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Planificación financiera y patrimonial

Etiqueta "Renta fija": 5 resultados

ETF, un complemento para nuestras carteras

 

Hace unos días, tuve una reunión con una persona del departamento de ventas de una de las mayores gestoras de fondos de inversión y ETF del mundo; a parte de hablar sobre la gestión de algún fondo que ya conocía y de otros que me resultaron muy interesantes, me hizo un comentario que llamó mucho mi atención, por la sinceridad de sus palabras: "No te voy a hablar de los fondos que tenemos de RV (de una determinada zona geográfica) porque no baten a su índice de referencia, y, para invertir ahí, mejor hacerlo con un ETF, aprovechando los menores costes de gestión".
 
Curiosamente, unos días después, David Cano, Director General de Afinet Global EAFI, socio de Analistas Financieros Internacionales y una de las referencias en cuanto a análisis de RF en España, publicaba en Twitter el gráfico adjunto, referente a la evolución de un fondo y un ETF donde el subyacente común es el índice EONIA, y una frase clara, concisa y que describe perfectamente la situación: “Invirtiendo en EONIA con y sin comisiones”.
 
ETF
 
Sin lugar a dudas, ambas frases tienen todo el sentido del mundo, y más después de ver el gráfico, pero lo primero que me vino a la cabeza tras escuchar la primera frase fue si esas menores comisiones compensaban el coste del efecto fiscal, dado que los ETF no son traspasables.
 
Por lo tanto, cabe preguntarse: ¿Qué instrumento de inversión es mejor, un fondo o un ETF?
 
Como bien saben los que siguen de manera habitual este blog, creo que, si hablamos en términos generales, el mejor instrumento desde un punto de vista financiero-fiscal al alcance del inversor/ahorrador medio, que no está en el día a día de los mercados, es con total certeza el fondo de inversión. La posibilidad que ofrece de adaptarse como un guante a nuestro nivel de riesgo, combinado con la posibilidad de ponerse en manos de los mejores gestores, y una fiscalidad que mejora ostensiblemente la que ofrece la compra de títulos directos hacen de este un producto idóneo para la mayoría de ahorradores. Sin embargo, cabe reconocer que existen situaciones en las que un ETF mejora la oferta de fondos, incluso la completa
 
El mejor ejemplo de este último caso es la inversión en materias primas, especialmente cuando cuentan con un respaldo físico. Si alguien quiere invertir, por ejemplo, en oro, no intente buscar un fondo de inversión: simplemente no existe, dado que las limitaciones referentes a la concentración de riesgos juegan en contra de esta posibilidad. En cambio, si buscan un ETF con réplica física, pueden encontrarse con varios para contratar, tanto en USD como en EUR u otras divisas, lo que hacen de este un instrumento idóneo para este tipo de inversiones. 
 
Otro gran ejemplo de complementariedad entre fondos y ETF es la cobertura de carteras. Hasta no hace mucho tiempo, la única posibilidad que tenía un inversor de cubrirse, ante una eventual caída de los mercados en los que invertía, era la compra/venta de derivados, bien fuesen acciones, índices bursátiles o las principales referencias de RF. Hoy por hoy, existe la alternativa de poder cubrir una cartera, bien sea de acciones, fondos e incluso títulos de RF con ETF que replican, de forma inversa, el comportamiento diario de índices de RF y RV. En este sentido, resulta relevante señalar que, pese a que existe esta posibilidad, la cobertura que realizan no resulta perfecta, más incluso a medida que pasa el tiempo, como queda recogido en este estudio (que resulta de lectura imprescindible en caso de que queramos utilizar este tipo de ETF) de Eduardo Antón y David Tomás Navarro, miembros del equipo de fondos y ETF de Inversis Banco.
 
En ese mismo post se estudia el comportamiento de otra herramienta que puede resultar complementaria, siempre que tengamos perfectamente clara la tendencia de los mercados, y que nos permite apalancarnos de manera más segura que en el caso de los productos derivados. Son los ETF dobles y triples, instrumentos que duplican o triplican el comportamiento diario del índice de referencia, y que, como en el caso anterior, no replica de manera perfecta el comportamiento del índice en el largo plazo. En cualquier caso, este tipo concreto de productos ha de ser utilizado con sumo cuidado, dado que la cuantía de las pérdidas puede ser muy elevada y de manera muy rápida (especialmente en el caso de los triples), por lo que no son aptos para cualquier tipo de inversor.
 
