal desarrollo, ha hecho a los valores de los distintos activos más interdependientes, y en esa medida más inseguros, pues cada vez más todo depende de todo casi instantáneamente.
Y qué sería esta crisis sino una enfermedad psicosomática generada por una crisis de confianza es decir, psicológica, en las valoraciones que ha asignado el sistema financiero generada por las dudas acerca del valor de algunas de su creaciones (los famosos "derivados" financieros) tras la caída en el valor de las famosas hipotecas subprime. Al igual que la más mínima duda acerca de sí mismo puede llevar a un enfermo bipolar a la depresión más profunda, un sistema nervioso-financiero extremadamente amplio y sensitivo o "frágil" puede convertir cualquier objetivamente "pequeño" bache en una depresión generalizada...hasta que la siguiente fase maníaca empieza a gestarse una vez que la autoconfianza empieza a restablecerse por la "confianza" que el sistema financiero deposita en un más que nuevo, novedoso, activo que esta vez sí, con seguridad, va a revolucionar el mundo económico e instaurar en él una era de crecimiento sin límites, lo que hace que todos los valores se disparan instaurando la siguiente fase maníaca o alcista (las puntocom, el mercado inmobiliario,...Hoy dan un poco de risa aquellos libros que tan alegre y confiadamente pronosticaban que por estas fechas el Dow-Jones superaría los 50.000 puntos. Recuérdese también, por ejemplo, cuánto llegó a valer el portal terra en la crisis anterior, o el caso de aquella empresa virtual de cuyo nombre no me acuerdo cuyo valor en Wall Street superó un día el valor de General Motors).
Y, entonces, ¿cuál es el papel de los economistas? Pues está claro. que poco . Como médicos hay que reconocer que no son demasiado buenos y los hay, incluso, que son factores patógenos y contribuyen a enfermar a las economías con sus diagnósticos y tratamientos. A fin de cuentas, la Economía está mucho menos avanzada que la Medicina. Ésta es, claramente, más científica y cada vez lo va siendo más, incluso en else terreno tan resbaladizo que son las enfermedades psiquiátricas. Basta con leer el propecto que acompaña a cualquier medicamentop para darse cuenta de cuánto ya saben los médicos respecto a las características de las enfermedades, sus diagnósticos, sus tratamientos, su efectividad terapeútica y sus efectos secundarios adversos. Frente a ellos, cuán poco saben los economistas. Sus discusiones internas todavía se asemejan a las discusiones entre los escolásticos médicos medievales (por ejemplo, hay veces que las disputas teóricas entre "nuevos macroeconomistas clásicos", "neoclásicos" y "neokeynesianos" reflejan una sutiliza y una inutilidad semejante a la de la Escolástica medieval). Así que, como hemos visto en esta crisis, el tratamiento terapeútico o política económica seguida ha consistido en: 1) tratamiento psicológico: "hay que devolver la confianza en los mercados", 2) vitamínico-reconstituyente: "programas generales de estímulo", y 3) (el que ya se anticipa en el futuro) purgación. Habrá que recurrir en el futuro a las tradicionales sangrías a tenor de la creación de tanta sangre-liquidez.
NOTAS (1) El mundo de los ordenadores ha proporcionado una analogía semejante a la de cuerpo y mente, la de hardware y software, pero aquí no la sigo porque no no hay una estricta correspondencia en la medida que cada parte del hardware corporal, incluso una simple célula, tiene incorporado su propio software, su propio programa de funcionamiento.
(2) Habría también, claro está, enfermedades "microeconómicas" que afectan a partes del "cuerpo" económicos, al igual que uno puede padecer problemas de salud en zonas, aparatos u órganos determinados de su propio cuerpo.
Han ido pasando los días y los meses, y parece que, en otras latitudes, ya se atisba o se va sintiendo realmente algo así como una "primavera" económica que puede permitir que los ya famosísimos "brotes verdes" económicos florezcan por fin y fructifiquen. Aunque aquí, en este desventurado país, quizás por culpa del cambio climático, las "heladas" todavía amenazan a los verdes brotes de su siempre raquítica flora nacional....
Vale. Ya basta, ¿no? Me parece a mí que ya va siendo hora de dejarnos de tanto lenguaje "poético" para dar cuenta de algo tan común y pedrestre como es una crisis financiera que ha devenido en crisis económica. Porque....¡hay que ver cómo se ha usado y abusado del lenguaje metafórico en el "análisis" de esta última crisis económica! Y tanta "poesía" para, al final, acabar en nada, en nada intelectualmente consistente. Recordemos que todo empezó con la supuesta "toxicidad" venenosa de unas hipotecas en EE.UU., luego de la química se pasó a la biología para "explicar" como una enfermedad "contagiosa" la extensión de esa toxicidad económica al resto de las economías de Europa, y ahora, desde hace un tiempo, andamos con la metáfora botánica de los repetidos "brotecitos verdes".
Pues bien, me parece que a estas alturas si algo hay que tener claro es que cualquiera que use de metáforas, no como un simple ilustración a efectos retóricos, sino como eje argumental a la hora de explicar la crisis financiera/económica es que no tiene nada claro, pero nada de nada, qué ha sucedido y está sucediendo a las economías de medio mundo.
Y un egregio ejemplo de esto que acabo de escribir lo suministra el artículo que Enrique Gil Calvo escribe en El País del 30/12/09, con el título "La privatización del keynesianismo". En él, tras algunos comentarios de índole sociológico/económico respecto a las diferentes formas en que se ha llevado a cabo la política anticíclica keynesiana desde una perspectiva histórica y sobre los que no tengo nada que decir pues me parecen acertados, el autor se lanza a una -llamémosla- "interpretación" de la actual crisis agarrándose a una nueva metáfora explicativa, esta vez de tipo hidraúlico, que le sirve para elaborar una suerte de argumentación, para mí casi absolutamente incomprensible, si no sencillamente delirante. Héla aquí:
"Como se sabe por lo menos desde Marx, la causa última de las crisis cíclicas del capitalismo es la sobreproducción, dado el exceso de capacidad instalada para la que no hay suficiente demanda natural o espontánea. Para enfrentarse a este exceso de producción, o a esta escasez de demanda, la solución keynesiana pública, puesta en práctica por la socialdemocracia en los sesenta, fue estimular fiscalmente la demanda agregada tanto por medio del gasto estatal como mediante una política de rentas que elevó sustancialmente el poder adquisitivo de las clases medias y asalariadas. La consecuencia fue la gran inflación, de la que se salió con la derrota política de la socialdemocracia y el ascenso imparable del neoliberalismo. Pero contra lo que parece, este último método de política económica también recurrió al keynesianismo, aunque ya no público sino privado. En efecto, para estimular la demanda agregada, en vez de recurrirse a la subvención estatal se recurrió al endeudamiento crediticio gestionado por la banca privada, y ello además con recortes salariales del poder adquisitivo, haciendo a las clases trabajadoras y medias muy dependientes del crédito bancario. Y el colmo de este keynesianismo privado llevado hasta sus últimas consecuencias por reducción al absurdo ha sido el caso de las hipotecas basura, catalizador en España o EE UU de la crisis actual: la última por el momento, hasta que se forme la próxima, dentro de una larga cadena de crisis crónicas (por parafrasear el título de mi último libro). El truco es bien conocido: se conceden créditos a los asalariados más insolventes (entre los que destacan los inmigrantes) y luego esos créditos se venden a los propietarios más solventes (los inversores especulativos), logrando que los capitalistas privados subvencionen la demanda agregada de los trabajadores hipotecados como deudores. Esta práctica de rizar el rizo fue la que formó la burbuja especulativa del endeudamiento insolvente, pues la liquidez así generada iba fluyendo a través de las redes financieras hacia los depósitos bancarios, donde se embalsaba en forma de enormes pantanos de créditos acumulados procedentes de sus cuencas hidrográficas. Pero cuando la masa crediticia empezó a rebosar, las presas de los pantanos no pudieron soportar la presión y comenzaron a resquebrajarse hasta que reventaron. En ese momento, toda la liquidez acumulada se precipitó al vacío, y en su caída libre los créditos acumulados se convirtieron en deudas imposibles de cobrar. Así fue como la avalancha de endeudamiento lo arrasó todo a su paso, inundando súbitamente los valles de la economía real, que quedaron asolados e improductivos durante mucho tiempo. Es entonces cuando la autoridad pública se vio obligada a intervenir al modo keynesiano, insuflando a fondo perdido liquidez estatal para tratar de suplir la sequía derivada del vaciado de los pantanos financieros. Pero de este modo, el insolvente endeudamiento privado se tradujo en una hipertrofia del deficitario endeudamiento público. De ahí que, en cuanto las presas bancarias han podido ser reconstruidas gracias al rescate estatal, el estímulo keynesiano ha comenzado a reducirse hasta cesar a corto plazo. Con lo cual se demuestra su naturaleza exclusivamente privada, puesto que sólo se ha dispuesto al servicio del capital bancario, abandonando a su suerte a las víctimas reales de la rotura de los pantanos: las pequeñas y medianas empresas, los autónomos, los desempleados..."
Pues bien. Yo, al menos, no entiendo nada. Si la actual crisis es de sobreproducción -cosa, por cierto, que es más que dudoso que Marx lo tuviese tan claro como dice Gil Calvo- o sea, debida a una insuficiencia de demanda natural o espontánea(1), ¿cómo es que precisamente la puede haber originado la creación de demanda efectiva que se produce mediante el incremento de los créditos bancarios? Porque es evidente que, al menos a corto plazo, conforme más créditos conceda la banca, más demanda efectiva aparece en los mercados para enjugar esa pretendida sobreproducción.
A esta -para mí- flagrante contradicción implícita en su argumentación trata de responder Gil Calvo acudiendo a la presencia de unos presuntos culpables: serían los asalariadosinsolventes, aquellos que recibieron préstamos hipotecarios que no pueden devolver, los responsables inmediatos de la crisis, aunque por otro lado no se sabe muy bien cómo lo han hecho. Es la vieja y bastante implausible historia ya comentada en este blog(2). Son, por seguir con la argumentación hoy generalizada, los asalariados insolventes los responsables últimosde la crisis. Pero, parémonos un momento antes de seguir, y preguntémonos ¿por qué son insolventes? Porque si acaban siéndolo debido a que con la crisis pierden sus trabajos por lo que entonces ya no pueden hacer frente a sus obligaciones de pago, entonces de ello se deriva que antes no eran insolventes, por lo que no se puede decir que su insolvencia fuese la causa de la crisis, ¿o no? Pero, una vez más, aceptémos como dogma de fe económica esta pretendida culpabilidad y sigamos con la argumentación, y el siguiente paso es dar un paso atrás y preguntarse cómo se lo han hecho para montar tan tremendo desaguisado, ¿cómo han podido causar una crisis de sobreproducción? Porque, recordemos una vez más que, al gastarse los créditos o préstamos que se les concedieron para comprarse viviendas, habrían estado cumpliendo de modo impecable "su" tarea anticrisis, es decir, habrían estado generando demanda efectiva que habría servido para generar empleo. Y, entonces, una vez más, parece quedar sin respuesta la gran pregunta, ¿cómo se las han arreglado estos trabajadores, que luego más adelante, serán insolventes, para generar una crisis de sobreproducción cuando aún no eran insolventes, cuando podían respaldar sus compras y demandas? Misterio.
Pero no exageremos. Antes de seguir hay que reconocer que para Gil Calvo, esos trabajadores insolventes no son los culpables en el sentido de ser los causantes finales en el sentido aristotélico de la crisis económica (serían meramente los causantes eficientes). No lo son real ni moralmente podríamos decir, pues, a lo que parece, habrían sido víctimas de un truco (sic) (¿es que el entero sistema crediticio es un truco para Gil Calvo?) consistente en que los capitalistas (sic) privados han subvencionado (sic)(alucinantemente para Gil Calvo parece que un crédito es una subvención) la demanda agregada (sic) de los asalariados insolventes (¡Dios bendito! ¡Pero cuantísima bondad anida en los corazones de estos capitalistas!). O sea, que los malos de la película son, en el fondo, los capitalistas privados solventes que han subvencionado a los asalariados insolventes. ¡Si es que no se puede ser bueno! ¿Que al final nadie te lo agradece! ¿no?
Pero no nos perdamos: queda la gran cuestión, la de cómo ese truco ha acabado siendo una crisis financiera. O sea, ¿cómo pudo generarse la crisis en opinión del señor Gil Calvo? Y aquí empieza la -para mí- absolutamente delirante e incomprensible "traca" argumentativa final. A lo que parece y nos cuenta Gil Calvo, la "liquidez así generada fluyó hacia los depósitos bancarios" que actuaron como pantanos (sic)donde se fue embalsando esa liquidez (sic) en forma de créditoshasta que la "masa crediticia" ejerció tal presión sobre las presas que estas ya no pudieron soportarla generando un desbordamiento que arrasó con los floridos valles aguas abajo.¡Menudo galimatías!
Pero, bueno, ¿qué demonios significa todo esto? Me parece que el usar de un término como "liquidez" para referirse a la relativa abundancia de medios de pago para que se desenvuelva con facilidad el conjunto de intercambios que se producen en una economía es extremadamente peligroso pues lleva al obvio abuso conceptual de pretender que el sistema financiero es semejante a un sistema hidrográfico que regula el uso del agua, el medio naturalmente líquido por excelencia, en una cuenca hidrográfica. Y esto no tiene el menor sentido pues pese a que compartan lel adjetivo liquidez, nada hay que asemeje al agua con el dinero o los medios de pago en general. Cierto, el sistema financiero transfiere liquidez de unos agentes a otros, como si fuera agua de unos regantes a otros, pero a la vez crea o genera nueva liquidez (o debiera hacerlo) en función de las necesidades de medios de pago de los agentes económicos para financiar sus gastos en consumo o en inversión. O sea, que no se dedica a acumular liquidez en forma de depósitos/créditos como si fuese un sistema de pantanos por si acaso hay sequía o necesidad de líquido en el futuro. Esto es simplemente una estupidez que refleja un profundo desconocimiento de cómo funciona una economía. No hay un volúmen máximo de liquidez que, como el agua, haya que administrar. Eso es una falacia, un sinsentido económico. ¿Acaso no es el aumento en los créditos la forma en que se produce el aumento de depósitos que genera la liquidez adicional en un sistema bancario de reserva fraccionada? El proceso de generación de dinero bancario es (o debiera ser) de sobra conocido pues es elemental y fácil de entender: está en cualquier libro de introducción a la Economía.
Y este auténtico disparate argumentativo continua acaba con el habitual crescendo hasta alcanzar un final apoteósico, casi wagneriano, o mejor, de teleflim hollywoodiense. Para Gil Calvo el aumento de los prestamos supone un ominoso aumento en el volumen de depósitos "embalsados" en el sistema hidraúlico-financiero hasta que se produce la crisis, el resquebrajamiento de las presas financieras que desencadena una "riada" (¿de qué? ¿de liquidez?¿de préstamos? ¿de créditos?) que "anega" los valles que estaban aguas abajo. ¿Qué ha pasado? Pues no se sabe, pero a lo que parece de golpe y porrazo "la liquidez acumulada se precipita en el vacío" (lo siento, pero no tengo la más mínima idea de qué puede significar esto), y entonces se diría que Gil Calvo piensa que todos los créditos embalsados y no sólo los que se les dieron a los asalariados insolventes ya no pueden cobrarse, supongo que debido a que imagina que la liquidez acumulada (sic) ha desaparecido en algún agujero negro, o mejor se ha perdido aguas abajo en algún lejano "mar" donde van a parar los ríos que llevan los medios de pago. Pero, una vez más, la cuestión es la de por qué en general los créditos se vuelven fallidos, porqué se convierten en deudas imposibles de cobrar porque simplemente decir que la liquidez se pierde en el vacío es no decir nada.
Y, ahora, el epílogo. A resultas de la rotura de los pantanos del sistema hidraúlico-financiero ya no queda liquidez-agua en los bancos-pantanos. Y, claro, como ahora los bancos-presas ya no tienen liquidez-agua, tiene que venir el Estado a ayudar a la economía (el plan de rescate keynesiano) sólo que en vez de usar camiones cisterna para traer la tan ansiada liquidez-agua a los desempleados, autónomos y pequeños y medianos empresarios que estaban en esos valles que tras la "riada" de liquidez se han quedado resecos, se la da a los bancos-pantanos, que seguro que la dilapidarán pronto.
En suma. Que creo que muy merecidamente el texto de Gil Calvo se le puede calificar como cuento chino, pues se trata de una metáfora inútil y nada esclarecedora sino, todo lo contrario, generadora de confusión en la medida que pretende equiparar un complejo problema económico cuyas causas son complicadas y debatidas con un fenómeno natural de sobra conocido y cuya comprensión no parece muy difícil.
NOTAS Y BIBLIOGRAFíA
(1) Son estos unos nuevos conceptos que la Teoría Económica, por lo que yo sé, desconoce. ¿Será la demanda natural la demanda que responde a las necesidades biológicas? O, a tenor de lo que Gil Calvo dice más adelante, ¿será la demanda espontánea aquella que habría sin que los agentes recurriesen al crédito? Dejémoslo y, caritativamente, supongamos que por demanda natural o espontánea, Gil Calvo se refiere a la demanda agregada o efectiva de una economía.
El otro día oí hablar a una feminista acerca de los problemas de relación de las mujeres de mediana edad con sus parejas, caso de que las tengan, y de su dificultad para encontrar una que merezca la pena, aquellas que no la tengan. En su opinión el problema radicaba -¿cómo podría ser de otra manera?- en que, como corresponde a una cultura machista, o sea, "patriarcal" y autoritaria, los varones carecen de la más mínima sensibilidad o inteligencia "emocional" -como modernamente ahora se la llama-, son egoistas y tratan a las mujeres como objetos, con la consecuencia de que su comportamiento se rige por el elemental y obvio principio de preferir siempre "objetos" más "nuevos" a los más "viejos", "usados" o "deteriorados".
Y me da la impresión que no es la de esta feminista una opinión aislada sino que creo que es ampliamente compartida por la mayoría de las mujeres. Al menos, la experiencia me dice que, conforme me he ido haciendo mayor, más ha arreciado y habitual se ha hecho la queja de las mujeres de mi entorno social acerca del considerado como "típico" comportamiento masculino en lo que atañe a su carencia de lealtad y falta de sensibilidad respecto a sus parejas. No hay mujer, que yo conozca, que no comparta al ciento por ciento la tesis de que un hombre nunca se separa de su pareja si no tiene ya una de "repuesto", siempre más jóven por cierto, y también todas las mujeres que conozco estiman que a los viudos por regla general poco les suele durar el duelo en comparación con lo que les dura a las viudas. Y es el caso que sonados ejemplos de estas situaciones ciertamente que no les faltan a aquellas que así piensan. Abundan así, y mucho, los casos de conocidos políticos, artistas, empresarios o intelectuales que, conforme van entrando en la cincuentena, "cambian de vida" como desde siempre ha exigido la filosofía que hay que hacer para afrontar la vejez y la muerte, pero lo hacen usando una vía filosófica muy especial: la epicúrea o hedonista más que la estoica o senequiata, o sea, separándose de las mujeres que les apoyaron a lo largo de sus carreras (sosteniéndoles en los momentos más difíciles de las mismas tarea a la que sacrificaron en muchos casos las suyas propias) para "liarse" con alegría rejuvenecedora con mujeres mucho o muchísmo más jóvenes. Y, entonces, ¿qué mejor ejemplo se podría dar de la insensibilidad y egoísmo consustancial a los varones, de su materialismo siempre a la búsqueda de "carne joven", que el que ofrecen, no unos incultos barriobajeros, sino estos "prohombres" tan socialmente respetados?
Sucede, además, que el problema que afrontan estas mujeres de mediana edad no sólo es éste, sino que adicionalmente, -y esta también es una opinión genéricamente compartida por todas-, cuando esas mujeres tratan de rehacer su vida se encuentran con una realidad que se puede describir con absoluta precisión mediante el siguiente comentario que una de ellas me dijo hace unos años: "a partir de cierta edad los hombres son como los wáteres de los bares. Si merecen la pena, están ya ocupados, y si no, es que son una mierda".
Pues bien. Podrá ser que así sea, que los hombres sean así, de esa manera tan poco recomendable, ya sea por causas genéticas o por una educación machista y patriarcal. No voy a negar el atractivo narrativo que tiene esta suerte de explicaciones hoy día. Es lugar común y materia de prácticamente todas las comedias de situación que en el cine, el teatro o la televisión pretenden reflejar en clave humorística la realidad social el retratar a los hombres como una suerte de niños caprichosos y egoistas guiados única y exclusivamente por las necesidadades elementales de lo que les cuelga entre las piernas. Quizás sea así, pero aquí, frente a esta clase de explicaciones de corte "idealista" (en el sentido de que presuponen lo que tratan de explicar, o sea que el comportamiento de un individuo o individuos se explica por unas determinadas preferencias o inclinaciones por parte de ese o esos individuos a comportarse de esa manera), los economistas se inclinan siempre por ofrecer una explicación "materialista" alternativa, que busca respuestas a los interrogantes que plantean los fenómenos sociales en otros términos: en términos de oferta y demanda, de costes y beneficios, de premios y castigos, de restricciones y posibilidades.
En concreto, y desde un punto de vista economicista, parece razonable explicar la situación descrita que afecta a las mujeres de mediana edad, no por una preferencia de los varones a comportarse tan poco caballerosamente desde un punto de vista ético, sino como la natural y lógica consecuencia de unas determinadas circunstancias que definen lo que pudiera llamarse la "economía del emparejamiento monógamo". Y esta explicación, que no carga las tintas emocionales contra los varones, me parece más satisfactoria intelectualmente que la otra, la que presupone en los varones una determinadas preferencias simples y vulgares, lo que por cierto no quiere decir que no se pueda encontrar a hombres que así las tengan, sólo que no es necesario realizar esa presuposición para explicar el fenómeno.
Por decirlo de una vez, la explicación que aquí avanzo es que lo que las mujeres experimentan en su mediana edad es, en último extremo, consecuencia directa no de las preferencias y comportamiento autónomo de los varones sino de su reacción a la situación creada por el comportamiento de sus compañeras de género más jóvenes. Es un asunto, pues, enteramente femenino. Cosa de mujeres.
Todo se deriva de la preferencia bien establecida y aceptada fuera de duda razonable que lleva a as mujeres a mostrarse dispuestas a emparajejarse con varones que les superen relativamente (es decir, dentro de unos ciertos límites) en edad. Ahora bien, la consecuencia de esta preferencia en el caso de las mujeres más jóvenes es que sus coetáneos de género masculino no encuentran compañeras de similares edades con las que puedan emparejarse, y no porque no las haya, sino porque ellas se dirigen o sólo están disponibles para los varones más adultos o "maduros". Dicho de otra manera, las jóvenes son escasas relativamente para los jovenes, con las habituales consecuencias económicas que de tal "escasez" se derivan para las jóvenes: alta "valoración" en el "mercado" del emparejamiento sexual y capacidad incrementada de selección de pareja dada la abundancia relativa de varones que hay para ellas.
Ahora bien, esta escasez relativa de las jóvenes se revierte, o mejor dicho, causa una abundancia relativa de mujeres de mediana edad, pues en los segmentos medios de edades, los varones se encuentran con que la oferta de mujeres dispuestas a emparejarse con ellos se compone no sólo de aquellas mujeres de similares edades medias, sino también de las jóvenes que no le hacen ascos a emparejarse con hombres de más edad que ellas. Esa abundancia relativa de mujeres para los hombres de edades medias tiene, de igual manera que en el caso de las jóvenes, las consecuencias previstas en Economía: perdida de "valoración" en el "mercado" del emparejamiento asi como una mayor dificultad para encontrar en él pareja adecuada. Precisamente los efectos que la feminista explicaba acudiendo a una psicología particular de los hombres. En suma, que debido a la lógica del emparejamiento monógamo, a un exceso de oferta de varones jóvenes le corresponde inexorablemente un exceso de demanda de varones de edades más altas, cambio "económico" en el que poco tienen que decir los propios hombres sino que es consecuencia de los comportamientos competitivos o rivales de las propias mujeres entre sí.
Un ejemplo puede aclarar este fenómeno. Imaginemos un anfiteatro o un cine donde hay cincuenta butacas ordenadas por filas de cinco y numeradas correlativamente desde el número 20 al 70. Cada butaca "corresponde" a un varón con una edad entre los 20 y los 70 años. Ahora supongamos que entran 50 mujeres de edades entre 20 y 70 años. En principio, cada una se podría sentar en la butaca correspondiente a su edad (o sea, emparejarse con el varón de su misma edad). Ahora bien, si suponemos que las 5 más jóvenes renuncian a sentarse en la primera fila, y se dirigen a la segunda, ello inevitablemente se traduce en que será imposible que todas las demás se puedan "sentar" en sus "correspondientes" butacas, es decir, emparejarse. Cabe un número muy elevado de posibles soluciones, pero en todas ellas, hay cinco mujeres que no se sientan. Una situación probable en este modelo tan simple será que las más jóvenes desplacen a las inmediatamente mayores en un proceso repetido fila por fila, de modo que, al final, las mujeres más mayores no encontrarán pareja: estarán de pie. Obsérvese que, en este ejemplo, los varones no dicen nada, se comportan como muebles insensibles emocionalmente (pues, efectivamente, son butacas, es decir, que no tienen preferencias) y, sin embargo, el efecto agregado es el que las cinco de mayor edad sean expulsadas de ese "mercado" y se quedan solas. Que las mujeres de mediana edad son extremadamente sensibles a la rivalidad adicional que supone la "competencia" de las más jóvenes se plasma en los epítetos que suelen usar ellas mismas para referirse a los efectos de esa situación. Así no es infrecuente oir que las mujeres mayores se refieran a sus competidoras más jóvenes como "pelanduscas" que "quitan o roban" maridos usando "malas artes".
Cierto que podría sugerirse que el papel de los varones podría ser diferente, por ejemplo, que lo adecuado por su parte sería que no se aprovechasen de adultos de su inferioridad numérica relativa, que fuesen leales a sus "parejas". Pero, obsérvese, que ello equivaldría en último extremo, a obligarles a no ser racionales, y eso claramente es pedirle mucho a unos seres humanos y pedirle más que mucho, demasiado, a unos seres sujetos como lo están todos a los procesos de selección natural. Como última línea de defensa (o, mejor, de ataque) podría exigirseles a los varones un comportamiento en términos de unas normas éticas, pero claro está, ahí entramos en un terreno enormemente resbaladizo, pues si el modelo es correcto el problema es enteramente femenino e intergeneracional, y entonces, si es así, ¿por qué privilegiar a una generación de mujeres -las más mayores- y no a otra -las más jóvenes- cuando éstas fueron en su día jóvenes?
Si ahora se introducen algunos factores sociales adicionales , como el que -a lo que parece- el porcentaje de homosexuales masculinos es superior al femenino, y que la tasa de mortalidad masculina es superior a la femenina conforme los individuos se hacen mayores, factores que, en la analogía del anfiteatro equivaldrían a que conforme las filas están más alejadas, más butacas en ellas están "fuera de servicio", la consecuencia es que el exceso de oferta de mujeres crece en el curso del tiempo para cada cohorte generacional, y el problema y las consecuencias detectadas en el modelo se agudizan.
Y hay, además, dos elementos demográficos que refuerzan esta conclusión. En primer lugar está el crecimiento demográfico que al aumentar el peso de las generaciones más jóvenes aumenta el efecto desplazamiento de las mujeres de mediana edad en la medida que hay una cantidad mayor de mujeres jóvenes. En segundo lugar, la emigración, que ha aumentado la rivalidad entre mujeres de mediana edad en la medida que parece darse una clara asimetría entre comportamientos de modo que las emigrantes encuentran más fácil emparejarse con varones nacionales que los emigrantes con mujeres nacionales.
Puede pensarse que la explicación "economicista" adolece del mismo problema que la -digamos- alternativa "feminista" en la medida que también parte de unas preferencias "especiales" a la hora de explicar los comportamientos. En este caso, serían las preferencias de las mujeres, y más concretamente las de las más jóvenes que no sólo no serían indiferentes sino que prefirirían emparejarse con varones algo mayores que ellas.
El caso, sin embargo, es que se trata éste de un hecho comprobado y que se da en multitud de sociedades y de culturas, y al que se le ha buscado distintas explicaciones. Los psicoanalistas aluden a la pervivencia de unas supuestas relaciones "edípicas" (el llamado "complejo de Electra") que haría a las mujeres más susceptibles a aceptar como compañeros a hombres más viejos. Los sociobiólogos, por su parte con esa tendencia tan suya a humanizar a los animales y deshumanizar a los seres humanos, señalan el efecto de la "erótica del poder", es decir, el atractivo de los varones más viejos vendría asociado a su mayor poder económico -consecuencia de su mayor acumulación de capital humano- y por tanto su mayor capacidad para contribuir al sostén de las crías que es el objetivo que buscaría toda hembra, aún la humana, por razones genéticas (si bien no parece que los genes sean capaces de leer el estado contable de un individuo). Finalmente, otra explicación, más pedrestre pero quizás más realista, estaría asociada al desigual momento de maduración de hombres y mujeres, que lleva a que estas últimas alcancen la madurez sexual antes que los hombres (hecho éste, por cierto, que se ha acelerado en los últimos tiempos en los países desarrollados donde la primera regla les suele venir a las mujeres hacia los 12 años), lo cual marcaría ya desde la adolescencia una diferencia de comportamientos en este terreno por razones meramente biológicas. Sea cual sea la explicación final (y yo me apuntaría a la última) el efecto final es el mismo pues para que el mecanuismo descrito conduzca a los resultados comentados da igual la razón última que lleva a la escasez relativa de mujeres jóvenes y dispara, como se ha visto, la inexorable lógica subsiguiente en un sistema de emparejamiento monógamo.
