Pues no se me arregla. Ninguno de los ministros que van compareciendo con sus programas de legislatura saben pronunciar la palabra CRISIS. Con lo purificantes que vienen siendo. Y lo cierto es que tampoco veo, por ahora, grandes propuestas para afrontar la desaceleración. Quizá entiende el Gobierno que las recetas sofisticadas dejan a la gente con hambre y prefieren no enfangarse en proyectos muy arriesgados hasta que no haya más margen de maniobra. Y si todo va bien, eso será en período preelectoral, cuando toca no arriesgar.

Lo que sí tiene claro el Gobierno es la importancia de los mensajes anti-crisis. Tiene razón Zapatero cuando dice que el pesimismo no crea empleo, aunque eso ya lo llevan diciendo varios premios Nobel desde hace mucho tiempo. Y la economía se alimenta, en gran medida, de palabras. Si no, ahí tenemos al reducto moral que le queda a nuestra unión monetaria, Jean Claude Trichet, provocando infartos financieros cada vez que dice que puede subir el tipo. Aunque la medida no se haya hecho efectiva, nuestro líder ha conseguido convencer a todo el mundo del peligro de la inflación y poner en guardia a todo el sistema crediticio europeo. Es lo que tiene la credibilidad.

En esto de la credibilidad tienen que curtirse más algunos de los ministros, como Beatriz Corredor, que no va a convencer a nadie de que ahora es el momento de comprar. No sé si los del ladrillo le estarán agradecidos pero todavía hacen falta más hechos consumados en el sector para que las cosas cambien.

Tampoco sé si el lobby energético estará contento con el retoque de tarifas eléctricas de Sebastián. Me imagino que no tanto como los propietarios de chiringuitos y los vendedores de coches ecológicos. Otro tanto habría que decir de la próxima Ley de Seguridad Alimentaria, que provocará todo tipo de especulaciones entre los intermediarios antes de ver la luz. Y si no que se lo pregunten a los que entienden de alimentación en origen, los que trabajan en el sector primario. A ver si es más segura la leche que nos venden a más de 1 euro en el supermercado que la que sale de la vaca en medio de un polvorín de bacterias (esto ya me lleva a otro tema).

Bien está que el Gobierno se preocupe de que no cunda el pánico. Pero creo que ello es compatible con llamar a las circunstancias por su nombre, que los españoles ya somos mayorcitos y nos vamos entendiendo. Además ganaría en credibilidad y los mensajes de calma serían más eficaces. Háganme caso, que la economía lo necesita.
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