PD: Quiero agradecer tanto a David Cano como a Eduardo Antón la ayuda que me han prestado para la realización de este post. Espero que os resulte interesante!!
 
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La importancia de la asignación de activos

Como indicábamos en el último post, uno de los elementos fundamentales a la hora de conformar nuestra cartera de fondos es la asignación de activos o asset allocation. Tanto es así que, según estudios realizados sobre el comportamiento de los fondos de pensiones estadounidenses, el comportamiento de estos depende en un 91% de la asignación de activos y tan solo un 9% del momento de entrada y salida de los mercados y de la selección de valores concretos, lo que muestra a las claras que esta asignación es fundamental.

Teniendo muy presente la importancia de esta tarea, debemos de tener en cuenta que no es lo mismo la asignación de activos desde un punto de vista estratégico que táctico, como ya hemos comentado en fechas recientes.
 
La asignación de activos estratégica es la guía que debemos de tener en cuenta para planificar el conjunto de nuestro patrimonio. Como ya indicamos al principio de este blog, esta asignación incluye activos de Renta Fija y Variable, Liquidez y, en la medida que el tamaño de nuestro patrimonio lo permita, y con el fin de diversificar aún más los riesgos, activos inmobiliarios; asimismo, debemos recordar que esta asignación de activos debe evolucionar a lo largo del tiempo, reduciendo el nivel de riesgo asumido a medida que pasa el tiempo (independientemente de aquellos cambios que introduzcamos por motivos tácticos).
 
Un ejemplo de esta asignación, podría ser el siguiente. Supongamos el caso de un empresario de unos 40 años, casado y con hijos, con un patrimonio invertible de (en números redondos) 300.000€ (invertido en activos líquidos) y un perfil de riesgo conservador; asimismo, este cliente desea mantener un importe liquido de 30.000€.
 
Teniendo en cuenta su perfil de riesgo y su horizonte temporal, a este cliente tipo le convendría mantener una cartera de fondos de Renta Variable equivalente al 55% de su cartera, es decir, 165.000€ (que podríamos repartir entre 3 y 5 fondos, con el fin de repartir el riesgo asumido); el resto del patrimonio invertible se destinaría a una cuenta remunerada o fondo de inversión monetario, por importe de 30.000€, podría repartir 55.000€ en fondos de inversión de Renta Fija (entre 3 y 6) y 50.000€ a la compra de títulos de Renta Fija y Seguros de Ahorro (repartido entre 3 y 5 referencias).
 
Obviamente, dada la situación actual, podría estudiarse obviar por el momento la compra de títulos de Renta Fija y centrarse en la inversión en Seguros de Ahorro, con el fin de obtener una rentabilidad razonable a corto plazo, a la espera de poder conseguir rentabilidades atractivas en el mercado de Renta Fija. Asimismo, podría elevar el nivel de liquidez a costa de su inversión en activos de Renta Variable, con el fin de poder incorporar los mismos de manera progresiva y aprovechando, así, los posibles recortes en los índices que pudiesen producirse (sería conveniente mantener en liquidez, con este propósito, entre un 30 y un 50% de la posición destinada a la Renta Variable).
 
En cualquier caso, convendría que, en caso de plantearse destinar parte de su ahorro a un plan de pensiones, optase por la opción de materializar esta inversión en un P.P.A. (preferible) o en un P.P.I. Garantizado lo suficientemente flexible como para poder realizar aportaciones de manera periódica sin perder las posibilidades de mantener dichas garantías.
 
Además, el reparto citado anteriormente no se mantendría de manera indefinida, de tal forma que, a medida que se fuese acercando la edad de jubilación, iríamos reduciendo de manera progresiva (bajando, por ejemplo, un 5% la exposición a este activo cada 2-4 años) su exposición a Renta Variable, destinando, a partir de los 65 años, tan solo un 10% a activos de este tipo, con el fin de reducir al máximo los riesgos asumidos por el cliente, tratando, en todo caso, de obtener unas rentabilidades que permitan al cliente, no solo mantener su el nivel de vida que le proporcionan sus ahorros, batiendo a la inflación, sino además obtener una rentabilidad que le permita, en la medida de lo posible, mejorarlo sin por ello asumir niveles de riesgo superiores a los recomendables.
 