Releyendo El malestar de la cultura para la entrada anterior, me volví a encontrar con esa página en que de forma sencilla pero efectiva, Freud cuestiona los efectos de los avances técnicos sobre la felicidad humana, aunque sin llegar a desvalorizarlos totalmente(era demasiado inteligente para caer en la trampa de hacerlo). No me resisto a transcribir al pie de la letra sus comentarios pues, aun escritos en 1930, o sea, antes de los antibióticos y la cirugía del corazón, antes de la aviación comercial y de los viajes espaciales, antes de la televisión e Internet, resultan extraordinariamente sugerentes y hasta actuales, o al menos a mí me lo parecen. Dice Freud:
"El hombre se enorgullece con razón de tales conquistas, pero comienza a sospechar que este recién adquirido dominio del espacio y del tiempo, esta sujección de las fuerzas naturales, cumplimiento de un anhelo multimilenario, no ha elevado la satisfacción placentera que exige de la vida, no le ha hecho, en su sentir más feliz. Deberíamos limitarnos a deducir de esta comprobación que el dominio de la Naturaleza no es el único requisito de la felicidad humana -como, por otra parte, tampoco es la meta exclusiva de las aspiraciones culturales-, sin inferir de ella que los progresos técnicos son inútiles para la economía de nuestra felicidad. En efecto, ¿acaso no es una experiencia placentera, un innegable aumento de mi felicidad , si puedo escuchar a voluntad la voz de mi hijo que se encuentra a centenares de kilómetros de distancia; si, apenas desembarvado mi amigo, puedo enterarme de que ha sobrellevado bien su largo y pensos viaje?¿Por ventura no significa nada el que la medicina haya logrado reducir tan extraordinariamente la mortalidad infantil, el peligro de las infecciones puerperales, y aun prolongar en considerable número los años de vida del hombre civilizado? A estos beneficios, que debemos a la tan vituperada era de los progrsos científicos y técnicos, aún podría agregarse una larga serie; pero aquí se hace oír la voz de la críatica pesimista, advirtiéndonos que la mayor parte de estas satisfacciones serían como esa "diversión gratuíta" encomidad en cierta anécdota: no hay como sacar una pierna desnuda de bajo la manta, en fría noche de invierno, para poder procurarse el "placer" de volverla a cubrir. Sin el ferrocarril que supera la distancia, nuestro hijo jamás habría abandonado la ciudad natal, y no necesitaríamos el teléfono para poder oír su voz. Sin la navegación transatlántica, el amigo no habría emprendido el largo viaje , y ya no me haría falta el telégrafo para tranquilizarme sobre su suerte. ¿De qué nos sirve reducir la mortalidad infantil, si precisamente esto nos obliga a adoptar la máxima prudencia en la procreación, de modo que, a fin de cuentas, tampoco hoy criamos más niños que en la época previa a la hegemonía de la higiene, y en cambio hemos subordinado a penosas condiciones nuestra vida sexual en el matrimonio, obrando probablemente en sentido opuesto a la benéfica selección natural?¿De qué nos sirve, al cabo, una larga vida, si es tan miserable, tan pobre en alegrías y rica en sufrimientos, que sólo podemos saludar a la muerte como feliz liberación".
Pues bien, en mi opinión, no resulta fácil quitarle la razón a Freud, y eso que como todo economista tiendo por deformación profesional a ser -de salida- patológicamente optimista respecto a la "bondad" de cualesquiera avances técnicos. Y no es fácil llevar la contraria a Freud porque, no es necesario indagar mucho ni hacer grandes ejercicios intelectuales para descubrir que, detrás de muchos de los más sonados ejemplos del progreso técnico de nuestra época, está en operación el mecanismo de "sacar la pierna de bajo la manta" del que habla en su texto.
Cojamos, por ejemplo, el último gran avance técnico que ha gozado además de un éxito rápido y arrollador: el teléfono móvil. Es indiscutible sin la menor duda que el móvil se ha hecho hoy tan imprescindible que resulta casi inconceblible que el mundo pudiese ser más o menos igual sin este "medio de comunicación",de tan cotidiano se ha hecho. Sobre todo a los jóvenes les resulta imposible imaginar una época que yo, que voy tirando a toda máquina para viejo, todavía recuerdo bien: la época de las cabinas telefónicas públicas que funcionaban, no con monedas, sino con fichas, y en que para hablar con lugares "de fuera" había que solicitar de una "operadora" una "conferencia". ¿Qué retraso! ¿No? Y cierto, el móvil ha disminuido a tal extremo los costes de comunicación que, hoy todo el mundo está conectado en todo momento en todo lugar prácticamente de todo el mundo. Es un cambio rápido y sorprendente que sólo se explica por el hecho de que el móvil es, económicamente hablando, un "bien-red", es decir, un bien cuya demanda no sólo depende de su propio precio ( y también, obviamente, del nivel de renta de los consumidores) sino también, y muy determinantemente de cuántos otros lo usen. Es decir, que la utilidad (y con ella, la demanda) de tener un movil crece conforme hay más gente que tiene móvil(1). Que la demanda haya crecido tan rápidamente y que la oferta la haya podido satisfacer de modo tan completo a precios cada vez más bajos es, ciertamente, un auténtico éxito para el aparato productivo, del que algunos economistas -bueno, todos menos nos cuantos raritos- deducirán además el corolario de que, gracias a ese comportamiento tan eficiente, el bienestar social gracias al avance técnológico que el móvil supone, habría crecido, pues una necesidad social habría sido rápida y eficazmente satisfecha.
Ahora bien, la difusión del uso del móvil ¿ha supuesto realmente una tan gran mejora en el bienestar humano? Pues, en la línea de Freud, me voy a permitir aquí el dudarlo. Y no sólo porque mi experiencia así me lo esnseña: soy la única persona "adulta" -y puedo asegurar que por razones de mi oficio conozco unas cuantas- que "todavía" no disfruto (obviamente porque no quiero, o mejor, porque no lo necesito) de ese portentoso adminículo, y, sin embargo, no sólo logro sobrevivir, sino que -repito- no lo echo normalmente en falta(1), y las pocas veces que me digo que no estaría nada mal tener uno, pues racionalmente me reprimo y me digo que mejor no, que el estar siempre conectado te hace depender -o sea, estar liempre al servicio- de las necesidades que los demás tengan de comunicarse conmigo, por lo que el puntual beneficio de tenerlo no me compensa el coste de esa dependencia. Pero no, no seguiré aquí este camino de crítica subjetiva y cuestionaré aquí el móvil con razones que creo son más objetivas y de más calado,. Tampoco seguiré el camino que en la cita anterior Freud esboza, el de cómo el teléfono en general satisface una necesidad que la propia evolución de los medios de transporte ha generado.
Empecemos por la primera de esas razones más objetivas, y es que el estar "conectado" no es sinónimo de comunicarse y, menos aún, de relacionarse con los demás, pues como traté de mostré en otro lugar (véase http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=7679089998909024634&postID=6826829596642392199), los móviles "separan" más que unen. Obsérvese, si no, a esos grupos de individuos andando "juntos" pero cada uno pegado a su móvil. Están juntos, pero en asoluto "revueltos". Al ir cada uno "a lo suyo", cada uno enfrascado con su "contacto", dejan de estar en con-tacto
con quienes tienen al lado. En segundo lugar, la extensión del uso de los móviles sha supuesto, adicionalmente, la desaparición por razones de ahorro en costes del procedimiento alternativo de comunicación telefónica: las cabinas públicas, ya que conforme estas han ido perdiendo clientes, el coste medio de los teléfonos públicos ha ido creciendo para las compañías que explotaban este servicio debido a la existencia de economías de escala (3). Ahora bien, está meridianamente claro que la disminución en la oferta de cabinas públicas estimula la demanda de móviles, los hace más necesarios. Pero se trata de una necesariedad inducida, luego espúrea o ficticia en cierto sentido. Dicho de otra manera, los móviles vienen a cubrir una necesidad que el uso de los propios móviles genera. Y no es sólo que las cabinas hayan desparecido prácticamente del entorno urbano, sino que el uso de los móviles tienen efectos indirectos sobre otros terrenos sociales. Por ejemplo, ahora ya nadie para en la carretera para ayudar a alguien que ha sufrido un percance mecánico. Como se presupone que todo el mundo tiene móvil, para qué parase a preguntar si alguien necesita ayuda: para eso está el móvil. Con lo que el móvil se hace no sólo necesario sino imprescindible a veces incluso para aquellos -como yo- que creen que se puede prescindir de él., por ejemplo, en los viajes. En suma, que bien mirado elmóvil entra dentro de los casos que Freud incluiría dcomo ejemplos del mecanismo de "sacar la pierna de bajo la manta", lo cual pone en cuestión esa capacidad de satisfacción de necesidades que, se dice, los móviles vendrían a cubrir. Sencillamente, es su propia expansión la que crea la "necesidad" de su uso (4).
Pero quizás el efecto beneficioso de los móviles no sea directo, sino indirecto, en términos de su contribución a la eficiencia del sistema económico en su generalidad. Pero ello es más que dudoso en los países ya avanzados. En ellos ya existían modos de comuniación rápidos, de modo que la aparición y uso del teléfono móvil es más una mejora relativa que absoluta. Al permitir que los agentes económicos estén en todo momento y en todo lugar informados facilita sin duda la toma rápida de decisiones en función del cambio en las cirvcunstancias lo cual puede redundar en incrementos en la eficiencia económica. Pero para que así sea es necesario que la calidad de esas decisiones no se vea reducida por el uso de esta tecnología. Y aquí la urgencia en la toma de decisiones que el uso generalizado del móvil no sólo facilita sino que exige de los agentes, tiene el efecto no deseado de fomentar la asunción de decisiones precipitada y potencialmente equivocadas, con los consiguientes efectos negativos sobre la eficiencia.
¿Significan los argumentos anteriores contra el móvil y los que igualmente podrían esgrimirse contra otros avances técnicos que Freud tendría razón de modo que el crecimiento técnico y económico poco harían por el bienestar humano? Pues no, porque hay una serie de avances que satisfacen con creces el criterio de Freud para que un avance aumente la felicidad humana: que no cree la necesidad que luego satisface. En efecto, cuando releí el texto de Freud, de pronto me saltó a la mente que se han dado una serie de avances que él mismo hubiera considerado enormemente estimulantes del bienestar humano y que pasarían sin problemas por un detector de avances técnicos espúreos o ficticios. El primero de ellos es la píldora anticonceptiva (y no sólo la píldora, sino también esos otros sistemas anticonceptivos viables incluyendo las píldoras abortivas). En efecto, gracias a ellas, los avances médicos que han llevado a una radical disminución de la mortalidad infantil ya no tienen el enorme coste que en 1930 les daba Freud en términos de obligar a una penosa abstinencia sexual so pena de generar unos excesos de población insostenibles. No es necesario ser un freudiano extremo con esa -para algunos obsesión- con la importancia que asignaba a la satisfacción sexual para el equilibrio y felicidad de los individuos, para reconocer que la disminución en los costes de la satisfacción de las necesidades sexuales (en términos de reducción del miedo a los embarazos no deseados), las favorece y aumenta los niveles de felicidad individuales (como los estudios de Economía de la Felicidad han puesto de manisfo).
Y, sin duda, el otro increíble avance técnico es la viagra y otros tratamientos contra la disfunción eréctil, y por razones semejantes. Gracias a ellas, una larga vida ya no tiene porqué ser "pobre en alegrías y rica en sufrimientos" como decía Freud. Y conforme escribo esto último, me doy cuenta de que para algunos lo que digo les podrá parecer una "boutade". Pues bien creo estar en condiciones de afirmar que todo un Premio Nobel de Economía como lo es Paul Krugman estaría sin duda de acuerdo. Krugman le dedicó a la Viagra un artículo ("Viagra and the Wealth of Nations"), en el que después de reflexionar sobre el hecho de que la Contabilidad Nacional nunca podría dar cuenta real del incremento en el biernestar humano que suponía un medicamento como la viagra, señalaba que lo que ello nos mostraba es que no había que confundir el crecimiento en el PIB con el auténtico crecimiento económico pues "al final la economía no trata de la riqueza -sino de la persecución de la felicidad".
Y, desde este punto de vista, desde aquél que indaga por la contribución a la felicidad del progreso técnico como genuino criterio económico, es más que posible que sean los avances médicos y la extensión de la cultura y la educación los que de forma neta contribuyen al bienestar y feliciad humanos pues permiten a los individuos vivir más y disfrutar más de sus vidas. El resto, esa infinita catarata de artilugios mecánicos y electrónicos que nos cae encima de modo continuo e inmisericorde desde el aparato productivo no contribuyen en medida semejante al bienestar o incluso, en la medida que desvalorizan las capacidades humanas de disfrute, son contraproducentes, pues conducen inexorablemente en el largo plazo a la pasividad y el aburrimiento (véase la entrada "Economía del aburrimiento" en este blog, que, por cierto, es una de las que quizás más satisfecho estoy ,http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=9323072&postID=5194989645765611107)
NOTAS
(1) Para evitar desde ya mismo "malentendidos", digo que entiendo perfectamente la altísima y obvia utilidad del móvil para montañeros, espeleólogos, navegantes solitarios, aventureros y demás individuos que, voluntariamente, se ponen en riesgo personal para divertirse. Es obvio que, para ellos, el móvil satisface una urgente necesidad... que se crean ellos mismos. Pero, por eso mismo, la utilidad del móvil para ellos es perfectamente cuestionable siguiendo el criterio de Freud.
(2) En términos de jerga teórica, lo que esto significa es que, como sucede con otros "bienes-red", la curva de demanda de móviles es muy elástica a los movimientos de los precios, de modo que conforme fueron bajando sus precios, la demanda creció no solo por los efectos sustitución y renta habituales, sino también y muy fundamentalmente por el "efecto-red" o "efecto band-wagon". (3) Como todas las redes de infraestructura, la red de telefonía "pública" se caracteriza por la existencia de indivisibilidades que se tradcen en unos elevados costes fijos. de creación y unos relativamente pequeños costes variables (los asociados al uso por parte de los clientes: básicamente los costes de mantenimiento) En consecuencia, conforme tenga más ususarios los costes medios tenderán a decrecer, en tanto que si la clkientela disminuye, los costes medios se disparan.
(4) Este mismo argumento se aplica también a la interacción entre el transporte público y el privado. Conforme se facilita el uso de medios de transporte privado (permitiendo que use a bajo -o ningún- precio las infraestructuras), la ineficacia del transporte público, medida en términos de deficit financieros, crece simultáneamente. Situación contable que se utiliza como argumento para restringir su oferta, como medio de reducir los costes. Pero claro, la disminución en la oferta del transporte público supone menos clientes , lo que se traduce en problemas de sostenimiento financiero aún mayores, que, al final, abocan a su cierre como alternativa de transporte o a su reducción a un papel marginal. Tal fue el proceso que se llevó a cabo en multitud de ciudades norteamericanas en la primera mitad del siglo XX, en las que los medios públicos de transporte fueron privatizados y acabaron en manos de compañías automovilisticas cuyo obvio objetivo (vender más coches) pasaba por disminuir la eficiencia del transporte público, tarea a la que parece ser quer dedicaron sus mejores esfuerzos con un claro éxito.
Si hay algo que me hace desconfiar de la pretensión tan extendida entre los economistas de que la Economía es la "reina de las ciencias sociales" es el modo tan, digamos que, "sencillo", con que aborda el "Problema del Mal"; que es, no nos engañemos, el problema central que ineludiblemente ha de enfrentar cualquier reflexión sobre lo social. Pues si se mira con cierto cuidado no se tarda en descubrir que, debajo de todas las reflexiones de filósofos, economistas, sociológos y psicólogos, uno siempre se tropieza al final con una misma pregunta: la de que por qué es tan frecuente que los hombres se hagan el Mal entre ellos. Pues está claro que sólo hay Mal en sociedad: el Mal siempre es el daño que unas personas causan a otras.
Para los economistas, el Mal sólo puede sobrevenir en este mundo cuando algún individuo o grupo de individuos, en persecución de su propio interés, lo hace voluntaria o involuntariamente causando daño a otro u otros sin que medie la adecuada compensación, directa o indirectamente. Por ejemplo, en las relaciones entre competidores en un mercado, está claro que cada uno no pretende otra cosa que quitarles clientes a sus rivales, causarles pues un "daño", en este caso de modo plenamente consciente y voluntario. Pero, si respetan las leyes (incluidas las "leyes" del mercado), sólo pueden hacerlo de unas maneras bien definidas, a saber: bajando los precios, produciendo con mayor calidad, ofreciendo más servicios, atrayendo con publicidad a los clientres de los otros. Y, claro está, estas maneras de hacer el mal a los otros no son, por decirlo así, "maneras" desde el punto de vista del Mal con mayúscula. Desde los tiempos de Adam Smith, sabemos que la sociedad entera acaba ganando a resultas de esos "malvados" comportamientos competitivos. Tanto gana la sociedad con ellos, tanto, tanto, que por una curiosa simetría también sabemos que, cuando en un mercado ya los competidores no se hacen "daño" entre ellos porque se ha producido un proceso de concentración monopolítico u oligopolístico, y ya o bien sólo hay ya una empresa que no tiene competidores o, si los hay, dejan de hacerse el mal porque llegan a algún tipo de acuerdo, entre ellos para comportarse como caballeros ("gentleman's agreement" se llamaba en los viejos textos de Economía estos acuerdos de tipo cartel), entonces pues...¡malo! No es el Bien lo que reina en ese mercado, sino el mal económico por definición: la ineficiencia. Dicho de otra manera, la Economía enseña que en los mercados competitivos (y cuanto más lo sean, mejor), hay una suerte de Mano Invisible que transmuta los males que se causan los competidores entre ellos en un Bien colectivo, de modo que, al final, o todos ganan o, al menos, todos podrían ganar si se produjese una redistribución de las ganancias obtenidas colectivamente pues sucede que los que ganan, ganan tanto, que podrían compensar a quines pierden y aún seguir ganando. Esto es precisamente lo que pasa en el curso del crecimiento económico.
El Mal en Economía aparece pues cuando no hay compensación por los daños causados, o sea, cuando no hay mercado o este no es lo suficientemente competitivo, cuando la Mano Invisible no puede operar o lo hace defectuosamente de forma que cuando yendo cada uno a la suya, cada uno se comporta de tal manera que no hay suerte alguna de compensación por los daños que se deben a su comportamiento. Por decirlo en términos de jerga teórica, el Mal es consecuencia de la existencia de externalidades técnicas negativas. Pongamos un ejemplo. Si yo voy a la playa, la encuentro llena y poniéndome al lado de otros les aturdo poniéndoles por ejemplo a Bunbury (no hace falta para ello que lo haga a un alto volumen: un poco de Bunbury es ya mucho, demasiado quizás), es indudable que les causo un mal. Les causo un daño, hago el "mal", un mal posiblemente menor a tenor de los males que corren por ahí, pero un mal a fin de cuentas. Pero, como ya señaló el Premio Nobel R.Coase, esas situaciones en que el mal reina sólo se deben a la indefinición de los derechos de propiedad o a que no se respetan, por las razones que fuesen. En efecto, si yo tengo derecho a poner a Bunbury como acompañamiento al sonido de las olas, entonces si mis vecinos quieren que no lo haga sólo tienen que comprarme ese derecho. Si, por contra, son ellos los que tienen el derecho a la tranquilidad playera, como suele ser el caso, entonces seré yo el que debería compensarles y pagarles por hacer ruido y molestarles. El mal, pues, si hay negociación es compensado. Claro está, que si no hay derechos de propiedad o si los costes de hacer que se respeten son muy elevados, no hay negociación posible y el conflicto y el mal podrán campar por sus respetos...como así ocurre tantas veces en la realidad. En ella, como señaló el gran economista Jack Hirsleifer (1), sucede muy frecuentemente que el que se puede denominar Principio de Coase, que se puede expresar diciendo que nadie dejará nunca de pasar por alto la oportunidad de cooperar mediante intercambios mutuamente ventajosos, no rija las relaciones humanas, y así no será nada extraño que las dificultades que supone establecer y defender los derechos de propiedad hagan que los individuos sigan a veces otro principio en su comportamiento, al que llamaba el Principio de Maquiavelo, por el que nunca nadie dejaría de pasar por alto la oportunidad de ganar algo para sí mismo explotando a otro, es decir, causándoles un daño, haciendo el Mal. Volviendo al ejemplo de la playa. Cualquiera que lo haya leído habrá pensado que mi elección de Bunbury como fondo musical no era nada inocente sino intencionada, es decir, que trataba consciente y voluntariamente de causar el mayor daño posible (para así lograr que mis vecinos se alejasen y me permitiesen disfrutar de la playa a mi antojo). Al comportarme así, al tratar de hacer el Mal yo estaría comportandome con arreglo al Principio de Maquiavelo: hacer daño voluntariamente con un objetivo de benficio personal, y lo podría hacer por la dificultad de manifiesta de conseguir que se respete el derecho a la tranquilidad de los demás, pues a menos que hay un par de guardias por ahí ese derecho es papel mojado. Y esto valdría tanto para individuos como para la colectividades más numerosas y organizadas. A fin de cuentas una guerra entre países no sería, desde esta perspectiva, sino el intento por parte del país agresor de vencer al agredido para aprovecharse de sus recursos. Obsérvese que, igual que para controlar el comportamiento guiado por el Principio de Maquiavelo es necesario que dentro de cada país haya un Estado eficiente con su policía, sus jueces y sus cárceles que castiguen esos comportamientos y arbitren las adecuadas compensaciones caso de que el Mal se produzca, también a nivel internacional se requeriría de una estructura similar para evitar o reducir la violencia interestatal. No es por ello nada extraño que los economistas tendamos a defender el modelo imperial en la escena internacional, pues es factible argumentar que sin un Imperio difícilmente se puede evitar que algunos Estados se deslicen por la senda del Principo de Maquiavelo y acaben convirtiéndose en "rogue states", en "estados delincuentes" campando por sus respetos en un mundo internacional sin el adecuado sistema de vigilancia y castigo.
Pero, atiéndase a este hecho: una circunstancia común en ambos principios, y es que tanto para Coase como para Maquiavelo el comportamiento malvado tiene una lógica utilitarista. Alguien, sea individuo, grupo o nación, hace el Mal a otro porque le es útil el hacerlo, porque haciéndolo busca mejorar su posición, bienestar o riqueza. Dicho de otra manera, para ambos enfoques,el Mal es consecuencia de la persecución del Bien propio en un marco institucional o social en el que los que lo sufren no pueden reclamar una adecuada compensación a quienes lo causan. Y lo que diferencia a Coase de Maquiavelo es que, para este último, hacer el Mal es, además, el adecuado instrumento para conseguir la finalidad que el malvado se propone, en tanto que para Coase el Mal sería no instrumental, una consecuencia no intencionada de la persecución del propio interés en un marco de indefinición efectiva de los derechos de propiedad.
Los economistas, hasta hace bien poco, han dejado al margen el estudio de los comportamientos intencionalmente malvados en persecución del propio interés. No hay una explicación clara, de ello pero yo me apunto a una que adelantó hace muchos años Tibor de Scitovsky, para quien los economistas anglosajones que en el último tercio del siglo XIX modelizaron la teoría económica demostrando cómo la persecución del propio interés, el egoísmo neutral, conducía a la eficiencia económica, eran unos auténticos caballeros, unos gentlemen, para quienes los comportamientos delictivos o, en general, malvados nunca podían ser una opción. Eran, más bien, el resultado de una enfermedad mental o moral. ¿Los economistas posteriores, metidos ya en esa tradición intelectual, de modo "natural" pues, han tendido a olvidarse de esos comportamientos ruines. No es por ello nada extraño que siempre les pillen por sorpresa las guerras y demás acontecimientos violentos. educados en una tradición que sólo contempla la negociación y el acuerdo mutuamente ventajoso les cuesta trabajo afrontar asuntos como el nacionalismo, el racismo o la violencia. Simplemente, les parecen procedimientos ineficientes que dilapidan recursos escasos. ¿Sorprende entonces que hasta 1973 no haya un análisis económico del comportamiento delictivo en el artículo del Premio Nobel Gay Becker titulado "Crimen y castigo. Un enfoque económico" donde aparece el comportamiento de un ladrón como una opción más a tomar tras un análisis coste-beneficio en que se ponderen las posibilidades de ser pillado y la pena correspondiente?
Afortunadamente, gracias al uso de la Teoría de Juegos y una actitud menos ciega ante los comportamientos canalla, las cosas están cambiando. Y lo que recientemente han encontrado los economistas es que no sólo los delincuentes se comportan haciendo el Mal como medio para obtener un resultado económico, sino que los comportamientos instrumentalmente malvados son más frecuentes de lo que pudiera parecer. Así en estudios de laboratorio de Economía Experimental los economistas se han tropezado con comportamientos extraños para ellos, aunque seguro que nada sorprendentes para el común de los mortales que no van por la vida con la idea de que los individuos se comportan con arreglo a un modelo de comportamiento según el cual lcada uno va a la suya sólo interesándose por su propio bienesrtar material. Así han hallado que en experimentos en los que se estudiaba la provisión de bienes públicos, donde la cantidad que un grupo acaba teniendo de un bien colectivo del que todos los individuos disfrutan por igual depende de las contribuciones que cada uno haga, los sujetos a veces castigan no a quienes se escaquean y no contribuyen al sostenimiento del bien común sino, todo lo contrario, castigan a quienes más contribuyen y se han portado por consiguiente mejor con todo el colectivo. En otros estudios, han hallado que en subastas experimentales donde quienes pujan lo hacen a partir de fondos que reciben aleatoriamente, no es extraño encontrarse que los que menos reciben tratan de subir las pujas (sobrepujar) con el único objetivo de que los que estaba claro que iban a ganar (por haber recibido aleatoriamente una cantidad de fondos más elevada) se vean obligados a desembolsar cantidades mayores. A la inversa, la conciencia de esas sobrepujas lleva a veces a los qwue podrían ser ganadores por la abundancia de sus recursos a anticiparse a ellas y "devolvérsela" infrapujando a los sobrepujadores, abandonando la puja para perjudicar a los sobrepujadores que ganan la subasta sin quererlo. En otros experimentos se ha producido el "curioso" hecho de que los participantes en algún juego no sólo están dispuestos a reducir las ganancias de quienes ganan sino que que están dispuestos a castigar más al ganador si sus ganancias son merecidas que si dependen de la suerte (2). Puestos a buscar una explicación común para todos estos comportamientos antisociales, en las que los agentes sólo persiguen hacer el Mal pues no ganan nada tangible por su perverso comportamienton, los autores de estos estudios han supuesto la existencia de una cierta preferencia en los seres humanos: una suerte de aversión a la desigualdad, que lleva a hacer el Mal a quienes en cualquier interacción acaban teniendo más. Para algunos economistas, el Homo oeconomicus racional y egoísta (en el sentido de que "pasa" de los demás, no le importa cómo les va) que anida en los cerebros de cada ser humano convive con el Homo reciprocans, que sí que le importa cómo les va a los demás y está dispuesto a cooperar con ellos, pero también con el Homo rivalis u Homo maliciosus, también interesado por cómo les va a los otros, pero dispuesto a hacer el daño aunque nada le vaya en ello excepto una cuestión de posición relativa, de reciprocidad o de justicia.
Pero lo que han puesto de manifiesto estos estudios no sólo es la existencia de una capacidad para hacer daño guiado por esa aversión a la desigualdad, pues, en algunos casos esa aversión es tan fuerte que llega incluso a que los individuos estén dispuestos a pagar un precio, es decir, a perder renta, porque otros tengan menos renta. Y esto ya empieza a chocar frontalmente con el modelo de comportamiento humano defendido por los economistas porque el hacer el Mal ya dejaría de ser un medio, un instrumento para la consecución de riqueza propia, con lo que la "lógica" económica del Mal empezaría a hacer aguas.
No hay mejor forma de abordar este asunto que mencionar uno de esos raros ensayos deslumbrantes donde se aúnan lo divertido y la reflexión más profunda, La leyes fundamentales de la Estupidez Humana, del historiador económico Carlo Cipolla (3). En él, clasificaba los comportamientos humanos en cutro grandes grupos. Está el comportamiento inteligente en el que la búsqueda del propio beneficio beneficiaba también a los demás, está el comportamiento incauto en donde en la persecución del propio interés se beneficiaba a los demás a costa del perjuicio de uno mismo, luego está el comportamiento malvado, aquel en que el propio benficio se consigue a expensas del mal ajeno, y finalmente está el comportamiento estúpido, el de aquellos que en su comportamiento causan el mal a otros perjudicándose ellos mismos. Y esto último entendido literalmente, es decir, no como que, como resultado posterior o impredecible del daño causado, su autor resulte al final perjudicado ya sea por la justicia, la divinidad o el azar, que bien mirados son la misma cosa; sino en el sentido más fuerte, es decir, que el estúpido sería aquél que persigue el mal ajeno aún a sabiendas de que al así comportarse él mismo acaba en una peor situación económica. Y tal cosa choca radicalmente con la perspectiva económica. Para un economista, los individuos podrán ser buenos o malos moralmente, podrán incluso elegir comportarse de una u otra manera en función de sus propios intereses, pero lo que no pueden ser es ser tontos. La Economía parte del supuesto de que el comportamiento de los agentes económicos es racional a la hora de usar los recursos siempre escasos, y, claro está, desperdiciar recursos sólo en aras de una supuesta aversión a la desigualdad no parece un comportamiento muy eficiente, sino irracional y por lo tanto absurdo, inviable o insostenible, por lo que no debería obsrervarse en la realidad de cada día. Cipolla, sin embargo, consideraba que en todo grupo social -incluso en el exquisito formado por los premios nobel- siempre habría un subgrupo de estúpidos económicos.
Pero no acaban aquí los problemas que plantea el Mal para la Economía. Hay más. Se han hecho una serie de estudios experimentales en que no ha lugar a la presencia justificadora de motivaciones relacionadas con la reciprocidad, la justicia, o la desigualdad, y en los que sin embargo se dan esos comportamientos malvados o estúpidos, si seguímos la clasificación de Cipolla. Es decir, en una serie de experimentos, se ha comprobado que los individuos se hacen daño a sí mismos y a los demás no como medio para conseguir nada, no como instrumento para conseguir algo. Abbink y Sadrieh (4) han encontrado que los individuos están dispuestos a pagar porque otros tengan menos renta sin que medie desigualdad, ni envidia, ni para castigar la maldad ajena ...simplemente porque sí, porque parece que experimentan (¿experimentamos?) un placer siendo malos, haciendo el mal a otros.... y están dispuestos a pagar por ello.
El Mal auténticamente gratuito, el mal porque sí, el mal que no rinde nada a quien lo hace, sino todo lo contrario, es un mal antieconómico, irracional. Un mal para el que la Economía no sólo no encuentra explicación sino que todo su andamiaje conceptual le lleva a dudar de su existencia. Pero haberlo , como las meigas gallegas, haylo. Y así la gente sufre (y causa), sufrímos (y causamos), de violencia aleatoria por parte de completos desconocidos, hay hackers que difunden virus informáticos sólo para hacer daño, no hay fin de semana que la propiedad común no sufra ataques vandálicos en todas las ciudades del mundo, y quién no se ha encontrado un día a su coche rayado sin ninguna razón. Y también, no hay medio de comunicación que no se dedique a difundir calumnias sobre otros (depreciando así su "capital" moral), ganando asi audiencia (siendo malvados en el sentido de Cipolla) que se convierte en maliganmente estúpida cuando los escucha y extiende pues no gana nada en ello y, más bien, pierde su tiempo e integridad. Y esto sin hablar de fenómenos como los repetidos genocidios que la Historia nos enseña, los nacionalismos identitarios que destrozan la convivialidad de la que todos se benefician. Sí, es difícil no aceptar que hay un gusto por hacer el mal, que todos en mayor o menor grado tenemos "un lado oscuro", un lado perverso.
