El final de la política económica

Mis alumnos suelen acudir a mí para calmar su insaciable curiosidad por todo lo que ocurre con la actualidad económica. No oculto mi satisfacción por ello, especialmente porque veo que la crisis ha conseguido romper la tradicional indiferencia de la gente por las cuestiones financieras y políticas. Un poco más y conseguiremos igualarnos a la prensa deportiva. Sin embargo, empiezo a acusar un cierto exceso de responsabilidad y es que las cosas hay que explicarlas bien, pero sobre todo, es necesario aprovechar la oportunidad para construir una buena pedagogía sobre la crisis económica, que nos permita enviar mensajes de calidad a la gente. Y los medios tradicionales no están ayudando mucho, que digamos. De hecho, los profesores de economía o de materias transversales relacionadas nos estamos convirtiendo en bomberos, apagafuegos vocacionales de los incendios provocados por los medios.

Esta semana confiaba en no tener que explicar nada sobre la rabiosa actualidad, pero no tuve escapatoria:
- ¿Por qué hay tanto jaleo con Repsol? - me cuestiona uno de mis pupilos más voraces.
Maldición -pensé para mis adentros-. El argumento de que conviene que la energética siga siendo española no funcionará con mis cantábrico-orientales discípulos. Y además es mentira porque YPF sigue aportando su acento argentino. Tampoco sé qué clase de mosca neoliberal le ha picado a Zapatero, justo cuando nadie puede criticarle un giro a la izquierda. Los argumentos del PP son fácilmente entendibles por cualquiera, pero de difícil aplicación y sentarían un mal precedente de consecuencias impredecibles. Encima, mis alumnos pertenecen al sector del ladrillo y no es cuestión de decirles que la constructora Sacyr-Vallehermoso se lo tiene bien merecido. Atrapado en el callejón sin salida, me salgo por la vía fácil:
-Pues mira, chaval, como siempre todo política y geoestrategia. No podemos permitirnos depender del grifo ruso.

Afortunadamente, mi curioso alumno no siguió cuestionándome por otros grifos y dependencias españolas y pudimos cambiar de tema.

Lo cierto es que, en el fondo, mi respuesta es rigurosamente cierta. La economía está dirigida por personas muy honorables pero poco puestas en la materia. Te encuentras, por un lado, al Tejano Saliente hablando del libre mercado y avalando, a la vez, una sangría de 600.000 millones de dólares para hipotecas, con la intención de que el caballo bancario no tenga excusa de que no hay río en el que beber, por utilizar unas palabras de Keynes. Por otro lado, nuestros líderes europeos se declaran intervencionistas de urgencia y siguen inundando el mercado de dinero y pidiendo a Trichet nuevas bajadas de tipos, en plena trampa de la liquidez. Se ha dicho que hay que olvidarse de las ideologías y ser muy pragmáticos. Pero lo que tenemos ahora es una obsesión increíble por hacer cosas cueste lo que cueste, con tal de que los ciudadanos perciban preocupación entre sus líderes. Es el final de la política económica y el comienzo del activismo económico. Ya no importan los objetivos, el caso es no parar quietos.

Los agentes económicos han perdido la confianza en la acción política. Lo eficaz, ahora mismo, sería que los gobiernos hicieran mutis por el foro y permitieran a la propia sociedad ajustarse por sus propios medios. Claro, esto implica devolver a los ciudadanos lo que es suyo: sus ideas, sus recursos, sus preferencias, su trabajo. ¿Demasiado liberal para un sábado por la tarde?
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