Evidentemente, esta asignación estratégica ha de implementarse con una táctica que, respetando los porcentajes indicados en la estratégica, permita al inversor situarse en las opciones más rentables de cada momento, aunque, como ya se ha indicado, en momento puntuales pueda romperse la estrategia planteada con el fin de mejorar las rentabilidades obtenidas a largo plazo.
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Renta Fija: Algunas ideas para nuestra planificación

 

Una vez que conocemos un poco más los títulos de Renta Fija, es el momento de tener en cuenta aquellos factores que condicionan nuestra inversión en estos títulos.
 
Un primer detalle a tener en cuenta es el importe que vamos a destinar a ellos. Este importe lo determinaremos en base a nuestras necesidades, ya que, aunque es un activo del cual conocemos su rentabilidad de antemano (siempre que lo llevemos a vencimiento y no se produzca la quiebra del emisor), lo cual siempre es interesante, debemos tener en cuenta que es un activo con riesgo de liquidez, por lo que no conviene destinar a ellos toda nuestra inversión en este apartado. Por ello, y si no tenemos en el horizonte ninguna necesidad monetaria, podemos pensar en un 50% del importe total a invertir en esta categoría de activos.
 
La cifra resultante es muy importante por un factor operativo, y es que la mayoría de entidades solo permite realizar inversiones en ellos a partir de ciertos importes... Salvo que compremos sus propios títulos, títulos que, oh, casualidad, suelen estar en campaña... En relación a estos, conviene consultar (mejor con alguna fuente independiente) cuál es la rentabilidad de activos similares ya emitidos y existentes en mercado, ya que podemos encontrarnos con que los ya cotizados pueden ofrecer mejores condiciones.
 
En todo caso, si no alcanzamos ese importe mínimo, conviene destinar esta inversión a otro tipo de activos, como pueden ser fondos de inversión (de Renta Fija), seguros de ahorro (incluidos P.I.A.S.) o incluso depósitos (siempre teniendo en cuenta lo ya comentado respecto a este producto en este mismo blog). Otro detalle, relacionado con el importe que vamos a invertir, y que hay que tener en cuenta, es el nominal de los títulos en los que vamos a invertir. Este importe, en la mayoría de los casos, suele situarse o superar los 50.000€, si bien existen emisiones cuyo nominal asciende a 1.000€. Lógicamente, si el importe que tenemos pensado invertir no llega a la primera cifra, la alternativa es clara, habrá que seleccionar una cartera entre aquellos títulos que mantengan nominales de 1.000€.
 
Llegados a este punto, la pregunta es evidente: ¿Cómo selecciono los títulos que conformarán mi cartera? En mi opinión, debemos de plantearnos una cartera de, al menos, tres referencias (mejor si es un número superior), diversificando los sectores en los que vamos a invertir, así como los países de origen de los emisores y los plazos. Varias puntualizaciones: en vista de lo que ha ocurrido con ciertos países, cabe preguntarse, a la hora de realizar la selección, si la deuda pública puede asimilarse al sector financiero, por lo que sería prudente no mantener estos dos tipos de activos juntos a menos que invirtiésemos en un mínimo de cinco referencias.
 
Respecto a los países de origen, en mi opinión, no debemos descartar (al menos en un primer momento) aquellas empresas que tengan su domicilio en países que atraviesan problemas; el motivo es claro, descartar (por ejemplo) España, sería descartar empresas como Telefónica o Iberdrola, empresas que, pese a que no están atravesando su mejor momento (ni mucho menos), están los suficientemente internacionalizadas como para que una hipotética quiebra de España no les afectase (al menos en los que a generación de ingresos se refiere; entre otros, este es uno de los argumentos que suelo utilizar para explicar mi preferencia personal por la Renta Fija Corporativa frente a la Deuda Pública).
 
Finalmente, en lo referente a los plazos, pienso que conviene escalonar los vencimientos de la cartera, de manera que no concentremos los mismos en un solo año. Y si en ese escalonamiento utilizamos los años más cercanos, mucho mejor, ya que el riesgo asumido será menor.
 
