Oikonomía: Economía de "andar por casa"
Blog de Fernando Esteve y José Manuel Rodríguez, profesores de Teoría Económica de la UAM.

La economía de los sueldazos (2)

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Publicado por Fernando esteve el 13 de junio de 2012

 

Por lo recién dicho resulta obvio que la explicación/justificación que hace la Economía Neoclásica de los sueldazos de los altos directivos, si bien elegante dentro de su propio modelo interpretativo, se encontraba con dificultades para dar cuenta de lo que sucedía en el mundo real por lo que era difícilmente aceptable excepto para los más fieles al credo neoclásico siempre sobradamente dispuestos a aceptar una suerte de versión económica del optimismo del doctor Pangloss (el personaje del Cándido de Voltaire) que vendría a decir que, “dado” que no hay un efecto sin causa que lo justifique, todos los resultados que acontecen en una economía libre de mercado  están justificados de modo que, en una econonomía de libre mercado, siempre se vive en el mejor de los mundos posibles.

Pero otros economistas, no tan decididamente panglossianos, se fueron por otros derroteros a la hora de explicar la dinámica de los sueldazos. Para ello partieron del enfoque que Sherwin Rosen desarrolló en un artículo publicado en 1981 titulado "The Economics of Superstars" en American Economic Review. En él, Rosen ofrecía una explicación para lo que veía que había sucedido en los terrenos del deporte profesional y del show-business, y era la generalización a esos sectores del modelo del star-system de Hollywood. Lo que se había traducido en la existencia de un reducidísimo grupo de actores, artistas, cantantes y músicos y deportistas que acaparaban la atención y los mercados, que eran auténticas celebridades sociales conocidos por todos en todo el mundo y que recibían por sus actuaciones en las pantallas o en los escenarios unas enormes retribuciones. En pocas palabras lo que Rosen venía a decir es que, gracias a los avances de las tecnologías de la información y la comunicación, los mejores profesionales en estos campos cada vez lo tenían más fácil (o sea, menos costoso) a la hora de "llegar" a grandes números de clientes; es decir, que eran cada vez más capaces de ofrecer sus "servicios" a audiencias o clientelas cada vez más grandes. La consecuencia de esta facilidad de acceso por parte de la "crema" de esas profesiones a mercados masivos era que los "mejores" de las distintas profesiones afectadas por esos cambios técnicos, se hacían con cantidades crecientes de los ingresos o rentas generados e los distintos mercados.  De igual manera, y de forma simétrica,los "peores" de cada profesión veían como el tamaño de su mercado disminuía y con él sus ingresos relativos y, a veces,  hasta  los absolutos. La distribución de los ingresos dentro de cada sector profesional se hacía por ello crecientemente desigual.

Pongamos un par de ejemplos. La industria de la música se ha caracterizado por experimentar una sucesión de revoluciones tecnológicas  a lo largo del siglo XX que han favorecido el acceso de los intérpretes a mercadops cada vez más masivos. Una sucesión de cambios que van desde los discos, la radio y la televisión, las cintas de casete, los CD y finalmente Internet han permitido que quienes ocupan los puestos más altos en el ranking de un estilo alcanzasen cada vez más fácilmente una base de "fans" más amplia, haciéndose así con una proporción mayor de la atención y  del presupuesto para música de los consumidores. En 1982, el 1% de las estrellas del pop se hicieron con el 26& de las ventas de entradas de conciertos. En 2003, esa cifra había subido al 56%. Por camboiar de escenario, pasemos al fútbol. El gran Pelé hizo su debut en la Copa del Mundo de Suecia en 1958 y se convirtió en una estrella internacional. En consecuencia, en 1960 su equipo, el Santos, le pagó  1,1 millones de dólares en dolares de hoy. Cincuenta años después, figuras similares como lo pueden ser  Ronaldo  o David Beckhman se embolsan respectivamente  13 millones de euros el uno y unos 33 millones de dólares por encima de su salario como jugador (7 millones) el otro.

