Buenas noches.
Estoy de vacaciones hasta prácticamente Septiembre, y estoy jodidamente pesimista, con los mercados.
El jueves vuelo hacia el mar, y juro que a pesar que desde pequeño no me gusta la arena de la playa (te encuentras arena de la playa de verano en Diciembre en Madrid, rayos, y no sólo en las uñas de los pies, sino hasta en las corbatas. Qué misteriosa dinámica y omnipresencia tiene la arena de la playa!), estaré todas las mañanas dos horas en la playa, caminado, oliendo el mar y si ya de paso veo un par de buenas tetas en “top less”, mejor que mejor. Lo malo (o lo bueno) es que estaré con mi madre y no podré hacer demasiado el ganso, que luego me regaña. “Deja de decir tonterías, que ya no tienes edad. Si te viera tu padre. Qué vergüenza, si aquí en la playa nos conocen todos”.
Estoy pensando este verano en tirarme a la chica interna sudamericana que tiene (aunque ya tiene DNI y 45 años, edad perfecta). Dan morbo, las chachas, con su uniforme. De hecho, se lo compré yo: uno rosa y otro azul celeste. Ja, ja.
Al fin y al cabo, eso de que el señorito se líe con la chacha es algo muy literario (y muy clasista. Así de paso jodo un poco más a los socialistas que puedan leer esto). Ya veremos, a ver si se deja.
Si algo me refrena, digamos que son “problemas laborales”: no conviene liarse con alguien tan cercano a mi madre y que veo casi a diario. Encima las mujeres nunca se conforman: quieren más. Quieren todo de nosotros: la polla, el dinero y hasta cariño. Todo no puede ser, señoras, que los hombres nos agobiamos enseguida. La polla se cansa, el dinero se nos acaba y el cariño no lo solemos dar, que da pereza.
A veces pienso que soy un inmaduro crónico e incorregible, y me gusta sacar a pasear el niño que fui.
Mi legendario (o no. Ja, ja) olfato para estas cosas (para eso me pagan) me dice que algo huele pero que muy mal en los mercados.
La posibilidad de una segunda recesión en USA, más la crisis de deuda, más otra probable recesión en Europa, al menos en países como España (y una subyacente híper inflación que algún tendrá que aflorar, de tanta pasta y deuda en circulación) sugieren un escenario desconocido y aterrador.
La ley de Peter ésa y de la tostada con mantequilla: “Lo que va mal, puede ir peor”.
Ya no se trata de política ni de Rajoy ni de ZP.
Son fuerzas que escapan a cualquiera. Y a cualquier pronóstico.
En tiempos así, gastar poco (nuestro coche tiene doce años, y mañana tengo que pasar la maldita ITV, ahí, haciendo cola con el vulgo, joder), nada de renta variable, cuidado con la renta fija (la peña no suele saber que hay un mercado secundario tan volátil como el de la variable), y todo liquidez, y si se puede, en varias divisas y países, y todo declarado a Hacienda, que si no te cruje. Con Hacienda, bromas las justas, que cuando recibes una carta certificada aunque sea una tontería, se te ponen de corbata.
Ahora empiezan a caer unos goterones gordos que resuenan “espantados” en el toldo. A ver si cae una buena tormenta de verano, título por cierto de una novela del entrañable Juan García Hortelano, íntimo de Juan Benet y de Javier Marías, nuestro próximo premio Nobel. Aunque nuestra favorita de Hortelano es “El gran momento de Mary Tribune” en la edición crítica de “Cátedra”, una novela ambientada en el Madrid de los sesenta y en la que se bebe tanto que uno acaba con el hígado hecho polvo sólo de leerla.
Estamos escasos de ideas para nuevas columnas que no sean políticas.
Necesitamos quitarnos el estrés y expulsar las preocupaciones de nuestra cabeza. Relajarnos. Mirar la naturaleza. Ver el mar o una puesta de sol. Estar solos sin pensar en el ruido y la furia que es la vida.
Ahora ha estallado la tormenta plena, que suena más por el toldo que nos protege del Oeste.
Joder, y todavía tengo que sacar al perro. No me creo que me tenga que poner botas altas de goma con bermudas, algo ridículo, que estoy en cómodas chanclas (por cierto, para conducir son incómodas y peligrosas).
Divagaciones de primero de Agosto, mes de nuestro cumpleaños. Somos tan despistados que algún año no nos acordamos de nuestro cumpleaños hasta la una de la tarde, cuando alguien nos llama para felicitarnos.
Tenemos un antiguo cliente y a pesar de ello amigo que siempre nos llama por nuestro cumpleaños (hombre ordenado y cortés con su agenda). Ya está muy mayor, y nos alivia saber de él al menos una vez al año. Un año de éstos no nos llamará, porque habrá muerto.
Hacía tiempo que no utilizaba este blog para divagar. Frasear, diría yo. Lo puede leer cualquiera (y con mala intención) pero nos la que te resopla.
Nada. Mañana hacer recados que odiamos, como la maldita ITV. Manda güevos. Como haya mucha cola, pasamos.
Nuestro hijo está súper emocionado porque le vamos a comprar mañana (con puntos y con pasta) un teléfono de esos inteligentes que es la pera. Ahora él repudia Apple (tiene el I Phone 1 de tres años y ya le da problemas con eso de la obsolescencia programada), y quiere el sistema “Android” o así. Creo que es un Samsung Galaxy 2 Plus, según él, el mejor.
Niño querido, no sabes lo que te quiero. En él veo muchas cosas de su abuelo: una inteligencia extraordinaria (y encima memoria, la que nosotros nunca tuvimos) y una bondad y empatía desconocidas.
Muy grandes ojos marrones, grandes orejas, está guapísimo y vigoréxico y atlético. Seguro que va rompiendo corazones por ahí, pero lo vemos demasiado pardillo, demasiado naif y friqui con sus videojuegos, de los que es toda una autoridad. Yo he intentado jugar con él y se aburre conmigo porque no sé manejar los mandos, complicadísimos.
Que ninguna arpía le haga sufrir, porque entonces seremos don Vito Corleone, y tan sólo con el anuncio de una amenaza (no la amenaza en sí misma). Le tenemos que formar todavía sentimentalmente. Prevenirle: “No te entregues del todo hasta que ella se entregue: que ella te quiera más que tú a ella, si es posible. Es mucho más cómodo y conveniente”. Recuerdo que nuestro padre nos decía algo así, hombre un poco misógino, quizás porque era muy sabio, quizás porque era de otra generación.
Señoras, señores, buenas noches, bona nit, boas noites y demás.
Me voy a pasear al perro a averiguar en qué estrella (somos polvo enamorado de estrellas) reside mi padre, que se le olvidó mandarme su dirección. Despistado que es él.
Ya no llueve. Fracaso de tormenta de verano aunque huelo el olor delicioso a tierra húmeda. Uhm….
Los pequeños regalos de la vida.