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Se acabaron las medias tintas. Ha sido la peor semana en cuanto a noticias económicas se refiere. Al rumor de la marcha de Marcelino y a la rotura de una arteria que ha dejado sin agua a 20.000 santanderinos hay que añadir que las cifras de crecimiento y empleo ya no dejan lugar a ningún resquicio de duda sobre la situación económica que se ceba con los españoles y, en particular, con los cántabros -dejemos de hablar de cifras generales y personalicemos la crisis.

Lo cierto es que, de repente, han desaparecido los liberales. Y no me refiero sólo a Espe, sino a todos aquellos que apelaban a la abstención del estado en asuntos de política económica. Ahora, parece ser, todos somos Keynes. Nadie pone en duda la necesidad de intervenir. Hasta los del PP suplican que alguien salga en ayuda de los pequeños comerciantes, agobiados por la competencia de las grandes superficies.

Y resulta que hay diversas maneras de entender el papel de la administración pública como gestora de la cosa económica. Ahí tenemos al Gobierno de Cantabria. Mientras Gorostiaga responde a nuestro record en desempleo con un plan cocinado entre todos los agentes sociales (intervencionismo de mediación), Mazón y Agudo acuerdan acelerar las obras públicas regionales (intervencionismo por la vía del gasto público productivo) y del Olmo, pisándome los argumentos de mi anterior post, decide que la fábrica de fibroyeso debe enfrentarse solita al frío mercado y gestionarse con capital cien por cien privado (dejar de intervenir tras una fallida intervención).

Por supuesto, también existe la intervención divina -la que permitirá resolver a nuestro favor lo de Marcelino. Y la intervención a la catalana: adiós, papá, consíguenos un poco de dinero más. No es cosa sólo del Estatut. Pronto empezará la negociación financiero-territorial a diecisiete bandas y veremos como todos somos iguales a la hora de pedir pero diferentes a la hora de buscarnos la vida por nuestra cuenta. Y de eso los cántabros sabemos un rato, incluso los del PP, que ya hace tiempo que dejaron de criticar la financiación estructurada.

No seré yo quien diga que el Estado no debe arremangarse frente a esta crisis. Pero hay que tomar nota de los errores del pasado para no repetirlos. Las regiones menos dependientes del ladrillo o al turismo están capeando mejor el temporal: Euskadi gracias a la industria y Extremadura por el buen comportamiento de la agricultura. Y Cantabria tiene oportunidades para diversificar su modelo económico. Esperemos que, en esto, no haga falta más intervención divina.
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