El porqué de la diferencia entre Ronaldo, Messi, Beckhman y demás con Pelé parece claro: no es que, por ejemplo, Ronaldo sea mejor que Pelé, que en mi opinión no lo es, es que la audiencia televisiva que podía seguir a Pelé era muchísmo más reducida que la que hoy puede ver las evoluciones de Ronaldo en el campo (hata 1962, por ejemplo, no hubo retransmisiones por satélite). 

Más adelante, en 1995, Robert H.Frank y Philip J. Cook en un libro titulado The Winner-Take-All Society (traducido al castellano en Méjico como El mundo de los triufadores) extendieron y profundizaron el análisis de Rosen elevándolo de rango al convertirlo en pieza clave a la hora de explicar el comportamiento general de partes cada vez más importantes del sector servicios en las más avanzadas sociedades de mercado. Para Frank y Cook, el fenómeno de las superestrellas que había analizado Rosen no se daba sólo en el mundo del deporte y del espectáculo sino que también se daba cada vez más en otros subsectores del sector servicios conforme la tecnología lo posibilitaba. Y así ya podía observarse en acción la dinámica de las superestrellas entre los profesionales del derecho, la comunicación, la medicina, las finanzas, la educación, la arquitectura y el diseño, etc., con el resultado de que crecientemente el reducido grupo de "ganadores" (winners) en cada uno de esos sectores se hacía con una parte mayor tanto en términos absolutos como relativos de las rentas generadas en cada mercado, lo que explicaba la cada vez más desigual distribución de las rentas salariales y provenientes de actividades profesionales. En consecuencia, Frank y Cook resaltaban que cada vez había más mercados o profesiones del tipo “winners-take-all” en donde lo que importaba a la hora de explicar el reparto del mercado no era tanto el diferencial absoluto en la capacidad entre los distintos profesionales cuanto el diferencial relativo entre ellos, es decir, que el hecho de ocupar una determinada posición en el ranking de capacidad profesional, o sea, el hecho de ser el primero o el segundo o el tercero..., era el elemento determinante a la hora de explicar la disparidad de ingresos entre los miembros de una profesión y no la diferencia absoluta entre la productividad o las capacidades del primero respecto a la del segundo y de este respecto al tercero; es decir que las diferencias de remuneración en poco se correspondían con las diferencias absolutas de capacidad o de productividad, es decir que no guardaban una relación de proporcionalidad.

En este tipo de "mercados de ganador único", por tanto, las pequeñas diferencias relativas en cuanto a la productividad se multiplican en desproporcionadas diferencias en las remuneraciones en término absolutos. Unas mínimas diferencias entre profesionales en cuanto a su productividad, su capacidad o la calidad de sus actuaciones o desempeños se magnifican hasta extremos insospechados en forma de remuneraciones sustancialmente diferentes que no guardan la menor relación de proporcionalidad lineal con las reales diferencias de productividad. Por ejemplo, a la hora de adquirir un CD o pagar por oir la interpretación de una cantata de Bach, los entendidos enormes (e incluso de ellos podríamos dudarlo con sobradas razones, aunque no me quiero meter o aquí en este asunto) quizás puedan discernir y valorar adecuadamente la diferencia absoluta de calidad musical entre -por ejemplo- la Filarmónica de Berlin y la de la  orquesta de -pongamos por caso- Singapur (por poner un ejemplo de una orquesta desconocida por mí al extremo de nos saber si quiera si existe). Pero los que no lo tenemos tan singualres capacidades auditivas, puestos a escoger entre una y otra interpretación nos decantaremos sin duda por la berlinesa, la más conocida o renombrada y que, concedámoslo, posiblemente sea un poco mejor que la de Singapur en la medida que por tener más ingresos es por ello capz de contratar “mejores” intérpretes. Pero al realizar la mayoría de consumidores una similar decisión, la Filarmónica de Berlín acabará haciéndose con una cuota de mercado muchísmo mayor que la de Singapur, “explicable” por la diferencia de calidad... pero no del todo en la medida que la diferencia en los niveles de calidad no se trasladaría linealmente a las diferencias en la cuota de mercado.