A partir de ahí, lo lógico es valorar la situación de mercado y ver qué títulos son los más adecuados para nuestras carteras; por regla general, conviene incluir solo Deuda Senior y/o Cédulas Hipotecarias, al ser los tipos de títulos que más garantías ofrecen. Asimismo, debemos de tener en cuenta la rentabilidad que nos ofrecen; si esta no cumple las expectativas que podemos plantearnos (podríamos pensar en torno a un 4,50-5,00% para perfiles conservadores y a partir de un 6,50% para perfiles más arriesgados, en ambos casos con una duración promedio en torno a 3-3,5 años), deberíamos de aguardar una mejora en las rentabilidades u optar por otros instrumentos a corto plazo (máximo un año, como Depósitos o Seguros de Ahorro). 
 
Especialmente indicado en el caso de los perfiles más agresivos, conviene tener en cuenta el precio al que cotizan las emisiones, ya que podemos encontrarnos con excelentes oportunidades e inversiones que generen en seis meses los retornos esperados en 3 años gracias a una favorable evolución en este factor. Este tipo de evolución no suele darse en los títulos más “seguros”, si bien no debe de obviarse; en los perfiles más conservadores, sin duda, conviene plantear este tipo de inversiones como “inamovibles” hasta su vencimiento, pero si, dada la evolución de los precios, podemos obtener una rentabilidad similar a la que obtendríamos manteniendo el título hasta el vencimiento, debemos de aprovechar la coyuntura, y nos ahorraremos tener que esperar hasta vencimiento para hacer líquida nuestra inversión. En todo caso, y pese a que es una alternativa para los perfiles más arriesgados, la búsqueda de rentabilidad vía precio debe de realizarse en los perfiles más arriesgados, ya que una baja cotización implica probabilidades más elevadas de quiebra del emisor.
 
En definitiva, y como puede verse, la inversión en este tipo de activos no resulta tan sencilla como la inversión directa en títulos de Renta Variable (acciones), al entrar en juego factores como el importe mínimo a invertir, o la iliquidez de la inversión, pero, dada la relación rentabilidad – riesgo que proporcionan, conviene que sean tenidos en cuenta para la elaboración de carteras a largo plazo, por lo que, en último termino, puede merecer la pena contar con el apoyo de un asesoramiento independiente que, al menos, le pueda dar una segunda opinión.
 
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Renta fija: ese gran desconocido

Dada la seguridad y la rentabilidad que aporta, la Renta Fija debe ser considerada como el núcleo central de nuestras inversiones, ya que, como ya hemos indicado, sea cual sea nuestro perfil, debe tender a sobreponderarse frente a la Renta Variable a medida que nos vayamos acercando a la jubilación.
 
Existen tres formas de acercarse a este tipo de productos: a través de la compra directa de títulos, a través de productos de ahorro / previsión (seguros de ahorro, P.I.A.S., P.P.A., P.P.I., etc.) y fondos de inversión.
 
Con respecto a la primera de ellas, existe un fenómeno muy curioso. Estoy convencido de que mucha gente respondería afirmativamente si preguntásemos si alguna vez han contratado letras o bonos del estado, incluso pagares de bancos, aunque si preguntásemos si alguna vez han contratado Renta Fija, las respuestas afirmativas descenderían notablemente. Al contrario de lo que ocurre con las acciones (que se identifican sin problemas con la Renta Variable), la multitud de nombres aplicados a este producto, así como la "curiosa" costumbre de algunas entidades de incluir dentro de esta categoría a los productos estructurados, hace que mucha gente no tenga claro que tipo de productos engloba esta categoría de activos.
Y es que existen multitud de productos que pueden encuadrarse en esta categoría. Desde los Pagares o Letras del Tesoro hasta las tristemente famosas Acciones o Participaciones Preferentes, pasando por los Bonos, las Obligaciones (en ambos casos, Senior, Subordinada y/o Convertibles en acciones) o las Cedulas Hipotecarias, emitidos tanto por organismos públicos (incluidos gobiernos o entidades supranacionales) como por empresas.
 
