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Neuroeconomía y Psicología financiera. ¿Por qué el coronavirus hace que nos vayan mal las inversiones?

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¿Por qué vendemos antes de tiempo y nos quedamos con las malas inversiones? ¿Por qué nos quita el sueño ver en rojo la cartera? ¿Por qué no vendí cuando le sacaba un +30% y ahora está en negativo? Seguro que estas, y otras muchas preguntas, te has has hecho más de una vez cuando te has enfrentado a la bolsa. Vamos a intentar explicarte cómo influye la psicología financiera en la toma de decisiones y cuáles son los sesgos que nos llevan a cometer errores y perder nuestros ahorros.

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Sesgo de exceso de confianza

Las personas tendemos a sobreestimar los conocimientos, infravalorar los riesgos y exagerar nuestra capacidad para controlar los acontecimientos. Si te preguntara en comparación con los demás conductores, te consideras por encima de la media, en la media o por debajo, la mayoría de las personas respondería que se considera por encima. Sin embargo, lo lógico es que la mayoría se encuentre en la media y, realmente, solo unos pocos conduzcan mucho mejor que los demás. 

Si has empezado a invertir en los últimos años, con un mercado alcista (coronavirus aparte), es probable que tus resultados hayan sido positivos y atribuyas ese éxito a tus habilidades, lo que te lleve a tener un exceso de confianza.

El exceso de confianza puede llevarte a realizar un número mayor de operaciones, que puede reducir la rentabilidad de la cartera y la asunción de mayores riesgos. En términos generales, un inversor con exceso de confianza percibe que sus acciones son menos arriesgadas de lo que son en realidad.

Sesgo de información

Cuanto mayor es la cantidad de información disponible, mayor sensación de control cree tener el inversor. Cuando aparece nueva información, nos preocupamos de su importancia pero no de su validez o fiabilidad. Realmente, gran parte de la información que recibimos es inútil y sin importancia, ya que suelen ser rumores, datos pocos precisos o datos obsoletos.

Tendemos a creer que la exactitud de las predicciones mejora con mayor información. Pero hay tres razones para pensar que no es así:

  1. Alguna información no ayuda a realizar predicciones o incluso nos confunden.
  2. No siempre tenemos la experiencia o capacidad para interpretar la información.
  3. Tendemos a interpretar la nueva información como confirmación de nuestras predicciones.

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Sesgo de confirmación

Es uno de los sesgos más peligrosos. Cuando nos hacemos una idea sobre algo no nos gusta leer que podemos estar equivocados para evitar estar en contradicción con nosotros mismos. Por eso, las personas de una determinada ideología tienden a leer periódicos de su misma cuerda.

En el mundo de los inversores ocurre lo mismo. Si hemos tomado la decisión de que nuestra empresa o los gestores de nuestro fondo son los mejores, ignoraremos las informaciones negativas, lo que aumentará nuestro riesgo y las probabilidades de equivocarnos.

El sesgo de confirmación influye en cómo buscamos la información, cómo interpretarla y en cómo la recordamos.

Statu quo, o…¡lo que tengo es mejor!

Cuando nos vemos obligados a decidir entre distintas opciones, a menudo preferimos mantenernos anclados en el statu quo. Compramos las mismas marcas de productos, permanecemos en los mismos trabajos, etc. En el mundo de las inversiones ocurre lo mismo. Elegir entre todas las acciones, fondos y etf que existen puede resultar abrumador, por lo que la decisión muchas veces es quedarnos como estamos.

Efecto dote

El efecto dote consiste en que, para vender una acción, exigimos mucho más de lo que estamos dispuestos a pagar para comprarla. Sobrestimamos el valor de lo que poseemos y nos causa dolor desprendernos de ello. Por ello, muchas veces tendemos a mantener las acciones o fondos que ya conocemos y nos sentimos cómodos antes que invertir en una nueva que puede salir mal.

Evitar el arrepentimiento

Un inversor actúa buscando sentirse orgulloso y evitando tener que arrepentirse. Esto tiene como consecuencia vender valores con beneficios demasiado pronto y mantener valores con pérdidas demasiado tiempo. Esto daña nuestros ahorros de dos formas:

  1. Pagamos más impuestos sobre plusvalías al vender valores con beneficio.
  2. Obtenemos menos beneficios porque vendemos las acciones demasiado pronto que iban a seguir aumentando la rentabilidad y mantenemos los que tienen una rentabilidad negativa.

Hay que aprender a amar las pérdidas y odiar los beneficios.

Este dicho quiere decir que, para evitar que el arrepentimiento nos obligue a mantener valores en pérdidas, hay que amarlas y vender. Por contra, para evitar la satisfacción de obtener beneficios y vender demasiado pronto hay que odiarlos y no precipitarse.

 

Aversión al riesgo

Después de haber sufrido una pérdida financiera, lo normal es perder el deseo de asumir nuevos riesgos. Un inversor a largo plazo que forme una cartera diversificada, si la cotización cae rápidamente, puede entrar en pánico, vender antes de tiempo y no querer oír hablar nunca más de la bolsa. Después de haber tenido la mala suerte de perder dinero, la gente cree a menudo que continuará teniendo mala suerte y, por lo tanto, evita el riesgo.

Doble o nada

Si por el contrario, no sufres la aversión al riesgo, puedes querer compensar las pérdidas aportando el doble. La bolsa no debe tratarse como un casino. No funciona igual. Además, si no has hecho bien los deberes a la hora de seleccionar los valores el doblar la apuesta no garantiza que vayas a recuperar las pérdidas.

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Efecto rebaño

Cuando se forma un consenso social en torno a una determinada empresa, los inversores actúan como un rebaño. Ahora mismo con las tecnológicas ocurre. Todo el mundo afirma que son empresas que su crecimiento justifica el estar caras, y muy pocos son los que dicen lo contrario. El efecto rebaño generalmente nos empuja al error financiero de comprar caro y vender barato. No sabemos qué pasará en el futuro pero sumado al sesgo de confirmación, puede hacer que cometas un error de inversión.

 

Contabilidad mental

Los inversores tienden a colocar cada inversión en una cuenta mental distinta de las demás. Cada inversión se contempla separadamente y se ignoran las interacciones entre ellas. Este sesgo estimula la aversión al riesgo ya que vender acciones en pérdidas supone cerrar la cuenta mental con un sentimiento de culpa.

La contabilidad mental afecta a la percepción de los riesgos al analizar cada valor por separado y crear objetivos distintos para cada uno. La correlación entre nuestras inversiones es mayor de lo que pensamos.

Efecto anclaje

En el mundo de la inversión y de la bolsa suelen estar bastante contaminados por el efecto anclaje. Los inversores toman un precio pasado al que ha cotizado una empresa como referente a la hora de estimar su potencial de revalorización. También puede darse el caso que compres a 10, suba a 15 y caiga a 12, te quedes con ese precio máximo al que llegó y “debiste vender”.

Es importante tener un margen de seguridad grande y si cambia algo en la empresa tanto para bien como para mal, ajustar tu precio objetivo y no quedarte anclado en un número.

 

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