El paso inmediato cuando se adopta esta perspectiva es obvio, y fue el aplicarla para explicar el funcionamiento del mundillo de los ejecutivos y managers. Los parecidos formales con el mundillo de las superestrellas eran tan obvios que, si bien se mira, parecía un esquema diseñado a propósito para explicar la dinámica de los sueldazos. En efecto, y al igual que sucedía en la música o en la literatura, un pequeño grupo de profesionales de la dirección en cada país se hace con unas remuneraciones crecientemente fabulosas en un proceso aparentemente imparable (o sea, al margen de crisis y demás sobresaltos económicos) e independientemente del desenvolvimiento económico de las empresas donde prestaban sus acreditados servicios. Algunos de estos altos ejecutivos incluso se convertían en auténticas "celebridades" conocidas fuera de los ámbitos de la gestión y dirección de empresas. En suma que el mercado de altos ejecutivos se ha revelado es, como el de las estrellas del rock n'roll, un “winner-take-all market”.

Ahora bien, para explicar la dinámica que han seguido las remuneraciones de los directivos era necesario contar con un mecanismo explicativo similar al que habían supuesto los avances tecnológicos en los mercados del deporte o la comunicación que habían posibilitado que los pocos llegaran a los mercados masivos. Ese mecanismo lo proporcionaba el crecimiento en el tamaño medio de las empresas, crecimiento que habría tenido un efecto similar al que han tenido las revoluciones den las técnicas de comunicación e información en los sectores de las superestrellas tradicionales. Conforme el tamaño de las empresas ha ido creciendo en sectores como el de las finanzas y también gracias a la constitución de  empresas multinacionales, se habría convertido en cuestión crucial para ellas el hacerse con los mejores ejecutivos o directores. Esto se habría traducido en una enorme competencia por el lado de la demanda en el "mercado del talento gerencial" que habría llevado a esas remuneraciones mareantes. Si -usando de un ejemplo de Robert H. Frank-, en una empresa que tiene unas ganancias de 10.000 millones de dólares unas cuantas decisiones tomadas por un director más competente le pueden suponer a la empresa 30 millones de dólares en ganancias adicionales, ¿qué pasa o qué hay de malo si la quinta parte de estas se las queda el director en cualquiera de las múltiples formas en que su remuneración aparece?...Pues no se puede responder  otra cosa que nada. Adicionalmente, y para contrastar esta explicación con la que se ofrecía de este fenómeno de los sueldazos de la entrada anterior, obsérvese que ambas explican las altas remuneraciones de los “escogidos” en términos del tamaño del mercado al que logran atender, pero en tanto que en la primera explicación, ese tamaño era consecuencia de la actividad de las “estrellas” de la dirección y de la gestión, ahora la relación se invierte: es porque los directivos trabajan en empresas enormes por lo que pueden percibir esas remuneraciones tan enormes.

Sin embargo, pese a esos parecidos con el mundo artístico o deportivo ha sucedido, para asombro y en cierta medida desespero de los economistas que han adoptado este esquema interpretativo, que la mayoría de la gente del común se ha negado -como ya se ha dicho previamente- a aceptar que esa explicación de los sueldazos sirva también como justificación moral de los mismos. No hay nada mejor a este respecto que leerse de corrido  el corto artículo de título "Jeremy Lin y la política económica de las superestrellas" que dedica a este asunto el famoso economista  Kenneth Rogoff, artículo aparecido el 2/3/2012 en la página web Project Syndicate (http://www.project-syndicate.org/commentary/jeremy-lin-and-the-political-economy-of-superstars/spanish) (el artículo se puede leer en castellano en una no mala traducción). No tiene el menor desperdicio y merece la pena ser leído en su integridad pues expone de modo sucinto esta interpretación de los ejecutivos y directores de empresas como superestrellas que compiten entre sí comparándolo con los jugadores de baloncesto de la liga norteamericana. Traeré aquí sólo a colación dos citas del mismo que resumen bastante bien la argumentación:

"Lo que me asombra es la aceptación displicente por parte del público de los salarios de las estrellas del deporte, comparado con su baja consideración por las superestrellas de los negocios y las finanzas. La mitad de los salarios anuales de todos los jugadores de la NBA superan los 2 millones de dólares, más de cinco veces el umbral para el 1% superior en materia de ingresos de hogares en Estados Unidos. Dado que superestrellas de larga data como Kobe Bryant ganan más de 25 millones de dólares al año, el salario promedio anual de la NBA supera los 5 millones de dólares. De hecho, el salario de Lin, 800.000 dólares, es el "salario mínimo" de la NBA para un jugador en su segunda temporada. Es de suponer que Lin pronto estará ganando mucho más, y sus admiradores aplaudirán.

"Sin embargo, muchos de estos mismos admiradores casi con certeza dirían que los CEOs de las compañías del índice Fortune 500, cuya compensación mediana ronda los 10 millones de dólares, cobran un salario ridículamente excesivo. Si un jugador estrella de básquet reacciona un segundo más rápido que sus rivales, nadie tiene problema con que gane más por cada partido de lo que ganan en un año cinco operarios de fábricas. Pero si, digamos, a un operador financiero o a un ejecutivo corporativo le pagan una fortuna por ser mínimamente más rápido que sus competidores, el público sospecha que no lo merece o, peor aún, que es un ladrón”.

Ahora bien, y antes de seguir, se impone una vez más introducir una nota de precaución que ya ha salido repetidamente en las entradas de este blog. Y es que siempre, siempre, hay que tomar cum grano salis las analogías a la hora de usarlas en las explicaciones de los fenómenos económicos, pues siempre, siempre, quienes las usan se deslizan inevitablemente de su uso como mera ilustración a su uso como prueba de la explicación. Cuando Rogoff -y no sólo él sino todos los que se apuntan a esrta forma de ver las cosas- tiran de los ejemplos de Messi, Cristiano Ronaldo y demás a la hora de "ilustrar" y dar una imagen vívida de lo que sucedería en mercados de “ganador-único” menos glamourosos como el de los ejecutivos y directivos, se olvidan -quizas inintencionadamente- que ni en el F.C. Barcelona de Messi ni en el Real Madrid de Ronaldo ni en ningún otro equipo en que se paguen esos sueldazos existe nada ni remotamente parecido a las diferencias salariales que ya se ha visto suelen darse entre el top de ejecutivos y el resto de los empleados. Sí, cierto que Ronaldo y Messi ganan más que sus compañeros, pero ni mucho menos tanto, tantísimo, como 100, 300,  600 o 1000 veces más que la media del conjunto de las plantillas de sus equipos. Y es que es el conjunto de los jugadores del BarÇa o del Madrid el que hace que estas "empresas" tengan tan elevados ingresos. Un Ronaldo o un Messi condenados a jugar con 10 "mantas" integrales en equipos de tercera regional no serían los Ronaldo y Messi que admiramos. Serían unos Ronaldo y Messi del montón, perfectamente desconocidos a nivel de las masas de aficionados, con unos sueldos como jugadores -caso de que siguieran en el negocio del futbol- propias de esos equipos de mediana o baja categoría. Si Ronaldo y Messi son los que son, si pueden llevarse los sueldazos que se llevan a sus casas blindadas  es porque el resto de quienes juegan con ellos son casi igual de buenos, y correspondientemente ganan  también muchísimo dinero. Así que, lo siento por Rogoff y tutti quanti, la analogía entre los directivos de las empresas y los jugadores de futbol de élite no sólo deja mucho que desear sin que es profundamente engañosa. (Creo, por seguir en la misma onda, que la analogía más cercana entre el mundo del futbol y el de los ejecutivos sería equiparar a estos con los entrenadores. Y, ¡qué curioso! No ganan ni mucho menos los entrenadores tanto como los jugadores).

