Del mínimo sustento 2ª parte

El Mundo publica en su edición del domingo un buen resumen en medio del debate sobre el salario mínimo. Se ha ganado un sitio en mi propia hemeroteca.

Lo cierto es que me identifico bastante con los argumentos liberales en el sentido de que ciertas medidas paternalistas del Estado pueden producir efectos contrarios a su buena intención original. Pero tengo que decir que los economistas liberales no suelen contrastar muy bien su teoría con la realidad y caen en flagrantes incoherencias. Me explico.

Los mismos que niegan un salario mínimo por ley defienden a capa y espada libertades que interfieren en las libertades de los demás. Ahí tenemos el derecho a la propiedad privada, que esconde tras su inocente y loable expresión, manga ancha para especular, acaparar y, por ende, suscitar plusvalías que expulsan del mercado libre a personas que cobran, incluso, el doble del salario mínimo pretendido por Z. Personas que estarían encantadas de decidir libremente si echar raíces en su propia vivienda o permanecer en alquiler, cambiando seguridad por movilidad a un precio más bajo. Primera patada a la libertad.

Liberales también se consideran los fanáticos del transporte privado, y se enfadan dialécticamente con los defensores del transporte público al considerar su mero incentivo como un ataque a la libertad individual y una maniobra conspirativa contra el uso del coche, además de una forma feudal de captar ingresos públicos. El tráfico y la falta de aparcamientos son simples efectos colaterales que se solucionan de forma sencilla: nuevas fosas subterráneas y ampliaciones a cinco carriles. Y no quiero mentar a Al Gore en este artículo porque el cambio climático no es mi especialidad. Además de no tener primos que me asesoren de ello. Pues eso: segunda patada a la libertad.

Y liberales también son los discrepantes con cualquier ayuda directa, en especial las referentes a la procreación y mantenimiento intergeneracional. Que engendre quien libremente quiera. Y el que no pueda libremente, que libremente no quiera. Lógicamente, un liberal nunca va a recurrir al ajoiagua. Los más radicales suelen apelar a la vagancia para explicar cualquier problema de bolsillo familiar. Nueva contradicción, en este caso, respecto a la libre elección de trabajo. Para ser libre hay que buscarse un empleo bien pagado que te lo permita. Y el mercado de trabajo está lleno de rigideces y ataduras geográficas y funcionales permitidas y alentadas por las mismas mentes liberales que creen en la vivienda y el coche propios como ley natural. Tercero y definitivo golpe a la libertad.

Insisto en que algunos argumentos en contra del salario mínimo pueden ser acertados y merecen ser considerados. Pero si nos ponemos a hablar en términos económico-liberales, hagámoslo con todas las consecuencias. La libertad sólo puede ejercitarse plenamente en ausencia de especulación, de despilfarros insostenibles y de rigideces provocadas. Ya he dado unos cuantas ideas, ahora manos a la obra. Si quieren los señores diputados, claro. Con libertad.
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