El marco económico no es neutral

El enfrentamiento entre seguidores de una política económica en la que el mercado debía de funcionar en libertad y los que consideraban que debían de crearse poderosos vigilantes y establecer limitaciones fue ganada definitivamente a finales de los 90 por los primeros. Fue la última vez que Washington consideró (1) la necesidad de regular el mercado de derivados y la verdad es que no fue bien. En aquel momento el paladín del cambio era Brooksley Born, la presidenta de la Commodity Futures Trading Commission, el equivalente a la española Comisión Nacional del Mercado de Valores, aunque en este caso la supervisión de Born se limitaba a los mercados de futuros. Su intención era vigilar todos los mercados de derivados, incluyendo las opciones, pues como ella misma reconoció al Washington Post, la mera idea de lo que podría suceder si esos productos se negociaban sin control la hacía despertar por las noches en sudores fríos.

Las tres personas a las que se enfrentó a la hora de pedir mayores poderes regulatorios fueron: Alan Greenspan, Presidente de la Reserva Federal Norteamericana, Lawrence Summer, por aquel entonces Secretario del Tesoro, y, Phil Gramm, senador republicano por Texas. El resultado de la batalla es evidente. No sólo fue que Born perdiera. Es que además Gramm consiguió la aprobación para una legislación que prohibía específicamente la regulación sobre los derivados OTC.

 



En este año 2009 hemos escuchado a Alan Greenspan pedir perdón en repetidas ocasiones por haberse opuesto a la regulación de los derivados. Larry Summers, ahora consejero económico del presidente Obama, se ha unido a la petición del actual Secretario de Economía, Timothy Geithner, para pedir una regulación más fuerte. Gramm ya no está en el senado. A las filas de los nuevos conversos también se ha sumado el antiguo presidente Bill Clinton, quién en una entrevista al New York Times reconoció en este 2009 que se había equivocado al escuchar a Greenspan sobre los derivados cuando lo que tenía que haber hecho era pedir una mayor regulación a la Securities and Exchange Commission.

No obstante, la más llamativa de todas las declaraciones de Alan Greenspan nos llegó en octubre de 2008, cuando la crisis financiera arreciaba. Ante el escenario de desaparición de la banca privada norteamericana declaró sentirse en un estado de “conmocionada incredulidad” pues todo el edifico intelectual” se había “derrumbado. Ese entramado estaba construido con extraordinario cuidado a partir de elementos como la fisiocracia, que afirma que existe una “ley natural” por la que la correcta marcha de la economía estaría garantizada sin la intervención de las autoridades públicas. Sustentado por economistas como Adam Smith que produjo la metáfora visual de “la mano invisible” que dirige a los agentes económicos a partir de sus propios intereses. Apoyado por Milton Friedman que estaba en contra de la existencia de los bancos centrales y que desarrolló una eficaz labor de zapa sobre los keynesianos. Un edificio intelectual embellecido con la teoría de que los mercados son eficientes y los inversores racionales, mientras que el estado es un ente perverso… Todo, absolutamente todo, había sido arrasado con la crisis de las hipotecas sub-prime, pues la lección básica que surgía del caos era que los mercados no pueden estar solos y necesitan vigilancia.

Broksley BornPor ello, resulta sugerente que desde principios de 2009 los medios de comunicación económicos pidan a los gobiernos que endurezcan la supervisión, lo que resulta paradójico, ya que se urge a las autoridades públicas a que regulen el sector privado, cuando en décadas precedentes desde las columnas de opinión de estos medios se pidió que se alejaran. En el otoño de 2009 los países del G20 se plantean una reforma del sistema financiero internacional, con lo que se pretende establecer unas bases sólidas que eviten que el mundo vuelva a caminar al lado del colapso y que se generen unas externalidades negativas tan tremendas, como ha sido el incremento del paro y la caída del PIB en los países industrializados.