Y todo esto choca con la aproximación económica al Mal. Como ya se dijo al principio, sólo puede darse el Mal entre hombres en sociedad, pero esta obviedad fue convertida por Jean Jacques Rousseau en una tesis de fuertes efectos, cual es la de que es la sociedad civilizada la que hace que los hombres se hagan el Mal entre ellos. Fuera de la civilización, los hombres serían naturalmente buenos (unos "buenos salvajes"). Es la civilización la que los malea, la que los corrompe. La Economía (y las llamadas "ciencias sociales" en general), hija intelectual de la Ilustración ha amparado en buena medida esta hipótesis rousseauniana, de modo que para luchar contra el Mal en el Mundo y ya que es la sociedad la que lo genera,el camino pasa ineludiblemente por reformar la sociedad. Por ejemplo haciéndola más justa, más educada, más igualitaria. ëse es el objetivo último del Estado del Bienestar: traer el bienestar, la felicidad a este mundo, para lo que no cabe otra alternativa que entrometerse en sus mecanismos luchando contra las causas del Mal: la desigualdad, la incultura, el hambre. Es, en suma, esa tesis rousseauniana la que que subyace o ha justificado tantas y tantas reformas sociales que en el mundo se han dado. Pero lo que estos estudios nos están mostrando muestran es que la hipótesis de Rousseau, si bien es posible que no esté hundida totalmente, sí que hace agua. Pues, a lo que parece, los individuos pueden ser malos porque sí, de modo que echar todas las culpas a la sociedad es absurdo al igual que son quizás aen alguna medida ineficientes los recursos dedicados a reformarla. Y esto, obviamente, supone un enorme reto para la Economía y demás ciencia sociales, pues, como se ha señalado, su "no declarado" punto de partida es que el Mal social tiene su causa en que la sociedad hace malos a los individuos que la componen. y, entonces, ¿qué hacer políticamente hablando si el "pecado original" está en los propios individuos? La respuesta es obvia: la única estrategia o política eficiente sería una política de castigo, penalizando a los malos que lo son, por así decirlo, "genéticamente". Una política de "derechas" por usar de la terminología de uso común.
Pero, como siempre, quizás las cosas no estén tan claras. Veamos. Leamos algo de los que, parece ser, que han sido los únicos que se han ocupado de es pulsión humana a hacer el mal: los psicoanalistas. Elisabeth
Roudinesco, una psicoanalsita autora de un libro sobre la historia de los perversos, de los malvados o estúpidos, titulado "Nuestro lado oscuro"(5), señala en su primera página que sólo el psicoanálisis acepta este hechos, el hecho de que hay un lado perverso en la mente humana que le lleva a este tipo de comportamientos malignos. Pero cuando lee su libro, resulta algo sorprendente y es que, da la impresión de que la cantidad de actos perversos crece en el curso de la historia, que antes, la "cantidad" de perversos malvados era más pequeña. Existen una serie de nombres de perversos que todos conocemos: Nerón, Gilles de Rais, el "divino" marqués de Sade,...Pero, es curioso que, conforme aumenta el desarrollo cultural, conforme crece el "nivel de civilización", el Mal deja de tener causantes con nombre y apellidos definidos sino que, por así decirlo, se generaliza. En la galería de los horrores de la Historia, el siglo XX ocupa un tamaño privilegiado: el nazismo, el stalinismo, los jmeres rojos, las atrocidades de lla guerra entre hutus y tutsis,...son ejemplos del Mal absoluto...pero banalizado (como decía Hanna Arendt). Cualquiera (¿cualquiera?) puede formar parte de una estructura burocrática u organizativa que cause el Mal sin sentirse más que vagamente mal por formar parte de ella.Y la pregunta que tal reflexión suscita es la de si el desarrollo, o sea, el crecimiento económico, genera, produce o -quizás más correectamente- permite más comportamientos estúpidos o malvados. ¿Nos hace más malos el crecimiento?
Y quizás (no lo sé con seguridad) hayamos de respondernos que sí. Que la seguridad y la tranquilidad de una sociedad económicamente desarrollada lleven al aburrimiento. Y el aburrimiento es causante de malignidad. Sigmund Freud, hoy en buena medida injustamente despreciado, lo venía a decir en uno de su más luminosos a la vez que pesimistas ensayos (que, por cierto, debería ser de lectura obligatoria), El malestar de la cultura. En él ya apuntaba a esata enfermedad contemporánea que traía la riqueza. También Keynes temía al aburrimiento. Cuando se está aburrido y se es suficientemente rico porque se vive en una sociedad rica, el hecer el Mal a otros aún pagando un módico precio por ello no parece que sea muy grave y permite que todos puedan (podamos) satisfacer en alguna medida ese "instinto" de muerte o de destrucción (Tanatos) que junto con el instinto de creación y vida (Eros) parece anidar en el alma humana.¿Quién sabe? Lo que parece calro es que el sueño de la Ilustración, el sueño de una sociedad pacífica y ordenada que se conseguiría con el crecimiento económico es una ilusión. Un auténtico sueño.
BIBLIOGRAFÍA
(1) http://www.eumed.net/cursecon/textos/2005/hirshleifer-fuerza.htm.
(2) Algunas referencias que se pueden econtrar fácilmente en Internet: Jan Tilly, "Punishing the Good Guy: Spiteful Behavior and Institutional Choice", Zizzo, D.J.; Oswald, A. (2001), "Are People Willing to Pay to Reduce Others Incomes?", Annales d'Economie et de Statistique, 39-65. Herrmann,B.; Orzen, H. (2008), "The Appereance of Homo Rivalis: Social Preference and The Nature of Rent Seeking", CeDEx Discussion Paper, nº 10, August. Rustichini, D.; Vostroknukov (2007), "Competition with Skill and Luck: Behavioral and fMRi Experiment" Working Paper. University of Minnesota.
(3) El texto se encuentra en el libro Allegro ma non troppo de 1988.
(4) Abbink, K.; Sadrieh, A. (2009) "The Pleasure of Being Nasty", Economic Letters, 105, 306-8.
(5) Roudinesco, E. (2009) Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos (Madrid: Anagrama)
Mi padre, que durante una buena parte de su vida tuvo por profesión, la de "representante" o "agente comercial", gracias al hecho de tener coche en aquellos tiempos en que no abundaban como hoy hasta la congestión, o sea, que se dedicaba a ir por los pueblos enseñando los productos de las empresas a las que representaba ganándose una comisión en los pedidos que lograba formalizar, me contó una vez una anécdota que para mí fue no sólo curiosa sino extremadamente valiosa a la hora de entender cómo funciona la economía de mercado.
Me contó que, estando una vez a finales de la década de los años 50 del siglo pasado a última hora de la tarde en una tienda en un lugar de la Mancha de cuyo nombre ahora no puedo acordarme aunque bien que me gustaría, y habiéndo acabado ya los -me imagino que no muy grandes- "asuntos de negocios" con su propietario, se planteó el irse juntos a tomar algo a la fonda del pueblo. Siendo ya tarde, y tarde de invierno además, nada parecía impedir que un poco de distendido trato social dulcificara y diera una pátina de bonhomía a los tratos económicos a que se habían dedicado. Pero, antes de cerrar la tienda, el propietario, en lo que parecía ser un comportamiento habitual, le dijo al dependiente que le asistía que se asomara a ver si el "otro" ya había cerrado. El "otro" era, evidentemente, el propietario de la única otra tienda que había en ese poblachón manchego, que estaba situada a unos escasos metros más allá en la misma calle principal. El caso es que el dependiente se asomó, y constató que el "otro" todavía no había echado el cierre. No era nada extraño: no existía ninguna legislación que regulase las horas de apertura ni nada que se le pareciera (recuérdese la fecha de la historia). Y ahí, tras la comprobación de que el "otro" seguía en el negocio, acabaron las posibiliades de asueto, pues el propietario decidió quedarse "por si acaso". Por si acaso...¿qué?, se preguntó mi padre. Por si acaso -estaba claro- alguien se decidía a salir una tarde ya de noche en invierno a comprar una faja o algo semejante, pues creo que la tienda era una mercería. Como ya se había hecho muy tarde, mi padre decidió no esperarse a que se decidiesen a cerrar la competencia y se fue solo a la fonda. Pero conforme se dirigía a la pensión donde pernoctaba, segun me contó, pasó por delante de la otra tienda justo en el momento en que su dependiente hacía lo mismo que había hecho el de la primera: asomarse a la calle con el calro objetivo de constatar si la "otra" se había decidido ya a cerrar. Y allí estaban las dos, abiertas de par en par esperando a ver cuál de ellas "pescaba" al más que improbable comprador que se hubiese atrevido a salir al frio y la oscuridad. ¡Que absurdo!, pensó mi padre. Más les hubiera valiodo haber llegado a un acuerdo, cerrar antes y disfrutar algo de la tarde, pues el comprador caso de que lo hubiera seguro que podría sin pasarlo demasiado mal esperar al día siguiente. Según me contó mi padre no era ése un ejemplo especial, sino que era el comportamiento habitual que se daba en los pueblos. El comportamiento predicho y deseado por quienes estudian y alaban la libre competencia en los mercados.
Ni qué decir tiene que la anécdota tiene su miga...pues ¿acaso no decímos que la competencia es el camino para la eficiencia? ¿No lo demuestran esos teoremas que se cuentan en los libros de texto y se explican en las clases? Pues aquí, ante los ojos de mi padre, y ante los míos pues me contó la historia mientras yo estudiaba la carrera de Económicas, se desarrollaba un caso claro y además generalizable donde la competencia en el mercado llevaba inexorablemente a una pérdida de eficiencia: a dedicar colectivamente demasidos recursos a la tarea de quitarse clientes unos a otros. Y estaba claro que cuantos más competidores hubiese, conforme el mercado fuese por tanto más competitivo, pues las cosas irían a peor: más difícil sería que los tenderos llegasen a un acuerdo para echar el cierre pronto, restringiendo así sus colectivamente ineficientes comportamientos competitivos, de modo que la pérdida colectiva de tiempo, lque aquí servioría como indicador de la ineficiencia colectiva, sería aún mayor. En suma, que de la anécdota que me contó mi padre se seguía, contrariamente a lo que me enseñaban en clase, no sólo que el libre mercado competitivo era ineficiente en casos como éste, sino que cuanto más competitivo fuese, peor.
Años más tarde, encontré un artículo que me explicaba la economía que había debajo de la historia de los tenderos y de otros muchos casos semejantes.
El artículo, si bien lo conocí mucho más tarde, era de 1968 y había sido publicado en la revista Science por un biólogo llamado Garret Hardin. Llevaba el sugerente título de "La Tragedia de lo Común" y explicaba la razón de que las cosas, los recursos, cuando eran propiedad de nadie, poseídos por tanto en común, eran inevitablemente sobrexplotados, ineficientemente mal usados, pero -y esto es lo importante- no por maldad , desidia o irracionalidad sino como consecuencia del comportamiento racional de los individuos que los utilizaban, resultado perverso, además, que sabían perfectamente que sucedería pero que eran incapaces de evitar, y de ahí, el que Hardin usara la palabra tragedia en su sentido clásico: el de la tragedia griega, para recalcar la presencia de un inexorable destino, un fatídico destino que aguardaba a las cosas que no eran de nadie. No hay mejor forma de dar cuenta de cómo se desenvuelve esa tragedia que usar un ejemplo.
Imaginemos unos pastizales que no son de nadie por lo que pueden ser utilizados por cualesquiera pastores que lleven sus rebaños a pastar. Supongamos, ahora, que los pastores tratan de maximizar los rendimientos que obtienen de su ganado, por lo que cada uno incrementará el tamaño de su rebaño siempre que pueda. y le compense hacerlo, dados sus costes (de transporte, estabulación, pérdidas por enfermedad, el valor de su tiempo, etc.). Cada cabeza de ganado adicional que incorpore un pastor a su rebaño tendrá dos tipos de consecuencias: (a) una, positiva, consiste en los rendimientos que recibe cada pastor por cada animal adicional que tiene y lleva a pastar al pastizal común una vez engorda y lo vende, y ( b) la otra, negativa, es el deterioro en el pastizal que cada nuevo animal supone, ya que el pasto se va degradando conforme aumenta su uso ligera pero continuadamente por cada nuevo animal que se lleva a pastar. La división de los costes y los beneficios es desigual: cada pastor recibe todos los rendimientos asociados a un animal más, en tanto que los costes, el deterioro del pastizal, es compartido por todos los pastores. Para cada pastor aisladamente, la estrategia racional es entonces añadir cabezas de ganado adicionales a su rebaño siempre que le compese el hacerlo. dados los otros costes que tiene que afrontar (transporte, estabulación nocturna, etc.). Sin embargo, como todos los pastores razonan racionalmente de la misma manera, aumentan todos el tamaño de sus rebaños hasta que el pastizal se degrada por el excesivo uso. Todos, al final,acaban perdiendo por ser racionales en su comportamiento. Y lo saben, pero, sin embargo, la respuesta racional sigue siendo la misma en cada momento del proceso de degradación para cada pastor en la medida en que, para cada uno, la ganancia de tener una cabeza de ganado más es mayor que la parte que le toca del coste que supone la degradación del pastizal poseído en común. Cada individuo persiguiendo su propio interés acaba siendo llevado como por una malvada Mano Invisible a una situación que es la peor desde un punto de vista colectivo. La Tragedia de lo común es por tanto el reverso de la Mano Invisible de Adam Smith.
Y, ¿qué tiene esto que ver con la historia de los tenderos que contaba mi padre? Pues mucho. Uno de los ejemplos que Hardin utilizaba era el caso de las pesquerías en aguas internacionales, donde la ausencia de derchos de propiedad llevaba a la esquilmación de los caladeros. Como está ocurriendo hoy día. Demasiados barcos de pesca, demasiados pescadores. Pues bien. Al igual que se hizo en otra entrada (véase, http://www.rankia.com/blog/oikonomia/2007/10/economa-de-la-televisin-la-tele-como.html), en muchas situaciones lo que dicen las empresas respecto a su comportamiento en el mercado cuando lo equiparan con "pescar" clientes, no es una metáfora más o menos sugestiva sino que se acerca a una descripción realista. Tal sucede en todas aquellas actividades económicas donde la producción sólo se realiza plenamente en el momento en que aparece el consumidor, el cliente. Por ejemplo, en todas las actividades del sector servicios. En él, sin la presencia del consumidor el producto no se concluye. En un sentido muy real, el consumidor, el cliente, es un factor de producción necesario para que se acabe el producto final. Sin la presencia de un cliente que vaya a cortarse el pelo, el output de una peluquería es cero. Y, entonces, el conjunto de los clientes, el conjunto de los consumidores de un sector del sector servicios es, mirado desde este punto de vista, un recurso de propiedad común pues los clientes no son de ninguna empresa particular, no son de nadie. Son como un banco de pesca que está a "disposición" de las empresas-barcos de "pesca". El mercado es un bien común para el conjunto de las empresas que en él operan. Y, al igual que sucede en las pesquerías que no son de nadie, la tragedia de lo común se produce.: la sobrexplotación, el mal uso del recurso.Obviamente, aquí, no hay degradación del recurso común, o sea, de la clientela, pues esta se reproduce diariamente gracias entre otras cosas a la labor de los productores. Así mismo, a diferencia del caso de las pesquerías, los peces-clientes desean ser "pescados". La metáfiora, como siempre suele suceder, no es enteramente válida. Aquí, la forma en que aparece la ineficiencia, la tragedia de lo común, es bajo la forma de un exceso de capacidad instalada, simplemente ocurre que, colectivamente, se dedican demasiados recursos (tiempo, espacio en las tiendas, etc.) a la tarea de "pescar" clientes. El coste social que supone el que una tienda "pesque" a un cliente es precisamente, el coste de los recursos de las otras que no lo han logrado. Es un coste neto porque esos recursos no dan lugar a ningún producto final, pues recuérdese que sin el cliente, el servicio -el output- no llega a producirse. Diferente es el caso de las empresas que producen bienes. Las empresas los producen, existen como tales, como bienes finales, independientemente de que haya suficientes compradores a un deteminado precio. Si se da el caso de que no encuentran "salida", si las empresas han producido una cantidad excesiva dada la demanda, una rebaja en el precio aumentará sla cantidad que de ellos se demnada y así les darán salida.
Resulta claro que esa ineficiencia social dependerá de la naturaleza y del valor del servicio de que se trate. Es perfectamente eficiente desde un punto de vista colectivo que haya siempre bombreros de guardia "por si acaso" acontece un siniestro que requiera sus servicios pues la cuantía de las posibles pérdidas compensan sin duda el coste de tener ese servicio de guardia permanente. De igual manera, es enteramente razonable que haya servicios de urgencia médicos las 24 horas del día. Pero difícilmente puede parecer colectivamente sensato, economicamente eficiente, que haya tantas empresas de servicios abiertas tantas horas esperando, como sucedía a los tenderos de la historia, a que aparezca un cliente que le da igual comprar en una tienda que en otra y a una hora imprudente que a otra. Porque ese tiempo adicional no se dedica a otras actividades personales y colectivas valiosas.
Las -llamémoslas- "aventuras" que está sufriendo Zeltia/Pharmamar con su medicamento antitumoral Yondelis en los últimos meses merecen un comentario, con alguna derivación de quizás más largos vuelos. Como es bien sabido, el Yondelis fue aceptado por la agencia del medicamento filipina. Eran éstas buenas y, sobretodo, prometedoras noticias para Zeltia que, correspondientemente subió en Bolsa. Pero, en junio de este año, fue rechazado por la FDA estadounidense. Las peores expectativas se hicieron realidad: la cotización de Zeltia se desplomó. Pero, hace unos días, la Agencia del Medicamento Europea (la EMEA)lo ha aceptado. Así que ¡enhorabuena para Zeltia!. Ahora sólo el falta que en 2011 o 2012 (¡vaya usted a saber!) la FDA (Food and Drugs Administration) reconsidere su decisión con lo que, por fin, su aventura con el Yondelis habría llegado a buen puerto.
Pero...¿y la "aventura" de los enfermos? ¿Es que, acaso, las pacientes de cáncer de ovario en recaída norteamericanas son tan distintas genéticamente a las europeas o filipinas que para ellas no es "efectivo" el Yondelis? ¿Cómo se puede "explicar" con arreglo a criterios objetivos , científicos, que una institución tan seria y prestigiosa como la FDA lleve la contraria a otra tan igualmente seria y reputada como la EMEA en un asunto tan "sin vuelta de hoja" como es el de si es o no efectivo el Yondelis? Y no, aquí no nos encontramos, o mejor dicho, no nos deberíamos encontrar con con algo semejante al ahora tan conocido problema de la fiabilidad de las agencias de calificación en los mercados de valores, hoy por cierto tan por los suelos y por buenas razones, dado que hay coincidencia en hacer recaer en ellas algo o buena parte de la responsabilidad por el caos financiero que ha actuado como detonante de la crisis económica. Para aquellos que quizás pudiesen, por el contrario, pensar que sí, que como pasa con la calificación que se da a un derivado financiero, para la agencia europea el Yondelis es de fiar y para la FDA no, hay que señalar que no es adecuado ir por ese camino pese a las aparentes similitudes. La FDA y la EMEA son muy distintas a Moody's, pues en tanto que los modelos de valoración de derivados financieros en los que se basan las agencias de rating sólo tienen de científicos el complicado lenguaje matemático en el que están escritos que oculta la debilidad de sus supuestos subyacentes, se supone y con fundamento que hay mucha ciencia, de la ciencia auténtica, ciencia de laboratorio, tras las decisiones de las agencias evaluadoras de medicamentos. Además de que, aquí, las cosas serían más serias, pues una cosa es ganar o perder dinero jugando a la Bolsa y otra "jugarse" la vida enfrentándose a un cáncer.
El caso es que este comportamiento diferencial de las agencias reguladoras de EE.UU y Europa me ha traído a la memoria la primera vez que, hace ya demasiados años, me topé de bruces con esta cuestión de la regulación del sector sanitario, tanto de los médicos y sus tratamientos como de la industria farmacéutica cuando leí el capítulo correspondiente en el libro de Milton y Rose Friedman, Libertad de elegir, el que para mí sigue siendo la mejor exposición del enfoque (neo)liberal en Economía. Como casi todo el mundo, yo daba por descontado que la regulación estatal de la industria farmaceutica era una obvia necesidad, que sin el adecuado control por parte del Estado guiado por criterios científicos, la situación sanitaria se degradaría a los extremos que se veían en las películas del oeste norteamericano. Sí, ésas en las que aparece una carreta-farmacia ambulante que va por los pueblos conducida por un charlatán que, bajo una apariencia de pretendido científico, va seduciendo y engañando a los pueblerinos con tratamientos absurdos, curalotodos como el proverbial "aceite de serpiente", cuya eficacia siempre venía avalada por "conocidos" investigadores y profesores de distantes universidades o por médicos de reconocido prestigio en sus lejanas tierras. En el cine, todo el asunto era gracioso, y hasta parecía que los paletos pueblerinos se merecían de alguna manera ser estafados en el mejor de los casos por la inocua agua de colores que les vendía como elixir para todo por el listo de turno a ver si de una vez se les caía el pelo de la dehesa y entraban así en la modernidad racional y luminosa. Pero, en el mundo real, las cosas no eran obviamente nada graciosas, y la visión de los terribles efectos de algún medicamento, como pasó con la talidomida en la década de los años 60, que había logrado sortear los controles, recordaba a las claras que no sólo no se podía bajar la guardia sino que, más bien, había que ser siempre más exigentes a la hora de permitir que los medicamentos o tratamientos médicos entrasen en el "mercado de la salud". De modo que, con excepción de los dentífricos y otros tratamientos cosméticos (crecepelos, anticelulíticos, desodorantes y demás), en donde todavía se usa del viejo modelo de la carreta-farmacia, como se comprueba por el habitual recurso en la publicidad al "profesional" de la farmacia o de la medicina dispuesto a prestar su "desinteresado" aval al producto de que se trate, para el resto de tratamientos y productos medico-faramacéuticos, todo el mundo parece estar de acuerdo en su regulación dura y estricta. Con las cosas de la salud no se juega...y no se debe permitir que se juegue en el mercado.
La Economía, por otro lado, parecía avalar plenamente esta estricta regulación. Y ello por varias y obvias razones. En primer lugar, la enfermedad podía hacer que en muchos casos los clientes de las empresas farmaceúticas y de los médicos fueran "pacientes", es decir, individuos con unas capacidades de razonamiento más o menos alteradas, incapaces en cierto sentido de saber cuáles eran sus mejores intereses o cómo perseguirlos lo más racional y adecuadamente posible. La soberanía del consumidor no podía en estos casos predicarse de unos individuos a los que la enfermedad limitaba su autonomía decisional. En situaciones así era defendible la pertinencia de una intervención tutelar/paternal del Estado que impidiese que los pacientes cometiesen errores decisionales llevados por sus minusvalía. En segundo lugar, el mundo de los tratamientos médicos y los productos faramaceúticos era un caso claro de información asimétrica entre los demandante y oferentes, pues la mayoría de los clientes de médicos y farmacias carecemos de los conocimientos necesarios para evaluar adecuadadamente la valía relativa de los distintos tratamientos médicos y/o farmaceúticos, lo que incentivaba a que tanto médicos como empresas farmaceúticas, como agentes racionales que son, tendiesen a sobreestimar cuando no a engañar a sus pacientes clientes respecto a la eficacia de sus tratamientos y productos. En tercer lugar, los médicos no compiten entre ellos, se lo prohibe el Juramento Hipocrático, y la industria farmaceútica dista también de ser competitiva pues está fuertemente oligopolizada, todo lo cual impide que las fuerzas de la competencia expulsen del "mundo" de la salud a los malos médicos y los productos inefectivos o fraudulentos. En quinto lugar, los elevados costes de investigación previos al lanzamiento de un nuevo medicamente, obligaban a las empresas farmaceúticas a tratar por cualquier medio de acortar el tiempo para su salida mercado para empezar cuanto antes a obtener un retorno de sus inversiones. Y uno de ellos era minimizar el tiempo y número de de experimentos con el posible efecto de pasar por alto resultados o efectos que cuestionaran la efectividad o inocuidad del su uso. En quinto lugar, finalmente, la información asimétrica, llevaba a la tendencia a si no engañar si al menos minusvalorar las contraindicaciones o a exaltar más allá de lo efectivamente comprobado la idoneidad o la no toxicidad de los productos. En suma, que si hay un "mercado" donde el adagio, caveat emptor (que el comprador se cuide de sí mismo) sea de menor aplicación es sin duda el de la salud. Pero dado que el aplicar aquí el adagio contrario, caveat venditor que responsabiliza al vendedor por lo que vende u ofrece no tendría el efecto corrector buscado a tenor de la irreversibilidad o la no compensabilidad de los efectos de la mala praxis profesional (¿cómo compensar por una muerte o una deformación por un efecto secundario imprevisto de un medicamento?). Dejar entonces el asunto en manos de la buena voluntad de médicos y empresas farmaceúticas, en su acatamiento de las normas de su deontología profesional (como también aparecen, por ejemplo, en el Juramento de Hipócrates), era correr u demasiados riesgos por lo que la regulación del entero mundo de la salud por parte del Estado era algo de sentido común, evidente e incuestionable.
Pero poco duran las creencias absolutas en este mundo. Como ya he dicho la lectura de Libertad de elegir me obligó a cuestionarme esos presupuestos. Los Friedman, refiriéndose al caso de los medicamentos, afirmaban que en este terreno (como pasa en tantos otros de la política social y económica) se enfrentaban dos objetivos loables: por un lado, dar seguridad a los consumidores/enfermos y, por otro, facilitar la innovación y descubrimiento de nuevos medicamentos, pero que el efecto neto de las tarea de la FDA y sus regulaciones persiguiendo sólo el primero de ellos había acabdo siendo una pérdidad neta para la sociedad pues había desincentivado la investigación de nuevos tratamientos farmacológicos al elevar los costes de introducción de los mismos por razones de seguridad. Adicionalmente, señalaban que el sistema regulador incentivaba a los funcionarios de la FDA a no arriesgarse lo más mínimo en sus tareas con las consecuencias que de ello se seguían. Ofrecían aquí el siguiente convincente ejemplo: "Póngase usted en el lugar de un funcionario de la FDA responsable de aprobar o desechar un nuevo fármaco. Puede cometer dos errores muy diferentes: 1.- Aprobar un fármaco que resulta no haber puesto de manifiesto efectos secundarios que provocan la muerte o serios perjuicios a un determinado múmero de personas; 2.- Denegar la aprobación de un fármaco que es capaz de salvar varias vidas o de aliviar graves mles y que carece de efectos secundarios perjudiciales. Si comete el primer error (aprobar una talidomida), su nombre aparecerá en la primera págna de todos los periodicos. Se verá en un grave aprieto. Si comete el segundo error, ¿Quién se va a enterar?. La empresa farmacéutica promotora del fármaco, que será descalificada como ejemplo de ávidos negociantes con corazón de piedra, y unos cuantos farmaceúticos y médicos, llenos de malhumor, responsables de desarrollar y de probar el nuevo producto. Las personas cuyas vidas se podía haber salvado no estarán aquí para protestar. Sus familias no podrán enterarse de que sus seres queridos perdieron sus vidas por culpa de la "precaución" de un desconocido funcionario de la FDA". Como justificación empírica de su posición señalabn que conforme la FDA había ido estableciendo mecanismos de control más estrictos el número de nuevos medicamentos que se introducían en el mundo sanitario norteamericano había ido disminuyendo paralelamente. Desde este punto de vista, el comportamiento diferencial entre la FDA norteamericana y la EMEA europea, como se ha visto en el caso del Yondelis, podría quizás explicarse por los diferentes incentivos que tienen los funcionarios de una y otra agencia. Como es bien sabido, la sociedad norteamericana adolece de un exceso de judicialización, es decir, que cualquier "inconveniencia" que padece una persona encuentra rápidamente un abogado que trata de convertirla en una culpa de algún otro mercedora de compensación económica en los juzgados. No sería, pues, nada extraño que los funcionarios de la FDA fuesen en consecuencia mucho más precavidos que los de la EMEA ante la seguridad de que cualquier efecto no deseable de cualquier medicamento por ellos autorizado acabe revertiendo contra ellos en forma de demanda judicial.
Más tarde, leyendo otro libro, esta vez de David Friedman (hijo de la pareja anterior, y del que con total certeza se puede asegurar que sus padres estarían más que orgullosos de él, pues les ha salido todavía más liberal si cabe), titulado The Machinery of Freedom. A guide to radical capitalism, un auténtica guía para el llamado anarcocapitalismo que se proponía, como díce en uno de sus capítulos, ofrecer las políticas para "vender el Estado en pequeñas piezas" (sic)incluyendo el ejército, los tribunales de y las mismas callesjusticia, me encontré en un capítulo titulado "It´s my life" (que podríamos traducir como "es asunto mío") con una defensa radical y profunda del derecho de cada cual a decidir libremente y sin intromisión del Estado en qué personas, sean médicos o curanderos, confiar y contratar, qué tratamientos usar y qué medicamentos tomar. Friedman hijo acentuaba, además, dos argumentos adicionales contra la regulación de la FDA y de la AMA (American Medical Association, el Colegio de Médicos norteamericano. Por un lado está el conocido -en economía industrial- fenómeno de la "captura de los reguladores por los regulados" por el que se alude an los efectos que sobre una industria y su evolución se siguen del hecho de la conexión entre los reguladores de una industria y los representantes de las empresas ya instaladas (conexión más que evidente en muchos casos en que reguladores y regulados son que frecuentemente son incluso las mismas personas en momentos diferentes). No hay que se demasiado quisquilloso para predecir que esa "conexión" lleva inevitable y naturalmente (sin necesidad de sobornos ni nada parecido) a que los reguladores acaben defendiendo los intereses de las empresas ya existentes, fundamentalmente obstruyendo el paso a nuevos competidores de las empresas ya instaladas, ya sea desincentivando la innovación o el establecimiento de nuevas empresas. Y eso, por supuesto, en nombre de la seguridad y el bien público y aplicando sistemáticamente ese principio rector de los reguladores:el "mas vale malo conocido que bueno por conocer". En el caso que nos ocupa, David Friedman señalaba que médicos e industrias farmacéuticas no tenían ningún interés en que apareciesen nuevos practicantes de nuevas terapias médicas ni tampoco nuevos medicamentos antes de que las empresas farmacéuticas hubieran recuperado con creces sus costes de investigación y desarrollo de los medicamentos que ya tuviesen en el mercado, intereses plenamente compartidos por los expertos que trabajaban en los organismos reguladores,también médicos y framacéuticos que no era infrecuente que a lo largo de sus vidas profesionales abandonasen la agencia reguladora y volviesen al sector privado, con los efectos predecibles y ya comentados de esa identidad de criterios. Adicionalmente, Friedman señalaba que, al margen de ese interés económico en frenar la competencia por parte de los profesionales ya instalados, existía otra motivación que llevaba a lo mismo. Se trata aquí de un efecto de lao que pudiérase llamar "protocolización", es decir, la adscripción incondicionada a una pauta de comportamiento que excluye la posibilidad siquiera de que existan otras perspectivas o tratamientos.... hasta que la AMA o la FDA alterasen el protocolo.
