El goteo estadístico y la confianza

Lo peor de una crisis económica es el goteo continuo de datos y estimaciones en los medios de comunicación. Como la gota malaya, las cifras van cayendo sobre la cabeza de todos los agentes económicos -no sólo de nuestros gobernantes- y van minando poco a poco su estado de ánimo. Las noticias se van sucediendo con la sana intención de informar sobre los daños pero sólo consiguen el peor de los efectos en economía: deteriorar la confianza. De todos los propósitos de Zapatero, este es el único relevante: recuperar el optimismo en empresarios y consumidores para empezar a generar un nuevo ciclo vital: más confianza-más inversión-más actividad económica-más empleo-más consumo-más beneficios y vuelta a empezar con la reinversión de estos últimos.

La manera en que nos llegan los datos también es importante. Muchas estadísticas son confirmación de estimaciones hechas unos días antes y el efecto es como el de dos malas noticias. No digamos cuando se repiten cifras en versión mensual, trimestral o interanual -esta es la única que muestra la realidad porque marca la tendencia. Y si me permiten, déjenme emprenderla contra esas encuestas cuasi-porteriles sobre los problemas de la gente. No es que cuestione su valor científico sino su interés y, sobre todo, su utilidad. ¿Qué oscuro matiz coloca a la economía por encima del paro en cuanto a preocupaciones?

Tampoco creo que la solución pase por contarle al vulgo que la inflación y el euribor han tocado techo. Bien sabe Solbes que la cadena de transmisión entre el precio del barril BRENT y el de la gasolinera de las afueras tiene más de 6 eslabones de separación -más que los contactos del messenger, según un estudio-. Por tanto, es más fácil conectarme a mí con Solbes en directo que conseguir que la masa monetaria y el IPCA se relajen.

En cualquier caso, es necesario que el debate nacional pase del diagnóstico estadístico -ya podemos ir descontando el crecimiento negativo- a las soluciones desde la base. Porque hay cosas que el Gobierno no puede hacer por mucho que se empeñe: en concreto, recuperar el optimismo. Y puede que nos hagan falta unas vacaciones y unas cuantas medallas olímpicas para ello.
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