Pensamientos liberales auténticos (VI): de los horarios comerciales

Veo que el tema del pensamiento liberal gusta en la blogosfera. Para muestra, os animo a seguir la colección de artículos que inicia el profesor Gustavo Mata, aunque sus palabras salen disparadas como dardos contra cualquiera que intente quitar funciones al Estado. Para un planteamiento más purista -que no más auténtico- recomiendo seguir Liberalia, si bien este no está entre mis blogs habituales (no se puede abarcar todo, leñe). Es bueno leer de todo, si se puede, para quedarse con lo mejor y llegar a una síntesis lo menos partidista posible y, sobre todo, muy orientada a las soluciones. Por mi parte, defiendo que la libertad económica es cosa buena y el modelo del mercado competitivo es un mapa muy válido para resolver problemas en la práctica. Por supuesto que este modelo es teórico y puede dar lugar a dogmatismos, pero también es cierto que un mapa a escala real no nos serviría de nada.

Bien. El siguiente punto de mi decálogo se refería al polémico asunto de los horarios comerciales, medida estrella de la política aguirrista por su corte netamente liberal. Me entero por Expansión que Bruselas no ve con buenos ojos las limitaciones españolas para proteger al pequeño comercio y me vienen a la memoria las protestas habituales del comercio cántabro en contra de las grandes superficies -algunos llamaron traidor a Revilla por permitir entrar a El Corte Inglés-. Yo mismo he tenido mis pequeñas experiencias laborales en la distribución comercial y sé perfectamente lo que significa atender al cliente que llega un minuto antes de que se acabe mi turno. De hecho, nunca compro en domingo -salvo que me quede sin arroz y entonces voy al chino de al lado que, por cierto, ejerce la libertad de horario impunemente- ni en festivo ni a última hora, procuro planificar mensualmente mis gastos y empiezo a cogerle el gusto a hacer el pedido por Internet.

Y no voy de ciudadano ejemplar y solidario con la clase trabajadora de Carrefour. Me limito a asumir por qué la gran superficie recibe hordas de compradores compulsivos en domingo, a diferencia del chino y de la farmacia de guardia: se llama marketing y es todo ese conjunto de técnicas y estrategias que consiguen que el acto de comprar se convierta en un placer inconfesable. Hay una gran diferencia entre hacer la compra en el Dia -qué poco glamour lo de cobrar la bolsita- en el Lupa/Mercadona/Eroski cercano a casa y convertir el momento en una jornada completa de consumo desenfrenado de ocio y regalo audiovisual.

Así que me parece hipócrita -e inútil- oponerse a la liberalización de horarios comerciales. Y no insistamos en exigir que se generalice la medida con los funcionarios: a nadie le apetece toparse con ellos el día del Señor. Para eso están los permisos en el trabajo.
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