Como se ha visto, estos argumentos cuestionarían en buena medida buena parte de los argumentos habituales a favor de una regulación estricta de la industria de la salud. Quedaría, sin embargo, un último bastión de defensa incontestable del lado de los partidarios de la regulación. Me refiero al miedo de los pacientes a ser estafados y engañados en un terreno tan delicado como éste. El miedo a que, sin el control de los reguladores, regresen las carretas-farmacia y los curanderos formados en prestigiosas escuelas de medicina de lugares ignotos. Y sí, aunque todos (¿todos?)nos reímos de casos como el del profesor Mombey que, según me asegura un folleto que me han dado hoy a la salida del Metro, es Gran Brujo y Chamán de Senegal y que en una semana cura todos los problemas (SIDA, mal de ojo, problemas de amores y dinero incluidos), pues estaría claro que más valdría no arriesgarse.
En términos más formales y generales, la idea detrás de ese miedo, de esa necesidad de imponer la precaución, es que en mercados de información asimétrica donde sólo los vendedores conocen la calidad real del producto que se ofrece, las afirmaciones acerca de su calidad no tienen contenido informativo pues los oferentes tienen el incentivo de magnificarlas, es decir, tienen el incentivo de mentir y engañar a sus clientes en la medida que ello les beneficie (ése es el lógico y esperado resultado con arreglo al famoso modelo de los coches usados (los carrachos o "lemmons") del Premio Nobel George Akerlof). Ahora bien, si hay un mundo en que este problema es patente es el mundo de la sanidad, que sería totalmente propenso a esta distorsión informativa (es decir, al engaño) en atención a que, siendo el cuerpo humano un sistema enormemente complejo, siempre es posible acudir a la hora de "explicar" la ineficacia de algun tratamiento a cualquiera de entre una miríada de otras causas o circunatancias colaterales (como, p.ej., la represión sexual, las relaciones emocionales que se tuvieron en la infancia, etc.), el engaño permanecería -por así decirlo- oculto sin afectar a la reputación del tratamiento o del terapeuta. Y de ahí, una vez más, la necesidad de regular a los practicantes de la medicina y a los tratamientos que usan.
Pues bien, sin negar en lo más mínimo la evidente pertinencia de este argumento a tenor de las impostaciones a que nos tienen acostumbrados acupuntistas, homeópatas, médicos tradicionales chinos, herbolarios, quiroprácticos, espiritistas, naturistas, practicantes de reiki y otras terapias energéticas, expertos en descubrir a nuestros respectivos (y reprimidos) niños interiores que todos llevamos dentro, chamanes y un cada vez más largo etcétera, conformadores de esa heteróclita masa de terapeutas englobada bajo la común denominación de medicina alternativa (en que, por cierto, los norteamericanos gastan ya más de lo que gastan en medicina privada libre, o sea, no asegurada), creo que el argumento tradicional de la Economía de la Información apoyando el uso de regulación en los mercados con información asimétrica es sin embargo muy cuestionable para la sanidad no alternativa o "no-folclórica" al igual que para muchos mercados a tenor de recientes trabajos de economía experimental. Así, Eriksson Y Simpson (2007) han constatado en un estudio experimental que la mayor parte de la gente realiza declaraciones honradas respecto a la calidad de lo que ofrece o vende aunque, y esto hay que subrayarlo, NO existan sanciones, regulaciones o costes de reputación asociados a la venta con "engaño". La justificación que encuentran para este inesperado comportamiento en oferentes de mercados competitivos con información asimétrica es el reciente "descubrimiento" por parte de la Economía de que las mentiras respecto a la calidad de lo que vende, siempre que dañen a otras personas, son costosas en términos de utilidad o bienestar para el oferente mentiroso. Dicho de otra manera, que existe un "coste moral de engañar" (Gneezy 2005) que debilita de forma sistemática el incentivo al engaño en mercados con información asimétrica, siempre que el engañado sufra algún daño. Y, claro está, si hay algún mercado donde el engaño acerca de la calidad de lo que se ofrece pueda tener efectos desastrosos sobre la parte engañada es el de la salud, por lo que mayor será en ellos el "coste moral del engaño", y menor, en consecuencia será el incentivo a que los oferentes en ellos se dejen seducir por la magnificación de la calidad de lo que ofrecen o el engaño de sus pacientes/clientes. Item más, es predecible que conforme mayor sea el posible coste moral del engaño o de la exageración de la eficacia del tratamiento médico o de un medicamento, o sea en el caso de las enfermedades más duras, menor será todavía el "engaño" que los que se dedican a su tratamiento. Obviamente, este argumento, en la medida que tenga una relevancia empírica adecuada, debilita aún más la posición de quienes acentúan la necesidad de controles más estrictos por parte de las agencias reguladoras en el terreno de la sanidad, pues aumenta relativamente los costes de la regulación en términos de innovaciones no realizadas.
Con todo lo anterior no quiero decir que la tarea de las agencias del medicamento y de los colegios de médicos encargados de certificar la valía y eficacia de los traminetos médicos y faramacológicos sea inútil o incorrecta, y que, en consecuencia, habría que desmontarlas (esa sería la opción que sin duda apoyaría la familia Friedman al completo). No, lo que se deduce del análisis realizado es que en su mopdeo de proceder esas agencias puede que con demasiada probabilidad pequen de ineficientes pues sus funcionarios tienen demasiados incentivos a tomar actitudes demasiado conservadoras en un terreno donde se trata demasiadas de veces de asuntos de vida o muerte.
Y, para acabar, no puedo ni quiero dejar pasar por alto el caso del profesor Antonio Bru que, como se suele decir, viene aquí perfectamente "al pelo". En una serie de artículos a lo largo de este año, The New York Times ha pasado revista a la descorazonadora historia del tratamiento del cáncer (recuérdese que Richard Nixon aseguró en 1971 que el cancer estaría curado en 1986), fracaso que paradójicamente corre sin embargo en paralelo con la exitosa historia de la investigación acerca del cancer. Los científicos cada vez saben más acerca del cáncer, de su génesis y desarrollo, pero lo que saben no se ha traducido en remedios efectivos. Sí, ya sé que cada dos por tres se nos habla del crecimiento experimentado en la tasa de "curación" de algunos cánceres. Pero esas estadísticas, bien analizadas, sólo revelan que ha aumentado sobremanera la detección precoz de los tumores lo cual posibilita una mayor eficacia en su tratamiento, pero que no se puede hablar de incremento en las curas, ya que para el cancer no hay cura y lo que se mide es la tasa de suppervivencia a los cinco años de haberse detectado la enfermedad, y claro si un cancer se detecta antes, lógicamente, un mayor porcentaje de enfermos siguen vivos cinco años después. Dicho de otra manera, no es legítimo estadísticamente comparar en el mismo plano las tasas de supervivencia de ahora con las de hace veinte años. Pero a qué se debe ese fracaso terapéutico, pues -y ése es el gran exito- sabemos ahora que el cancer es una enfermedad diabólica, que se resiste de forma increiblemente inteligente (si se puede hablar así) a su asedio y derrota pues la vía convencional (quimioterapia + radioterapia + cirugia) sólo puede tener éxito relativo en las fases más tempranas, y la futura estategia, la genética, es de más que didosa eficacia. Entre otras cosas, por la personalización auténticamente diabólica del cancer. Como señalaba The New York Times, el tumor típico puede tener entre 50 y 100 mutaciones genéticas, y dos pacientes con el mismo tipo de cancer puede que no tengan más allá de cinco mutaciones en común. Obviamente, la batalla contra el cáncer a lo largo de la vía genética en la que se hallan metidos todos los laboratorios ye investigadores si no está perdida de antemano pues se trataría de corregir para cada enfermo todas sus particulares mutaciones cancerígenas.
Algo, sin duda ha fallado, y quizás la Economía pueda dar una pista. Al menos así parece seguirse del comentario que Gina Kolata hace en The New York Times (24/5/2009) "Pese a todo el dinero invertido en investigación sobre el cáncer, nunca ha habido suficiente para estudios innovadores, el tipo que puede cambiar fundamentalmente el modo en que los científicos entienden el cancer y los doctores lo tratan. Tales estudios son arriesgados, de funcionamiento más improbable que aquellos que simplemente siguen la senda de lo ya conocido. El resultado es que, con el dinero limitado, los proyectos innovadores a menudo acaban abandonándose ante proyectos exitosos que se dirigen a darle vueltas a los tratamientos ya conocidos y que quizas logren extender la vida unas pocas semanas". Dicho con otras palabras, en este campo tan importante (no es necesario recordar que, según las estadísticas oficiales, una de cada tres personas padecerá algún tipo de cancer a lo largo de su vida), la investigación contra el cáncer no ha segudio el camino más eficiente posible, sino que ha sido dirigida demasiado frecuentemente por la línea conservadora definida por las instituciones reguladoras de la investigación médica y farmacológica.
Y aquí entra el profesor Bru y su enfoque digamos que "ingenieril" respecto al tratamiento del cancer. No es médico, sino matemático, si bien lleva 12 o 13 años estudiando cómo se desarrolla físcamente un tumor, cómo se infiltra en su progreso de crecimiento por los tejidos sanos. La razón teórica de este interés práctico en el cáncer se halla en su campo de especialización: la nueva geometría fractal que se ha relevado idónea para entender procesos de expansión de unas objetos en otros proporciona una forma nueva de abordar la dinámica de crecimiento tumoral. El resultado de su investigación es un nuevo modelo general explicativo de la dinámica de crecimiento de todos los tumores sólidos que ha publicado ya en algunas revistas académicas internacionales. Hasta aquí, el profesor Bru y su equipo (un grupo redducido de médicos que soportando fuertes presiones de sus colegas establecidos están con él) no tuvieron problemas. Estos, curiosamente, empezaron ¡y a qué nivel! cuando el equipo de Bru anunció que, su aproximación al crecimiento de los tumores sólidos proporcionaba una nueva forma de abordar su tratamiento, independientemente de la causa genética del tumor. Se trataba de "cortar" ese crecimiento en forma digamos que "mecánica": poniéndole trabas físicas, lo cual -afirmaba Bru y ómese esta descripción que hago de lo que creo que él propone con todas las precauciones y distancias posibles: con toda certeza estará equivocada en un 90%-, acabaría eliminando el tumor pues éste no crece de adentro afuera como asegura la visión convencional sino que se expande desde su superficie. El equipo había logrado ya la curación de un paciente con uno de los tumores de peor pronóstico: un cancer hepático, y se hablaba de otros casos (yo mismo ví el testimonio en un Telediario de "La uno de TVE" de otro enfermo curado, en este caso de un melanoma maligno).
Pues bien. Cualquier persona normal, y hasta cualquier economista, hubiera considerado que el camino que Antonio Bru decía con argumentos parece que bastante sólidos haber abierto para enfrentar esta terrible enfermedad bien merecía una profunda exploración. Con cierta certeza puede uno imaginar que en una economía cuyo sector farmacéutico no estuviese aterrado ante la posibilidad de que sus agencias reguladoras, siempre usando como referencia lo "ya sabido y aceptado", echasen por tierra con alta probabilidad cualquier investigación no avalada por la conservadora comunidad cientifica, probablemente Bru no habría tenido problemas en encontrar algún empresario dispuesto a arriesgarse y financiarle a ver si daba con el gigantesco "pelotazo" de un tratamiento efectivo contra el cáncer. La investigación de Bru ,por cierto, me pareció extraordinariamente barata: hasta ahora se la ha pagado él, un profesor universitario,y su equipo de médicos.
Pues no. Nada de eso ha pasado, sino todo lo contrario. Los oncólogos oficiales denostaron y despreciaron la investigación de Bru por no ser médico, o sea, por no estar dentro de las normas establecidas por la Oncología oficial, aunque resulta obvio para mí que ninguno, repito, ninguno, podía entenderle, pues ¡qué pueden entender de un modelo matemático de geometría fractal quienes es patente que no entienden ni saben usar de algo tan simple como es el teorema de bayes de la estadística elemental y eso que se pasan el tiempo hablando erróneamente de probabilidades condicionadas! eso por parte de los médico, en tanto que la compañía farmacéutica productora del producto que Bru usaba en su tratamiento, cuya patente está a punto de expirar si no lo ha hecho ya, no se dió por aludida, como es de esperar.Y, finalmente, el Ministerio de Sanidad español se dedicó a lo suyo: a recomendar por si alguien aún no lo sabe que fumar es muy malo, que hay que poner o ponerse condones, usar toallitas de papel para limpiarse la nariz y lavarse las manos después de sonarse o de ir al servicio. El caso es que Bru sólo consiguió el apoyo del Rectorado de la Universidad Complutense de Madrid (enfrentándose a la Facultad de Medicina) que abrió una cuenta corriente pública solicitando ayuda de la gente. Pero la "batalla" contra Bru por parte de los estamentos reguladores oficiales no había hecho más que empezar. Se sucedieron descalificaciones públicas (algunas de juzgado de guardia), trabas a la exposición pública de sus teorías y hallazgos, y en general malos tratos por parte de los representantes del mundo de la medicina oficial y del mundo de la comunicación, pues algunos periódicos, no sé bien defendiendo a qué intereses se sumaron alegremente a la campaña de descalificaciones temporales...y ya se sabe lo que saben los periodistas. Parecía que más que buscar un tratamiento efectivo contra buena parte de los canceres, el profesor Bru y su equipo quisieran difundir la enfermedad. En fin, por no seguir, al final, el profesor Bru y su equipo parece que han tirado la toalla. Más que meramente lamentable, su derrota es con cierta o mucha probabilidad (parece que de momento no podemos saberlo con precisión) una auténtica trágedia.
Tuve la fortuna de oir a Antonio Bru en una conferencia y me convenció como persona y como economista, no de que tuviese enteramente razón, pues poco se de geometría fractal y nada de oncología, sino de que merecia la pena tratar de saber si la tiene o no con certeza. Por ello, su historia ha sido hasta ahora un patético ejemplo del tema de esta entrada, o sea de cómo las instituciones encargadas de regular los mercados con información asimétrica, como son las que dicen velar por nuestra salud, pueden pese a sus buenas intenciones (aunque el caso de Bru me hace dudarlo en algunos casos), acabar con demasiada frecuencia siendo ineficientes actuando en contra de aquellos a quienes dicen proteger, así que no estaría mal que moderasen sus desvelos y reconociesen sus estructurales problemas.
Finalmente, he de señalar que la descripción de la obra de Antonio Bru que se ha hecho antes es, obviamente, una simplificación seguro que errónea de su trabajo. Si alguien quiere tener una información, en mi opinión, neutral del entero "caso Bru", de sus orígenes, razones y avatares, le remito a la entrada que Antonio Bru tiene en la Wikipedia española.
BIBLIOGRAFíA
Friedman, Milton y Rose. Libertad de Elegir. Barcelona: Orbis, 1980
Eriksson,K.; Simpson,B. (2007)"Deception and price in a market with asymmetric information", Judgement and Decision Making, vol2, nº1, pp.23-28.
Gneezy, U. (2005) "Deception: The role of consequences". American Economic Review, 95, pp.384-394
Kolata, G. "forty year's war: Advances Elusive in the Drive to Cure Cancer". The New York Times, 24/5/2009
Pollack, A. "forty year's war: For Profit, Industry Seeks Cancer drugs". The new York Times, 2/9/2009
Entender cómo afecta el movimiento de los precios en los mercados a quienes en ellos participan es uno de los objetivos del estudio de la Economía. Y las conclusiones que se siguen de ello están, a veces, tan alejadas de lo que nos dice el sentido común que para muchos son díficiles de entender y asimilar.
Veamos lo que nos dice a este respecto el común sentido en un ejemplo de sobra conocido. No hace demasiado tiempo, cuando este país "vivía" una burbuja inmobiliaria aunque había muchos que no se lo creían, era muy habitual oír que la subida en el precio de la vivienda afectaba negativamente a los nuevos compradores de pisos, pero que el efecto era muy positivo para los que ya eran propietarios de pisos pues la subida se traducía en unas claras plusvalías. No era infrecuente, sin embargo, escuchar la coletilla que a este argumento agregaban los escépticos que señalaban que, fuera de los especuladores, en la mayor parte de los casos no ocurría esto, dado que si alguien vendía su piso para realizar esas ganancias de capital, pronto, en el momento que se comprase otra vivienda, vería como esas plusvalís desaparecían, así que, para este tipo de propietarios, se daba esa situación tan bien descrita por el dicho de que "lo comido por lo servido", es decir, que la subida del precio de las viviendas ni les beneficiaba ni les perjudicaba. En suma, que el ascenso en el precio de un activo, como es la vivienda, perjudicaba a los que querían ser nuevos propietarios y beneficiaba o, como poco, dejaba igual a los que ya lo eran.
Esto para las subidas de precios de las viviendas, porque para las bajadas se podría razonar de forma similar, de modo que si en vez de una subida de precios se contemplase un descenso el argumento iría a la inversa: la caída en los precios de los pisos beneficiaría a quienes quisieran ser nuevos propietarios, pero perjudicaría o como mucho dejaría igual a quienes ya lo eran. Eso es lo que nos diría el sentido común y parecería lo lógico. Adicionalmente podria decirse que pocos estudios de Economía se necesitarían para llegar a semejantes conclusiones.
Pero, ¿estamos seguros de estas conclusiones que nos dicta el sentido común? Veamos. Vayámos por partes y dejemos de lado a los nuevos demandantes de un activo para quienes el efecto de las variaciones del precio de cualquier bien o activo no tiene vuelta de hoja: cuánto más barato, mejor; cuanto más caro peor; y concentrémonos en quienes ya poseen ese bein o ese activo.
Pues bien, cuando analizamos las repercusiones del alza o la baja del precio de un bien o de un activo, como es la vivienda, lo que la Economía nos obliga a concluir es que, contrariamente a lo que apunta el sentido común, los titulares del mismo experimentan un ascenso en su bienestar tanto si sube el precio como si baja.
Supongamos que usted es el dueño de una casa (que puede ser entendida como como un o stock de unidades de habitabilidad) por la que pagó de 300.000€ hace un mes. Si el mercado de la vivienda está en alza, y su casa ha subido de precio este mes, p.ej., un 50%, el valor de su casa en el mercado pasa a ser de 450.000€. Ante esto, usted tendrá dos opciones: o quedarse con y en ella (con lo que estaría igual que antes, o sea disfruta de los ervicios que su cas le ofrece en igual medida), o bien venderla, con lo que su nivel de renta monetaria aumentaría en 450.000€. Ahora bien, ese dinero junto con el que ya tuviera procedente de otras fuentes de ingresos (ya sea de su trabajo o de sus inversiones en otros activos) constituiría su nueva renta disponible que puede dedicar a la compra de bienes, servicios y activos (incluido otra vivienda) con el objetivo de estar lo mejor posible, o dicho en jerga económica, de maximizar su bienestar (que es la pulsión que está debajo del comportamiento de los seres humanos según los economistas). El resultado sería con total certeza una nueva "cesta de la compra", distinta a la que compró anteriormente (la del "mes" anterior), oque incluiría una vivienda de menor tamaño de la que compró hace un mes ya que por la ley de la demanda al subir el precio se demandan menos unidades de habitabilidad. El que la mayor parte de gente no haya hecho esto y se hayan quedado en sus viviendas sin venderlas aprovechándose de la subida en los precios se debe a los obvios costes de transacción asociados a la compra y cambio de vivienda. Pero , obsérvese, que los propietarios de viviendas nada pierden cuando sube el precio de la vivienda por la sencilla razón de que siempre tienen la opción de quedarse como estaban, o sea no vender, y que si lo hacen, dado que nadie les obliga a ello, es porque al así hacerlo están mejor con el cambio, es decir, con más dinero contante y sonante y quizás con una casa más cara y de menor tamaño o en otro lugar peor, pero -repito- con más dinero para gastarse en otros bienes y servicios. En conclusión, la subida en el precio de un activo como una casa, siempre beneficia a su titular. Si bien sin demasiado análisis, la mayor parte de la gente está de acuerdo con esta conclusión pues la subida del precio de un activo es una plusvalía, y por tanto el propietario del activo está mejor pues propietario de algo de mayor valor.
Pero, contrariamente a la intuición, el argumento se aplica de igual manera también para las bajadas de precio, para las minusvalías. Partamos de nuevo del propietario de una casa que inicialmente vale 300.000€, y supongamos que ahora su valor cae en un 50%. Ello quiere decir que antes usted era propietario de un activo que valía 300.000€ y que ahora, un mes después, sólo vale en el mercado 150.000€. Y sin embargo, se demuestra que usted está mejor que antes. ¿Cómo es eso posible? De nuevo,vayamos por partes y comparemos su posición antes y después, hagamos pues un análisis de estática comparativa. Veamos, usted tras la caída en el precio tiene dos opciones: o quedarse en su casa con lo que no habría empeorado en términos de bienestar dado que estaría igual que antes (o sea que seguiría disfrutando de los mismos servicios de alojamiento), o bien venderla y decidir cómo gastarse su dinero (el que ya tenía más el que obtiene de la venta de la casa, o sea, los 150.000€) de la mejor manera posible ahora, dados los nuevos precios de las casas. En la medida que se decante por esto último, atendiendo a la ley de la demanda, alterará su patrón o cesta de consumo y se irá a vivir a una casa más grande o de mejores condiciones de habitabilidad. Y, una vez más, si lo hace, será porque le interesa hacerlo, o sea porque cambia hacia mejor respecto a la situación inicial en que permanecía en su casa inicial. En consecuencia, el titular de la casa también aumenta su bienestar si baja el precio del mismo aunque experimente una pérdida de capital.
Podría pensarse, sin embargo, que el anterior argumento sólo es válido para las viviendas y demás activos reales que los agentes demandan en último término para obtener un flujo de servicios físicos o tangibles, como es el alojamiento, el resguardo frente a las inclemencias metorológicas, etc., pero que no resulta de aplicación para los activos que sólo producen directamente un flujo de servicios monetarios, es decir, dinero contante y sonante. Es decir, que podría pensarse que el argumento tendría sentido en el caso de, por ejemplo, una vivienda cuya capacidad de prestar servicios de alojamiento no se ve alterada en lo más mínimo por una caída en su valor monetario si el mercado de la vivienda sufre una contracción, pero que no sería de recibo para los activos financieros.
Pero no, el argumento no sólo vale para las viviendas sino que es de aplicación universal, o sea para todo tipo de activios. Considérese, por ejemplo, el mercado de bonos o títulos de renta fija. Sus propietarios, como los propietarios de las viviendas, los adquieren y poseen por diversidad de razones, ya sea para especular y beneficiarse de unas ganancias de capital caso de que el precio de los bonos suba ya sea para gozar de la seguridad que les otorga tener esos títulos, seguridad que es enteramente sejante a la seguridad frente a la intemperie que da el tener un casa. Si el precio de un bono sube, entonces, como en el caso anterior, a sus propietarios le quedan dos opciones: o quedarse como están, o desprenderse de él y obtener unas rentas adicionales para gastarselas en otros bienes y servicios o adquieirndo más bonos. Si deciden hacer esto último su posición habrá mejorado. Pero también pasa lo mismo si el precio del bono cae. Sus propietarios pueden quedarse con él, por lo que su cobertura es la misma, y estarían igual que antes, o bien, comprar más bonos aprovechándose de su precio más bajo, caso de que decidieran hacer esto y dado que nadie les obliga a ello, es obligado concluir que su bienestar habría crecido a pesar de haber experimentado una pérdida de capital.
Y el mismo argumento con ligeras modificaciones puede hacerse si el activo del que se trata es un título de renta variable, una acción.Una vez más, ya sea que su precio suba o baje, el efecto sobre el bienestar de sus tenedores es positivo.
Es paradójico. Es contraintuitivo. Va contra el sentido común...Pero, ¡qué se le va a hacer!. Es así. Y que cada cual saque sus propias conclusiones.
A la vuelta de las vacaciones me encuentro en el buzón con una inesperada y nada grata sorpresa: una notificación de multa por parte de la DGT. Viene acompañada por la prueba fotográfica del "delito"...por lo que no hay nada que hacer salvo aceptarla y pagarla. Aceptarla, sí, y -si yo fuese un ciudadano comme il faut, que no lo soy- si no con gusto, sí de buen grado,y, muy recomendablemente, acompañando el pago con el correspondiente acto de sincera contrición(1) y el adecuado propósito de enmienda, para que así todo el trámite burocrático tenga el mismo poder de perdón que tenía la confesión de los pecados en mis tiempos de fe religiosa. A fin de cuentas una multa no es sino el castigo merecido por la infracción-pecado contra un código tan moral en último término como el de Moisés: el Código de Circulación, uno más de los muchos códigos y leyes que regulan los comportamientos de las gentes y sin los cuales, como es bien sabido y repetido, las sociedades no podrían funcionar armoniosamente. ¿Acaso no resulta más que evidente que si cada cual condujera por esas carreteras de la DGT como le pluguiese, no tendríamos sino el caos circulatorio con sus imaginables y nada deseables consecuencias?
Los economistas saben que todos esos códigos y regulaciones de carácter institucional (leyes, normas) no son sino uno de los mecanismos que las sociedades usan para conformar o coordinar los comportamientos de las gentes con vistas a la consecución de algún objetivo que la sociedad considera valioso, ya porque así se determina democráticamente ya porque así lo hace de modo oligárquico algún grupo de "expertos" (como hoy es cada vez más lo habitual en nuestras modernas sociedades democráticas). Cambiar esas leyes o regulaciones, enfrentarse a ellas, requiere entonces que algún grupo de individuos logre formar una mayoría alternativa o encuentre a algún grupo de expertos que sea capaz de vencer al anterior en las justas académicas o científicas. Pero, como ya se ha dicho, las reglamentaciones formales o institucionales no son las únicas "trabas" que regulan los comportamientos individuales. Están también todo el informe conjunto de las reglamentaciones no institucionales o informales: los hábitos sociales y las tradiciones que también prescriben comportamientos a los individuos y "castigan" su no cumplimiento. Son regulaciones que realmente no proceden de nadie: no se puede identificar a sus autores y su origen se pierde en muchos casos en un indefinido pasado. Enfrentarse a los modos tradicionales y regulaciones sociales no es por ello tampoco fácil, pues al no proceder directamente de nadie a nadie uno se puede enfrentar, es por eso por lo que los cambios culturales suelen ser lentos y uno sólo se da cuenta de que se ha producido el cambio comparando los hábitos de un momento con los del pasado.
Ahora bien, junto a los códigos formales e informales que regulan los comportamientos individuales en aras de un objetivo común o general está un tercer mecanismo o sistema que también coordina los comportamientos individuales para conseguir resultados colectivos, pero que, a diferencia de los otros, no prescribe lo que tienen que hacer los individuos sino que les deja en libertad para comportarse según les plazca. Se trata de los mercados. Los mercados se caracterizan por algo muy especial y es que, si son de un determinado tipo, si son perfectamente competitivos, entonces la coordinación que consiguen es si se les deja sueltos óptima, de modo que lo más adecuado desde el punto de vista colectivo es dejar que los individuos vayan cada uno a la suya, que se comporten como les venga en gana pues al así hacerlo, al perseguir cada uno lo que crea que más le interesa a él, entonces casi por arte de magia, gracias a una suerte de mano invisible, los comportamientos aislados de los individuos se ven coordinados y resulta de modo natural, sin multas, castigos, ni órdenes, el objetivo perseguido colectivamente, que es la eficiencia en la asignación de recursos.
Siempre ha sido un problema el definir cuál debía ser el ámbito relativo de cada uno de estos tres sistemas o mecanismos sociales a la hora de generar el marco institucional o constitucional más adecuado para una sociedad. Hay, claramente, situaciones donde, pese a todas sus ventajas teóricas, el uso del mercado es inviable por ser demasiado costoso y resultar más barato recurrir a un sistema de normas a la hora de determinar el uso de los recursos porque no están definidos los derechos de propiedad o los costes de transacción o negociación son muy elevados. Tal cosa sucede, por ejemplo, en la regulación de la circulación de vehículos. Cabe imaginar una situación en la que en cada cruce los conductores negociasen entre sí y con los peatones a la hora de establecer quien pasa primero "comprando" al Estado el derecho a hacerlo, pero tal forma de proceder sería una obvia mala asignación de recursos. Pero, al margen de estas situaciones donde el uso de los mercados como mecaniismo de coordinación no es muy aconsejable, las trabas a su uso frente a los sistemas basados en las normas han sido la norma histórica hasta el siglo XVIII a veces no sustentadas más que en una apreciación incorrecta de su mecánica de actuación. Antes de Adam Smith(2) se suponía que el ámbito de los comportamientos humanos en manos de los mercados debía restringirse y controlarse muy de cerca, pues se suponía que si se dejaba libres a los individuos en los mercados, la lógica conducía a la conclusión de que cuando cada cual fuese a la suya el caos estaba garantizado pues la esencia humana era pecaminosa per se desde el infausto día del Pecado Original. De ahí las leyes contra la usura, la regulación del precio justo por parte de los escolásticos medievales, y las intervenciones en los mercados por pate de la autoridad civil y eclesiástica en tiempos del Antiguo Régimen. Tras la obra revolucionaria de Smith, el ámbito del mercado se ha ido expandiendo en la medida que él y sus continuadores han demostrado que en los mercados si cada cual actúa persiguiendo su propio interés el resultado no es necesariamente el caos sino que es de los más normal como se comprueba cotidianamente un orden más o menos deseable. Algunos, como los neoliberales extremos o anarcocapitalistas, pretenden que nada obstruya el uso del mercado como institución o mecanismo social regulador minimizando en consecuencia el papel del resto de mecanismos pues la sociedad, en último término, no existe, como se cuenta que decía una ultraliberal como Margaret Thatcher. Pero fuera de este grupo minoritario, la mayoría admite que si el objetivo social a perseguir por una sociedad no sólo es la eficiencia en la asignación de recursos sino que también ha de buscarse la belleza, la justicia social o distributiva, el crecimiento ecolologicamente sostenible o la felicidad, hay que regular a los mercados. Adicionalmente sabemos que incluso en su materia propia, la consecución de una asignación eficiente de los recursos, el mercado falla muchas veces por lo que también es necesario regularlo.
Un ejemplo sangriento de esta necesidad de sistemas regulatorios del comportamiento individual en los mercados lo ofreció este verano el diputado brasileño Wallace Souza, quien, a lo que parece, pagaba a sicarios para que cometiesen asesinatos a sueldo para poder filmarlos en exclusiva para su propio programa de televisión. Respondía así (beneficiándose de ello, obviamente) a la demanda aparentemente insaciable por la carnaza que los seres humanos parecen tener y que los medios de comunicación modernos parecen estimular aún más. Obviamente, aquí, el "ir cada uno a la suya" persiguiendo sus propios intereses no se traducía en un incremento del bienestar colectivo. Pero sin necesidad de buscar ejemplos tan sangrantes, la realidad económica abunda en situaciones donde la necesidad de regulación y control del comportamiento individual en los mercados parece más que evidente. Quizás el caso más reseñable lo ha sido en los últimos tiempos por su relevancia se encuentra en los mercados financieros norteamericanos. Según se dice, ha sido la ausencia de regulación y control de los participantes en estos mercados, consecuencia de las medidas liberalizadoras tomadas por los sucesivos gobiernos norteamericanos a partir de la presidencia de Ronald Reagan, lo que ha causado la crisis que ha sacudido a las economías en los últimos meses. Simplemente, lo que parece haber ocurrido es que, al igual en cierto modo que lo que hacía Wallace Souza, los operadores financieros han creado pseudoactivos financieros para responder a la necesidad que han tenido y tienen los prestamistas que desde hace más de 20 años están financiando el continuo deficit por cuenta corriente de la economía norteamericana de encontrar títulos donde "colocar" tangiblemente sus derechos a cobrar.