Pero la cuestión que plantea Rogoff respecto a la respuesta de la gente del común ante los sueldazo de los ejecutivos sí que es pertinente. Rogoff se asombra de que la gente esté más dispuesta a admitir, tolerar o justificar las remuneraciones de las superestrellas del deporte que las que se llevan las superestrellas del mundo de los directivos y ejecutivos de las empresas. Y a este respecto lo primero que hay que señalar es que si bien la aceptación de los “sueldazos” de los deportistas de elite, cantantes, artistas y literatos de moda y demás es sustancialmente mayor que la de los correspondientes “sueldazos” de los altos ejecutivos, ello no significa que en sí se vean como justificados moralmente.

Y es que resulta que en el mundo económico de las “superestrellas”, en los “mercados de ganador único” en general, la explicación de las diferencias de la remuneración no constituye una justificación de las mismas. Cuando una mínima diferencia en la capacidad o la habilidad se magnifica hasta extremos insospechados en términos de remuneración salta por los aires la noción de una justificación moral de las diferencias de remuneración en términos de merecimiento. Si a ello agregamos el peso del azar en este esquema, las cosas se vuelven aún más indefendibles desde el punto de vista de este tipo de ética del merecimiento. Si entre dos agentes (ya sean cantantes, actores, futbolistas o directivos) con mínimas o hasta inapreciables diferencias cualitatitavas en cuanto a sus capacidades resulta que uno de ellos quizás por el mero azar de estar en el sitio adecuado y el momento adecuado entra a formar parte de la élite de las superestrellas y el otro acaba condenado al anonimato, a la falta de reconocimiento social y a una remuneración escasa, ¿cómo se puede justificar -que no explicar- ese resultado?

Pero lo que resulta claro es que la desconsideración popular respecto a los sueldazos penaliza diferencial o relativamente a los que ganan los directivos y ejecutivos. Puestos a buscar una explicación Rogoff señala que en algunos casos tal (des) consideración está más que bien justificada:

Por supuesto, existe una cierta lógica en el desdén de la población por las compensaciones de las superestrellas fuera de los deportes profesionales y el entretenimiento. Este es el caso particularmente en algunas áreas de las finanzas que son esencialmente juegos de suma cero, en los que la ganancia de una persona es la pérdida de otra. Hay otras áreas, como la tecnología, en las que alguien como el difunto fundador de Apple, Steve Jobs, podría decirse que ofrece una innovación y una calidad reales, en lugar de simplemente contratar abogados y lobistas para mantener una posición monopólica"

No es difícil darse cuenta de que Rogoff yerra. No hay mejores ejemplos de juegos de suma creo que las pugnas deportivas pues todas ellas son posicionales de tipo agónico: quien gana lo hace porque hay otro u otros que pierden, por lo que no puede acudirse al componente de suma cero de muchas relaciones financieras para explicar el decrédito de los financieros. En suma, que debe haber algo más que el hecho de ser despiadado o de jugar a un juego de suma cero lo que hizo que Gordon Gekko, el personaje que interpreta Michael Douglas en la película Wall Street, se convirtiera en epítome de los odiados ejecutivos de las finanzas.

(continuará)

Etiquetas: Economía



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Comentarios
1 Franz
16 de junio de 2012 (18:05)


En relación de pagos astronómicos figuran dirigentes de todos los partidos, estos no son estrellas del deporte, como mencionas al final de tu "blog".
Estos escándalos han suecedido en España y aunque Mariano Rajoy ha encargado un informe detallado de los sueldos de escándalo en la cúpulas de las cajas de ahorros desde (Santin,Virgilio Zapatero, De la Merced, etc).
Ellos parapetados en las cúpulas de las deficitarias cajas de ahorros españolas y, con la excusa de que son estupendos gestores se han embolsado sueldos y dietas escandalosas y con ninguna responsabilidad.
Un saludo

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