Todos ellos tienen en común un funcionamiento muy similar al de los depósitos. Es decir, el cliente invierte un importe y, de manera periódica (o a vencimiento del producto), recibe una remuneración, denominada “cupón” (y que puede ser fijo o referenciado a algún índice interbancario, como el Euribor o el Mid-Swap) por prestar su dinero al emisor del titulo. Esa remuneración depende fundamentalmente del riesgo percibido por la inversión realizada, riesgo que depende de tres factores fundamentales.
Por un lado, el plazo al que esta emitido el titulo. Por regla general, a mayor plazo, mayor cupón debe pagar el emisor, ya que, obviamente, el riesgo asumido es mayor. El segundo factor a tener en cuenta es el riesgo asumido por el tipo de titulo emitido; podemos distinguir hasta tres tipos de emisiones (de mayor a menor riesgo asumido): Preferente, Subordinada y Senior. La diferencia entre las 3 es el orden de prelación de cobro en caso de quiebra y liquidación del emisor, siendo los primeros en cobrar los titulares de Deuda Senior y los últimos (solo por encima de los accionistas) los Preferentes. Cabe destacar que, en el caso de las entidades financieras existe una cuarta categoría, la de las Cedulas Hipotecarias, situada por encima de la deuda senior al estar "sobregarantizada", entre otros factores, por el respaldo de un activo concreto, como es el conjunto de la cartera de prestamos hipotecarios (teóricamente de alta calidad) de la entidad.
 
Finalmente, el ultimo de los factores de riesgo, y que subyace en todos ellos, es el riesgo de quiebra del emisor, que implicaría la perdida, total o parcial, del importe invertido. En este punto es donde entran en juego las ya famosas agencias de calificación de riesgo, ya que su calificación del emisor nos indica un nivel aproximado del riesgo que estamos asumiendo en nuestras inversiones. Cada una tiene su propia clasificación, aunque todas coinciden en establecer dos categorías principales: el grado inversión, que engloba a aquellos emisores cuya situación financiera es mejor (lo que implica una remuneración menor) y el grado especulación, o High Yield (también conocidos como “Bonos Basura”), que engloba a aquellos emisores que se encuentran en una situación financiera más delicada. Pese a que la actuación de estas agencias ha sido puesta en entredicho en múltiples ocasiones, sus análisis merecen ser tenidos en cuenta a la hora de realizar inversiones en este tipo de instrumentos (cabe destacar los análisis que realiza la agencia Egan Jones, quizás no muy conocida, aunque, sin duda, la que refleja de manera más cruda la situación de los emisores).
 
En todo caso, y esta es una de las principales diferencias con los depósitos (junto con la ausencia de cobertura por el F.G.D.), el hecho de que estos instrumentos coticen en mercados secundarios hace que este valor, su cotización, nos proporcione una imagen fiel del nivel de riesgo que estamos asumiendo en cada inversión, ya que, a su vez, será nos proporcionara la T.I.R. de la inversión, es decir, la rentabilidad anual promedio que obtendremos en caso de mantener nuestra inversión hasta su vencimiento y, no tengan duda, cuanto mayor sea esta rentabilidad, mayor será el riesgo que estamos asumiendo. Si bien es cierto que, dado que la situación financiera de los emisores evoluciona a lo largo del tiempo, podemos encontrarnos con que títulos con rentabilidades muy altas (por encima del 7%) pasan con el tiempo a ser consideradas como inversiones "seguras", y viceversa, como le ha sucedido, por ejemplo, a la deuda publica española en los últimos años.
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Gestión de liquidez: ¿todo al depósito?

Los depósitos han sido, tradicionalmente, el producto preferido por los españoles para invertir su dinero. De hecho, no hace tanto tiempo, cualquier inversor podía obtener rentabilidades cercanas al 10% en un producto que podía considerarse como muy seguro, gracias a que la situación financiera de las entidades que ofrecían estas rentabilidades era buena, la salud del sistema financiero (nacional y global) ofrecía una imagen robusta y la existencia de determinados productos complejos se circunscribía a los grandes patrimonios.

Sin embargo, estas circunstancias han variado sustancialmente debido a la brutal crisis que padecemos y a las prácticas de algunas entidades (e incluso de algunos "profesionales" del sector) que, lanzándose a una desaforada búsqueda de margen y/o capital necesario para el cumplimiento de convenios internacionales, dejaron por el camino el cumplimiento de las buenas prácticas que jamás debieron obviarse.   Leer más

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    Daniel López Vega. Analista financiero y patrimonial. Asesor Financiero Independiente. Apasionado de los mercados desde hace casi 20 años. Y bloguero en los ratos (pocos) libres...

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