Ahora bien, llegados aquí es necesario darse cuenta de una idea que con demasida frecuencia suele subyacer a los intentos de regular cualquier sistema que se comporta defectuosamente en una situación, ya sea el financiero o el de tráfico, y es la platónica idea de que existe un diseño ideal del sistema regulatorio que permitiría cumplir plenamente sus objetivos de coordinación con vistas a un objetivo. Es decir, la idea de que existe un marco regulatorio ideal tal que, si es aceptado por todos quienes bajo él participan, se satisfarán los objetivos que con él se buscaban; o, dicho de otra manera, que existe un sistema regularorio óptimo que dará los mejores resultado si se consigue "eliminar" o desincentivar a los "perturbadores" o "saboteadores" del mismo. Por ejemplo, en el caso de la regulación del tráfico, la idea debajo del Código de Circulación es que éste es óptimo y conseguiría plenamente el objetivo social de garantizar la movilidad espacial sin costes en vidas humanas si se aplica con suficiente rigor desincentivando a "perturbadores" como lo he sido yo.
Pues bien, en el mismo momento en que me dirigía a pagar el justo castigo al que me había hecho merecedor por haber sido un "perturbador" del sistema del tráfico según se seguía de la aplicación del Código de Circulación vigente, se me vino a la mente un viejísmo articulo que habia leido hacía más de 20 años y que se oponía de modo frontal a esa idea subyacente de que todos los istemas sociales pueden, en último término, ser gobernables si se da con el adecuado diseño regulatorio y se aplica con el suficiente rigor. Esa idea es correcta y adecuada para los sistemas más simples y mecánicos (por ejemplo, el sistema que forma el mecanismo de un reloj) y a ello se dedican los ingenieros: a diseñar de modo óptimo este tipo de sistemas; pero se trata de una idea en absoluto aplicable para los sistemas complejos e hipercomplejos que se caracterizan porque la existencia en ellos de procesos de realimentación no lineales y de autoorganización. Para este tipo de sistemas, como son por ejemplo el sistema financiero o el del tráfico en las grandes ciudades, la pretensión de eliminar las fluctuaciones, las crisis, el desorden, las perturbaciones, mediante un diseño más eficaz del sistema regulatorio o la "eliminación" de los perturbadores es una vana ilusión pues esas fluctuaciones o perturbaciones son consustanciales con la dinámica de esos sistemas hipercríticos, caóticos o hipercomplejos en la que las partes cosntitutivas responden y se ajustan no linealmente a los cambios en otras partes de mosdo que los resultados finales pueden ser muy distintos a los esperados. En este tipo de sistemas,que se caracterizan por la generación y uso de flujos informacionales y energéticos crecientes que se retroalimentan, resulta del todo inevitable la presencia de turbulencias incontrolables (crisis) generads con independencia de la conducta de los elementos aislados que los componen. El intento de perfeccionar los mecanismos de control agregará nuevos flujos de información al sistema, aumentando así su complejidad,y por ello mismo su carácter caótico, no determinista, y su propensión a las fluctuaciones imprevisibles.
El ensayo del que me acordé mientras iba a pagar la multa se titulaba "Lo ingobernable.Notas desde la chancillería" y había sido escrito por Hans Magnus Enzensberger en 1982. En él, Enzensberger hace la descripción más llamativa y certera de algunas de las consecuencias sociales y políticas que resultan de lsa consideración de los sistemas políticos, económicos y sociales en general desde el moderno punto de vista de la complejidad. Dado que el libro(3) donde aparece este ensayo creo que ya está descatalogado, me cansaré un poco transcribiendo largos extractos del mismo (cambiando a veces ligeramente la traducción cuando me parece que así se acerca mejor a la versión original) porque creo que, pese a los años transcurridos desde su aparición, sigue teniendo la misma chispa que me sedujo antaño.
El ensayo está escrito de forma no académica, como las anotaciones que en su diario hace el secretario del canciller de la República Federal alemana (recuérdese que está escrito antes de la caída del Muro de Berlín) narrando la impaciencia y desazón que aquejan al canciller ante el hecho de que sus políticas o no consiguen los objetivos deseados o, si lo hacen, se diría que lo hacen por mero azar por caminos no previstos o no deseados. El canciller, buscando una respuesta a sus inquietudes, se entrevista en presencia de su secretario con un tal Profesor Schach, experto en Teoría de Sistemas del Max Plank Institut al que cuenta sus cuitas.
Habla el canciller:"-...¿por qué en política resulta inalcanzable todo objetivo digno de mención?, o bien, en cuanto se está cerca de él, ¿por qué se transforma hasta quedar irreconocible?... -Pero, señor canciller, ¿qué quiere decir con eso? Sus éxitos .... -¡No me hable de mis éxitos! Sé que se me adjudican, pero aquí entre nosotros...Por decirlo así, nunca se logra lo deseado.. -¡Causas sistemáticas!(responde Schach)...En todo sistema lo suficientemente rico se presentan turbulencias incontroladas, y eso independientemente de la conducta de los elementos aislados. Y eso es simplemente un problema de complejidad, que aumenta de manera discontinua con el crecimiento metabólico, es decir, con el incremento del flujo energético e informativo...Bajo este punto de vista, diferenciamos entre sistemas subcríticos, críticos e hipercríticos; y usted, señor canciller, opera precisamente en un sistema hipercrítico; eso es todo...Mientras no haya comprendido las propiedades de los sistemas hipercríticos...adjudicará naturalmente las turbulencias que se presentan a la primera variable perturbadora que se le ocurra, y en su caso esto conduce fundamentalmente a sus adversarios. Bucará, pues, cabezas de turco, idiotas, saboteadores, tratará entonces de perfeccionar sus mecanismos de control, de eliminar a los perturbadores, no importa del tipo que sean...Resultado: un caos todavía mayor. De ahí deducirá que sus medidas no han sido lo suficientemente profundas, y redoblará sus esfuerzos....Pero al actuar así ¡usted pierde de vista la situación! Se comporta como si el mundo, la sociedad alemana,... el sistema en general como si no estuviese lo suficientemente desarrollado. Le parece pues que algo falla: la teoría apropiada, la dirección justa, los datos para planificar. De modo que lo que ocurre es la consecuencia de que el todo fuese todavía irracional, no lo suficientemente avanzado.... ¡Típico error! Típico desconocimiento de las propiedades estructurales de los sistemas hipercomplejos...
(Al así proceder, el canciller no estaría haciendo nada raro sino respondiendo al modo de ver las cosas fruto de los modelos dominantes de comportamiento y desarrollo)...esos modelos de desarrollo (sigue Schach), con su optimismo estereotipado, que se han impuesto en la ciencia desde hace más de cien años; y según los cuales,primero hay que implantar algún tipo de principio, alcanzar algún estado de cosas 'x', llámelo industrialización, investigación pura, victoria en la lucha de clases, democracia, erradicación de la pobreza, control de la natalidad, Estado Social,...y sólo entonces, una vez logrado esto, habrá claridad, será posible la planificación, las variables perturbadoras desaparecerán, o serán reducidas a un grado que no tendrá porqué ser tenido en cuenta. Resultado: un mundo gobernable...Más, por desgracia, hemos podido comprobar que las circunstancias de un sistema son tanto menos dominables cuanto más alto sea el grado de desarrollo del mismo. Ejemplos: el sistema nervioso central, la economía de planificación, la teoría de Godel en la matemática, los partidos mayoritarios en política interior, los lugares de apacamiento en las grandes ciudades. Por doquier lo mismo....
Tomando como ejemplo el síndrome del aparcamiento, le demostaré lo que quizás sea para usted la conclusión más importante. Con respecto a todos los sistemas hipercomplejos surge la pregunta de que qué es aquello que los mantiene en vida; y aquí 'vida', como es natural, en sentido metafórico , es decir: ¿qué impide su desmoronamiento?....Pues bien la respuesta es muy simple. Precisamente a causa de aquellas perturbaciones que a ustedes tanto les irritan y tanto les gustaría poder elimnar...El sistema de tráfico de una gran ciudad es un caso claro de hipercomplejidad ...Se cumplen todos los requisitos: el predominio de los procesos puramente estocásticos, el enorme metabolismo, la tupida ramificación, la imposibilidad de predecir partiendo de un número cualquiera de muchas situaiones pasdas, digamos 'n', una sitiuación futura, 'n+1'. Se intentrá entonces ejercer el comtrol sobre ese sistema indeterminado medinate ordenanzas , señales de tráfico, agentes y multas. Se trata de lograr una reglamentación perfecta con el empleo de semáforos, cámaras de televisión y ordenadores. No necesito decile cuál es el más que conocido resultado...
-Pese a todo -apunté- el conjunto se mueve todavía. -Sí, pero, ¿por qué? Porque aquellos que intervienen en el tránsito no se atienen a las reglamentaciones. La estricta observancia del código de circulación sería el fin de la circulación. En todas las grandes ciudades germano-occidentales , de un 55 a un 60% de todos los casos de aparcamiento o parada de un vehículo son ilegales. La regla sólo puede ser mantenida al precio de su infracción continua. La anarquía evita el caos. Y si esto reza para la conducción de vehículos, puedo imaginarme entonces muy vívidamente cómo será en el caso de la política. No, señor canciller, en verdad que no es usted alguien a quien envidiar. -Pero si lo que usted afirma se pensa hasta en sus últimas consecuencias.. -¿Si? -Pues eso significa que son precisamente los que engañan al fisco, los que perpetran un abuso de confianza con sus abultadas dietas, los pícaros, en fin, los que nos salvan de la bancarrota estatal. -Podría decirse de ese modo. Sí. -La desobediencia, las borracheras, la deserción, todo eso garantiza el buen funcionamiento del ejército federal. -Exactamente. -La gandulería,el trabajo ilegal,los sobornos,el contrabando,la corrupción... -Ciertamente. Más permítame apuntar que su exposición de los hechos es realmente unilateral. Su lista podría se fácilmente ampliada con modos de actuar contra los que ni siquiera usted tendría algo que objetar: improvisación, mercado, flexibilidad. Piense en el funcionario que para resolver un caso de urgencia, opta por prescindir de los trámites reglamentarios...
(Y Schack continua) En un sistema tal (hipercomplejo) no puede haber simplemente ningún plan, ninguna estrategia ni ningún programa lo suficientemente inteligente como para evitar anunque sólo sean las catástrofes, cuanto menos posibilitar una evolución hacia algo superior. las propuestas de soluciones son aquí tanto menos aplicables cuanto más universal sea la pretensión que las sustenta. cuanto más amplia y centralizad sea la dirección, más inestable será el todo. (En ese momento irrumpe el secretario)- ¡Pero no faltaría más que esto: ver justificadas científicamente la criminalidad económica y la corrupción! Cualidades tan obsoletas como el sentido de la responsabilidad, el cumplimiento del deber, y la solidaridad no son compatibles, evidentemente, con sus sistemas hipercomplejos, por no hablar ya de una planificación nacional., el pensamiento a largo plazo y las actuaciones teóricamente fundadmentadas en pro de los intereses globales sociales.
(A esto, Schach responde que un sistema hipercomplejo no es imaginable) "sin disidentes, sin herejes, sin escépticos, sin renegados y sin gentes que discrepen". (Además de que) "no hay que dar contenido moral a los problemas objetivos como hacen siempre las instancias centrales". El caos lo definen precisamente, quines definen lo que debe de ser el oden dentro de un sistema es decir quienes pretenden controlarlo.
Ni qué decir tiene que esta perspectiva de la complejidad sistémica ofrece un punto de vista muy distinto al habitual. Cuando nos damos cuenta que la estricta observancia del Código de Circulación en las ciudades llevaría a la parálisis del tráfico, que la estricta observancia del procedimiento policial y judicial no permitiría tener soplones ni confesiones y por tanto disminuiría la eficacia del sistema policiaco-judicial-penal, que en general la estricta observancia de cualquier reglamentación de diseño óptimo es ineficiente y absurda, todo ello nos obliga a pensar de modo muy distinto a la hora de asignar culpabilidades ante las fluctuaciones, catástrofes y crisis y a la hora de plantear soluciones simplistas del tipo "más mecanismos de control" como formas de enfrentarlas. Aunque, precisamente, sea eso lo que nos pide el "cerebro". En efecto, acostumbrado como lo está a razonar siguiendo esquemas lineales del tipo más simple causa-efecto, la reacción aparentemente lógica ante cualquier problema de comportamiento defectusos en un sistema es indagar por cuáles de sus partes se han comportado de forma no óptima. Ése, sin duda, es el procedimiento adecuado cuando se estropea la lavadora o el coche, pero dista de serlo cuando lo que se ha estropeado es el sistema financiero.En este caso, buscar ante un efecto, por ejemplo, una crisis financiera, una causa o culpable claro y obvio que no se habría comportado "adecuadamente", como por ejemplo, la "avaricia" de los operadores, puede parecer lo natural pero es de lo más incorrecto por lo que nos dice el enfoque sistémico de la complejidad. En un mundo de no-linealidades, de efectos-mariposa, una fluctuación, una perturbación sistémica no tiene o no tiene por qué tener una causa identificable y de similar magnitud.
Y, finalmente, ¿cómo acaba la historia? Enzensberger cuenta que tras la conversación con el profesor Schach, el canciller cambia radicalmente su comportamiento: se relaja e incluso planea abandonar sus funciones, a lo que parece piensa que si da igual lo que haga, mejor es dejar de porfiar en una taera destinada al fracaso. Su secretario y los demás miembros del gabinete se preocupan mucho, y buscando una solución, llaman otra vez a Schach a ver si puede hacer entrar en razón al canciller...Y, Schach, paradójicamente, está de acuerdo. Habla con el secretario y le dice que el problema del canciller es el mismo de todos los profanos : que siempre oyen lo que quiren oir. Y sigue:
"Por supuesto que el canciller no puede ganar . Las razones ya le son conocidas. pero esto tampoco significa en modo alguno que sea prescindible o hasta superfluo. ¡Por el copmntrario! Un sistema hipercomplejo es al fin y al cabo un sistema y no un montón de basura. esto significa que ha de derrumbarse necesariamente en el momento en que se saquen de él los elemntos que los estructuran , aun cuando esos elementos no pueden imponerse jamás integramente. En todo caso, las instancias centrales nunca logran sus propósitos en sistemas intrincados. Hasta se irían a pique sin pertiurbaciones. Más se puede, y se debe también, invertir ese argumento. Sin partidos populares no habrá movimientos alternativos, sin las siete hermanas no habría gasolineras libres, sin el gendarme no habría ladrones, sin la ley y el orden no existiría la anarquía...con lo que queda demostrado, con suficiente claridad, el carácter indispensable de su jefe".
Notas (1)Un auténtico ciudadano se arrepentiría de sus faltas no por atrición (por el miedo al castigo) sino por contrición (por la fealdad de la infracción, por el "feo" que supone la infracción a la DGT, merecedora de todo el respeto). Sobre la distinción entre atrición y contrición en la confesión, véase Jean Delumeau, La confesión y el perdón, (Madrid: Alianza. 1992) (2)Y también después, como ejemplifica la planificación central en los países socialistas a lo largo del siglo XX. (3) Enzensberger, H.M. (1984)Migajas políticas. (Barcelona: Anagrama) -
En su magnífica obra, Guía de la mujer inteligente para el conocimiento del socialismo y el capitalismo(1), escrita por George Bernard Shaw en 1927 cuando todavía tenía 71 años (murió a los 94) y que aún se lee con gusto y provecho, hay un momento (en el capítulo XIX) en que trata de lo que hoy llamaríamos la regulación del sector energético. Concretamente, Bernard Shaw se plantea cuál debiera ser el precio correcto del carbón que era en aquella época la fuente de energía para calefacción y cocina más usada, y por consiguiente un bien de primera necesidad y más en un país frío y lluvioso como Inglaterra.
Bernard Shaw era enteramente consciente de que el precio que tenía el carbón en el mercado dependía de las condiciones técnicas de producción en las minas donde más dificultosa era su extracción, de modo que, dada una demanda, el precio de la tonelada de carbón en el mercado venía determinado fundamentalmente (pues no hay que olvidarse de los costes de comercialización) por el coste de su extracción en la minas relativamente peores en términos de su explotación técnica. Ello suponía que los propietarios de las minas donde la extracción era relativamente más fácil obtenían unas pingües rentas pues el precio al que vendían su carbón era el precio de mercado, el mismo al que vendían su carbón los propietarios de las minas de explotación más difícil. Bernard Shaw conocía además las implicaciones distributivas resultantes de esta fijación de precios por el mercado, lo que da fe de su preciso conocimiento de la Teoría de la Renta(2), y así dice: "De este modo la mujer inteligente (y también la que no lo es) se ve condenada siempre a pagar por el carbón el coste total de extraerlo de las minas más caras, aunque sepa que sólo una pequeña parte del carbón procede de dichas minas, viniendo el resto de otras en las que el coste es mucho más bajo. Si protesta, se le asegurará que el precio apenas basta para permitir que los obreros sigan trabajando, y esto será completamente cierto. Lo que no se le dirá, aunque también es exacto, es que las minas mejores obtienen beneficios excesivos a costa suya, para no hablar de las regalías del propietario. Y aquí surge otra complicación. Los mineros que extraen el carbón de las mejores minas no cobran más que los de las otras peores, que apenas pueden ir tirando, porque los hombres, a diferencia del carbón, pueden ir de una mina a otra, y lo que tiene que aceptar el minero más pobre tienen que aceptarlo todos los demás. De este modo, los salarios de todos los mineros se mantienen en la misma escala que los de las peores minas, exactamente igual que las facturas de todas las amas de casa lo tienen valorado a su coste más alto. Los mineros descontentos declaran huelgas, haciendo que el carbón escasee todavía más y suba más de precio. Las amas de casa se lamentan, pero no pueden hacer bajar los precios, y censuran al 'burgués'. Nadie está satisfecho, salvo los propietarios de las mejores minas".
Puestos a enfrentarse al "problema de inequidad entre generadores y consumidores" de carbón (el sentido de esta rebuscada expresión y de dónde la he sacado se hará evidente un poco más adelante), Bernard Shaw lo tenía perfectamente claro: la nacionalización. "Si todas las minas de carbón pertenecieran a una Central Nacional, ésta podría compensar las minas malas con las buenas y vender el carbón al coste medio de la obtención del suministro total, en vez de tener que venderlo al precio de coste de las minas peores. Para tomar cifras imaginarias, si el coste de la mitad del suministro es de una libra por tonelada y la otra mitad cuesta media corona, se podría vender a once chelines y tres peniques la tonelada, en vez de a una libra. Un trust carbonífero comercial, aunque podría llegar a poseer todas las minas, no haría esto, porque su objeto sería obtener los mayores beneficios posibles para sus accionistas en vez de abratar lo más posible el carbón para los consumidores. Sólo hay un propietario que podría trabajar en interés del público sin aspirar a ningún beneficio. Ese propietario sería un agente del Gobierno que actuara en nombre de la nación, es decir, en nombre de usted y de todas las demás amas de casa y de todos los consumidores de carbón".
Convincente el argumento de Shaw ¿no?. Ciertamente lo es para cualquier persona no demasiado interesada en Economía o en la regulación del sector energético. El que podríamos llamar "precio-Shaw" parece a primera vista un buen precio en el sentido moral, un precio "justo", que facilita por un lado el acceso a un bien de primera necesidad comno es el carbón a las familias más pobres, y por otra parte permite que los ingresos del sector se repartan de forma más equilibrada entre los distintos productores (de lo que quizás se beneficiasen tambien los mineros). En definitiva, parecería que nos encontramos ante un buen remedio, ante una buena política reguladora.
Pero no lo es. La política de regulación que propone Bernard Shaw para el sector del carbón (2) (y no sólo para él sino también para todo sector productivo en que se obtengan rentas económicas de situación) no sólo no debería ser convincente sino que habría de calificarse como un completo desatino, pues de implementarse la pérdida de eficiencia en la asignación de recursos sería a todas luces desproporcionada. Como sabe (o debería de saber) cualquiera que haya reflexionado un poco en asuntos económicos, la producción eficiente de cualquier bien requiere que el precio de mercado sea igual al coste marginal de producción(4), es decir, que en este caso, el precio eficiente y correcto de una tonelada de carbón es aquel que equivale al coste de extracción (y transporte y distribución) de la última tonelada que se pueda vender, y que obviamente, provendrá de una mina de dificiles condiciones de extracción pues resulta obvio que para abastecer el mercado se empezará por las minas donde la extracción es más fácil para ir luego, conforme el mercado lo pida, sacando carbón de las más difíciles. Si usamos del ejemplo que propone Bernard Shaw Shaw, el precio eficiente de la tonelada de carbón debe ser una libra, exactamente el coste de extracción de esa tonelada adicional en las minas de condiciones peores. El precio intermedio, el "precio-Shaw", que propone es una auténtico dislate en términos de eficiencia, pues llevaría a que se produjese una cantidad ineficiente de carbón, dado que a ese precio más bajo aumentaría la cantidad demandada lo que obligaría a extraer ineficientemente más carbón en condiciones todavía más penosas(el precio "shawiano" final intermedio no sería por tanto los once chelines y tres peniques por tonelada de su ejemplo sino un precio algo más alto, si bien inferior a una libra).
La política recomendada por Bernard Shaw demuestra que, si bien conocía el concepto de coste marginal, no entendió la relación que tenía con la eficaz asignación de los recursos y, consiguientemente, la producción eficiente de carbón. Su preocupación, resulta evidente era evitar que el alto precio del carbón vedase el acceso a este producto de primera necesidad a las familias pobres. Pero, si ése era el problema de fondo, la solución: el alterar el precio de mercado sabemos bien que no es la política correcta a seguir. Si lo que pretendía era evitar que la mala distribución de la renta llevase a que muchas familias no tuviesen un acceso adecuado al carbón, más que alterar el precio de mercado lo que debería haber fomentado era una redistrubución de la rentas que aumentase los ingresos de las familias pobres, redistribución además cuyos costes de eficiencia podrían adicionalmente ser bajos en la medida que para instrumentarla se usase de la imposición sobre las rentas generadas en las minas de explotación más fácil.
Pero, puede con razón preguntarse, ¿a qué viene toda esta crítica hacia un no-economista como George Bernard Shaw?. Pues a que la lectura de un artículo publicado en El País el 23 de julio de 2009 por don Martín Gallego Málaga con el título "¿De quién es el negocio nuclear?" me trajo a la mente de forma inmediata la aproximación de Shaw al asunto de cómo debía procederse en la regulación del sector enérgetico, con la única y muy importante diferencia de que lo que era enteramente disculpable en un literato tan genial como George Bernard Shaw resulta difícilmente perdonable en un técnico burócrara como don Martín Gallego que ha sido Secretario General de la Energía. Transcribo a continuación algunos de los puntos y opiniones más relevantes de su artículo que avalan este juicio.
Tras señalar que "debajo del debate nuclear hay intereses económicos muy importantes", cosa en la que todo el mundo está de acuerdo, pasa a señalar que "las nucleares existentes tienen altos beneficios, al vender su producción a un elevado precio", cosa ésta que -de salida- sólo en términos contables podría quizás ser aceptable pues, en términos económicos, y como ya bien sabía Bernard Shaw en 1927, lo que obtienen las empresas eléctricas titulares de nucleares son unas altísmas rentas económicas. Ello se debe, como señala el señor Gallego, a que el precio de la electricidad "viene establecido por el precio de mercado que la Ley Eléctrica de 1997 establece como el coste que tienen que satisfacer los consumidores, pero esto no significa que ése sea el coste en el que incurre la empresa que produce electricidad. En el caso de las centrales hidraúlicas y nucleares existentes, que generan un 40% de la electricidad total, dicho coste es muy inferior al de la central más cara de gas o carbón que determina el precio de mercado". O sea, que nos encontramos aquí con unas viejas conocidas con ropajes nuevos:las minas fáciles y las difíciles de la Inglaterra de principios del siglo XX. Pero más aún, y esto es más que sorprendente, el señor Gallego no considera que tal situación que garantiza unos elevadas rentas para los propietarios de las centrales nucleares y hidroelectectricas sea el fruto lógico del comportamiento de mercado,como sabía Bernard Shaw,sino que lo considera una suerte de "impuesto feudal"(5), y así díce. "¿Cómo puede liberarse a los consumidores eléctricos de esta especie de nuevo impuesto feudal? Al eliminarse -como está previsto- las tarifas, desparece el concepto de deficit tarifario, pero los consumidores permanecen inermes ante unos comercializadores que les suministran una energía que tienen que seguir adquirieno a los generadores a precio de mercado. Para liberar a los consumidores hay que ir al fondo y solucionar el problema de inequidad entre generadores y consumidores eléctricos, modificando la regulación para que estos últimos puedan obtener la energía de las centrales eléctricas y nucleares a un precio relacionado con su coste". Acabáramos. La misma y errónea "solución" regulatoria propone todo un (me imagino) aburrido tecnocráta ex-Secretario de la Energía que la que propuso un brillante premio Nobel de Literatura hace 80 años: el ineficiente "precio-Shaw" como pieza central de la regulación del sector eléctrico del siglo XXI.
Cierto que las rentas económicas que han obtenido y obtienen las compañías electricas titulares de activos ya plenamente amortizados por la prolongación de las concesiones hidroeléctricas por parte del Gobierno Aznar son enormes. Cierto que el alargamiento de la vida útil de la central nuclear de Garoña también ya amortizada por parte del Gobierno Zapatero es, en comparación,un pequeño "regalito" aunque nada despreciable. Cierto que no estaría nada mal, sino todo lo contrario, que el Estado se apropiase de buena parte de esas rentas fruto como son de decisiones normativas acerca de los plazos de amortización (o bien, alternativamente, obligase a su uso en la expansión de la capacidad de generación, deber éste que ha justificado históricamente el buen trato por parte de la Administración al sector eléctrico y cuyo cumplimiento por parte del sector ha dejado mucho que desear). Tal política, por otro lado,vendría muy bien para combatir el deficit público en estos tiempos de recesión y sería enteramente consistente desde un punto de vista económico pues, como es obvio, un impuesto que gravase a esas rentas económicas NO se traduce en ningún aumento del precio de la electricidad pues no supone ningún aumento en los costes de generación de la misma.
No se me oculta que la regulación del sector enérgético es una cuestión muy compleja. Sé que en ella aparecen muchas circunstancias a tener en cuenta como, por ejemplo, la existencia de indivisibilidades técnicas, rendimientos crecientes a escala, consideraciones estratégicas, cuestiones distributivas, etc. Pero lo que no es de recibo para ningún economista es que la regulación del sector eléctrico se pretenda llevar adelante violando las más elementales condiciones de eficiencia, pretendiendo que los precios se alejen todavía más de los costes marginales de producción.
NOTAS (1) Utilizo una edición sin fecha de la editorial Aguilar que debió ser publicada en Madrid en tiempos de la República. Desconozco si hay ediciones actuales. (2) Dice Shaw, y dice bien lo siguiente: "Nótese que los economistas dan el nombre de renta a la diferencia entre el coste más alto de la producción bajo las peores circunstancias y el coste más reducido bajo circunstancias más favorables. Las rentas de la minería, la propiedad literaria y los derechos de patente se llaman regalías, y la mayoría de la gente sólo llama renta a lo que paga por la casa y la tierra. Pero la renta forma parte de todo cuanto tiene precio, excepto de las cosas socializadas y de las que se producen bajo las condiciones más desfavorables". (4) Para Bernard Shaw, el precio de venta era pero no debería ser igual al coste marginal sino que debiera guardar relación con una suerte de coste medio general o nacional: "el precio de venta representa el coste del artículo en las escasas minas y fábricas en que el coste de la producción es mayor. Nunca representa el coste medio entre unas y otras minas y fábricas, que es el verdadero coste nacional". (5)El señor Gallego considera también que "el sistema regulatorio vigente es intrínsecamente amenazante para los consumidores, porque incentiva a que las empresas traten de equilibrar la demanda con la oferta de la central más cara, que marcará el precio al que les tendrán que remunerar toda su producción". Hay que reconocer que no entiendo esta "opinión" suya pues, ¿acaso no debería equilibrarse la demanda con la oferta? Y, por otro lado,¿ no les interesa a las empresas producir a un coste más bajo?. Pero mi incomprensión llega a su extremo cuando a continuación, el señor Gallego cree que los oferentes son también sus propios demandantes al afirmar que los oferentes pueden "tratar de aumentar sus beneficios incrementando puntualmente la demanda con exportaciones o con bombeo" (sic). ¿Quiere esto decir que las empresas eléctricas se autodemandan desde fuera de España? Si es así, ¿cómo lo hacen? ¿alquilan pisos en Francia y dejan encendida la luz todo el día?
La Economía es una “ciencia” conservadora. No sólo -aunque también- porque sus conclusiones, o mejor dicho, las conclusiones que los economistas extraen de ella suelen siempre coincidir sospechosamente con los intereses de los miembros mejor situados económica y socialmente, sino porque es extremadamente remisa a incorporar nuevas perspectivas o puntos de vista distintos en sus análisis. En efecto, se acepta de modo general que la perspectiva genuinamente económica (y, para muchos también, la única perspectiva) desde la que contemplar la realidad es la que indaga por la eficiencia con la que se realizan las actividades económicas. El criterio de eficiencia, que podría resumirse en la idea de que “mejor cuanto más se tenga de cualquier bien o servicio” es el principio elemental que define la esencia misma del enfoque económico, aquello tan bien reflejado en la definición de Lionel Robbins de la ciencia económica como estudio de la asignación eficiente los recursos escasos susceptibles de usos alternativos.
Ahora bien, considerar al criterio de eficiencia como el único a usar en Economía ha sido desde siempre calificado por una buena cantidad de economistas como reduccionismo economicista pues una aproximación económica centrada exclusivamente en la eficiencia en la asignación de recursos puede, por ejemplo, calificar como apropiada una situación en la que la riqueza de algunos venga acompañada por la mayor de las penurias de la inmensa mayoría. Fruto de esta preocupación acerca de cómo se reparte el producto social ha sido la paulatina incorporación de juicios acerca de la distribución de la renta junto con el criterio de eficiencia a la hora de evaluar la actividad económica con arreglo a la idea de “mejor cuanto mejor repartido esté”. El problema es, por un lado, que no hay un único criterio de equidad ni ninguno de los que hay es unánimemente aceptado, y, por otro, que tampoco hay acuerdo a la hora de decidir el peso que ha de tener ese criterio de equidad, es decir, en qué medida se está dispuesto a renunciar a tener más colectivamente a cambio de tener lo que se tenga mejor repartido (el conocido trade-off entre equidad y eficiencia), pero pese a todos estos problemas pocos economistas dudan hoy de la necesidad de incluir en sus análisis en cierta medida, una perspectiva que indague por la equidad.
