Remedios caseros contra la crisis (IV): el transporte público

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Me imagino que, a estas alturas de la crisis, nadie me discutirá la necesidad de apostar seriamente por las alternativas al vehículo privado. Soy consciente de que esta semana no ha sido fácil en este tema: son malos tiempos para las aerolíneas, incluidas las low cost, que han empezado a sentir los efectos del precio del carburante y, encima, acaban de pillarles facturando las maletas aparte. Y aquí no se salva ni Ryanair -cosa que los usuarios ya sabíamos y no nos hemos quejado antes porque aún así, el precio final de volar con esta compañía es más ventajoso que con las compañías tradicionales-. Además, ni las inversiones en el AVE ni la liberalización del transporte de mercancías por ferrocarril pueden tapar las deficiencias de los trenes de cercanías.

El caso es que Miguel Sebastián propone una vuelta de tuerca en cuanto a ahorro energético y me ha devuelto la esperanza, para ser sincero. Y lo siento por los viciosos del vehículo propio que sois la mayoría. Tanto tiempo pidiendo colocar los límites de velocidad como los alemanes y ahora nos vienen con una reducción del 20% y las correspondientes multas por infringir la ley. A paso de burra, me diréis, no se puede ir por la vida. Y admito que hasta puede ser peor para la seguridad porque en la carretera no hay puertas ni campos, que diría un liberal puro.

Es evidente que la medida tiene buena intención aunque yo creo que pretende intervenir en algo que deberá suceder por la vía natural que es como mis apuntes de economía dicen: cuando sube el precio de la cosa la demanda de la cosa hace lo contrario. Y si tenemos sustitutivos como un digno transporte público, pues más fácil será el trasvase de usuarios del coche a otros medios, incluido el de San Fernando, que es muy eficaz en ciudades como Santander.

Mientras toman nota nuestros dirigentes locales y autonómicos -no todo lo puede hacer Magdalena Álvarez, leñe- respecto a las cercanías, probemos medidas intermedias como la de compartir el coche. Y si no, ahorremos energía en quejarnos menos.
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