Los liberales piden poner patas arribas todo el mercado laboral; desde entrar a saco en la descentralización de la negociación colectiva (ya lo dice el dicho, divide y vencerás), a potenciar la flexibilidad laboral en sentido amplio, y como no, en incidir en el tema estrella por antonomasia: el abaratamiento del despido.
Personalmente dudo sobre la idoneidad de acometer reformas de calado en nuestro mercado de trabajo en momentos de crisis como el actual. Y más cuando en los últimos meses las relaciones laborales en el seno de las empresas están mostrando una asombrosa capacidad de autorregularse jamás vista en el pasado. Quién se mueva con asiduidad por los departamentos de RR.HH de las empresas sabrá que casi el 90% de los nuevos contratos son temporales (Inspección de Trabajo no se atreve a meter baza). O que muchas empresas están soltando lastre de personal abonando indemnizaciones a razón de 20 días/año a sabiendas que los juzgados están moderando los requisitos para su aceptación. O que se están camuflando ERE’s como despidos individuales con la total connivencia de los sindicatos. O que se están suspendiendo contratos o reduciendo jornadas de trabajo a destajo sin que la Autoridad Laboral ponga demasiadas pegas. O que otras tantas empresas están congelando o bajando salarios a mansalva con la amenaza de que es esto o es pegar persianazo.
Que nadie se lleve a engaño, nuestro mercado laboral, para bien o para mal, es el mismo que nos permitió crecer ininterrumpidamente durante más de una década. Que ocurre?, que lo que antes servía, de la noche a la mañana ya no sirve?. No debe de ser tan rígido nuestro mercado laboral como apuntan muchos cuando en el último año ha permitido destruir miles de puestos de trabajo. Vaya, que parafraseando a Jan Laporta; “al loro que nuestro mercado laboral no está tan mal, hombre, que no os embauquen”.
Porque el problema de fondo sigue siendo de que hemos entrado de pleno en una crisis sistémica global con una economía de ir por casa, sobredimensionada por el consumo voraz de una demanda que ya nunca más volverá a ser la que fue. Jamás en este país se volverán a levantar 800.000 viviendas en un año.
Ahora bien, puestos a reformar, tampoco no nos irían nada mal, echarle un golpe de mano a la normativa fiscal de este país. La arbitrariedad e injusticia tributaria resulta sangrante en según que casos, y son en parte, responsables de habernos llevado al barrizal en donde estamos. Cabe recordar acaso que el enriquecimiento fácil de un pelotazo inmobiliario de millones de euros tributa al tipo fijo del 18% de IRPF mientras las rentas del trabajo personal pueden llegar a tributar hasta un tipo del 43%. También habría que recordar como las grandes fortunas de esta país han obtenido en los últimos años pingües plusvalías a través de los SICAV’s amparadas en un régimen fiscal de tributación del 1%. O todos aquellos que siguen defraudando u operando en la economía sumergida (según estimaciones podrían estar rondando el 25% del PIB) y que sin aportar ni un céntimo a las arcas públicas luego pasan usurpar con avidez todo tipo de subvenciones públicas mientras las clases medias, los grandes contribuyentes al erario público, se quedan sin un céntimo que llevarse al bolsillo.
En fin, el panorama es francamente desalentador. Y cuando miramos hacia nuestra clase política, ya todo resulta obsceno, demencial, y al final de todo, muy depresivo. A este paso ya nos podemos ir atiborrando de pastillas...,