Resulta obvio que debajo de la incorporación de criterio de equidad no ha estado sólo una preocupación ética o moral por parte de los economistas sino que en mayor o menor grado siempre ha estado la fuerza política y social de aquellos que no se veían adecuada o equitativamente bien tratados en las actividades económicas. Por ello ha sido mucho más difícil la incorporación a la Economía de alguna consideración que reflejase la posición de quienes ni tienen ni voz ni derecho de por sí a su tratamiento por la Economía como sujetos propios de la misma. Me refiero aquí a los seres vivos no humanos e incluso al propio planeta Tierra en su conjunto si, siguiendo la llamada hipótesis Gaia propuesta por James Lovelock, supusiéramos que nuestro planeta en su conjunto se comporta como un ente vivo. En consecuencia, la consideración de los efectos medioambientales de las actividades económicas a la hora de juzgar o evaluar su idoneidad todavía no ha alcanzado ni mucho menos el nivel o el rango que ya tienen las consideraciones sobre la equidad.
Todavía los ecologistas no han conseguido que estos efectos ecológicos de la actividad económica sobre el mundo no humano sean considerados en sí mismos y no a través de la evaluación de sus repercusiones sobre el bienestar de los humanos, dicho de otra manera, todavía los animales, las plantas, la Naturaleza en general, no son (y quizás nunca lo sean) sujetos de derechos, por lo que consecuentemente son la inmensa mayoría los economistas que piensan de la perspectiva ecológica como algo semejante un bien de lujo, algo a tener en cuenta sólo a partir de se alcance ciertos niveles de riqueza. Aún así, en cualquier caso, no hay que ser demasiado observador para darse cuenta de que el momento de la plena incorporación de esa perspectiva ecológica a la Economía no sólo es inevitable, sino inmediato, e independiente de los niveles de riqueza que hayan conseguido los ciudadanos de cualquier país del mundo a tenor de los efectos medioambientales de la actividad económica sobre la Naturaleza en los últimos doscientos años que amenazan la continuidad a largo plazo de la aventura humana. Es decir, que la perspectiva ecológica pronto será tan o más relevante que la de equidad a la hora de matizar el criterio de eficiencia en la medida que los efectos ecológicos afectan a todos, a pobres y a ricos simultáneamente. En suma, que un criterio de sostenibilidad, la idea de que “mejor cuanto más sostenible” se ha introducido y más que lo va a hacer entre los criterios rectores de la Economía.
Una cuarta perspectiva que se adivina también puede pronto empezar a jugar cierto papel en la evaluación económica es la que se pregunta por la felicidad o bienestar percibido subjetivamente que alcanzan los miembros de una sociedad gracias a la gestión que realizan de sus recursos económicos. Los economistas han sido cada vez más sensibles a la idea de que no sólo la evolución del PIB y la distribución del mismo afectan al bienestar de la población, sino que hay un entero cúmulo de factores económicos y extraeconómicos interrelacionados que es necesario tomar en cuenta. Desde el Índice de Desarrollo Humano que usa Naciones Unidas hasta las mediciones acerca de la percepción subjetiva del bienestar o la felicidad existe una cada vez más amplia literatura que se plantea estas cuestiones. El criterio de felicidad, la idea de que “mejor cuanto más felices” es el último y recién llegado al mundo de la Economía.
Pues bien, quiero aquí proponer un criterio adicional. Un criterio de evaluación de la actividad económica que, en mi opinión es y siempre lo ha sido extremadamente importante y que, sin embargo, se ha dejado de lado como irrelevante en Economía. Me refiero a la incorporación al análisis económico de las consideraciones estéticas. Cada vez que me he atrevido a señalar la necesidad o mejor la obligatoriedad de introducir alguna suerte de criterio estético o artístico en Economía, mi propuesta ha sido recibida si no con el mayor de los desprecios, sí con una nada oculta sorna.
La Economía, pareciera seguirse de esta reacción, es una cosa seria que nada tiene que ver con asuntos de adorno y ornamentación. Y esto no deja de ser de lo más curioso, pues todos aquellos que así se comportan, que tan por encima parecen estar a la hora de plantearse el usar de algún criterio estéticos como criterio adicional de evaluación económica, son precisamente los mismos que sin embargo se hinchan hasta casi reventar cuando se les alaba su buen gusto en el vestir o en la ornamentación de su vivienda, se enorgullecen de sus compras de objetos artísticos aunque en ello se les vaya una desproporcionada parte de sus ingresos o no dudan en hacer largas colas “perdiendo” su tan precioso tiempo para ir a ver museos y exposiciones.
En la misma línea, he observado repetidamente que nada afecta más profundamente a una persona como que se le diga que carece de gusto. Uno puede ser (y aceptar serlo, ¡qué remedio!) viejo, enfermo, tonto, pobre y feo, pues son en último término cosas de la vida, de los genes y del destino, cosas que a uno le suceden pero de las que no es en general responsable sino en escasa proporción, pero lo que uno no puede aguantar es que le digan que no tiene de gusto, que carece de la más mínima sensibilidad estética. Eso sí que es un auténtico insulto que atenta a lo más básico del individuo. Y, si bien se mira, no hay en ello nada de lo que extrañarse. Aún en los hogares más pobres, mientras aún sean un espacio habitable o sea, humano, se observa siempre una cierta preocupación por la estética, un cuidado siquiera mínimo porque haya una nota de color, de armonía, de belleza, y es que, como se ha sugerido, es el arte lo que nos hizo (y nos hace) humanos, que un “detalle” humaniza cualquier espacio, que basta con que hallemos alguna manifestación artística entre los confusos restos de cualquier yacimiento prehistórico para no necesitar más y saber con entera seguridad que nos encontramos con restos de algún lejano pariente.
Y, sin embargo, ¡qué escasa ha sido la preocupación por la incorporación de la Estética en Economía! Fuera de unos más que raros “economistas” como los de la “escuela romántica” (si es que a tipos como John Ruskin o William Morris puede considerárseles economistas), o influidos por ellos como, en alguna medida, John Stuart Mill o incluso John Maynard Keynes, es difícil hallar defensores de la incorporación en Economía de un criterio estético, de la idea de que “mejor cuanto más bello”. Y esto también es un poco raro pues, por ejemplo, los ingenieros y técnicos en general siempre se preocuparon por el valor estético de sus creaciones. Como Lewis Mumford señaló (1), la civilización industrial nació con el estigma de que lo producido en masa no podía ser estéticamente valioso pues carecía por definición de lo que caracteriza a los objetos artísticos: el ser únicos e irrepetibles, su unicidad.
Las primeras creaciones de objetos industriales trataron así de ocultar su origen maquínico o industrial imitando al menos en sus formas los productos que hacían los artesanos. Más adelante, sin embargo, la industria se dio cuenta de la necesidad de contar con sus propios criterios estéticos siendo la razón de ello económica viniendo a ser impuesta por la competencia, y así el diseño industrial se independizó de los modelos artesanales buscando su propia estética. Y hoy, es bien sabido, que el acabado, la estética, el diseño de los productos, es un aspecto fundamental para el éxito económico de los mismos y más cuanto más competitivo sea el mercado.
Las preocupaciones estéticas, quiéranlo o no los economistas, son por tanto un factor clave en la lucha competitiva de las empresas, los productos que estéticamente resultan más bellos a los ojos de la mayoría de compradores (ya sea porque coinciden con los gustos de la mayoría o porque consiguen que la mayoría cambie sus gustos) tienen una clara ventaja comparativa respecto a los demás que puede traducirse en una ventaja competitiva. Dicho de otra manera, el Mercado sí que usa de criterios estéticos a la hora de evaluar los bienes que se producen, aunque ha de notarse que para el Mercado no son los gustos de quienes tienen mejor gusto los que cuentan, ni siquiera el gusto “medio” de los individuos (si tal cosa es concebible), sino que son los gustos avalados por el poder de compra (de modo que el Mercado pondera más los gustos de quienes más renta tienen).
Pero si está claro que, en el lado del consumo, la Estética cuenta, no sucede lo mismo en el lado de la producción. En los procesos de producción reina la fealdad, e incluso, más aún, se suele pensar que la fealdad es un factor de eficiencia productiva, que es buena para evitar que los trabajadores se distraigan y relajen, y ello afecta incluso al espacio de lo público. Bertrand Rudofsky, un arquitecto y crítico social, señaló una vez (2) que “para muchos americanos la fealdad de sus ciudades es un activo, ya que ellas producen esa dureza de carácter en el hombre que le hace eminentemente adaptado para sobrevivir en una atmósfera de competencia despiadada. De acuerdo con una creencia popular, los entornos armoniosos son perfectos para un centro de ocio pero no no van bien con el mundo del trabajo diario. La belleza exprime la fortaleza del trabajador, afecta a su capacidad de de juicio y le lleva a comportamientos cercanos a lo disoluto”. Basta con asomarse a cualquiera de esos polígonos industriales que proliferan en torno a las ciudades para ver cómo ese supuesto efecto desincentivador de la belleza sobre la eficiencia productiva ha sido tomado completamente en serio, y se le ha combatido radical y persistentemente con un éxito total y absoluto (3).
Por otro lado, y de modo mucho más importante que en los ámbitos de la producción, hay que pensar en el tipo de criterios estéticos que se usan en el campo del consumo “público”, entendido aquí como lo que consumimos todos. Rudofsky en la cita anterior se refería a la buscada fealdad de las ciudades norteamericanas. Al igual que los sujetos particulares se guían en sus compras de bienes privados por sus “propios” gustos estéticos, a la hora de decidir las formas han de tener los bienes públicos son los agentes de los ciudadanos, decisores políticos y burócratas de la administración pública, quienes deciden en estas cuestiones de estética guiados, en ausencia de un criterio estético semejante a los de eficiencia o equidad o sostenibilidad, por sus “propios” gustos guiados o por lo que consideran que es el gusto medio de la población o el gusto mayoritario de su electorado.
Ahora bien, todos debiéramos reconocer un hecho elemental: que el gusto medio (si tal cosa es concebible) es casi por definición un gusto mediocre, y no le anda en ello a la zaga el gusto mayoritario; y ello por la simple razón de que es cada vez más costoso que unos individuos entrenados para trabajar en polígonos industriales o en oficinas de aspecto semejante, en tareas repetidas y parcializadas, tengan la posibilidad de desarrollar una sensibilidad estética que, como ya se ha indicado, se considera generalmente o bien opuesta a la eficiencia productiva o bien un mero adorno. Como otras capacidades, llegar a tener unos criterios o gustos de valía requiere una inversión en tiempo y recursos cuyo rendimiento económico es casi nulo excepto para la pequeña minoría que se dedica al diseño o son artistas de modo profesional. Y la consecuencia es evidente. Basta con echar un vistazo a los programas de televisión más valorados, a las páginas de Internet más visitadas, a los libros más leídos, a la música más escuchada, a las caras de los numerosísimos visitantes de esos parques temáticos del arte a los que todavía se llama museos, para certificar lo dicho. La mayoría somos incapaces de apreciar un cuadro de Rubens (simplemente sólo vemos unas gordas), nos gusta la “música” del julioiglesias de turno, nos parece bonito o precioso todo lo de IKEA, nos tragamos las series de televisión más estúpidas…
Dicho de otra manera, un criterio estético que merezca la pena ese nombre ha de ser por naturaleza profundamente antidemocrático. No se puede otorgar a la mayoría de individuos con una mínima sensibilidad estética la capacidad de decidir en estas cuestiones, pues el resultado será con certeza espantoso. Y tampoco, obviamente, se puede confiar en los criterios de nuestros representantes políticos. Si es dudoso que haya en nuestro país alcaldes o concejales de urbanismo que todavía no sean unos completos corruptos, es todavía más improbable que haya alguno de gusto exquisito. Y, entonces, ¿a quién? Buena cuestión que merece la pena estudiarse.
No se me oculta, en consecuencia, la dificultad de la inclusión en Economía de un criterio estético. ¿Cuál habría de ser? ¿De quién? Y a esto hay que añadir otro problema y es que, a lo que parece, tampoco las consideraciones estéticas sintonizan demasiado bien con las ecológicas. Nada me ha hecho ver con mayor rotundidad esta incongruencia que viajar por España en los últimos años. Como tantos otros estaba acostumbrado al disfrute estético que me suponían esos paisajes limpios que ofrecían unos parajes tan pobres que habían sido dejados de la mano de la agricultura y de la industria y, sobre todo, del sector contaminante par excellence: el turístico. Ni hoteles, ni fábricas, ni cultivos. ¡Qué descanso para los ojos de unos hombres que ocupamos un mundo cada vez más lleno! Parecía como si la naturaleza tuviese allí, en sus zonas más pobres en recursos, una suerte de último refugio frente a la despótica y apisonadora dinámica económica; y eso, el que hubiese algo en este mundo tan economicista o economizado dejado de la mano económica, ya de la muy visible del Estado ya de la invisible del Mercado, suponía para mí y creo que para muchos más una suerte de descanso o escape del ajetreo de la vida. En suma, que en esos lugares tan limpios la mirada se limpiaba. Pues bien, para mi pesar he observado que eso se ha acabado. Los espantosos molinos de viento para generar electricidad y las plantaciones fotovoltaicas han ocupado ya casi todo ese mundo antes virgen. Prácticamente no hay sierra cuya línea de crestas no esté coronada por esas chimeneas sin humo, pero chimeneas al fin y al cabo, de los generadores eólicos, porque sí, será muy limpia la energía que producen pero la contaminación visual que suponen es tan sucia o más que las que producen las otras fábricas pues se expanden irreflenablemente como una suerte de marea blanca. Para mí esos “cultivos de energía ecológica” me producen un auténtico daño estético pues no son sino la extensión de la “estética” del polígono industrial a todo espacio. ¡Quien me iba a decir que a mis años me hiciese partidario de la energía nuclear por una cuestión estética!
Notas (1)Mumford, L. (1956) Arte y técnica. (Buenos Aires: Nueva Visión) (2)Rudofsky, B. (1973) Streets for People. (New York: Pantheon) (3) Un curioso y destacable ejemplo de la idea de que lo estético está reñido con la eficiencia se ha visto recientemente en los juicios despectivos que ha merecido el llamado Plan Zapatero. Ha sido dicho repetidamente que el uso de esos fondos públicos por parte de los Ayuntamientos para tareas como remozar fachadas de los edificios públicos, adecentar calles, plantar árboles, arreglar o sustituir mobiliario público deteriorado, y otros gastos en cosas “de adorno” era una ineficiencia total, pues lo adecuado hubiera sido dedicar esos recursos en financiar nuevas tecnologías, por ejemplo, formación en programadores de ordenador para que compitan con los hindúes (sic. Esto, concretamente, lo oí yo en la radio).
Se habla y no se para de la desregulación de los mercados, por ejemplo del de la electricidad, como segura forma de expandir la libertad de elección de los consumidores. Puede ser. Pero en lo que a libertad de elección en este terreno de la iluminación, la última persona de la que tengo constancia que tuvo algo parecido a una auténtica libertad de elección fue un familiar lejano, mi anciana “tía” Genoveva, quien viviendo hacia finales de los años cincuenta o principios de los sesenta en una granja en las afueras de Cuenca, disponiendo ya de suministro de electricidad, todavía podía decidir si se alumbraba utilizando bombillas o prendiendo su vieja lámpara de carburo que la había iluminado toda la vida y que, recuerdo con algo de nostalgia, daba una luz increíblemente blanca. Creo recordar (aunque no estoy muy seguro de ello) que, para asombro general, solía elegir esa segunda opción sabe Dios porqué razones; pero el caso es que ella todavía podía elegir entre dos fuentes cualitativamente diferentes de alumbrado. Era, pues, en un sentido muy real más libre que cualquiera de los que hoy vemos ampliada, según se dice gracias a la desregulación, nuestra libertad de “elección” a elegir el proveedor.
Sé que muchos de quienes lean lo que acabo de escribir considerarán un auténtico despropósito pensar que la libertad de elección en el campo de la iluminación ha decrecido realmente porque hoy ya no sea concebible (o incluso esté taxativamente prohibido en algunos casos) utilizar otros modos de iluminación como serían las lámparas de gas, o de carburo o de aceite o usando, por ponerse en plan paleolítico, de antorchas. De acuerdo, pero no totalmente. Sí, cierto que yo también me ilumino con luz eléctrica. Pero no se me negará, por otro lado, que entender la libertad de elección como libertad de elegir entre distintos proveedores de una misma cosa es algo semejante a considerar como gran conquista de la libertad de elegir gastronómica no la posibilidad de elegir entre una mayor variedad de platos diferentes sino el poder elegir al camarero que te sirve el plato de una misma sopa. Me parece que hablar en tales casos de libertad de elección es un claro abuso del lenguaje, y que lo correcto es en todo caso hablar de libertad de selección, o sea, de la capacidad para seleccionar entre variedades semejantes de lo mismo, ya sean proveedores de servicios de Internet, marcas de lavavajillas o jugadores de futbol.
Y, ciertamente, como sucede con las libertades en general, no es que esté nada mal la libertad de selección pero como ya señalé en otra entrada (“¿Más libertad de elección? No, gracias” del 6/7/08), antes obviamente de que se me “ocurriera” esta distinción entre la libertad de elección y la de selección, la expansión de esta última tiene, a partir de cierto punto, un efecto paralizante sobre las decisiones individuales e incluso puede venir asociada a caídas en sus niveles de bienestar. Incluso cabe argumentar la existencia de una relación inversa entre una y otra libertad, de modo que la real disminución en la libertad de elección por una disminución de los modos realmente alternativos de satisfacer necesidades venga sin embargo acompañada/causada por un aumento en la libertad de selección vía crecimiento de una suerte de pseudodiversidad, si bien no seguiré por esta vía en esta entrada pues pretendo sólo reflexionar lo que amabas libertades tienen en común, o sea la noción de libertad.
Cuestionar la libertad de elección/selección es hoy para muchos una estupidez o un atrevimiento que raya en un delito de lesa majestad, más aún, en una blasfemia contra el único Dios que hoy en este mundo reina por encima de todos los demás y es adorado por (casi) todos los hombres sin exclusión: el Dios Mercado, pues es la posibilidad de ejercer esa libertad el fruto más relevante de su reinado en el Olimpo de los dioses. No, no pretendo ser desagradecido ni dudar en demasía de su divino poder. Basta con abrir los ojos para darse cuenta de la enorme abundancia de bienes y servicios “diferentes” que nos rodean y que han aparecido allí gracias a la “mano invisible” del Mercado que ha llevado a los hombres a trabajar más eficientemente. Pero tampoco creo que sea adecuado pasar a ser un beato de esta “nueva” religión como, por ejemplo, lo son la mayoría de economistas para dedicarse casi monotemáticamente a cantar matemáticas hosannas al Dios Mercado, alabando su simpar sabiduría, implorando su perdón cuando nos comportamos pecando contra sus mandamientos de eficiencia y dando gracias por la abundancia con que nos otorga sus dones: bienes y servicios entre los que poder ejercitar la libertad de elección/selección. Pero, creo que no está de más plantearse la simple cuestión acerca de cuánta de esa libertad se goza realmente en una economía de mercado. Una forma de plantear esta cuestión que ha sido muy frecuente pone en solfa al Dios Mercado no porque no conceda o permita la suficiente libertad de elección/selección sino porque no la distribuye equitativamente. Quienes así argumentan suelen ser otros “beatos”, creyentes de una religión económica alternativa a la del Dios Mercado, la del Dios Estado, con arreglo a la cual, la libertad de elección/selección que posibilita el Mercado está mal distribuida por lo que es necesario que desde el Estado se corrijan los desmanes del Mercado, para que la abundancia y con ella la libertada de elegir lleguen a todos. Tampoco voy a seguir hoy aquí esta línea.
No. El camino va a ser el del agnosticismo: ni creer a pies juntillas en el Mercado ni encomendarse al Estado, sino preguntarse cuánta libertad de elección se tiene por término medio. Obviamente, en una sociedad de mercado, el ejercicio de la libertad de elegir que tiene cada persona está condicionado directamente por la cantidad de dinero con la que cuenta. Pero, dicho esto, lo primero que hay que reconocer es algo tan simple, obvio y elemental y tan olvidado por los economistas como que la cantidad de dinero que una persona tiene a su disposición en un periodo de tiempo, sea una semana, un mes o un año, da igual, con certeza que exagera o magnifica la capacidad de elegir que tiene. Pues una buena parte de esa cantidad está ya comprometida, o sea, que no es de libre disposición, que no puede servir para que ejercitemos nuestra libertad de elegir. No podemos decidir qué queremos hacer con ella pues ya está adscrita de antemano a esos gastos o compras ineludibles: los impuestos, la hipoteca del piso, el seguro de la vivienda y del coche, los demás gastos del coche, los gastos de la comunidad, el colegio de los niños, la comida y bebida y ropa cotidiana, etc., etc. Si al dinero que en cada periodo tiene una persona le quitamos todos esos gastos necesarios y por ende ineludibles para seguir siendo esa persona nos quedaría una cantidad, la cantidad de dinero auténticamente discrecional, aquella con lo que puede hacer lo que quiera (gastarla en diversiones, quemarla, regalarla, etc.), aquella cantidad que nos da la medida de su libertad real de elección/selección.
La cuestión, ahora, pasaría a ser si la renta discrecional, de decir, la libertad real de elección/selección, ha crecido por término medio en el curso del crecimiento económico generado por la puesta creciente de la actividad económica bajo el patrocinio del Dios Mercado que se ha producido en los últimos siglos. Los economistas tienden a pensar que sí. Y lo hacen en función de un doble argumento. Por un lado señalan que esa distinción entre gastos “necesarios” y gastos “discrecionales” no se sostiene si bien se piensa puesto que, en una economía de mercado, nadie (fuera del Estado con sus impuestos) obliga o puede obligar a nadie a gastar su dinero en unos determinados bienes, que se diga lo que se diga el poder de la publicidad es en buena medida ficticio, que en una economía libre cada persona se crea las obligaciones o necesidades que quiere por lo que la idea de que hay unos gastos ineludibles por obligatorios es una percepción incorrecta de la realidad. A nadie se le obliga a tener o un coche o a firmar una hipoteca o a llevar una determinada ropa. Por otro, afirman que una de las posibles colocaciones de las rentas discrecionales es el ahorro, de modo que si el ahorro de una sociedad crece esto sería señal inequívoca de que esas rentas discrecionales y la consiguiente libertad de elegir habría crecido.
Los dos argumentos parecen bien sólidos. Pero merece la pena someterles a un tercer grado. Empezando por el segundo, el argumento del ahorro, lo que habría que cuestionarse de salida, antes de ponerse a debatir la evolución empírica de las tasas de ahorro, es la cuestión de si el ahorro es realmente una colocación discrecional de la renta. En la medida que los individuos consideren que mediante el ahorro buscan cubrir sus necesidades futuras resulta evidente que es más que dudoso que el ahorro sea una posible colocación de la renta discrecional, una suerte de “gasto” discrecional sino que sería un “gasto” tan obligado para ellos como lo es el resto de gastos como los seguros o la hipoteca.
En cuanto al primero de los argumentos, baste decir, por un lado, que parte de una suposición cual es que los individuos no viven en sociedad, es decir, que no serían seres sociales o personas. Una sociedad se define por los modos de vida culturales que identifican a sus miembros y les valoran relativamente, modos de vida que son para cada individuo concreto exigencias de comportamiento, requisitos que en una economía de mercado le obligan a una serie de gastos que son de obligada satisfacción para pertenecer a la sociedad y ser valorado y estimado por los demás. Y, por otro, cabe acudir a un argumento que avala la idea de que el volumen de gastos obligados crece en el curso del crecimiento económico. Se trata del llamado Efecto Diderot o Efecto Bata de Diderot. Aparece expresado en las breves páginas del ensayo Regrets sur ma vieille robe de chambre (http://fr.wikisource.org/wiki/Regrets_sur_ma_vieille_robe_de_chambre) en el que el enciclopedista francés cuenta lo que le pasa a partir del momento en que le es regalada por un amigo un nueva y hermosa bata escarlata y cómo ésta desentonaba con el resto de su estudio. La naturaleza de la nueva prenda, "avergonzaba" al resto de los muebles y los hacía lucir viejos, gastados y desvencijados. Lo que obligó a Diderot a reemplazarlos por otros que estuvieran a la “altura” de la bata. Primero su escritorio, luego la tapicería de las paredes, y finalmente todos los muebles. Así un objeto material, le fue llevando a la incorporación de una innovación tras otra pasando de ser un estudio ligeramente caótico, abigarrado y personal a ser un estudio meticulosamente ordenado e impersonal. Al final de su "remodelación", Diderot desconocía su estudio y se sentía incómodo por haberse convertido en esclavo de su nueva bata, después de haber sido amo y señor de la vieja. Dicho de otro modo, los objetos de consumo no están aislados culturalmente hablando. Al igual que los economistas clasifican los bienes en complementarios (café y azúcar) y sustitutivos (té y café) por sus cualidades “técnicas”, también son complementarios y sustitutivos en términos de sus características culturales. Ello se traduce, en el asunto que aquí nos ocupa, que la variación en un ítem de la cesta de bienes de consumo obligados en el curso del crecimiento económico tiene unos efectos externos sobre otros bienes, cuyo consumo ha de crecer obligadamente acompañando al primero. Hablar en este caso de libertad de elección/satisfacción sería sin duda una apreciación excesiva del grado de discrecionalidad de los individuos.
Ahora bien, dicho todo lo anterior, sería difícil o excesivo negar sin embargo que el crecimiento económico no ponga en manos de los individuos más dinero para uso discrecional, más libertad de elección/selección, pues, y, por consiguiente, más posibilidades de usarlo en actividades superfluas o discrecionales que, lógicamente, estarán dirigidas a que los individuos se sientan mejor, es decir, que les supongan diversión o placer. Pero ¿acaso ocurre esto en la generalidad de las situaciones? La respuesta es muy simple y la proporciona Philip Slater en su Wealth Addiction. Sucede que la posesión de dinero dirige a los individuos a satisfacer sus necesidades al mercado, es decir, a comprar lo que otros producen como medios de diversión. Dicho de otra manera, la posesión de dinero dirige a los individuos al mercado y cuanto más dinero tengan mayor es su libertad de elección/selección EN el mercado, pero al dirigir a los individuos al mercado como “lugar” donde encontrar sus medios de satisfacción dejan de lado, abandonan, otros “lugares” o fuentes de satisfacción que no requerían de dinero. Slater pone el ejemplo de la decisión de cómo pasar una tarde de domingo, si no se dispone de dinero, la pregunta es qué hacer, cómo inventarse algo para divertirse. Por el contrario, si se tiene dinero, la pregunta pasa a ser, qué película elegir, a qué centro comercial acudir. La primera pregunta es la típica de la infancia, y se refleja en esas imágenes de grupos de niños o adolescentes dando vueltas por ahí, jugando entre ellos aunque sólo sea a darle patadas a un bote, porque no tienen dinero suficiente como para “comprar” diversión. La segunda, es la pregunta que se responde en la cola del cine, en la de las bolsas de palomitas, etc. Sin dinero, los individuos utilizan un modo autónomo de satisfacer sus necesidades de diversión, con dinero, un modo heterónomo. Dos elementos adicionales hay aquí que incluir. Por un lado está la cuestión del grado de satisfacción alcanzado en uno y otro sistema. Que ambos sistemas no son perfectamente sustituibles es claro, y si bien el modo heterónomo, aquel que usa de la especialización y la división del trabajo de forma generalizada puede ser y es muy efectivo en muchas circunstancias ( el disfrute que proporciona observar el trabajo de artistas especializados en un circo, en un teatro, en un restaurante, etc.) no se puede olvidar que la puesta en ejercicio de las propias capacidades autónomas es, en sí, una fuente de satisfacción. Dicho con otras palabras, cuando se usa del modo heterónomo uno se convierte en un consumidor pasivo de lo que otros han creado, en tanto que cuando se usa del modo autónomo el disfrute acontece por dos vías, por la del consumo y por la de la producción en la medida que uno participa activamente en la creación de la propia diversión. Pero además, y por otro lado, ocurre que la posesión de dinero descapacita o empobrece en la medida que si no se usa el modo autónomo, se deprecia al igual que las habilidades de un artesano se marchitan si no se utilizan, con lo que desaparece esa gran fuente de satisfacción asociada a la actividad quedando sólo la satisfacción que se deriva del consumo pasivo, sujeta a la ley de los rendimientos decrecientes, y de ahí la sensación tan habitual de los adultos de que antes, cuando se era niño o joven, cuando no se tenía dinero y había que inventarse cómo pasarlo bien, se tendría menos libertad de elección/selección pero el mundo era más divertido.(más sobre esto en la entrada "Economía del aburrimiento" del 18/01/08)
Se dice pronto, pero van ya para veinticinco o treinta los años que hace que Paco Caballero Sanz, (una excelente persona que, además, es economista, lo cual no es tan contradictorio como se suele pensar(1)), puso en mis manos uno de los libros que más me han influido en la vida. Se trataba de Micromotives and Macrobehaviour de Thomas C.Schelling (2), del que hoy es Premio Nobel de Economía de 2007 (3). Aldous Huxley, otro de mis favoritos, señaló una vez que "la cultura no deriva de la lectura de muchos libros, sino de la lectura exhaustiva e intensa de buenos libros". Pues bien, si alguien quiere tener un buena cultura económica, más que tratar de estar a la última tratando de seguir a flote en la marea de novedades a cual más irrelevante que ofrece la cada vez más abundante oferta de revistas académicas, haría bien en seguir el consejo de Huxley, y en mi opinión, uno de esos libros de lectura intensa y exhaustiva que dan cultura económica es sin duda alguna éste de Schelling.
En uno de los capítulos de este libro, Schelling partía del problema que habían afrontado los jugadores de la liga de hockey en Norteamérica respecto al uso de un casco protector. Todos (en teoría) reconocían la bondad de llevarlo para así evitar golpes en la cabeza de consecuencias irreparables, pero (en la práctica) ninguno aisladamente tomaba la decisión de ponérselo. Ocurría que el uso del casco dificultaba siquiera un poco la visión periférica y la libertad de movimientos de los jugadores, lo cual restaba algo de efectividad al juego de aquellos que los utilizaban, lo suficiente para que en un deporte tan competitivo se tradujese en una desventaja en los marcadores, y, por tanto, en los sueldos y condiciones de contratación. La consecuencia es que nadie los utilizaba aunque todos estaban de acuerdo en que estaría más que bien que todos colectivamente decidiesen utilizarlos. Para Schelling, el problema de los jugadores de hockey era el epítome de todas aquellas situaciones en que los agentes económicos, insertos en interacciones competitivas, toman aisladamente decisiones que son irracionales desde el punto de vista colectivo pero son del todo racionales individualmente, pues si alguno hace lo opuesto o sea, sigue los dictados de lo que es racional colectivamente hablando aunque sea irracional desde el punto de vista individual , es decir, si alguno actúa independientemente de lo que hagan los demás pensando en el interés colectivo, pierde competitividad relativamente a sus competidores, e incluso puede acabar expulsado del mercado. Se trata de una situación que no afecta sólo a casos como el de los jugadores de hockey o de otros deportes, sino que es de lo más común en la vida económica y social. Es conocido que ése, por ejemplo, es el problema que afecta a los camioneros y demás transportistas a la hora de decidir si conducen un rato más o no. A cada uno le interesaría seguir aún a sabiendas de que el cansancio supone un incremento de los riesgos de accidente. También es éste el problema que afrontan los comerciantes a la hora de decidir la hora del cierre de sus establecimientos o de si abrir los fines de semana. Aquí la externalidad negativa asociada a la decisión individual de alargar la jornada es la desaparición de la vida familiar y social. La solución para este tipo de situaciones es, obviamente, que los agentes implicados lleguen a un acuerdo colectivo vinculante que les obligue a todos a ajustar sus decisones al interés colectivo. En el caso de los del hockey o de los ciclistas, la solución fue una norma que forzó aba a llevar un casco. En el caso de los transportistas, la norma les limita el periodo máximos de conducción, norma cuyo cumplimiento se asegura por la exigencia de llevar tacómetros. Los taxistas autoregulan su comportamiento estableciendo días de obligado descanso. Y en el caso de los horarios comerciales su regulación, como es bien sabido, siempre es motivo de disputas.
