La Economía de la Relatividad

Hemos empezado la semana con una avalancha de datos relativos en el sentido estadístico: cifras expresadas en porcentajes o números absolutos que revelan un crecimiento o una disminución respecto de la situación de partida. Aquel IPC armonizado del 4,4% interanual (pendiente de confirmar), ese 8,62% de paro registrado también entre enero y enero, este otro descenso del 2,4% en el Indice de Producción Industrial. Mal rollo sin paliativos. Alerta. Confirmación de cámbio de ciclo.

Otra cosa son los equilibrios dialécticos de los que tienen que interpretar los datos a menos de un mes de las elecciones generales. La prensa ya se ha encargado de recordar que ese 4,4% de inflación (aunque sea provisional) se queda muy corto respecto del 7,9% de subida en la cesta de la compra. Y lo hacen ahora, para animar la fiesta, a sabiendas de que la fórmula del IPC siempre ha sido de todo menos representativa de la realidad, porque pondera los componentes de la cesta de la compra a su modo y excluye deliberadamente el precio de la vivienda. Y esto ya lo sabe el cuarto poder desde que inventó y alentó el boom de la construcción. Así que, buenos o malos, los datos de precios siempre han sido relativos. También cuando eran de dos cifras.

También se esfuerzan los miembros de los gobiernos para compensar los datos interanuales del paro con los mensuales. Y esta vez lo tienen difícil porque ni las afiliaciones a la Seguridad Social, ni los sectores industrial o servicios dan lugar a relatividades. De lo cual toma buena nota la oposición, que estará encantada de la oportunidad. Al fin y al cabo, ese es el significado de la palabra crisis.

Y hay otra manera de relativizar los datos: vivimos mejor que cuando los tipos de interés estaban al 16%. Teoría propia de Solbes y constructores varios, que olvidan que entonces la hipoteca se pagaba con un único sueldo. Y está claro que los ciudadanos no perciben la cosa de la misma forma, a juzgar por el último informe del ICO.

Opino que las estadísticas hay que tomárselas fríamente, con la máxima objetividad. El propio Ministro de Economía sabe cómo hacerlo. Y hace bien: que exageren otros.
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