Pese a que la opinión pública está convencida de que el cambio es necesario y hay una manifiesta voluntad política de acelerarlo, la adopción de soluciones y su puesta en ejecución no será fácil. Además, el lobby bancario y financiero sigue existiendo y maneja fondos a espuertas para influir en los legisladores y en los expertos. Paul Krugman se preguntaba en un artículo (2) porque no mueren ya ideas como que “el sector privado funcione siempre sólo es bueno” y razonaba del siguiente modo “Cantidades ingentes de dinero han ido a parar a demócratas obstruccionistas como Nelson y el senador Max Baucus, cuya Pandilla de los Seis y sus negociaciones han constituido un obstáculo crucial para la legislación”. De un modo más sencillo, siempre que el salario (o contribuciones a la campaña) de un hombre dependa de que un punto de vista se mantenga, ese hombre no atenderá ya a más razones. El campo de juego no será neutral. Geoffrey M. Hodgson, economista de la Universidad de Hertfordshire, (3) explica que la ideología de individualismo de mercado ha destruido la ética de los economistas. Según él “Es menos probable que los economistas financieros hablen a favor de la regulación cuando tienen lucrativos contratos de asesoría con firmas implicadas en derivados, hedge funds e innovaciones financieras cuestionables”. Hodgson añade que para entender la actual crisis y la complacencia de muchos economistas con un modelo de pensamiento, se ha de volver a revisar la relación entre ideología y economía, así como otras materias tal vez no tan de moda en las últimas décadas como la historia y la filosofía del pensamiento económico.

El economista institucional y premio nobel de economía Douglass Cecile North exponía (4) que las estructuras institucionales están compuestas por conjuntos de reglas de distinto tipo y naturaleza, redactadas en documentos, y por determinadas normas sociales, como valores culturales, convenciones sociales, principios éticos e ideológicos del colectivo que se estudia, etc. Este armazón institucional influirá sobre los comportamientos económicos de los ciudadanos, empresas y estado. Concretamente sobre los incentivos al ahorro, la inversión, la producción o al comercio, además de actuar sobre los costes de producción y transacción resultantes. Como las estructuras institucionales no tienen un efecto neutro sobre los distintos agentes económicos y sociales surgen fricciones por lo que existe un actividad dirigida a “conseguir modificaciones favorables de dichos entramados”, especialmente en los marcos legales como cambios en la cláusula de un convenio colectivo, una disposición constitucional o una ley de horarios comerciales (5).Alan Greenspan

Dentro de todo ese armazón institucional el gobierno ha de decidir la promoción de un grupo u otro, lo que convierte al estado en un participante en el proceso de toma de decisiones económicas a través de la legislación y de las decisiones judiciales. Las leyes tendrán pues la posibilidad de ordenar la distribución del riesgo, de los costes de los negocios, de la asignación de recursos y del nivel de ingresos de los ciudadanos.

Dado que la ley puede ser modificada por el ejecutivo, el gobierno se convierte en un vehículo o instrumento disponible para quién pueda controlarlo o usarlo. La pregunta sería ¿qué intereses específicos o valores dominarán en un caso? El economista Warren J. Samuels (6) argumenta que una sociedad no es sólo un esquema de derechos y una estructura de poderes, o, incluso, un sistema de coerción. Según él, la sociedad es un proceso de identificación, clasificación, confrontación y selección de valores en todos los aspectos de la vida, tanto individual como colectiva. Lo que produce una economía no son sólo bienes, si no también hombres, y cuando produce hombres también produce intereses y valores.

La guerra entre los que pretenden regular el mercado y los que desean evitarlo ya dura casi dos siglos. En este momento parece que la última batalla la han vencido los reguladores, pero no pueden cantar victoria. Lo que sí es cierto es que la crisis subprime que nació en 2007 nos deja la valiosa lección de que promover el interés personal inmoderado tiene consecuencias negativas para todos. Por ello, la pregunta es ¿qué valores y qué hombres queremos producir en el futuro?
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1. Esta información está extraída del artículo “Derivatives: The risk that still won’t go away” publicado por la revista Fortune el 23 de junio de 2009 por la editora Carol J. Loomis.
2. KRUGMAN, Paul. “Todos los zombies del presidente”. New York Times. 2009
3. HODGSON, Geoffrey M. “The great crash of 2008 and the reform of economics”. Cambridge Journal of Economics. Agosto 2009.
4. North, D. C. (1990) “Institutions, Institutional change and Economic Performance”. Cambridge University Press.
5. TOBOSO, Fernado y COMPES, Raúl. “Nuevas Orientaciones en el ámbito de la Nueva Economía Institucional. La incorporación de los nuevos aspectos distributivos”.
6. SAMUELS, W. J. (1981). “Interrelations between Legal and Economic Process

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