Pues bien. Una de las situaciones donde creo que también se plantea este mismo problema de la inconsistencia entre la racionalidad individual y la colectiva, con consecuencias gravísimas para la economía de todo el mundo, es en en esa liga increíblemente competitiva que juegan los agentes que participan en los mercados financieros a la hora de adquirir y usar la información. Como consecuencia de la revolución en las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), el precio de la difusión de información ha caído en picado y, en consecuencia, la adquisición de información por parte de los agentes que intervienen en los mercados financieros ha aumentado de una manera brutal. El resultado es que los traders y en general todos los agentes que toman parte en estos mercados disponen hoy de una oferta de información impensable unos decenios atrás. Tanta, tanta, que, paradójicamente, creo que les lleva a tomar muy informada y racionalmente decisones colectivamente ineficientes. Dicho con otras palabras, la adquisición de más y nuevas informaciones por parte de cada agente aislado es racional desde el punto de vista del agente aisladamente considerado pues, si no lo hace, otros dispondrán de mejor información a la hora de hacer sus operaciones, por lo que se encontrará en clara desventaja competitiva; pero desde un punto de vista agregado, tal abundancia de información en mi opinión es, a partir de un cierto punto hoy ya claramente rebasado, irracional. O usando de un término de uno de mis pensadores favoritos, Ivan Illich, contraproductiva. Es decir, que tal abundancia de información en manos de cada agente deviene en un peor comportamiento agregado de estos mercados financieros tan importantes hoy día.
Sé que lo que acabo de decir será considerado una boutade debido a la increíble y en buena parte inmerecida buena prensa de que hoy disfruta la información. Más bien, se dice, es la carencia de información por parte de los inversores acerca del futuro lo que explica el, a veces, peligroso comportamiento de los mercados financieros, de dónde parecería seguirse que cuánta más información que desvele siquiera en parte los velos que envuelven al futuro, pues mejor, obviamente. Sí, por supuesto, la información es un bien, pero como ocurre con todos los bienes, hay que pregunarse si la información también resulta afectada por la "ley de los rendimientos decrecientes" hasta tal extremo que pasen a ser negativos desde un punto de vista social. La sabiduría popular pareciera aquí ser más sensata y así ha recordado en refranes como ése de que "ojos que no ven, corazón que no siente" que hay veces en que a la hora de jugar con la información ser precavido es la estrategia más acertada. Y una de estas situaciones en que es posible que el aumento de la información tenga rendimientos sociales o agregados negativos me parece que está empezando a ser habitual en el mundo de los mercados financieros.
Creo que hay dos buenas razones que avalan mi posición. La primera es muy simple y atiende al evidente hecho de que, gracias a las TIC, los mercados financieros no cierran de modo que cuando cierran los europeos, abren los americanos, y cuando estos echan el cierre, abren los asiáticos, y al cerrar estos abren los europeos en una danza sin fin de la que nadie puede perderse un compás so pena de perderse oportunidades de negocio. Merece aquí la pena recordar un estudio de H.Nejat Seyhun (4) en el que descubría cuán pequeño era el número de días en que se producían ganancias y pérdidas sustantivas en los mercados financieros. Así, por ejemplo, fijándose en el periodo de 1963 a 1993, Seyhun encontró que el índice de ponderado de los valores norteamericanos ganó una media anual del 11,83%, pero que si se dejaban fuera los 90 mejores días (o sea, el 1,2% de los 7802 días de mercado) el rendimiento anual caía a un 3,28%. Si los 10 peores días se excluían, el rendimiento anual saltaba al 14,06%. Dicho con otras palabras, estar continuamente en algún mercado, para lo cual es evidentemente necesario tener información sobre el mismo, a fin de ser capaz de aprovecharse de esos días especiales es, sin duda, la decisión más racional para cada agente que participe en esos mercados y es a lo que la competencia entre ellos les llevará. Pero es cuestionable que esa sea la mejor decisión también a nivel agregado o social. Por un lado está el simple hecho del cansancio. Y no es esta una cuestión baladí. Si los conductores de camiones y autobuses tienen por ley que apartar los ojos de la carretera y descansar del volante cada cierto tiempo para evitar que una tarea tan automática y repetitiva como es la conducción se convierta en un peligro público, ¿no se les debería exihir algo semejante a los traders que conducen los mercados financieros y que para anticiparse a los demás, deben de tratar de pasar más horas que sus competidores pegados a sus pantallas de ordenador que les suministran un chorro continuo de información sobre incontables alternativas en cualquier mercado, con las manos puestas en los ratones prestos a comprar o vender en atención a cualquier nueva información?. Pero, además, está la cuestión del manejo de la información. Las TIC han abaratado de forma radical el precio de adquisición o compra de la información, pero aquí lo mismo que pasa con cualquier otro bien, comprar no es consumir, y el coste de "consumir" esa información (es decir, el coste de procesarla, asimilarla y decidir a partir de esa información) o no ha variado o se ha encarecido. Y ¿por qué? pues, simplemente, por su mera abundancia. De nuevo tenemos aquí un ejemplo de algo que ya se ha tratado en otra entrada de este blog ("¿Más libertad de elegir? No, gracias" del 6/8/08), del hecho de que la abundancia de alternativas entre las que elegir puede -a partir de cierto nivel- ser contraproducente y dificultar la elección racional. Y una cosa está clara y es que el volumen de información de que dispone hoy cualquier agente a la hora de tomar decisiones respecto a las alternativas que le ofrecen los mercados financieros es totalmente inasimilable para un ser humano. No es nada extraño que, ante esa abundancia de información a tener en cuenta en sus decisiones, recurran para hacerlo a -llamémoslas- reglas heurísticas, como por ejemplo esos análisis técnicos cuyo valor para los economistas académicos es escasamente superior al de la astrología, con las consecuencias para la economía en su conjunto que ello tiene. En suma, el primer argumento que cuestiona el valor de la abundancia de información en los mercados financieros apunta a que la adquisición de más información, que es racional desde un punto de vista individual, es más que posible que lleve sin embargo, a partir de cierto punto, a que los agentes tomen peores decisiones desde un punto de vista agregado.
En segundo lugar, hay que considerar qué tipo de información anega a los agentes que participan en los mercados financieros. Una buena parte de esta información responde, refleja o cuenta lo que ya ha pasado. Son informes, datos, estudios sobre cómo ha funcionado la economía, un sector, una empresa o un título en el pasado, junto con las perspectivas o prospectivas que los analistas han hecho en el pasado acerca del comportamiento de esa economía, sector, empresa o valor en el futuro. Podría pensarse que cada agente, a partir de esa información, extraería sus propias e independientes conclusiones que les llevaran a su particulñar toma de decisiones, cuya pertinencia luego el mercado determinaría. Pero no es así cómo se comportan en su generalidad los agentes ya que lo que cuenta para cada agente es, en mayor o menor medida, anticipar cómo los demás agentes se comportarán en el futuro y anticiparse a ellos en la toma de una decisión correcta (lo cual es decir, su corrección sólo será manifiesta en el futuro). Dicho de otra manera, junto a la información llamemos que técnica acerca de un título, la información acerca de cómo se comportan los demás agentes (en respuesta a la misma información técnica) es quizás más relevante para cada agente lo que se traduce en que las deciosnes de los agentes no son independientes. La caracterización de Keynes de los mercados bursátiles como similares a los concursos de belleza que hacían los periódicos en sus tiempos en que ganaba un dinero quien acertaba eligiendo a quien los demás jugadores elegían como la más guapa sigue siendo hoy tan acertada como entonces. Lo que importa en los mercados financieros no es tanto lo que uno opine sobre la "belleza" o valor real de un título a tenor de su historia y de sus perspectivas tal y como uno las evalúa, sino la anticipación que uno haga acerca de lo que los demás piensen que los demás piensan que es la "belleza" o el valor que un determinado título va a lograr en el concurso, o sea en el mercado, para así actuar en consecuencia (ya sea jugando al alza o a la baja). Ahora bien, para orientarse siquiera un poco en este auténtico juego de espejos siquiera, los agentes han de prestar una atención continua a lo que los otros están haciendo en tiempo real. Y eso es lo que las TIC han permitido cada vez más. Es decir, que las la abundancia de información instántanea sobre el comportamiento de los demás se ha traducido en una cada vez mayor dependencia de las decisiones de cada agente respecto a lo que los demás están haciendo. Su estrategia diferirá -y eso es lo racional, desde un punto de vista individual- dependiendo de lo que haga en cada momento el resto (4), y de ahí la importancia para cada agente de estar cuanto más informado, mejor. Ahora bien, este tipo de comportamiento es claramente propenso a la irracionalidad agregada o colectiva dando frecuentemente origen a fenómenos de contagio, donde unos hacen lo que hacen otros para obtener así la "seguridad" ante la incertidumbre que da la compañía, comportamientos gregarios que hacen que en los mercados financieros no sea nada extraño sino todo lo contrario que las ventas (o las compras) en un mercado desencadenen por sí mismas ventas (y compras) en otros, aunque no haya el más mínimo motivo racional para que así ocurra. Las consecuencias son bien conocidas: excesiva volatilidad, burbujas especulativas, cracs, con sus efectos externos negativos sobre la economía real.
James Surowiecki (6) ha señalado a este respecto el lamentable peso que la información procedente de algunos mercados relativamente marginales tiene sobre el comportamiento global de los mercados financieros. Concretamente ha llamado la atención al índice VIX del Chicago Board Options Exchange, llamado el "índice del miedo" ya que mide las expectativas de volatilidad en los mercados, y a los mercados de derivados y, más concretamente, al mercado de CDS ("credit-default-swaps"). Este último, afirma, "se ha convertido crecientemente en un elemento conformador del mercado bursátil. Los credit-default-swaps son en esencia un seguro comprado para afrontar las posibilidad de que una compañía no pueda cumplir sus compromisos. Y en estos días, si el precio del credit-default-swap de una compañía sube (lo que significa que se piensa que la probabilidad de problemas en esa empresa es más alto), su cotización se desplomará muy frecuentemente". En opinión de Surowiecki, "la atencion que se les presta a estos mercados está fuera de toda proporción en relación a su valor informacional. Debido a que su tamaño es realtivamente pequeño en comparación con el elefantiásico tamaño de los mercados de acciones y bonos, el moverlos significativamente no requiere de ingentes cantidades de dinero, y puesto que además en ellos los márgenes que se requieren son bajos, los especuladores pueden tener un fuerte efecto sobre ellos poniendo poco dinero", la consecuencia es que cuando "los inversores en los mercados financieros norteamericanos usan como referencia estos otros mercados, la cola está moviendo al elefante".
Para enfrentar el problema de los jugadores de hockey, de los transportistas, de los taxistas, etc., como señaló Schelling el llegar a acuerdos colectivos vinculantes o el establecimiento de normas es el camino. Pero ¿cuál debería ser la política que habría de seguirse para evitar que los agentes en los mercados financieros abandonen el juego de espejos en que se ha convertido su comportamientos la hora de tomar decisiones gracias a la cada vez mayor abundancia de información? No se me ocurre ninguna forma efectiva de impedir que la información acerca de lo que hacen los demás deje de llegar a los agentes a partir del impreciso momento en que ya deje de ser socialmente útil y da lugar a comportamientos gregarios, pues está claro que si mucha información no es buena, poca tampoco lo es, de modo que la "solución" imaginaria que propone Surowiecki a este problema ("Quizás lo que los inversores necesiten sea tomarse periodicamente unas vacaciones de información sobre los mercados") no parece que sea ni siquiera imaginariamente aconsejable.
NOTAS (1) Véase la entrada en este blog: "Son los economistas buena o mala gente?" del 7/12/2007 (2) Hay edición en castellano, Schelling, Th.C. (1989), Micromotivos y macroconducta (México, D.F.: FCE)
(3) No puedo aquí sino citar obligadamente a otro amigo, Francisco Javier Braña, que siempre va recordando a los despistados (que, para su desgracia, somos legión) que no existe un Premio Nobel de Economía, que los premios Nobel son los de siempre (Medicina, Literatura, Física,...), los que otorga y financia la Fundación Nobel, que el galardón que reciben los economistas no es Premio Nobel sino Memorial Nobel, financiado por el Banco de Suecia.
(4) N.Nejat Seyhun, Stock Market Extrems and Portfolio Performance, Towneley Market Timing Study. (5) El artículo de Alan Kirman, "The behaviour of the foreign exchange market", Bank of England Quarterly Bulletin, August 1995, pp.286-93, ofrece un magnífico modelo construido bajo estas premisas. (6) James Surowiecki, "Everyone´s Watching", The New Yorker. The financial page. November 10, 2008.
Era de esperar. La teoría económica más elemental predecía que así iba a pasar. Y lo extraño es que no haya pasado antes y no sea un fenómeno aún más generalizado. Y, por otro lado, no va a ser difícil atajarlo. Me estoy refiriendo a la "explotación" de trabajadores extranjeros sin papeles no por desalmados empresarios capitalistas, sino por desalmados trabajadores extranjeros con papeles.
El fenómeno al que me refiero es el fruto inevitable de la confluencia de dos circunstancias. En primer lugar, la existencia de obvias (al menos para mí) dificultadespsico-fisológicas que hacen que la identificación física de los trabajadores extranjeros de raza negra y asiática sea cuando menos problemática para una buena parte de la población española. Simplemente, y como todo el mundo sabe, "todos los chinos son iguales". La segunda es que el "tener papeles" y por tanto la posibilidad de trabajar en el mercado legal de trabajo se ha convertido en un potencial activo económico con un elevado valor económico, en una licencia enteramente igual a otras, como por ejemplo, una licencia para llevar un taxi. Y que tal cosa iba a suceder era algo previsible para cualquier economista en atención a la escasez de la oferta de "papeles" y a la fuerte demanda de los mismos por parte de los inmigrantes ilegales.
Y, ¿cuál ha sido el resultado de ambas circunstancias? Pues que algunos trabajadores extranjeros legales, o sea con papeles, de esas catracterísticas étnicas dificilmenteidentificables para nosotros han encontrado una forma de obtener un rendimiento económico de su licencia para trabajar legalmente. ¿Cómo? Pues de una manera muy simple: alquilando su uso a algún trabajador que no la tenga, es decir que carezca de papeles, que no esté legalmente en este país. Para que esta suplantación de personalidad laboral sea posible sólo se requiere, en el peor de los casos, que los rasgos físicos de ambos sean más o menos iguales, o sea, de la misma raza, pues obviamente ningún empresario va a perder ni un sólo segundo en comprobar las huellas dactilares de los trabajadores que contrata para constatar que quien se le presenta bajo una determinada identidad es quien dice que es realmente. Según me cuentan, por el "alquiler" de sus papeles, el trabajador "legal" puede llegar a cobrar hasta un 50% del salario que percibe el "ilegal" que le suplanta, ingresos por "alquiler" que se sumarían al salario que gana adicionalmente como ilegal, pues está claro que para que haya "negocio", el trabajador propietario de los papeles ha de trabajar en el mercado informal como ilegal. Es decir, que el trabajador con papeles tiene dos fuentes de ingresos: el rendimiento de sus papeles y su salario como ilegal. Obviamente, a todo trabajador "legal" le interesará dedicarse a esa actividad de alquiler de sus papeles si la suma de los que gana con el alquiler más lo que gane como ilegal supera al sueldo que obtendría de trabajar él legalmente; obviamente, también, a todo trabajador con papeles le interesa que el Estado se ponga cada vez más duro en los procesos de regularización, pues si "abre la mano" en este asunto de la inmigración, el valor económico de su licencia para trabajar legalmente disminuye.
Según se me cuenta, lo recién referido ha sido algo relativamente normal hasta hace poco, hasta que el desempleo se ha disparado. Cuando esto ha pasado lo que ha ocurrido es que algunos trabajadorescon papeles han perdido sus empleos como trabajadores ilegales o informales, lo que les ha llevado a una situación en que (no siempre, sólo en los casos en que el subsidio por desempleo compensase al rendimiento de sus papeles) ya no les era rentable seguir alquilando sus papeles, lo que les ha llevado a recuperar su identidad laboral. Esa recuperación no es sencilla, pues está claro que no podían presentarse de la noche a la mañana en las empresas a "reclamar" los puestos de trabajo que estaban en su nombre ocupando sus sustitutos, de modo que el proceso es más complicado, y pasa habitualmente por la petición por parte de los sustitutos a sus empleadores de que los despidan por razones familiares (por ejemplo, por tener que volverse a su país) en la mejores circunstancias. Una vez hecho esto, conseguido el despido, el titular de los papeles, ya habiéndolos recuperado, puede dirigirse con total tranquilidad al paro, cobrar el desempleo y ponerse en la cola del INEM. No tendrá ningún problema pues es legal y está en su derecho. El otro, el sustituto, no puede hacer nada y hará bien en asistir a ese proceso sin despegar los labios: a fin de cuentas es un ilegal.
Una vez más hay aquí que hacer referencia al refrán más querido por los economistas: ¡Cuidado! Que el camino a los infiernos está empedrado con buenas intenciones.
P.D.: Podría pensarse que, desde un punto de vista llamemos que liberal, el fenómeno que describo no encajaría nada con el título de la entrada pues si la relación entre trabajador con papeles y su sustituto es voluntaria, como lo es en la realidad, el primero no estaría explotando al segundo.:ambos se beneficiarían mutuamente de su relación. Sin duda, pero aquí tengo para mí que este es un caso en que, curiosamente, la vieja y ya casi olvidada interpretación marxista de la explotación laboral encaja perfectamente con los hechos. Recuérdese que, para Marx los trabajadores nunca son explotados en el mercado de trabajo sino fuera de él, concretamente en el proceso de producción, lugar donde según su teoría del valor, son explotados porque los no-trabajadores, o sea los capitalistas propietarios del capital, les pagan un salario menor que el valor de su contribución a la producción. Pues bien, aquí pasaría algo similar. Los trabajadores sustitutos recibirían un salario menor al salario de mercado, apropiándose de la diferencia un grupo de no-trabajadores gracias a la propiedad que tienen concedida por el Estado de un activo necesario (¿un bien de capital, pues?) para que los primeros puedan trabajar: los papeles.
La reciente muerte de David Carradine a consecuencia parece ser de su, digamos que, descuidada forma de realizar una práctica sexual de tipo masoquista: la llamada asfixia autoerótica, una causa de muerte que según estima el FBI "produce" entre 500 y 1000 fallecimientos anulamente sólo en EE.UU., me ha llevado a preguntarme si la Economía tiene algo que decir al respecto. No, obviamente, sobre este desgraciado suceso, sino respecto a lo que este hecho pudiera decir como síntoma de los tiempos que corren en materia de Economía de la sexualidad y, más concretamente, en relación a la "lógica" de la innovación en materia sexual; consecuencias que, quizás, puedan ser extrapolables en cierto grado respecto a la innovación en general.
Podría pensarse que, en materia de innovación, en el mundo del sexo poco hubiera que rascar ya que todo estuviera más que inventado. Y, ciertamente, así nos lo pudo parecer durante mucho tiempo a aquellos que llegamos a la madurez en los tiempos de la revolución sexual que, provocada por un avance técnico como fue la pildora anticonceptiva, recorrió el mundo en la década de los años sesenta del siglo pasado. Pero obsérvese que esta revolución sexual fue de tipo digamos que cuantitativo, consecuencia del fenomenal abaratamiento relativo en el coste implícito de las relaciones heterosexuales que supuso la desaparición del miedo a los embarazo s no deseados; es decir, la revolución sexual que trajo consigo la píldora no vino asociada con ningún cambio perceptible en los aspectos meramente técnicos de las relaciones sexuales sino sólo la liberalización de las costumbres sexuales (lo cual, ciertamente, no es ni mucho menos asunto baladí(1)). Pero en lo que respecta a las diferentes técnicas o prácticas sexuales y a su relativo uso, o sea respecto a la oferta de nuevas formas de sexualidad y a su demanda, no parece que hubiera grandes innovaciones o cambios como consecuencioa de la píldora: a fin de cuentas, y en lo que se refiere a sus aspectos técnico-prácticos, bien podía suponerse que las relaciones sexuales entre humanos habían ya contado, por así decirlo, con el suficiente tiempo como para que se probaran todas las variedades imaginables (y hasta inimaginables para muchas imaginaciones poco imaginativas), que -por otro lado- no son tantas pues la combinatoria matemática es -si uno se pone a pensar en ello- más reducida de lo que parece.
Pues bien, a lo que se cuenta y se ve hoy en día con que se abran las orejas y los ojos, esta apreciación que teníamos los hoy cincuentones no era en absoluto correcta y así puede decirse con total seguridad que el sexo se ha revelado en las últimas décadas como uno de los campos de la actividad humana más susceptibles de eso que se conoce como I+D+i, que tantas emociones y enardecimientos suscita entre los creyentes en el Progreso. Y no sólo es que la "industria" dedicada a la producción de inputs complementarios en las actividades sexuales haya experimentado una serie de revoluciones tecnológicas encadenadas que han proporcionado toda una nueva gama de nuevos instrumentos, artilugios, estimuladores químicos y complementos de todo tipo para las actividades sexuales que han mejorado la productividad física del "trabajo" sexual de ambos sexos casi a cualquier edad, sino que -incluso- según se dice las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han posibilitado la aparición de algo tan en principio difícil por lo ya dicho antes como es un "nuevo" tipo de "práctica" sexual: el llamado sexo virtual (aunque he de confesar que no sé muy bien en qué se distingue esta nueva práctica de la tradicional masturbación).
Pero con ser enormente importante el efecto de los descubrimientos de tipo técnico como, por ejemplo, la Viagra y sus sucesores(2) para la "eficiencia" en la acividad sexual, quizás palidezca sin embargo un poco ante el efecto que han tenido las nuevas tecnologías en comunicación. Gracias a Internet, a su anonimato y a los mínimos costes de difusión de información que su uso conlleva, los individuos han descubierto que por muy raros que fuesen en materia de gustos sexuales, es decir, por muy anormales, desviadas o "perversas" que fuesen sus preferencias sexuales, no eran ni mucho menos únicos o especiales: daba igual la "perversión" de que se tratase, Internet mostraba que había en el mundo cientos o miles de personas que compartían esos exóticos gustos, que eran "normales" si no estadísticamente s´en un sentido figurado. Previamente a Internet, un individuo con preferencias sexuales distintas a las normales podía sentirse anormal, especial, único; cosa que frecuentemente le obligaba a reprimirlas (es decir, a no satisfacerlas) so pena de sufrir del estigma de lo anormal o a hacerlo en secreto pagando por ello unos elevados precios explícitos o implícitos. Dicho de otra forma, en términos económicos, puede asegurarse que en materia de economía sexual, (al menos) las sociedades occidentales han sido enormente ineficientes a la hora de satisfacer las preferencias sexuales de (al menos) sus miembros menos convencionales en sus preferencias sexuales (al menos) desde la época en que el Cristianismo se convirtió en religión oficial en el Imperio Romano. Esa ineficiencia ha seguido dándose para esos colectivos minoritarios en buena medida a pesar de la progresiva secularización que el mundo occidental ha vivido desde el siglo XVIII e incluso tras las llamadas a la liberación sexual que Freud y sus seguidores (entre los que habría de destacarse a Wilhem Reich) debido a la dificultad que los elevados costes de información suponían para los individuos que buscaban econtrarse con otros de gustos sexuales afines o quisiesen sentirse "normales" de alguna manera.
Pero, como se ha señalado, Internet ha cambiado todo esto. En lo que posiblemente sea un un ejemplo más de lo que se conoce como Larga Cola ("Long Tail") (3), por fin, los individuos con preferencias sexuales anormales, desviadas o diferentes han dejado de estar aislados y pueden satisfacerlas (real o virtualmente) a bajo coste. Con la consecuencia inesperada de que el hecho de que puedan ser satisfechas las normaliza, y al así hacerlo las desestigmatiza, pues, en último término y en la gran mayoría de los casos, su anormalidad no se debía a otra cosa que no fuese a la imposibilidad de su satisfacción por las razones que fuera (ya sean religiosas, culturales o económicas). ¿Puede servir como ejemplo de esta "normalización" el que, tras la muerte de David Carradine, hayan aparecido páginas -incluso de revistas on line serias como, por ejemplo, Slate- donde se dan consejos para practicar la "opción" sexual de la autoasfixia de modo seguro?
(By the way. He de señalar que tengo mis más que serias dudas respecto a la pertinencia de las políticas que fomentan la innovación técnica en información y comunicación en todos los campos considerándola siempre deseable por sí misma sin cuestionarse si su expansión tiene costes de oportunidad (lo cual, por cierto, me convierte a ojos de algunos en un tecnófobo emparejado con los ludditas lo que llevo a mucha honra, al igual que ellos son a los míos unos auténticos papanatas). Por ejemplo, no dudo que gracias a Internet disminuyen los costes de transacción en numerosos intercambios económicos, lo cual es eficiente y deseable, pero tengo sobradas dudas de si en los tan importantes mercados financieros tanta información y tantísma exigencia de velocidad de reacción hayan supuesto nada bueno a la hora de tomar decisiones meditadas por parte de los agentes que operan en ellos, los cuales ante sus naturales y normales incapacidades de procesamiento de información y de toma de decisones, se han lanzado a los brazos de complicados algoritmos y ciegos programas informáticos como guía de sus operaciones en esos mercados con los conocidos y demasiado frecuentesmente desastrosos efectos ya cotidianos. También estimo que en el campo de la educación los ordenadores, pizarras electrónicas y demás parafernalia deberían estar lejos de las aulas. Ello no es óbice para conceder que la política tendente a posibilitar que todo adolescente tenga un ordenador con conexión a Internet potenciará aún más si cabe (sería lo normal, cosa de la edad) el uso con fines sexuales de la Red, que según algunas estimaciones -creo haber leído- que estaría en torno a un 60-70%) .
Ahora bien, y volviendo al tema, sucede que la "normalización" de (casi) cualquier práctica sexual consecuencia de la inovación tecnológica en tecnologías de la información y la comunicación tiene aquí una paradójica (o no tanto) vuelta de tuerca, pues es el caso de que al hacerse normales esas prácticas, se hacen normales a todos los efectos, y uno de ellos es que se convierten en prácticas o comportamientos sujetos a las mismas leyes que el resto de las actividades humanas, dejando así por ello las preferencias sexuales minoritarias de ser "especiales" no en el sentido de hacerse mayoritarias (si bien, la bajada en el precio implícito de su práctica supone una aumento en su demanda) sino, más bien, en el sentido de su "calidad", es decir, en lo que respecta a su capacidad de proporcionar una satisfacción sexual diferencial (¿superior?) respecto a la satisfacción que proporcionan las prácticas sexuales más normales o convencionales. Y esto último merece la pena el ser recalcado, pues el mero hecho de que alguien tenga preferencias sexuales "anormales" o diferentes viene a decir, de modo implícito, que no se conforma con la sexualidad normal, es decir, que la satisfacción que obtiene con la prácticas sexuales "normales" o convencionales es inferior a las que saca con la satisfacción de las preferencias especiales.
Uno de los cambios que los que investigan en estos campos han observado tras la paulatina "normalización" de las prácticas sexuales minoritarias ha sido su "endurecimiento". Así, Fabio Orlando, un economista que se ha dedicado a estudiar la evolución de una práctica sexual como es el swinging (el intercambio de parejas) en Italia (4) ha constatado no sólo su crecimiento, como consecuencia de esa normalización, sino también cómo, dentro de esa actividad, sus practicantes se decantan por actividades de sexo cada vez más duro. Así , dice Orlando, "aparte del crecimiento numérico del fenómeno, el comportamiento del swinger ha cambiado mucho en los últimos 25 años, tanto emn Italia como en el resto de mundo. Hace 25 años, las parejas buscaban casi exclusivamente otras parejas o mujeres en solitario, hoy las parejas buscan otras parejas , hombres sólo y grupos de hombres. El fenómeno ha evolucionado así de situaciones en que el centro de la interacción sexual era el componente masculino a otras en que lo es la mujer y el varón experimenta su placer de compartir su compañía con otros hombres", más concretamente, "las parejas que practican el swinging pueden o hacer swinging "blando" (como por ejemplo, tener sexo en la misma cama sin intercambiar las parejas, tener sexo con otra mujer pero sin otro hombre, sólo sexo oral y manual) o swinging "duro" (relaciones sexuales completas con otra pareja, sexo con otro hombre, sexo con muchos hombres, prácticas sadomasoquistas, etc.)". Y esta tendencia a prácticas sexuales cdad vez más extremas o duras no es ni mucho menos exclusiva del swinging, lo que se ha visto que pasa en el swinging parece darse en el resto de las actividades sexuales, es decir, la tendencia en cada práctica sexual a ir hacia el sexo cada vez más duro, como si para alcanzar el mismo grado de excitación y satisfacción sexual cada vez fuese necesario un estímulo sexual de mayor intensidad.
Y aquí está precisamente la clave. Como los psicológos del comportamiento y los economistas dedicados al estudio de la felicidad han recalcado (5), muchas actividades humanas están sujetas a los que se conoce como "adaptación hedónica". Con esta expresión se hace referencia al hecho empírico de que la gente se adapta a los acontecimientos (ya sean buenos o malos) que les suceden en sus vidas. Para cada individuo existiría un nivel de referencia en lo que se refiere a la felicidad o el bienestar o la satisfacción (un "setpoint level") posiblemente con una base genética que marcaría, por así decirlo, su nivel de felicidad alcanzable a largo plazo, de modo que acacontecimientos como el enamoramiento, el matrimonio, el premio en una lotería, la pérdida del empleo o una enfermedad seria si bien alterarían el nivel de felicidad o bienestar de un individuo por encima o por debajo de su setpoint de referencia, sólo lo haría a corto o medio plazo, de modo que con el tiempo, los individuos experimentarían un proceso de adaptación hedónica que les devolvería a su nivel de felicidad propio y de largo plazo. Los psicologos discuten si esta "habituación" es o no completa y el plazo que lleva la vuelta al nivel de referencia, pero no se discute su existencia.
Y bien, en la medida que en materia sexual se dan también estos procesos de adaptación hedónica resulta obvio que "la salida del armario" para muchas prácticas sexuales minoritarias es, probablemente, ya de por sí una suerte de adaptación hedónica (ya se sabe, "el atractivo de lo prohibido") que desencadena la consecuente necesidad de aumentar crecientemente la intensidad de la estimulación sexual. Descubrir o crear nuevas prácticas sexuales se convierte así en uno de los mecanismos para evitar o retrasar el retorno hacia el setpoint de referencia en materia sexual...pudiendo llegarse en esos procesos de I+D+i a extremos indeseables como el caso de David Carradine ejemplifica. La evidente y creciente sexualización de la vida privada y social en el mundo de nuestros días está sin duda relacionada directamente esos intentos de innovar en materia sexual. Chesterton, el gran cultivador del arte de la paradoja, sin duda estaría encantado con esta de que la liberalización y normalización sexual es el camino más directo para aumentar la insatisfacción en esta materia.
Y, lo último, que como siempre ha de ser una pregunta. ¿No sería el valor que hoy se concede a la innovación un ejemplo más del intento de combatir la adaptación hedónica? Por ejemplo, todos aquellos que vimos la llegada de la televisión disfrutamos de un asombro que no tuvieron quienes ya nacieron en un mundo donde el televisor ya no era novedad. La llegada posterior del video, del dvd, de la televisón por cable o por satélite cierto que han supuesto innovaciones a destacar que han aumentado el bienestar y la satisfacción de los consumidores, pero no sé por qué me da que no son en absoluto comparables al efecto que tuvo aquella vieja televisión en blanco y negro. Y si lo que ocurre con la televisón es generalizable a otras innovaciones, ¿no corremos el riesgo como sociedad de acabar como Carradine estrangulados en nuestra carrera de innovaciones por ir más allá?
NOTAS
(1) Un modelo teórico acerca de los mecanismos subyacentes en el cambio social asociado a la revolución sexual aparece en Social Change: The Sexual Revolution de Jeremy Greenwood y Nezih Guner en Economie d’avant garde, Research Report nº9, may 2005. Una evaluación de rango mucho más general se encuentra en el más que recomendable libro de Jean Claude Guillebaud, La Tiranía del Placer (Barcelona: Andrés Bello, 2000)
(2) El Premio Nobel de Economía de este año Paul Krugman escribió un excelente artículo a propósito de la Viagra y la economía en The New York Times Magazine (23/8/98). El artículo, de título "Viagra and the Wealth of Nations" se puede leer en su página web. (3) Por Long Tail o Larga Cola se hace referencia a aquellas distribuciones que se caracterizan porque el porcentaje de los individuos con preferencias particulares, especiales y por ende minoritarias es sin embargo tan alto que incluso puede ser mayor que el porcentaje de quienes comparten unas preferencias similares. Dicho de otra manera, el porcentaje de gente "normal" con unas mismas preferencias (que por tanto son la preferencia mayoritaria) es inferior a la suma de los porcentajes de gente que tiene preferencias distintas entre sí y a la preferencia mayoritaria. La idea que ha corrido mucho en el mundo del marketing estos últimos años es que la revolución en las TIC podía dar al traste con el modelo de producción en masa (o sea, dedicado a la satisfacción de las necesidades mayoritarias) a que obligaba la existencia de economías de escala. (4) Fabio D’Orlando, Swinger Economics.http://ssrn.com/abstract=1375093.
(5) Véase Fernando Esteve Mora, HEDONISMO Y EUDEMONISMO: Un camino de ida y vuelta por la nueva economía de la felicidad. http://www.foessa.org/Componentes
Si la interpretación fisioeconómica del crecimiento económico fuese correcta quizás la política de desarrollo más efectiva para aquellos países o regiones sometidas a la "paradoja ecuatorial" tuviese como una primera e ineludible etapa el fomento de la inversión no en nuevas tecnologías o en costosísimo equipo capital o en educación de alto nivel sino en un bien de consumo duradero tan humilde como es el aire acondicionado. Pues, a fin de cuentas, lo que se pretende y se consigue con la climatización es simular, en las zonas geográficas de clima tórrido, las condiciones climáticas de las zonas templadas. Parecería a primera vista que reducir el problema del subdesarrollo a la difusión de los aparatos de aire acondicionado es una boutaderayana en el despropósito. Es posible, pero sin embargo la historia económica del Sunbelt norteamericano exige no descartar de antemano tan aparentemente descabellada hipótesis y obliga en consecuencia a tomar en consideración la fisioeconomía con cierta seriedad.
El sur de Estados Unidos, la extensísima zona que va desde el océano Atlántico al Pacífico que se conoce como el Sunbelt(el "cinturón del Sol") ha sido históricamente un lugar bastante inhóspito para el ser humano. El calor tórrido de las zonas desérticas y el calor húmedo de las que no lo son por cercanía al Golfo de México y al Atlántico, calor que no remite a lo largo de buena parte del año han sido frenos poderosos para el desarrollo económico de esta zona. Históricamente, esas condiciones climáticas han influido negativamente sobre su crecimiento por razones de oferta -la escasez de agua en las zonas de desierto- y de demanda - las razones a las que atiende la Fisioeconomía, y es muy probable que haya sido la mayor tolerancia al calor húmedo de los negros del África ecuatorial adaptados a ese clima lo que esté debajo de su "elección" como los esclavos idóneos para trabajar forzosamente en el sudeste norteamericano. Más adelante, tras la guerra Civil y la abolición, y obviamente no (o no sólo) por razones climáticas, esta misma población trabajadora emigró al norte industrial, por lo que la vida económica en el caluroso Sunbelt languideció todavía más. Todos tenemos una imagen de la vida en el sur de los Estados Unidos: el cine nos la ha dejado: el calor húmedo, los días y noches agobiantes, la vida en los porches a la espera de que caiga el calor, la imposibilidad de trabajar en las horas centrales del día.
El caso es que, como reconocen todos los historiadores del Sunbelt, todo esto empezó a cambiar tras la II Guerra Mundial gracias a dos avances técnicos. El primer "avance" no es nada novedoso pues tiene una larga historia que se remonta a la Mesopotamia de hace más treinta siglos. Se trata de la creación de presas y la canalización para regular las dotaciones de agua. La construcción de grandes presas en EE.UU. en la década de 1930 permitió que zonas desérticas fuesen habitables y hasta cultivables. Pero es el otro avance técnico el que aquí interesa más: se trata del hoy humilde y corriente aire acondicionado. Hasta la difusión de aparatos de aire acondicionado baratos, la vida en el Sunbelt, sobre todo en las zonas de calor húmedo era extremadamente fastidiosa. Como señala StanCox, "antes del aire acondicionado, la vida en América seguía un ciclo estacional determinado por el tiempo. La productividad de los trabajadores declinaba en proporción al calor y humedad ambiental de modo que en los días más cálidos los empleados dejaban de trabajar temprano y las empresas echaban el cierre. Tiendas y teatros también cerraban incapaces de acomodar a grandes grupos de personas en unos interiores insoportables". Con el aire acondicionado llegó la inversión de demografía sureña y de ser una región que expulsaba gente al Norte desarrollado empezó a atraer población. Primero fueron los jubilados, pero más tarde también se instalaron nuevas empresas de tecnología y de servicios, y hoy, el Sunbelt es una zona económica pujante. Desde el punto de vista de la Fisoeconomía, la climatización habría cambiado el metabolismo de los habitantes del Sur pues, en un sentido muy real, habrían pasado a vivir en un clima templado. Puede que esto último parezca un tanto exagerado pero me pregunto qué parte del día, qué cantidad de minutos, no de horas, pasa por término medio un ciudadano de Florida que no trabaje en la agricultura a la intemperie teniendo en cuenta que su casa, su trabajo, su coche y el centro comercial donde vive su tiempo de ocio están climatizados (el 25% de la energía eléctrica de Florida se usa en climatización).
Uno de los efectos comprensibles y hasta disculpables de la acumulación de tantos y tantos avances tecnológicos y organizativos como la que ha tenido lugar en los últimos 75-100 años, o sea, en el brevísimo plazo que mide lo que ahora dura por término medio una vida humana, ha sido la generalización de una novedosa creencia: la de que, al menos en el mundo de lo social y lo económico, todo es posible, de modo que conseguir algo es en último extremo en el mundo de lo social -repito- cuestión de voluntad y empeño, obviamente dentro de los limites que marcan las leyes físicas y el desarrollo técnico del momento, pero fuera, o mejor, dentro de esos límites cada vez menos restrictivos que imponen nuestros conocimientos científicos y habilidades tecnológicas, la realización de cualquier objetivo se ha convertido gracias a esta creencia tan compartida en una cuestión digamos que política. Y es corolario lógico de esta creencia la idea de que el enquistamiento de algunos problemas sociales o económicos encuentra su explicación última en que desde la Política, los políticos han impedido directa o indirectamente (no habiendo fomentado) que los técnicos se encarguen de ellos como bien sabrían hacerlo. En suma, que caracteriza al mundo moderno una creencia con doble cara, por un lado, una visión extremadamente optimista acerca de las capacidades humanas, por otro, la imagen de que desde las instituciones del mundo de la política es siempre posible hacer realidad esas potencialidades. Uno no puede aquí sino recordar la famosa frase de Chesterton: "Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en cualquier cosa".
En Economía, este optimismo tecnocrático, tan absolutamente moderno por cierto, pues no de otra forma puede adjetivársele en la medida que contrasta radicalmente con el pesimismo característico de todas las demás épocas históricas -que solían poner la Edad de Oro de la humanidad siempre en el pasado, nunca ni en el presente ni el futuro, atreviéndose a lo más a imaginar la repetición cíclica de las edades, un eterno retorno que devolvería alguna vez en un futuro esa paradisíaca Edad de Oro pero también, tras ella, volvería ineluctablemente la nada deseable Edad de Hierro, de la violencia y de la escasez, se tradujo a lo largo del siglo XX en la generalización de la idea de que el "problema económico" de la Humanidad, ése que no sólo metafóricamente suele aparecer como el problema del hambre -uno de los apocalípticos jinetes que desde siempre han pisoteado a las sociedades humanas-, estaba en trance de ser técnicamente vencible. Probablemente no hay texto económico que mejor trasluzca el surgimiento de ese optimismo tecnocrático-económico que la conferencia que con el título de Posibilidades Económicas de Nuestros Nietos, Keynes pronunciara en la Residencia de Estudiantes de Madrid allá por 1929 y que luego publicara más adelante. En ella, Keynes pronostica que el "problema económico" desaparecería de la faz de la tierra en tres generaciones gracias a esa "cosa" tan relativamente novedosa como era el crecimiento económico (1), a su vez consecuencia de la acumulación de capital y del progreso técnico. Probablemente nadie que no fuese un keynes hubiese sido capaz de prever, en mitad de una gran depresión, un futuro de abundancia identificando de paso, con una antelación de 15 y 30 años respecto a los modelos teóricos de crecimiento económico de Harrod-Domar y Solow respectivamente, la mecánica básica del crecimiento.
Tampoco es nada extraño que los economistas en general, tras la II Guerra Mundial, y con la confianza que les daba la nueva y probada capacidad que los instrumentos de política económica que la economía keynesiana ponía en sus manos a la hora de regular el ciclo económico (alejando así el peligro de repetición de nuevas grandes depresiones), se mostraran optimistas y, recogiendo el guante que les había lanzado Keynes, se planteasen qué se podía hacer desde el punto de vista de la ciencia económica para sacar del atraso a los países subdesarrollados, un problema internacional cada vez más agudo conforme el número de países subdesarrollados crecía a consecuencia de los procesos de descolonización. Su forma de abordar el problema era, como no podía ser de otra manera en una era de avances técnicos, técnica, consistente en una fase de estudio inicial dedicada a la elaboración de modelos teóricos que estudiasen el crecimiento económico desde una perspectiva abstracta o teórica junto con sus oportunas contrastaciones empíricas dirigidas a identificar sus causas y las políticas económicas más efectivas para "producirlo", fomentarlo o acelerarlo, para pasar luego, en una segunda fase y si había voluntad política, a llevarlas a cabo a través de instituciones internacionales como el Banco Mundial, el FMI, la OMS, etc.
Y así se hizo pues, aunque es materia de discusiones encendidas, sí que se puede admitir que hubo (la suficiente) voluntad política. Se podrá discutir si las políticas de desarrollo se llevaron adelante con la intensidad necesaria o si se quedaron cortas pero, en cualquier caso, no se puede negar que el subdesarrollo o atraso económico se convirtió en un problema central en la agenda de preocupaciones de las instituciones internacionales y en la de los economistas académicos. Pero, lamentablemente, las cosas no fueron saliendo como se esperaba. Si se acepta que se dedicaron los suficientes recursos materiales y humanos al desarrollo económico de los países pobres a lo largo de casi cinco décadas como para que estos en su totalidad hubiesen al menos salido de las situaciones de atraso más desesperadas, entonces la evaluación de las políticas de desarrollo difícilmente puede pensarse que sea positiva pues, hoy por hoy, el problema del subdesarrollo económico y sus consecuencias sobre la vida de las gentes sigue siendo el problema número uno de la economía a nivel mundial. Dicho con otras palabras, el optimismo de los economistas ha ido sufriendo sucesivos batacazos que, curiosamente sin embargo, no les ha llevado a una suerte de pesimismo depresivo paralizador en la medida que, conforme un enfoque teórico-político del problema del crecimiento "fracasaba", la creatividad de los economistas no se resentía sino que recibía un acicate que se traducía en un nuevo enfoque del problema en forma de un nuevo modelo de crecimiento económico y nuevas políticas a perseguir.
Sin pretender ser ni exhaustivos ni enteramente "justos", y quedándome sólo con los modelos y políticas aceptados mayoritariamente por la profesión (2), una brevísima narración de esa historia podría ser como sigue. Si nos vamos al principio, allá por los años cuarenta y cincuenta se pensó (siguiendo el modelo de crecimiento de Harrod-Domar) que el atraso de los países subdesarrollados se debía a una insuficiente acumulación de capital físico, por lo que la ayuda financiera para comprarlo (dada la insuficiente capacidad de ahorro de sus empobrecidas poblaciones) apareció como la política de crecimiento más apropiada. Pero sucedió que la efectividad de tales políticas de ayuda directa dejó mucho que desear. Ni las ayudas financieras, ni tampoco las inversiones reales en capital físico en los países atrasados fueron efectivas a la hora de generar procesos de crecimiento sostenidos: era evidente que "algo" más faltaba. Y aquí apareció una nueva "explicación" del crecimiento en forma del conocido modelo de Solow, allá a mediados de los años cincuenta, que ponía el acento en los avances tecnológicos más que en la acumulación de capital físico como fuente del crecimiento. Ello significaba favorecer una política de transferencia tecnológica más que la ayuda financiera por sí misma. Pero tampoco el éxito sonrió genéricamente a esta política. Pero, de nuevo, ello no supuso un gran problema, pues en los años sesenta, la teoría del capital humano señaló que sin la acumulación de capital humano ni la acumulación de capital físico ni la transferencia tecnológica podían ser efectivas. Si la gente no estaba mínimamente educada no sabría trabajar con las máquinas que incorporaban las nuevas tecnologías, era evidente. En consecuencia, la política apropiada era obvia: fue la década de la escolarización. Pero ni con ésas. Seguía faltando "algo" que hiciese que la política de acumulación de capital físico+tecnología+educación consiguiese los efectos deseados. Los economistas redescubrieron entonces, una vez más, lo que ya sabían: que sin los incentivos adecuados los agentes económicos no extraían de su capital físico y humano todo el partido que se podía ni tenían, por otro lado, ningún acicate para invertir, educarse o para innovar tecnológicamente. La década de los años setenta fue la década de la economía institucional, el énfasis pasó a estar en el marco institucional que envuelve a los agentes económicas acentuando la definición y defensa de los derechos de propiedad. El argumento, como siempre era evidente: sin un adecuado sistema legal que diese seguridad a los ahorradores e inversores en nuevo capital físico y humano de que podrían recibir la adecuada remuneración por sus esfuerzos, poco podría esperarse. Era por tanto condición sinequa non para que las políticas de crecimiento fuesen efectivas un adecuado marco legal que garantizase las libertades políticas y económicas básicas para el buen funcionamiento de un sistema de mercado. Se fomentaron así las políticas de corte institucional, políticas de ajuste se las llamó en la medida que se dirigían también a la reforma de las economías buscando su desregulación como mecanismo para fomentar la libertad de los agentes a la hora de tomar sus decisiones económicas, el camino que la Economía dominante establece para lograr la eficiencia de un sistema económico. Pero de nuevo, no fueron suficientes para la generalidad del mundo subdesarrollado. Pero, estaba claro, por falta de esfuerzo intelectual, que no quedara. En la década de los años 90, una nueva generación de modelos de crecimiento, los llamados modelos de crecimiento endógeno, han traído consigo una nueva y variada cajas de herramientas o políticas. Frente a la nitidez de las políticas de los cuarenta años precedentes que ponían su acento en alguna o algunas variables concretas (inversión, educación, tecnología, derechos de propiedad) como palanca para el crecimiento, los nuevos modelos de crecimiento ponían el acento en los rendimientos crecientes que de la acumulación de capital físico, humano y tecnológico se podían conseguir gracias a las sinergias, efectos externos positivos o interacciones entre ellas en presencia de unos adecuados niveles de distintas factores como son las infraestructuras públicas, la educación, la igualdad en la distribución de la renta, el capital social, la desregulación de los mercados de capitales, la apertura al comercio mundial, etc. La idea es que la presencia de esos factores actúa base incentivadora para que los agentes tomen las decisiones adecuadas para generar procesos de crecimiento sostenido.Para ser justos, es necesario decir que, en muchos casos, el atraso ha sido vencido. Pero, como se ha dicho, en otros muchos, no. La renuencia del crecimiento económico a entregar su "verdad", la dificultad que les ha puesto a los economistas `para descubrir sus "secretos" ha dotado a los estudios del crecimiento de unas connotaciones casi míticas. Se ha llegado a hablar de la fuentes del crecimiento económico como si fuera las fuente mítica de la abundancia o de la eterna juventud, se ha llegado a considerarlo como un auténtico "misterio"(3). Pero, a lo mejor, quizás, y como tantas veces sucede, puede que no haya misterio alguno, puede que baste con abrir los ojos y ver lo que está ahí delante, ante cualquiera; puede, incluso, que el problema de los economistas es que sus conocimientos hayan sido como unas anteojeras mentales que les hayan hecho dejar de percibir lo obvio, lo evidente y elemental.
Uno de esos hechos empíricos obvios cuando se contempla el devenir económico de los diferentes países es lo que se conoce como "Paradoja Ecuatorial", que viene a decir que, como tomados en su conjunto, los países más cercanos al Ecuador tienen niveles de renta percapita más bajos que los países de zonas más templadas. De igual manera, es cuando menos sorprendente que hasta un 70% de la varianza en las tasas de crecimiento entre los países se explique por una sola variable exógena: la latitud, la distancia al Ecuador. Y la cuestión que ello plantea es la de si, al margen de todo lo demás (capital, educación, tecnología, etc., etc.), no habría una suerte de determinismo geográfico, una especie de restricción insalvable que la Naturaleza pone a los esfuerzos de los economistas, minorando la efectividad de las políticas de crecimiento y tirando por tierra su optimismo tecnocrático.
El determinismo geográfico a la hora de explicar la cultura, el tipo de instituciones políticas o el desarrollo económico cuenta con una larga historia. Para Aristóteles, por ejemplo, los lugares más montañosos y estériles promovían gobiernos democráticos, en tanto que los más feraces se dotaban de gobiernos aristocráticos. JeanBodin en el siglo XVI y Montesquieu en el XVII, son ilustres representantes de esta hipótesis(3). En el siglo XX, se puede citar a los geografosEllenChurchillSemple y EllsworthHuntington como deterministas climáticos, y en la actualidad la magnífica obra de JaredDiamond, Gérmenes, Armas y Acero, se adscribe en buena medida a una suerte de determinismo geográfico "multidimensional" (atendiendo, por ejemplo, a la existencia de especies domesticables, la difusión de cultivos a lo largo de zonas climáticas, el perfil de las costas, etc.) que explicaría las grandes líneas que ha seguido el desarrollo económico en el curso de la historia.
Centrándonos en los efectos económicos del determinismo geográfico, puede decirse que la mera situación o posición geográfica respecto al Ecuador (y los Trópicos) puede afectar al crecimiento económico por dos vías distintas: por el lado de la oferta, y por el de la demanda. La primera atiende a las dificultades que la ubicación geográfica en la medida que se traduce en un clima tropical pone a la hora de posibilitar el crecimiento, obstaculizando que se consigan aumentos de la productividad pese a los esfuerzos que se hagan en el estímulo de los factores que favorecen el crecimiento. Ha sido este el enfoque que mayor atención ha suscitado entre los economistas y es materia creciente de estudio. Se ha investigado así la influencia directa negativa que algunos factores geográfico-climáticos tienen sobre la productividad agrícola. El calor severo, la ausencia de lluvias o, por el contrario, las precipitaciones extremadamente fuertes, las enfermedades parasitarias y debilitadoras, los suelos poco profundos y con pocos nutrientes por su excesivo “lavado” por la lluvias torrenciales, la ausencia de heladas invernales que acaban con organismos dañinos y las deficientes condiciones naturales para el transporte, se han considerado situaciones climáticas o asociadas a ellas que directamente obstaculizan la consolidación de una dinámica de crecimiento. A ellos se ha añadido recientemente un factor indirecto, ligado también con el clima, cual es el tipo de colonización que caracterizó la fase colonial de un país. Se ha sugerido que el clima y la prevalencia de enfermedades a él asociadas fue un factor determinante en la decisión de los colonizadores occidentales a la hora de establecer o no enclaves permanentes donde desarrollar de modo completo sus vidas. Ello habría tenido a largo plazo unos efectos claros sobre el crecimiento económico de esos países una vez lograron su independencia. La idea es que en las zonas ecuatoriales con elevadas tasas de mortalidad, la dificultad para vivir llevó a los colonizadores a no plantearse la posibilidad de "quedarse a vivir" para siempre en los territorios que colonizaban, consecuentemente el diseño institucional de las colonias situadas en zonas tropicales se caracterizó por el establecimiento de “instituciones favorecedoras de las actividades económicas extractivas o apropiativas”, es decir, dedicadas simplemente a extraer los recursos valiosos de la zona cuanto más rápidamente mejor pues la vida allí era para los europeos dura y peligrosa; en tanto que enclaves permanentes con “instituciones favorecedoras de las actividades productivas” fueron típicos de zonas templadas como Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda. Esos "comienzos" institucionales habrían tenido efectos a largo plazo en un ejemplo más de lo que se conoce como "path-dependence", es decir, la dependencia del crecimiento del propio proceso que ha seguido y de su comienzo. Dicho de otra manera, los países que pese a todos los esfuerzo no han logrado desencadenar un proceso de crecimiento sostenido estarían sufriendo de una suerte de "maldición de los orígenes", su subdesarrollo actual sería consecuencia de su "pecado original" en forma de unas "malas instituciones" que generaron (el problema de los "malos" incentivos) unos ineficientes comportamientos económicos, que a su vez en generaciones posteriores generaron ineficientes instituciones, y así sucesivamente hasta la actualidad. De las dos versiones de la “hipótesis geográfica” por el lado de la oferta, la directa o la indirecta, es esta última, la que canaliza los efectos geográficos a través del diseño institucional que siguió la colonización, la que más complace a los economistas pues sintoniza con la importancia que a los factores institucionales se le ha venido dando en la teoría del crecimiento económico.
Pero cabe una alternativa (no excluyente) a esta forma dominante de ver las cosas. La geografía puede afectar al crecimiento no sólo desde la oferta sino también desde la demanda. Y esto, en principio, suena raro, muy raro, pues vendría a decir que el obstáculo al crecimiento lo pondría no la Naturaleza externa a los individuos sino la propia naturaleza de los individuos que "no demandarían" crecimiento económico. Como ya se ha dicho, caracteriza a todos los modelos de crecimiento económico un punto de vista común cual es la idea de que para que haya crecimiento los agentes económicos han de tener los incentivos adecuados para que se lancen a los procesos de inversión e innovación sin los cuales no ha lugar al crecimiento. Pero, adicionalmente, siempre esos modelos "esconden" un supuesto común: suponen implícitamente que los individuos de todos los lugares del mundo responden a los mismos incentivos de la misma manera, es decir, que la "naturaleza" humana (esa suerte de "caja negra" que convierte los estímulos-incentivos en respuestas-comportamientos) no varía según los lugares.
Pues bien, el determinismo geográfico por el lado de la demanda se cuestiona este supuesto, y en su lugar, afirma que la respuesta de los individuos a los mismos incentivos es distinta no, o mejor dicho, no sólo por razones culturales o institucionales sino por dónde vivan, por el clima del lugar donde habitan. La idea no es nada complicada y forma uno de los estereotipos más extendidos entre la gente común, (y por ello, quizás, no resulta fácilmente aceptable para unos científicos tan eruditos como los economistas académicos): la gente que habita en los países tropicales no desea el crecimiento económico con la fuerza con la que sí lo hace la gente de los países templados, dicho con otras palabras la gente que vive allí se toma la vida con tranquilidad, y no necesita de tanto crecimiento. Y la razón última de esta actitud diferencial estaría en que la necesidad de mantener el equilibrio homeostático (una temperatura corporal en torno a los 36,5º)hace que los seres humanos que habitan en diferentes latitudes tengan sustanciales diferencias a nivel bioquímico que se traducen en distintos comportamientos económicos. Este es el punto de partida de Philip Parker en su libro Physioeconomics. The Basis for Long-Run Economic Growth (2000) donde defiende lo que él llama como Fisioeconomía, la incorporación al análisis económico de las restricciones que las necesidad de adaptación fisiológica pone a los comportamientos humanos.
Para la Fisioeconomía, las motivaciones psicológicas que están detrás de los comportamientos individuales están guiadas en último término por mecanismos fisiológicos corporales que buscan siempre la regulación homesotática. Dicho con otras palabras, el cuerpo tiene sus exigencias, y esas exigencias (vía tasas metabólicas, hormonas, neurotransmisores, etc., que Parker estudia largo y tendido) se plasman en motivaciones psicológicas (preferencias) que actúan como un marco para los comportamientos económicos. Así, en los países tropicales, el equilibrio homeostático se consigue con niveles mínimos de aportación calórica y mínimos niveles de esfuerzo para vestirse y proveerse de alojamiento. En los países fríos, por el contrario, la homeostasis requiere niveles más elevados de consumo de alimentos así como mayores niveles de esfuerzo para garantizarse vestido y alojamiento calientes. En consecuencia, la demanda de desarrollo económico es mucho mayor en climas templados que en los cálidos debido, en último término, a estas necesidades fisiológicas.
Algunas conclusiones a las que llega Parker son valiosas y útiles. Así, por ejemplo, señala que las comparaciones de niveles de vida entre distintos países no sólo han de tomar en cuenta las diferencias de renta o poder de compra, sino también la diferencia en las calorías necesarias para mantener el cuerpo. Un adulto que consuma 1200 calorías por día en un país tropical está mejor físca y psicológicamente que un adulto que consuma esas calorías en un país frío. El confort se alcanza en diferentes países a muy distintos niveles de consumo. Parker incluso prone un índice fruto de la división de la renta per capita por la renta necesaria para llevar una vida "decente" en términos de equilibrio homeostático. Podría agregarse, por otro lado, que la difusión del modo de vida desarrollado, es decir, "templado", en esos países cálidos, difusión que se poduce ya sea de manera implicita en la medida que se adoptan las tecnologías y formas de trabajo de los países desarrollados, ya sea explícita o intencionadamente en la medida que se pretende imitar los comportamientos de los países "más avanzados", puede provocar unos desequilibrios fisiológicos (obesidad y sus consecuencias) y psicológicos que quizás habría que tener en consideración.
Y, para acabar, señalar otra implicación fisioeconómica. Sucede que las diferencias observadas en el nivel de desarrollo económico en función de la latitud no sólo se dan entre países sino también dentro de los países. El sur de España, Italia, Estados Unidos, Méjico, ha tenido y tiene mayores problemas en relación al crecimiento económico que las regiones más norteñas (obviamente, esto sucede en el Hemisferio Norte, en el Hemisferio Sur, la relación es la inversa: cuanto más al sur más desarrollo, por supuesto en un caso como en el otro esa ventaja económica diferencial de las latitudes más altas (o bajas al sur del Ecuador) desaparece conforme el clima se hace demasiado frío). Las razones que se esgrimen son de lo más variado, aunque suelen centrarse en torno a unos supuestos agravios históricos que hubieran llevado a esas regiones por el "mal camino" económico, de donde la necesidad de ayuda para reconducir esas situaciones. Pero, frente a esto, las cada vez más repetidas y oidas quejas no sólo en nuestro país sino en otros como Italia, por parte de los contribuyentes de las regiones más desarrolladas de que las transferencias interterritoriales son usadas ineficientemente e incluso son injustas suelen también expresarse y criticarse en similares términos de agravios históricos, injusticias y. abusos. La Fisioeconomía proporcionaría un nuevo punto de vista a estos debates, una posición que dejaría sin mucho sostén el habitual y cansino empate en el reparto de "culpas" con que esos debates suelen concluir. No es el pasado histórico, no es la explotación, no es la ineficiencia, no es la corrupción, no, nadie concreto es en último término "el" culpable. No es la economía, no; es la geografía.
NOTAS
(1) Para ser más precisos, lo novedoso no era el crecimiento económico extensivo, o sea el crecimiento en los niveles de renta, sino el crecimiento económico intensivo, o sea el crecimiento continuado de la renta per capita.
(2) Quedan fuera las recetas para el desarrollo no sustentadas por la Economía dominante, como por ejemplo, la política de sustitución de importaciones o la planificación indicativa o central.
(3) Tres libros básicos para entender la incomprensión de los economistas en el problema del crecimiento son los de William Easterly,En busca del crecimiento (Barcelona: Antoni Bosch, 2003) y The white man's burden why the West's efforts to aid the rest have done so much ill and so little good (Oxford: Oxford University Press, 2006) y el de Elhanan Helpman, El misterio del crecimiento (Barcelona: Antoni Bosch, 2006)
(4) Para Bodin, por ejemplo, habría una especie de "maldición de los recursos" que afectaría a las zonas a las que la Naturaleza habría favorecido, en la medida que su riqueza las haría codiciadas para otros países, que las invadirían y explotarían. Por el contrario, las zonas pobres, libres de esa violencia, posibilitarían e incentivarían a sus habitantes a dedicarse al trabajo y al comercio. Recomiendo, si hay por ahí alguien que quiera saber más de estos asuntos, el libro del gran historiador Lucien Febvre, La tierra y la evolución de la humanidad (Introducción geográfica a la historia) (México: UTEHA, 1961)